Las letras recuerdan a Mark Twain en el aniversario de su muerte.

 El 21 de abril de 1910, hace exactamente un siglo, moría Mark Twain, uno de esos escritores universales imprescindibles. Se llamaba en realidad Samuel Langhorne Clemens, pero pensó que ese nombre era demasiado aburrido para formar parte de la historia y se apropió de una expresión marinera que era habitual en los barcos que surcaban el Mississippi a mediados del siglo XIX. Durante una temporada -que siempre recordaría como los mejores momentos de su vida- fue piloto en uno de estos barcos de vapor, donde había un marinero encargado de comprobar la profundidad necesaria para no tocar fondo (siempre más de dos brazas). El barco debía virar cuando el grito del marinero era: «mark twain!».

Aunque su nacimiento y muerte coincidieron con el acercamiento a la Tierra del cometa Halley, la vida de Sam Clemens no estuvo marcada por el destino que reservan los astros para los elegidos. Porque, si el principio fue complicado, el final sería terrible. Pasó por diversas ocupaciones: empleado de imprenta, piloto de barco, minero, soldado confederado, periodista, viajero, conferenciante internacional… Pero la fortuna no le sonrió en sus inversiones económicas, arruinándose con facilidad pese a los ingresos de sus actividades.

Al final de su vida, la desgracia se cebó en su familia, perdiendo a varios de su hijos y a su mujer poco antes de morir en Nueva York a los 74 años. El humor es una de las armas fundamentales de Twain, la ironía, el dominio de la sátira social, del lenguaje coloquial (diferente para esclavos, granjeros, pisaverdes del Este…), la magia como parte de la realidad (el poder de un picaporte de latón para Tom Sawyer, las conversaciones de Huck y Jim…)

En las ‘Joyas Literarias Juveniles’ leí varias de sus historias como tebeos, pero fue en Collada (el Valledor, Allande) donde encontré una edición de los años veinte de ‘Las aventuras de Tom Sawyer’ y leí el libro en julio de 1980 a la luz de las velas -ese tipo de lecturas son difíciles de olvidar porque el entorno a veces marca más que la propia valía del libro-. Más tarde pude comprobar que Mark Twain no era mi fascinación momentánea, era uno de los grandes.

Son muy conocidas esas obras que algunos se empeñan en destinar a un público infantil o juvenil (’Tom Sawyer’, ‘Huckleberry Finn’, ‘Príncipe y mendigo’, ‘Un yanqui en la corte del Rey Arturo…’) pero no olvidemos que no escribía para niños, lo hacía para el público general, y cualquier lector avispado puede descubrir entre sus divertidas líneas mensajes de crítica social cargados de ironía o amargura.

Antiimperialista y anticapitalista, como librepensador, observador y aventajado crítico de su tiempo, su compromiso moral también le llevó a escribir irreverentes ensayos antirreligiosos (pero su propia familia hizo todo lo posible para evitar que vieran la luz; sus ‘Cartas desde la Tierra’ se publicaron 50 años después de su muerte). ‘El forastero misterioso’ es una obra inolvidable, atrevida y adelantada a su tiempo; los ‘Diarios de Adán y Eva’, esconden, como siempre, bajo la amena prosa de Twain, un sarcasmo desencantado que apunta hacia las debilidades que los seres humanos siempre hemos tenido.

Por eso hoy, centenario de su muerte, es buen momento para releer a este clásico con una visión adulta del humor.

  Artículo aparecido en la sección EL CULTURAL de EL COMERCIO 21-04-2010

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