Relato ganador del concurso literario “Relatos para morirse de miedo”

Aquí tenéis el relato ganador del concurso:

NO PODRÁS SALIR… HASTA CURARTE

-Lo pasaremos bien, ya veréis. Lo que sí que no quiero es que haya graciosos que quieran hacer la broma e intentar asustarnos, ya os lo voy diciendo…

Recuerdo que llegamos aquí a la hora del crepúsculo, cuando el sol, agotando los últimos instantes de su luz de oro bruñido, iba desapareciendo lentamente tras la línea del horizonte. La última vez que lo veríamos.

¿Quién soy yo? Ya ni lo recuerdo… fui persona un día, con un cuerpo, una vida, unos sueños. Ahora soy… algo. Algo encerrado entre estas paredes infinitas, que ya son mi hogar. Ni mi nombre recuerdo. No tengo ojos, y si los tengo, he borrado de mi mente el recuerdo de cómo usarlos. Sólo conozco la oscuridad y me muevo por instinto entre ella; eterna, envolvente. La oscuridad y los sonidos que la acompañan… .

Recuerdo sin embargo, aquel crepúsculo, aquella noche fatal donde todo terminó para mí. Dejad que brevemente os la cuente, si disponéis de un pequeño momento para prestar atención:

Ahí estábamos los cuatro: Lucía, Nicolás, Víctor y yo. Era noche de Halloween, noche de difuntos, de almas errantes, de terror. ¿Nosotros? Nosotros no éramos más que cuatro jóvenes como otros cualquiera, no destacábamos por nada especialmente. Simplemente decidimos pasar aquella noche de un modo especial. Sólo queríamos divertirnos… sólo eso.

Nuestra ciudad contaba con un edificio particular, que tal vez no todas las ciudades tenían, y que nosotros, en nuestra desenfrenada sed de morbo y aventura, consideramos más que atractivo: el Sanatorio Mental Vista Alegre, abandonado desde mucho antes de nuestro nacimiento. ¿Irónico nombre para el lugar, no creéis? No eran pocas las historias de fantasmas que corrían de boca en boca sobre aquel lugar: desapariciones, sonidos extraños, luces encendidas, lamentos. Lo cierto es que no podíamos haber escogido sitio mejor para pasar una noche de absoluto pavor en una fecha tan señalada… o eso creímos entonces.

Como ya he dicho antes, recuerdo que llegamos allí con las últimas luces del día, dejando ya paso a la prometedora noche del 31 de Octubre. Previamente nos habíamos equipado con lo necesario para permanecer allí hasta la mañana del día siguiente: sacos de dormir, algo de comida, linternas… no faltaba el alcohol, tampoco, después de todo teníamos las mismas insanas costumbres que cualquier otra persona de nuestra edad.

-Yo aún tengo mis dudas, ya sabéis el mal rollo que me dan estas cosas -Lucía; siempre ella y su manía de echarse atrás en el último momento- ¿Y si pasa algo? Deberíamos haber traído los móviles, no creo que sea buena idea quedarnos aquí toda la noche sin ningún tipo de comunicación.

-Ahí está la gracia; da más morbo pensar que si de verdad hay fantasmitas con mala leche ahí dentro esperándonos, no tendremos escapatoria jajajaja. -Nicolás siempre fue el más niño grande de todos nosotros, de hecho, la idea de pasar aquella noche en un lugar en el que nadie había tenido la voluntad de poner un pie en años, había sido enteramente suya.

-Lo pasaremos bien, ya veréis. Lo que sí que no quiero es que haya graciosos que quieran hacer la broma e intentar asustarnos…- Esa soy yo. Sueno tranquila, pero algo me decía antes de entrar en aquel agujero infernal que algo iba a pasar. Algo que no iba a hacernos ni pizca de gracia… la sugestión pensé entonces.- Y eso va por vosotros dos. -Señalaba a Víctor y Nicolás con mirada amenazante.

-¡A sus órdenes!

Víctor se adelantó entonces para echar abajo las tablas que sellaban una de las ventanas con ayuda de Nicolás, y entre ambos lo consiguieron. Por aquel hueco no se veía más que una oscuridad interminable, ni un atisbo de luz en el interior del edificio. Todo en silencio.

-Las damas primero… -Nicolás habló apartándose del hueco y ofreciéndonos ayuda para entrar.

Lucía entró primero mientras los demás le dábamos luz con nuestras linternas, y uno a uno fuimos adentrándonos en el más oscuro de los vacíos. Sin saber que sería para siempre.

-Bien, ahora ponemos las tablitas… y ¡voilá, hotel de cinco estrellas para sus majestades!

-No tiene gracia tío, este sitio parece la guarida del Doctor Caligari…

Al ver aquello que alcanzaba a iluminar con el haz de luz de la linterna, comenzaban a ponérseme los pelos de punta. Era evidente que a Lucía le ocurría lo mismo, ya que se pegaba a mi espalda como si fuéramos dos imanes. Entre todos inspeccionamos el edificio, sin separarnos, y conseguimos dar con el cuarto de contadores. Milagrosamente, las luces de emergencia aún funcionaban, lo que nos proporcionaba una vaga luz submarina, teñida de azul, parpadeante en ocasiones. Una luz tímida que daba a aquel lugar un aspecto aún más tétrico de lo que parecía con las luces de las linternas. Era un lugar inmenso, laberíntico, lleno de recovecos y pasillos interminables por los que se extendían puertas de habitaciones de antiguos pacientes. Las camas, sillas, mesas, material sanitario, e incluso bañeras y muebles gastados se hallaban desperdigados aquí y allá por todo el sanatorio.

-Nos instalaremos en esta habitación durante la noche. Para hacer la cosa más interesante después iremos a ver qué hay en el resto de habitaciones, y todo eso. Haremos lo siguiente, si por cualquier casualidad de este mundo alguno de nosotros es lo suficientemente imbécil de separarse del grupo y perderse, que automáticamente comience a llamar al resto y a hacer todo el ruido posible para que los demás podamos seguir el sonido y encontrarnos. ¿Me he explicado?- Nicolás habló, acostumbrado a tomar siempre el papel de autoridad en todas las situaciones.

-Vale, de acuerdo- Contestamos al unísono.

En la habitación que habíamos escogido quedarnos, comenzamos a sacar los sacos de dormir, a beber como cerdos y a hablar de tonterías mientras nuestras risotadas quebraban el silencio sepulcral que nos abrazaba. Poco a poco se nos iba borrando a todos la sugestión y nos íbamos llenando de confianza. Nos dormimos al cabo de unas pocas horas.

-¿Dónde está Víctor? ¡EH, VOSOTRAS DOS! ¡DESPERTAD, FALTA VÍCTOR!- A Nicolás se le atropellaban las palabras mientras nos balanceaba para desvelarnos a Lucía y a mí. Tan pronto como pudimos reaccionar ante sus palabras, nos levantamos precipitadamente de entre la maraña de sacos.

-¿Cómo que falta Víctor?¿Ese anormal ha salido solo sin avisarnos?-Lucía tenía el rostro desencajado del susto y la preocupación.

-Salí un momento a otra habitación porque necesitaba ir al baño y al volver me he dado cuenta de que el saco de Víctor está vacío. He recorrido el pasillo hasta el final y hasta me he atrevido a subir aquellas escaleras hasta el piso de arriba, pero ni le he oído gritar como acordamos ni nada. Después oí cómo se cerraba una puerta justo a mi lado, y creí que era él intentando asustarme, pero cuando he mirado no había nadie. He bajado aquí echando leches a despertaros.

-Como el tío éste se haya pirado sin nosotros te juro que me lo cargo yo misma mañana por la mañana. Deberíamos ir a ver si las tablillas que quitamos de la ventana se han movido o algo, así sabremos si ha salido fuera o anda por aquí haciendo el idiota, con la borrachera que llevaba encima…-Mi mente pensaba rápido ante aquella situación de alarma.

Comprobamos la ventana: estaba sellada. ¡Sellada! intentamos desesperadamente quitar las tablas con todas nuestras fuerzas, pero fue inútil. Alguien las había clavado de nuevo desde el exterior, dejándonos encerrados como ratones indefensos en una trampa. Cavilamos; Víctor no podía haber salido y hacer aquello, no disponía de herramientas para sellar de aquella manera las tablas. Le llamamos, gritamos su nombre mil veces y recorrimos con los nervios acelerándonos las pulsaciones todo el sanatorio.

Inesperadamente, en uno de los pasillos superiores, una figura poco definida cruzó de una puerta a otra con una velocidad inaudita. A los tres nos tembló el cuerpo entero ante aquello, y nos dirigimos hacia la puerta por donde aquella figura había desaparecido de nuestra vista, creyendo que por fin daríamos con nuestro compañero, riéndose ante el éxito de su broma. Al mirar en el interior no encontramos a nadie. Absolutamente a nadie. Tan solo una camilla vieja con correas y un escritorio volcado. Nos miramos con los rostros pálidos, completamente convencidos de que lo que acabábamos de ver había sido real. Las luces se apagaron de pronto. Lucía gritó y su aullido desesperado inundó el frío aire cortante que se respiraba. El miedo era palpable entre nosotros. Sentí que su mano tiraba de la mía y después se desprendía con violencia.

-¡Dame luz, Nico, date prisa!-Nicolás buscaba la linterna en su mochila mientras mis manos tanteaban en la oscuridad para intentar encontrar las de Lucía, que había callado repentinamente momentos antes. De pronto, un haz de luz iluminó el cuerpo de Lucía, inconsciente, tumbada sobre la camilla de aquella habitación y maniatada con las correas mientras una figura de espaldas a nosotros parecía estar haciéndole una especie de lobotomía con instrumentos quirúrjicos oxidados.

Mi garganta profirió un chillido histérico, pero aquella figura no parecía inmutarse. Nicolás logró reaccionar a mi lado y, tirándome del brazo, salimos de allí recorriendo con toda la velocidad que podían alcanzar nuestras piernas temblorosas el laberinto de paredes. Descendimos hasta los sótanos del sanatorio, donde nos dimos de bruces con un larguísimo pasillo lleno de tuberías, el hueco de un viejo ascensor estropeado, y más oscuridad cargada de humedad. Mis nervios, llegados a un punto inaguantable, hicieron que perdiera los papeles y comenzara a llorar desesperadamente.

Nicolás intentaba por todos los medios calmarme, pero ¿cómo demonios iba a calmarme? Fue entonces cuando le vimos. Estaba arrinconado en una de las esquinas del pasillo, junto al hueco del ascensor, vestido únicamente con una bata blanca gastada de paciente, mirando la nada y con el gesto facial torcido y demacrado. Su voz sonó tranquila, entrecortada, mientras el atisbo de una sonrisa inocente asomaba por las comisuras de sus labios:

-Nos os preocupéis… ya estoy mucho mejor. Aquí van a curarnos, ya lo veréis. Y entonces podremos salir. Vamos, no os preocupéis… yo ya me encuentro mucho mejor…

-¡¿Víctor?! ¿Qué demonios te ha pasado tío? Levántate vamos, hay alguien aquí además de nosotros. ¡Tiene a Lucía, Víctor! ¡Tenemos que salir de aquí y buscar ayuda!- Nicolás intentaba levantar a nuestro reaparecido amigo, pero él forcejeaba bruscamente para zafarse de Nicolás. Mientras tanto yo observaba la escena, sintiendo el pánico presionándome el corazón.

-¡NO! ¡NO PODEMOS IRNOS AÚN! ¡TENEMOS QUE CURARNOS! ¡MALDITA SEA, TENGO QUE CURARME!- Víctor no era el mismo, si no algo parecido que había sido carcomido por las sombras de la locura, así, de repente, sin explicación. ¿Qué estaba pasando en aquél lugar, donde parecía no existir lógica ni razón?

Entonces, entre los forcejeos de ambos, Víctor empujó con una fuerza inusitada a Nicolás por el hueco del ascensor. Se oyó un gritó cada vez más alejado, seguido de un golpe seco, sordo. Y silencio de nuevo. Mis ojos se abrieron ante la tenue luz de la linterna, que alumbraba directamente a Víctor mientras volvía a arrinconarse de nuevo dejando escapar una risa lunática.

-¡NO! ¡¿QUÉ HAS HECHO, VÍCTOR?! ¡DIOS MÍO, NICO!-Me dirigí instintivamente al hueco del ascensor por donde Nicolás había caído. Alumbrando al fondo pude divisar su cuerpo estrellado contra el suelo, sin vida.

-Te ha oído y ya viene… tranquila, ya está llegando. Viene para que te calmes. Para curarte. No te preocupes. Todo irá bien… ya verás como sí. Y entonces podremos irnos…todo irá bien. Nos curaremos…

Sentí algo inexplicable: el tiempo perdió el sentido, no existía. Fue un segundo en el limbo…

Abrí los ojos y me vi a mi misma sobre aquella camilla, atada de pies y manos. Me observaba detenidamente mientras sentía que mi cerebro se iba quedando progresivamente vacío de recuerdos, mientras Él maniobraba sobre mi cabeza. Salí de mi propio cuerpo en un suspiro, en un último aliento como habitante carnal de aquella carcasa ahora vacía. Mi cuerpo… olvidado incluso por el olvido, alimentando a los gusanos para el resto de los días.

Yo vago por aquí, estoy siendo curada. Cuando consiga curarme del todo podré irme, pero la recuperación es larga. Pero voy a curarme, de hecho, ya me siento mucho mejor…

¿FIN?

Paula Mateo Calero, 2º de Bachillerato de Humanidades

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