Ian McEwan

26 10 2009

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Aquella mañana, durante un paréntesis de calma nada habitual en su jornada, a Vernon Halliday volvió a asaltarle el pensamiento de que tal vez no existía. Por espacio de treinta ininterrumpidos segundos, había estado sentado en su mesa palpándose suavemente la cabeza con las yemas de los dedos, sobremanera preocupado. Desde su llegada a El juez dos horas antes, había hablado -por separado e intensamente- con cuarenta personas. Y no sólo hablado: en todos los casos salvo en dos había decidido, dado prioridad, delegado, elegido o brindado una opinión que sin duda había sido tomada por una orden. Pero tal ejercicio de autoridad no había agudizado su sentido de sí mismo, como solía sucederle normalmente, en lugar de ello, le había dejado una sensación de estar como inmensamente diluido, de no ser sino la suma de toda la gente que le había estado escuchando, y de que, una vez solo, no era nada en absoluto. Cuando, en soledad, intentaba acceder a un pensamiento, no encontraba a nadie que lo pensara. Su silla estaba vacía, y él se hallaba sutilmente disuelto por todo el edificio…

Ian McEwan, Amsterdam, comienzo del capítulo II.


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