Relato de Rocío

 Estaba en mi habitación acabando de arreglarme para ir a la fiesta en casa de los Ibáñez, cuando alguien llamó a mi puerta.

-¿Se puede?

-Pasa.-dije mientras mi hermano entraba.

-Caray hermanita, si que te has puesto guapa.

-Sabes que no tengo ganas de ir, pero padre me ha dicho que fuese elegante.

-Tú nunca tienes ganas de salir.

-Lo sé, pero no me hace ilusión volver a ver a la familia Ibáñez. Olivia es agradable, pero su hermano…

-Los dos lleváis sin veros desde hace cinco años. Desde el incidente, igual hasta arregláis las cosas.

-NO, ni por asomo. Nunca olvidaré a ese desgraciado…

-Entendido sargento.-dijo mientras me hacía un gesto militar.

-Idiota.-dije, pero no pude evitar reírme.

-Padre está en el hall esperándonos, y he de añadir que está furioso por la hora que es.

-Muy bien, baja y dile que en dos minutos estoy lista.

Cuando salió mi hermano me contemplé una última vez en el espejo, la verdad es que me gustó mi aspecto. Llevaba un vestido rojo de mangas largas que tenían muchas perlas y una larga falda que me llegaba hasta los zapatos, con un fuerte corsé por el pecho, que provocaba un escote pronunciado.

María, mi doncella, me había hecho un recogido en mi pelo castaño que me gustó mucho, dejándome dos pequeños mechones de rizos a los laterales. Me eché por última vez colonia y me puse el chal blanco, seguramente fuera haría frío. Bajé las escaleras rápidamente y Emmet me ayudó a bajar el último escalón con la mano.

-¡Ya era hora niña! El coche ya está esperándonos.-dijo mi padre con su (ya típico) enfado.

El viaje a casa de los Ibáñez fue corto, ya que el chofer conducía muy deprisa y el camino era liso. No me di cuenta del chaparrón que estaba cayendo, pero yo ya estaba empapada y noté como mí recogido se destrozó y mi melena cayó  en cascada. Mi padre soltó un par de maldiciones a causa de que se estaba estropeando sus zapatos nuevos, mientras mi hermano y yo nos reíamos escondidos bajo mi chal empapado, para evitar mojarnos más. Al cabo de unos instantes vinieron los sirvientes con los paraguas y nos atecharon hasta la casa. Allí nos recibió un numeroso grupo de invitados. Por lo visto no habíamos sido los únicos que habían “tropezado” con la lluvia. Rápidamente, nos dieron unas toallas y yo me sequé un poco, pero no había nada que hacer con mi pelo, así que decidí mojarlo un poco más para que mis rizos negros no se deshicieran.

Mientras ayudábamos a nuestro padre a secarse, oí mi canción preferida de música flamenca. Cada latido sentía como mis venas notaban el cajón flamenco y al cantante haciendo el grito flamenco para llamar a las mujeres al centro. Yo no pude evitarlo, miré a mi padre y asintiendo con ojos cansinos me dejó marchar. Entré en el gran salón con una gran sonrisa y me coloqué en el centro, junto a las demás flamencas. Me sabía ese baile de memoria. Empecé a bailar, y disfrutaba con ello.

En uno de los giros, pude ver a mi padre moviéndose de la entrada, pero no me fijé muy bien a donde iba.

Había acabado hecha polvo y con una gran sonrisa en la cara. Algunas personas me aplaudieron, yo solo sonreí y empecé a buscar por la sala a mi hermano y a mi padre, cuando noté una fuerte mano sobre mi espalda.

-Me concede este baile.-dijo una voz aterciopelada de hombre que hizo que se me erizara el bello de la nuca.

Yo me giré y vi al hombre más hermoso que haya visto nunca. Me hacía sentir más bajita de lo que ya era, ya que me sacaba más de una cabeza, menos mal que llevaba tacón alto. Era de constitución fuerte y moreno. Su corto pelo negro lo llevaba peinado hacia atrás, y su cara era un enorme símbolo viril que haría suspirar a más de una mujer. Bajó la chaqueta se le notaban unos muy musculosos brazos que y unos robustos hombros.

Yo me quedé atontada, y cuando llegué a aquellos enormes ojos verdes vi en ellos algo familiar. ¿Quién sería aquel hermoso caballero?

Yo asentí y él me dijo:

-Bailas flamenco bastante  bien…pero te aviso que para llegar a mi nivel, lo vas a pasar mal. Aún estas a tiempo de retirarte.

Al decir aquello, arqueé una ceja y me lo tomé como un reto, algo que yo siempre acepto. Me quité el chal blanco y lo arrojé al suelo. Él sonrió y chasqueó los dedos para que fuésemos la única pareja en bailar y la música empezó.

Noté como su cara cambiaba radicalmente y ambos bailamos con gracia y estilo. Al acabar la canción, estaba agotada, necesitaba sentarse y beber algo.

El chico vio mi cara, y decidió sacarnos de las miradas de tanta gente hasta la antesala, donde solo estaban algunos invitados y camareros de aquí para allá. Me sentó en un cómodo sofá y mandó traer dos vasos del mejor vino de la casa.

-Vaya, me has dejado boquiabierto. Eres una verdadera diosa de la danza.

Yo sonreí como pude, pero estaba muy acalorada y me costaba hablar.

Cuando llegó el vino, casi le arrancó el vaso de la mano al camarero y me lo bebí de un trago. Me quemó la garganta, pero por lo menos me tranquilizó un poco e hizo serenarme. Aquel joven se rió y le pidió más  al camarero.

-Gracias.-le dije tomando la segunda copa.

-Creo, que por hoy ya ha bebido suficiente.

-Uf…que dolor de cabeza. Aunque prefiero no pensar en lo que estará diciendo la gente.

-No sé lo que la gente estará diciendo, lo que si se, es que eres la mujer con más coraje y pasión que haya conocido en mi vida.-dijo él mientras me alzaba la barbilla y hacía que nuestros ojos se mirasen directamente.

Me hubiese pasado así la eternidad entera. Aquel hombre me descolocaba física y mentalmente. ¿Quién sería aquel hermoso extraño?

-¿Bailas desde hace mucho?-preguntó él sin apartar la mirada y rompiendo el silencio.

-Desde que era pequeña, mi madre que en paz descanse, me enseñó el arte de la música y de la danza, entre otras cosas. ¿Y usted?

-Aprendí por mi cuenta.-dijo entonces apartando mi mirada.-Por cierto, ¿Por qué estabas tan mojada, y de hecho aun sigues, antes de empezar el baile?

-Oh.-empecé yo sin poder evitar una sonrisa.- Nos pilló la gran tromba al salir del carruaje, y tuvimos que esperar un poco a los paraguas. Si viese las maldiciones que echó mi padre…

Los dos nos reímos y compartimos una mirada cómplice. No sé porque, pero notaba como si ya lo conociese.

-Por cierto, aún no me ha dicho su nombre milord.

-¿Debería?-respondió el más para si mismo-

-Claro.-dije sonriendo-. Verá yo me llamo Sofía de la Vega. ¿Y vos?

-Ya sé quien eres, aunque tú no sepas quien soy yo.  Y creo que es mejor que no te lo diga.

-¿Por qué?-pregunté yo extrañada.

-Te enfadarías conmigo.

-Como me voy a enfadar con usted, señor. No diga bobadas

-Me da su palabra de que, por lo menos, ¿no se irá de la fiesta?

-Es absurdo, pero bueno acepto. Le doy mi palabra. Ahora usted.

-Soy Alejandro Ibáñez.

No me dio tiempo a reaccionar antes de notar como me clavaba su cuchillo en el vientre y yo notaba un liquidillo rojo que se extendía rápido por mi vestido.

-Espero que me perdones gitana. Pero ese fue el mismo dolor que sentí yo cuando me abandonaste hace años y juré que acabaríamos así. No te preocupes que pronto me reuniré contigo.

Perdí la poca conciencia que me quedaba al oír un disparo cercano.

Rocío Martínez González, 4º A

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3 Comentarios to “Relato de Rocío”

  1. Ana escribe:

    Andaluza muy emocionante me ha gustado mucho

  2. Rocío Martínez escribe:

    Gracias =)

  3. Ángel escribe:

    Me ha gustado mucho Rocío :)

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