Relato ficticio

He de decir que no es fácil para mi, desde el lugar en que me encuentro, relatar mi situación, y el como llegué a ella, pero siento fuertes deseos de descargar mi alma de tanto dolor y sufrimiento acumulados durante tantos días, ahora que siento el hedor de la muerte, y el filo de su guadaña, tan cerca de mí…

Mi pesadilla comenzó en el día 6, del mes 6, en el año 2006. Yo paseaba tranquila por un parque en el centro de mi ciudad, en un día soleado y caluroso de principios de verano; en mi mano derecha se balanceaba una pequeña bolsa de regalo de una tienda cara para niños de papá (capricho que me había permitido con la excusa de mi cumpleaños); en mi otra mano se derretía lentamente un enorme cucurucho de helado, adquirido en la acera de enfrente. Me dispuse a esperar el autobús, en la parada que se encontraba junto a la entrada del parque. Mientras esperaba, me iba fijando, distraída, en pequeños detalles que sucedían a mi alrededor; el ligero vuelo de una mariposa, que va errante de un lugar a otro, dejándose llevar por la suave brisa, sin asentarse en ningún sitio concreto; el joven que juega en el césped con su perro, y le lanza una y otra vez un disco volador, como en una especie de ritual; los muchachos que se apelotonan en una parcela del parque sombreada, mientras uno de ellos porta un teléfono móvil. No se encuentran lejos del joven y su animal. También está la mujer que acaba de entrar en la heladería hablando frenéticamente por su teléfono, gesticulando mucho, y la mujer de mediana edad que espera junto a mí la llegada del transporte público, y que de vez en cuando me mira de reojo susurrando “Menudas pintas…”, cada vez que cree que no la oigo. Unos minutos más tarde me saca de mi ensimismamiento una chirriante melodía procedente del teléfono móvil de la mujer que aguarda a mi lado el autobús, y segundos después comienza a hablar alegremente y en voz excesivamente alta.

Fue entonces, en ese preciso instante, cuando el mundo en el que había vivido y conocía hasta aquel fatídico momento se desmoronó violentamente, como un castillo de naipes cae azotado por una fuerte ventolera. Volví, entonces, a fijarme en la mujer que había entrado en la heladería; había arrojado al suelo su teléfono móvil, y ahora mordía como un perro de presa la enorme cara del heladero, manchando así de sangre y crema de vainilla su impecable traje azul. El joven que antes jugaba con su  perro corría despavorido mientras el otro grupo de niños se abalanzaba sobre el animal, despedazándolo con dientes y uñas. A lo lejos pude observar cómo una gran torre de telefonía móvil estallaba, y, acto seguido, quedaba en llamas. Entonces, mi instinto me hizo advertir el peligro; agarré fuertemente la bolsa de regalo y arremetí contra la cabeza de la mujer que esperaba junto a mí, que se hallaba ahora tendida en el suelo, con la cara desfigurada en una terrible y extraña expresión de demencia, y con su móvil de un verde chillón en la mano. Los ojos, antes grisáceos y gélidos, habían tornado a un impenetrable negro. Sin pararme a pensar eché a correr con la mente en blanco. Toda la ciudad se había sumido en un caos aterrador. Corrí sin dirección; por todas partes se podían oír gritos, llantos, explosiones, pitidos ensordecedores y… teléfonos móviles sonando por doquier. Y entonces, en medio de aquel infierno, me pregunté por qué sería que de pronto, toda persona que se encontrara hablando por el celular desde aquel memorable momento, enloquecía de manera semejante. No pude encontrar explicación ni respuesta lógica. Sin pararme a pensarlo dos veces, arrojé el mío lo mas lejos que pude, yendo a parar cerca de un grupo de personas, o lo que quedaba de ellas, que avanzaba hacia mí con pasos torpes, pero decididos; todos ellos recubiertos de una ennegrecida capa de sangre reseca, quién sabe si suya o de algún otro desgraciado. Lo más rápidamente que pude me escondí en un portal cercano, cuya puerta encontré abierta, y caí inconsciente.

Todo está destartalado. Desde el momento en el que me desperté aquí, hace tres…cuatro…tal vez cinco días, llevo observando por la ventana lo que sucede fuera; esos locos dementes, que antes eran gente corriente, van de un lado a otro en manada, buscando a cualquiera que aún esté en sus cabales… en ocasiones los he oído entrando en este mismo apartamento, pero he logrado esconderme a tiempo. En ocasiones luchan entre ellos salvajemente. Quién sabe; tal vez, tarde o temprano, acaben dando conmigo.

Escrito por: xXxemOdOllxXx

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1 Comentario to “Relato ficticio”

  1. VaMpiReS wIll NeVeR hUrT yOu** escribe:

    Rocio eres una gran campeona sigue asi y llegaras muy alto.M.

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