La máquina del tiempo

25 01 2009

La maldición de Frankenstein, de Terence Fisher. 

El profesor, con los ojos brillantes de excitación, se dirigió a su ayudante.

Lo he conseguido. He construido una máquina del tiempo.

Paralizado, el ayudante solo acertó a preguntar si era cierto.

Por supuesto. La he hecho. La he probado. Y sé que funciona.

Pero, es asombroso. Explotó el ayudante. ¿Se da cuenta de que puede ser uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad? Es, es…

Si quieres podemos bajar al sótano y probarla. Está aquí mismo, en esta casa.

El ayudante, en trance, descendió las escaleras siguiendo los decididos pasos del profesor.

En medio de la sala, sobre una pequeña plataforma, había una silla de madera. Le acompañaba una austera mesita de líneas rectas. La más clara estampa de la sencillez, de la pura austeridad.

El profesor, con orgullo, invitó a su ayudante.

Siéntate. Siéntate, y pruébala. Te aseguro que cuando bajes habrás viajado al futuro.



Textos sobre filosofía medieval

19 01 2009

Edad Media

Ya tenéis en la intranet los fragmentos correspondientes a la siguiente unidad. Los hemos reducido a su mínima expresión y son tan solo dos archivos. Espero que os sean útiles.



La secta del perro

11 01 2009

Diógenes el c�nico 

Diógenes de Sinope, el cínico.

Una de las escuelas helenísticas más famosas puede ser la cínica. Es muy probable que lo sea por la extensa fama de su representante más recordado, ese que llamaron Diógenes el perro. Su mordacidad y, ante todo, el modo en que vivió, le valieron ese sobrenombre, de carácter tan despectivo.

Para saber un poco sobre él os dejo algunas citas -atended a la última, que dice mucho sobre la intención de sus actos- y unos enlaces.

Se comportaba de modo terriblemente mordaz: echaba pestes de la escuela de Euclides, llamaba a los diálogos platónicos pérdidas de tiempo; a los juegos atléticos dionisíacos, gran espectáculo para estúpidos; a los líderes políticos, esclavos del populacho. Solía también decir que, cuando observaba a los pilotos, a los médicos y a los filósofos, debía admitir que el hombre era el más inteligente de los animales; pero que, cuando veía a intérpretes de sueños, adivinos y a la muchedumbre que les hacía caso, o a los codiciosos de fama y dinero, pensaba que no había ser viviente más necio que el hombre. Repetía de continuo que hay que tener cordura para vivir o cuerda para ahorcarse.

Habiéndole uno invitado a entrar en su lujosa mansión, le advirtió que no escupiese en ella, tras lo cual Diógenes arrancó una buena flema y la escupió a la cara del dueño, para decirle después que no le había sido posible hallar lugar más inmundo en toda la casa.

Decía imitar el ejemplo de los maestros de canto coral, quienes exageran la nota para que los demás den el tono justo.

Enlace con más información sobre la filosofía cínica.

Más citas de Diógenes.