Primer premio en el Festival de Teatro Grecolatino

 

La alumna Rocío Martínez de 1º Bachillerato ha ganado el primer premio (100€) del Festival de Teatro Grecolatino en la categoría de Bachillerato en el concurso literario, modalidad Tácito. Rocío ya había ganado en 2010 el segundo premio en la categoría de la ESO. ¡Enhorabuena! Disfrutad de la lectura.

 

Magazín semanal, Diario To Kalami, 23 Abril 2008

UNA FACETA DOLOROSAMENTE DESCONOCIDA DE LA DIOSA DE LA SABIDURIA.

Como cada semana, muchas gracias por adquirir To Kalami, y por leer mi magazín semanal.

Cuando decidí hacerme periodista, sabía que no sería fácil, que tendría que pasar por  muchos obstáculos, pero sin duda, el peor momento de mi carrera ocurrió ayer, al realizarle una entrevista a Perséfone, hija de Zeus y Deméter, y obligada a ser la reina del Inframundo. Más bien fue un relato contado por ella misma, en la que no precisó de ninguna de las preguntas que le tenía preparadas.

La desconsolada Core, vino desesperada a mi casa, llorando,  rogándome que publicara el escalofriante relato que iba a contarme: la verdad de Atenea. Que no sabía a quién más recurrir… Fue una situación demasiado real como para poder encontrar las palabras exactas para definirlo…

Intenté mientras escuchaba mantener la cabeza fría, ya que mi obligación es contar noticias, sea cual sea su contenido. Por lo que a continuación les muestro una de las crónicas más dolorosas que he tenido que redactar en mis años como periodista… La dolorosa historia contada por Perséfone, aunque más bien se trata de un relato tan duro como la vida misma, sobre su querida hermana, Atenea, del que me atrevo a calificar como un S.O.S…

-PERSÉFONE: No poseo de mucho tiempo para contarles esta historia… pero intentaré explicarles todo tal y como ha sucedido, y pidiendo la ayuda y comprensión de mi padre, Zeus, por favor, espero que alguna vez leas esto.

Todos saben quién es Atenea, diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa.  La patrona de Atenas, y la diosa más casta y pura de todo el Olimpo.

Hasta aquí leo mecanográficamente… Pero los dioses somos como las personas, nunca somos iguales ni hacemos siempre lo mismo. Tenemos sentimientos, inquietudes, ambiciones… No somos máquinas que se pasan la eternidad haciendo lo mismo… ¿Acaso se creen que yo sigo enfadada con mi padre por no intervenir en mi rapto? ¿Piensan qué vivo amargada a cada día que pasa?

Si algún ser creía eso, he de decirle que es el mayor ignorante jamás visto. Nadie se puede ceñir a lo que nos cuenta un papel.

Bien, a continuación les voy a contar lo que ha ocurrido hace dos años con mi querida hermana Atenea.

Todo comenzó el 29 de febrero de 2008. Un día muy señalado.

Yo me encontraba en mis aposentos, remendando unas sábanas de seda, sumergida en mis pensamientos, echando de menos a los míos… cuando de repente oigo a alguien gritar escalofriantemente desde el subsuelo. Suele ser lo normal, mortales castigados, alguna divinidad obligada a ser torturada hasta la eternidad… Pero aquella voz, aquellos desgarradores gritos, empezaron a pronunciar  mi nombre desesperadamente. Nunca olvidaré aquellos guturales sonidos:

ATENEA: -¡Perséfone! ¡Perséfone! ¡Ayúdame hermana te lo suplico ¡POR LA EXISTENCIA DE TODOS LOS DIOSES!

No me hizo falta oír nada más. Lancé las sábanas al suelo y corrí escaleras abajo. Apartaba a cada demonio-sirviente como podía y echaba maldiciones cuando las puertas estaban cerradas con triple candado. Gracias a la fuerza divina que corría por mis venas, conseguí derrumbar la última puerta, hasta llegar a la entrada del Inframundo. Allí observé un panorama que ni en mis peores pesadillas habría imaginado. Atenea se encontraba atada de manos y pies a la pared, semidesnuda, y estaba siendo azotada por un soldado. Al ver aquella imagen, los ojos se me inundaron de lágrimas, me descalcé aquellos desagradables tacones que me veía obligada a poner.

-¡Coronel, deteneos inmediatamente, de lo contrario, os juro por mi reinado del Inframundo que desearéis no haber nacido! -dije mientras corría como una posesa en su dirección-.  

Mis impulsos y mi manera de ser, no pudieron impedir el puñetazo que recayó encima de aquel contramaestre. Él sólo hacía su trabajo, y se suponía que yo ya debía estar acostumbrada a ello, pero no cuando tu propia hermana se desangraba ante ti.

Sin pensármelo dos veces, corté con la daga que siempre llevaba encima las correas y conseguí coger a mi hermana, que estaba inconsciente.

Grité que me trajesen a los dragones para subirme lo más rápido posible a la habitación. Mientras los demás demonios castigadores me miraban incrédulos y con preocupación.

No podía preguntarles el motivo por el que estaban haciendo aquello, pero me juré bajar mas tarde a preguntar.

En lo que venía mi dragona Ulsa, deposité suavemente a mi hermana en el suelo, para arroparla con mi túnica, quedándome sólo con el corpiño que mi marido me había obligado a llevar.

-Estoy aquí, hermana… ¿me puedes oír? -intentaba decirle, pero seguía inconsciente.-

Observé su cuerpo, y pude percibir la cantidad de palizas que había recibido… Aquello era desolador.

Cuando llegó mi dragona, le comuniqué en su idioma que nos dirigíamos con la mayor prisa posible a mis aposentos, pero que volase sin muchas vueltas bruscas. 

Antes de subir, mis damas se encontraban en el vestíbulo, y las mandé subir inmediatamente por las escaleras y que llevasen a mi recámara pociones curativas y vendas.

A los cinco minutos, Ulsa nos había dejado en la terraza de mi recámara, y había depositado a mi hermana en el lecho.

Rápidamente examiné todas sus heridas y primero nos ocupamos de las profundas.  No había palmo de su piel en el que no hubiera un golpe, y yo salí de mi asombro cuando una de mis doncellas me dijo:

-Se-señora. Por el amor de dios, observe esto…

Descendí la mirada hacia su vientre, y lo que encontré allí fue desolador. Mi hermana tenia la barriga abierta, y en el vientre bajo, estaba la cabeza de un bebé. ¡¿Un bebé?!

Eran demasiadas preguntas y poco tiempo para actuar, por lo que me propuse olvidarlo todo, simplemente dedicarme a curar o cerrar cada herida del cuerpo de mi hermana.

-Está bien. Hay que trabajar rápido y con agilidad. Demostradme lealtad ayudándome a curar a mi hermana, de lo contrario, yo misma os arrojaré a los dragones, ¿entendido? -Continué cuando ellas asintieron asustadas- ¡Briseida y Helena, lavadle rápidamente las heridas de las piernas y vendarlas bien! ¡Agnes y Cyntia, ocuparos de los brazos, Olympa como mi dama de confianza, te encomiendo su cabeza, trátala y cúrala como si fuera la tuya, yo me dispondré a coserle ese enorme corte de la barriga!

No hubo más palabras, pero me enorgullecí de todas mis damas. Cuando Olympa  acabó con su cabeza, la sujetó y le dio algo de agua. Cuando empecé a coserle el corte, podía oír sus sollozos, mientras que mis damas la tranquilizaban y le tapaban la vista. Se me desgarraba el corazón a cada grito su suyo… hasta que los delirios la hicieron desmayarse y caer en un profundo sueño.

Tras curarla, la lavamos y le pusimos una de mis túnicas.

Al ver que no se despertaba, hablando en susurros, les di las gracias a mis doncellas, y les pedí perdón por hablarles antes así.

Como no sabía cuándo volvería Hades, les ordené que si volviese, le comunicaran la situación y prohibí terminantemente la entrada a mis aposentos.

Mandé a dos guardaespaldas a la puerta, y que delante de ellos hubiese veinte soldados-demonio custodiándola. No sabía lo que podía pasar.

Observaba a mi hermana con lágrimas en los ojos. No había parte de su cuerpo en la que no tuviese una venda… Tenía que preguntarle miles de cosas, pero no podía despertarla.

Había ordenado a las doncellas que se deshiciesen de la cabeza de aquel bebé, no podía arriesgarme a que ella lo viera.

Tomé asiento al pie de la cama, y esperé a que ella se despertara… pasaron las horas… y un día… y dos… hasta que finalmente pude oír la voz de mi hermana:

-¿Dónde estoy? -dijo ella intentando incorporarse-.

-Tranquila hermana… estás en mis aposentos.-dije obligándola a retroceder-.

-Perséfone, por todos los dioses, cuéntame que ha sucedido. - Dijo ella rogándome con la mirada-.

Suspirando, le conté todo lo ocurrido, y le pedí que me contase todo lo que había pasado con todo detalle. Sin embargo, ella alzó la vista, y sus ojos se empezaron a emborronar a causa de las lágrimas que empezaban a brotar de ellos.

-Así que es real… no lo he soñado…

Al decir aquello, terminó de romperse, y lloró como nunca jamás la había visto. Se lamentaba, gemía, sollozaba, y soltaba maldiciones acerca de su desgracia…

Yo intentaba calmarla, pero como podéis imaginar, esa no era una tarea fácil.

Me limité a abrazarla y a acariciarle su preciosa melena, hasta que se empezó a tranquilizar poco a poco.

-Hermana, por favor, cuéntamelo todo.

-Es una historia muy larga…

-No me importa, tomate el tiempo que necesites.

PERSÉFONE: Exhaló un largo suspiro conteniendo las lágrimas, y comenzó su desgarrador relato.

ATENEA: -Verás, todos los días desde hacía un año, un mortal llamado Héctor visitaba mi Partenón en Nashville. Raro era el día en el que no me traía alguna ofrenda. Venía puntualmente todos los días a las once y media de la noche al templo, y me contaba todos sus problemas e inquietudes en griego, para que ningún ciudadano supiese lo que decía y lo tomasen por loco. Pero le daba igual. Era muy sincero. Se dedicaba a revisar, participar y corroborar todas las investigaciones, hallazgos o creencias relacionadas con mi persona y…

PERSÉFONE: Atenea se vio obligada a detenerse, y me pidió un vaso de agua. Veloz como el viento, se lo traje de inmediato. Agradeciéndomelo con la cabeza, consiguió proseguir con su relato.

ATENEA: -Y viajó en repetidas ocasiones a Tennessee, e incluso allí visitaba mi templo cada día. Me decía que creía en mi existencia, al igual que en la de los demás dioses, y me rogaba que me apareciese ante él. Que nada le haría más feliz que poder contemplar a la diosa de la sabiduría… Que estaba dispuesto a todo por conseguir su propósito.

Desde la primera vez que oía sus oraciones hacia mí, había notado algo en el estómago, cada partícula de mi cuerpo se extendía hacia más allá. Adoraba cuando el día ponía su fin, y observaba como entraba el desde la puerta… Aquel hombre alto, de constitución fuerte, y con pelo corto cobrizo  despeinado, aquellos ojos oscuros, y aquella sonrisa que me producía escalofríos. Me sentía extraña, ya que desde que tengo uso de razón, jamás había sentido aquello por ningún ser.

Mis inquietudes llegaron a tanto, que un día fui en busca de consejo a Afrodita. Sí, lo sé, algo impropio en mí, y de hecho, aquel fue el principio de toda mi desgracia.

Sabrás el rencor mutuo que nos guardamos  Poseidón y yo, pero nunca pensé que llegase a tanto.

Le conté toda la historia a Afrodita, y ella me aconsejó que me materializase en mi forma ante él, y que dejase el resto al destino… En aquel momento, yo no sabía que en el lecho de Afrodita descansaba mi incondicional enemigo, ya que se había materializado en agua… pero eso ya te lo contaré más adelante.

Un buen día, en su casa de Nashville, mientras el estaba leyendo un libro, sin pensarlo dos veces, me aparecí ante él, sin pronunciar palabra. Estudié su gesto, del asombro a la calma con una cautelosa mirada, y sus únicas palabras fueron:

-Sabía que algún día podría contemplarte, exactamente igual de cómo te imaginaba…

Aquello no podía ser real, no podía estarme pasando a mí. Quiero decir, la diosa de la sabiduría, la soberana de Atenas, la hija más sabia de Zeus, la que permanecería sin conocer varón hasta el fin de los tiempos, no le podía estar pasando aquello. Yo no podía articular palabra, simplemente, que por primera vez en la historia de mi vida, sentía un cosquilleo tonto en el estómago, una sensación de asfixie en el pecho, y un punto de nerviosismo en cada célula de mi cuerpo…

-Luchadora, valiente y sabia diosa Atenea, ¿me concedéis el honor de retiraros vuestra armadura?

Yo no supe que decir, no me salían las palabras. Era la primera vez que un hombre hacia que me callase y al que obedecía… 

Simplemente asentí con la cabeza. El me sonrió y me dijo:

-Nada me haría más feliz que escuchar vuestra bella voz.

De haber sido humana, se me hubiesen encendido las mejillas, pero en aquella situación simplemente me entraba el pánico… Torpemente, me quité el casco, y junto con el escudo, los deposité en el suelo.

-N-no se cómo he podido hacer esto… -conseguí decir con la mirada gacha.

-Mi diosa, has hecho realidad el deseo de este mísero mortal. Nunca podré agradecértelo. Ahora ya se que puedo morir en paz.

Sin saber qué decir, y dejando actuar al destino, estuvimos mirándonos el uno al otro durante horas. Adoraba el hecho de poder sentirlo y respirar el mismo aire que él. Sin mediar palabra, él se acercó a mí, y pude ver que por lo menos era una cabeza más alto que yo. Me tomó el rostro con las dos manos, y dijo:

-No sabéis  el tiempo que llevo esperando este momento…

Y acto seguido me besó. Como debería de haber hecho, tenía que haber puesto resistencia, y matarlo por tal hecho, pero ya había jugado con suficiente fuego, y no estaba dispuesta a detenerme.

 Primero me besó lenta y débilmente, acariciándome el lóbulo de la oreja, y despertando una feroz ansia que nunca había sentido en mi cuerpo. Pero un nuevo sentimiento nos atrajo a los dos, y nuestros besos se alargaron apasionadamente. Él me estrechaba contra su cuerpo, y sus manos se introdujeron en mi larga y espesa melena, mientras que yo inspeccionaba su espalda con mis manos.

Olvidando completamente nuestros pensamientos, le abrí la camisa que llevaba, haciendo saltar los botones por el aire, y acto seguido el hizo lo mismo con mi blanca túnica de seda y me llevó en volandas hacia su cama…

Mi hermana se detuvo por segunda vez y juraría que el dolor que le estaba causando contar aquella historia, no se lo habría causado ninguna batalla por muy dura que esta hubiese sido.  Tomando aire, siguió con su relato.

A la mañana siguiente, me sentía la mujer más feliz del mundo. Permanecíamos  abrazamos mientras  empezamos a contarnos anécdotas y situaciones divertidas de los encuentros en los  que nos veíamos, y no nos podíamos comunicar físicamente, pero sí mentalmente, mientras aquel agradable sol de otoño bañaba nuestros cuerpos desnudos. Reíamos inocentemente ante el devastador futuro que nos aguardaba….

Pasaron las horas, y nos volvimos a dormir.

Al cabo de unos días en los que apenas salíamos de la cama, y en los que hablábamos durante horas, se nos ocurrió visitar las tierras troyanas, ya que le hacia mucha ilusión ver el lugar monte Ida, donde tuvo lugar el famoso Juicio de Paris.

Sin poder negarle nada a aquel ser que me había robado el corazón, acudimos volando hacia él. Nos tumbamos en la caliente hierba. Cada vez que le contaba una curiosidad del Olimpo, el se echaba a reír, y viceversa. Nos reíamos de cómo los historiadores habían variado datos impensables en el actual y viejo Olimpo.

Todo era maravilloso, tranquilo o como lo suelen llamar, los momentos  románticamente estúpidos, hasta que un rayo irrumpió en aquella escena. Hasta ese momento no me había percatado del lugar en el que estábamos, y de a quién había osado desobedecer. Con una mirada, ambos salimos de nuestro embelesamiento. Acto seguido, empezó a llover con fuerza. Sabía que iba a ocurrir algo malo….

Mi amado Héctor estaba inquieto, pero se puso delante de mí cuando Zeus descendió de los cielos hasta escasos metros donde nos encontrábamos.

Hermana, decir que el rostro de nuestro padre estaba endemoniadamente furioso es quedarse corto. Ni cuando el propio Prometeo lo burló vi aquellos rasgos en su cara.

-Mortal ¡¿Cómo osas interponerte ante mí, el todo poderoso Zeus?!-diciendo esto y sin permitirle reaccionar, le lanzó un poderoso rayo, pero yo me interpuse delante de él, empujando a Héctor sobre la hierba y haciendo que mi escudo apareciese en cuestión de milésimas de segundo. Alcé la mirada hacia él, no le podía demostrar el aterrador miedo que tenía.

Asombrado de que hubiese hecho aquello, soltó una barbaridad de maldiciones, mientras llamaba a los siervos de Hades.

-Sé de buena tinta lo que has hecho, Atenea. No solo has osado desobecer las órdenes que te he inculcado desde que naciste, si no que has puesto en peligro tu integridad por la de un humano. ¿Tienes la menor idea de lo que has hecho?

Él no esperaba respuesta, pero ya no me quedaba más por perder.

-Lo amo padre.

-¡Por todos los dioses Atenea, sabes de sobra la prohibición que tienes

a cerca del amor! Niña malcriada. Ahora sabrás lo que…

-Ni se le ocurra ponerle una mano encima. -dijo Héctor interponiéndose una vez mas entre él y yo-

Zeus sonrió macabramente, y con un hechizo, lo agarró y lo envió de vuelta a Nashville, no sin antes decirle:

-Te juro que desearás no haber nacido, desgraciado mortal.

Asustada ante el hecho de quedarme sola con mi padre, mostraba una cara dura.

-A ti, a ti te espera un castigo peor que a tu querido humano. Te condeno a vagar por el Inframundo el resto de la eternidad, y serás fiel testigo de la muerte que le tengo reservada a tu criaturita… Me introduciré en su mente, y manipularé sus pensamientos para que se corte las venas y al final, se ahorque. .

Al oír la veracidad de aquellas palabras, fui corriendo a sus pies, pidiendo perdón, y que le perdonase la vida a Héctor. Le rogaba compasión, y que antes la matase mil veces a ella, que hacerle algo a él…

-¡Ahora imploras, guarra! ¡No implores por él, si no por el bebé que estás gestando de ese maldito bastardo!  Mientras dormíais juntos después de haberos restregado como cerdos, Afrodita bajó y palpó tu vientre. ¡Me aseguró entre risas que sería abuelo ¿Tienes idea del cachondeo que he tenido que soportar? Para lavar mi imagen he anunciado que ambos seréis cruelmente castigados, tal y como cualquiera que infrinja mi ley.

  

Al oír aquello, dejé de respirar y no pude evitar llevarme una mano al vientre mientras le suplicaba. Finalmente, alcé la mirada como pude y le hablé, asqueándome de hacerlo y de ser la hija de aquel canalla.

-¿Serás capaz de torturar a un bebé? ¿A tu propio nieto? ¡Eso sí que es ser un maldito cobarde!

Se le pusieron los ojos como platos y aquella vez, fue la primera en que me abofeteó. Yo no opuse resistencia, simplemente me resigné a mirarlo fijamente, a mirar a aquel que ya no era mi padre. No temía por lo que me pudiera pasar, si no de lo que le podía ocurrir a Héctor, o al bebé… llenándoseme los ojos de lágrimas, le encaré por última vez.

-Haz tu voluntad, como has hecho siempre. Pero has de saber, que no me arrepiento de lo que hice, es más, lo disfruté plenamente. Lo único que lamento en la vida, es de haber sido hija tuya y de no haber disfrutado antes del amor.

Acto seguido, noté cómo varios seres me derrumbaban, y me golpeaban fuertemente, ante la mirada de aquel dios, al que consideraba mi padre.

Cuando recobré el sentido, vi aquella escena, que nunca olvidaré en mi vida.

Unas tijeras, el suelo manchado de sangre, y alzando una mirada, una cuerda que ahorcaba el cuello de Héctor.

Los demonios me sujetaban, y no me dejaban acercarme a el, cuando juraría que aún respiraba. Grité, lloré, maldije, supliqué, amenacé a Zeus, pero no recibí ninguna respuesta por su parte, ni siquiera me miraba a la cara.

Pude ver detrás de él a algunos dioses, en especial a Poseidón que se le veía cómo disfrutaba.

-Atenea, la única consideración que puedo tener contigo es no retirarte el don de la inmortalidad. A partir de este momento, dejas de ser una divinidad, tu ciudad, tus cultos, tus templos, todo en lo que tengas que ver, será borrado o destruido.

La capital de Grecia, será la misma, pero pasará a ser de Poseidón. Nunca has existido, y no lo harás. Vagarás por el Hades hasta el fin de los tiempos, y pasarás a ser la esclava de tu hermana Perséfone. Deberías agradecérmelo.

A tales palabras, y con dolorosas heridas en todo el cuerpo, alcé la vista por última vez para escupirle a la cara. Pero, de improvisto, un nuevo demonio me clavó algo en la barriga, una daga, y noté cómo dolorosamente me hacía un gran corte… me abrió el vientre… a partir de ahí solo recuerdo llantos, mucha sangre e imágenes sueltas…

Y ahora me despierto aquí…

PERSÉFONE: Cuando mi hermana acabó su relato, yo no daba crédito a lo que oía. Sabía de los duros castigos de mi padre, pero no ante su propia sangre… Consintió que le abriesen el vientre a su propia hija y despedazasen a su nieta, consintió que torturasen a su hija ante su altiva mirada… Desgraciado.

Por eso les pido a ustedes que nunca olviden a Atenea, que nunca dejen de leer sus historias, sus poderes, y les ruego que cuenten esta historia como su primer amor.

Esto es un favor que les pide su desconsolada hermana.

Gracias por la atención mortales, he de regresar con mi hermana y mi marido…

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