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Quizás las pruebas diagnósticas sean un buen instrumento que aporte algún dato que radiografíe más de cerca la realidad de los niveles a los que se aplica…

 

Quizás ,,, y seguro que merece la pena intentarlo….

 

Lo que sin duda no merece la pena es matar el proceso en el intento. Porque si antes de evaluar los resultados, tenemos que evaluar el proceso diseñado, la única conclusión posible es que se han dado tantos pasos en la mala dirección, que antes de centrarnos en la prueba en sí, se ha conseguido algo que cualquier evaluador tacharía como el despropósito de un proceso evaluador.

 

Me explico. El desgraciado diseño del proceso de formación previo, ha conseguido predisponer en contra de las pruebas a uno de los agentes básicos del instrumento: los examinadores.

 

Porque yo estoy seguro que un porcentaje abrumador del profesorado no tendría problema en hacer el esfuerzo de pasar las pruebas a su alumnado, aún aquellos que no creyeren demasiado en la utilidad de ls mismas. Pero, sin duda, el porcentaje que realizará el trabajo de buen grado disminuye notablemente  cuando se perciben obstáculos y exigencias que además son aledañas a las pruebas en sí. Es decir, estamos viciando el proceso antes de empezar por asuntos que no son los primordiales.

 

Se ha diseñado un curso de formación, para unas personas que deben poner un examen y corregirlo, aunque lo llamemos eufemísticamente prueba diagnóstica. Nada de esto sería extraño si no fuera que el destinatario del curso es profesorado que hace precisamente eso  todos los días como parte intrínseca de su trabajo. ¿No hubiese bastado con unas normas de corrección claras que asegurasen la homogeneidad en la valoración de las respuestas? ¿o es que para estas pruebas no vale el saber profesional de nuestros maestros y maestras que deben de repente aprender nuevas técnicas de calificación?

 

El curso incluye abundante legislación, modelos de confección de preguntas, etc…. Tal parece que se ha sobreponderado y magnificado no solo la necesidad de formación, sino los contenidos adecuados al fin buscado. Se ha hecho una montaña de algo que el profesorado hubiese hecho con naturalidad, con unas simples y claras instrucciones.

 

Los otros problemas, los del acceso a la plataforma no es más que un aguacero sobre una tormenta que no cesa. Nada nuevo, para quien tiene que buscar horas remotas para poner con calma las notas en Sauce, o para quienes sufren la lentitud perpetua de la conexión institucional. El error en este caso no es la plataforma, ni siquiera haber vuelto a confiar en ella una vez más, después de las experiencias previas. El error es el diseño de la formación en sí.

 

Así que incluso siendo, como soy, ferviente defensor de las pruebas, no puedo menos que lamentar el penoso espectáculo que se está produciendo con el proceso previo y pensar que quizás el Servicio de Evaluación, deba autoevaluarse. Y por si acaso, ahí va alguna idea: circunscríbasen las pruebas dentro de la normalidad de los centros educativos, como una actividad más. desmagnifiquese su importancia. olvídense los cursos de formación y hágase un buen manual para el profesorado que debe pasar los exámenes. Seguro que en este caso, el silencio es buen compañero de viaje, porque quien debe llevar las campanillas son los resultados y no los prolegómenos.

Con regocijo de colegial y la satisfacción de un reto personal cumplido, he llegado a buen puerto en mi último año de inglés en la EOI de Gijón. Ha sido mi último año y el último también del viejo plan de estudios… un plan cautivo de los contenidos gramaticales, aferrado como una lapa a los condicionales de tipo tres, a las inversiones de escasísima rentabilidad lingüística y al pasado irreal. Y nada más certero, y valga el juego de palabras. El plan, seguramente pre-chomskiano, adoraba ese inglés de salón capaz de poner cada palabra en su justa medida, con expresiones que difícilmente pueden encontrarse en un hablante nativo de nuestros días….

Eso, sí, con el plan en la mano, cada maestrillo aplicaba su santo saber y yo he tenido la suerte de disfrutar todo el año con una excelente profesora que nos hizo vivir la realidad cotidiana de expresarse en inglés. Precursora infatigable de nuestro hablar diario, dedicó buena parte de sus esfuerzos a enriquecer nuestra forma de hablar, a corregirnos e ilustrarnos constantemente con el vocabulario habitual de cada día, Tal vez por ello consiguió mantener incólume nuestro interés por la clase, sin baja alguna entre el alumnado desde el primer día.

Solo al final hubo de rendir algún tiempo de pleitesía a la gramática, para enseñarnos a resolver ejercicios de curiosa factura. Por ejemplo, reescribir de otra forma una frase, que por otra parte, ya te dan bien escrita, o adivinar la palabra que sobra en un texto mal escrito a posta. Como buenos colegiales entendimos a la primera que aquello era el precio para aprobar, así que, manos a la obra, nos pusimos a encontrar el truquillo de cada tipo de frase. La práctica más que el sentido común, nos enseñó el camino y todos, mejor o peor, superamos el curioso test. Eso sí, todos supimos también, como buenos colegiales, que el truquillo era una de esas cosas para olvidar al día siguiente del examen, porque no guardaba relación alguna con situación real a la que nos pudiéramos enfrentar.

El inglés vivo, se escapa a raudales del papel, no hay duda. Quizás por eso, quienes han redactado el nuevo plan de las EOI basado en las directrices europeas, han eliminado el examen de gramática y duplicado las destrezas orales. No es mal camino… Enséñame a resolver situaciones reales de comunicación y yo iré interiorizando las estructuras gramaticales tal y como hemos hecho todos con nuestra lengua materna.

Y no me midas por la capacidad de volver e escribir de forma distinta lo que tú ya has escrito, sino por la capacidad de responder a tus preguntas.

No me pongas trampas en medio de un texto lejano, pídeme que te escriba sobre lo que pasa cada día.

Así que me he despedido con toda solemnidad de la gramática, al menos como examen, (como libro de consulta siempre la tendré presente) porque ya nunca volverá a poblar las pruebas finales de la EOI.

Adiós, gramática, adiós

En un intento de dulcificar la usura legal a la que nos someten diariamente las grandes compañías de telefonía móvil, el Parlamento europeo acaba de aprobar unos máximos para las llamadas internacionales que suponen una enorme bajada de precios sobre las que actualmente aplican las compañías. (49 céntimos minutos si llamas tú y 24 céntimos minuto si te llaman).

Me ha dado por mirar lo que me cobra Movistar, no ya por las llamadas internacionales, sino por las de todos los días. Vamos, por llamar a la esquina de al lado. Y resulta que mi tarjeta por las mañanas tiene una tarifa de 64,4 céntimos minuto.

He pensado que a poco más que bajen las tarifas aéreas, me compensa coger el avión para llamarte desde Portugal o desde Francia. Y no te digo nada si me llamas tú…

Pero entonces, en un alarde de ingenuidad me he acordado de la diana llena de flechas que aparece en la tele anunciando a bombo y platillo la nueva tarifa de Movistar para hablar por 3 céntimos con 22 millones de personas. La verdad es que, lo primero que tengo que decir es que de esos 22 millones hay unos 21.999.980 a los que no creo que llame en mi vida. Creo no equivocarme si escribo que la inmensa mayoría de los mortales, (quizás con la excepción de quien lo usa en el trabajo) usamos el móvil para llamar a un número muy limitado de personas. Es decir, el noventa y tantos por ciento de nuestras llamadas son a un puñado machaconamente repetido de amigos o familiares.

Lo que no dice el anuncio es lo que te cuesta llamar a un número que no sea de esos 22 millones. Si, por desgracia, tu amor, no está en esa muchedumbre (es de Orange, o de Vodafone) la broma te sale a 30 c/minuto en contrato o a 59 c/minuto si tienes tarjeta.

Casi, casi, es una razón argumentable para el divorcio, o, como preferiría sin duda Telefónica, para regalarle un teléfono de Movistar..

Ya me imagino el nuevo sistema de ligue, en las discotecas. Mas que el arcaico “estudias o trabajas” ahora mola más “Movistar o Vodafone”. Porque antes de echar a pique tus ahorros de toda la vida, es mejor escoger amistades entre esos 22 millones de penitentes que ahora se sienten felices de poder hablar entre sí a 3 céntimos minuto. De todas formas, Movistar les sigue cobrando 15 céntimos solo por descolgar, pero es un detalle por su parte que haya refinado tanto la forma en la que nos seduce a seguir aumentando la cuenta de nuestro teléfono. La factura será igual o mayor que antes, pero al menos descolgaremos muchas más veces, orgullosos y contentos, diciéndoles a nuestros colegas: “Tío, ahora puedo hablar lo que quiera, solo pago 3 céntimos/minuto”

 

 

Pocas veces en la historia, un sindicato amenaza a su empleador con una huelga por el hecho de decretar unilateralmente una subida de 1600 a 2500 euros anuales para todos los empleados de la empresa. Tan novedosa estrategia sindical, merece encabezar la reflexión de este mundo al revés que no intenta sino de dar una visión personal de todo aquello que a primera vista nos recuerda al lobito bueno y la bruja hermosa de Paco Ibáñez.

Pero todo, hasta esto, tiene su explicación. Detrás del desaire más bien furibundo de CCOO y SUATEA abandonando la mesa de negociación al enterarse de que se había publicado en el BOPA el procedimiento para cobrar lo pactado para este año; están la eterna contradicción, ya expresada en otras ocasiones, entre el mundo docente ideal defendido por estos sindicatos y la realidad meridiana de cada centro educativo.

Esta contradicción ha tenido muchas expresiones anteriores, desde el viejo y ya olvidado cuerpo único, hasta el rechazo al plan de pensiones del Principado. En todos los casos las razones esgrimidas para defender sus posiciones han sido valores perfectamente válidos desde un punto de vista de izquierdas: la igualdad teórica entre todos los docentes, la privatización de las jubilaciones…..

Es encomiable ese esfuerzo por defender visiones idealistas de la educación y sinceramente necesitamos esos toques de atención continuos que nos recuerdan que podemos participar en la construcción de una realidad social más justa e igualitaria.

Tiene que ser difícil entonces, lidiar uno mismo con la visión teórica de esas ideas y el hecho prosaico pero cierto de una mejora retributiva muy sustanciosa. El valor a defender en esta ocasión es la negativa a una valoración del trabajo de los docentes, alegando que puede dar lugar a evaluaciones injustas.

Y es cierto, porque las clases están llenas de alumnos que se sienten injustamente calificados por sus profesores; las oposiciones, donde se pone en juego toda una vida laboral, están llenas de suspensos o aprobados injustos, y así en casi cada ámbito social. Pero no por ello debemos suspender a todos los alumnos, o dejar de convocar oposiciones

Lo mismo ocurre en nuestros claustros. Tan necesario es defender mejoras colectivas para todos, como permitir que aquellos que expresan día a día una especial dedicación o esfuerzo en actividades que no son estrictamente dar clase, puedan ser recompensados de alguna forma. Negar la diversidad de esfuerzos, dedicaciones y predisposiciones en un claustro es cerrar los ojos a la evidencia.

Y ahí surge la gran contradicción que mantiene a los hombres y mujeres de CCOO y SUATEA peleándose con sus propias ideas. La realidad es muy terca. La subida es cuantiosa, se supone que los sindicatos deben intentar precisamente eso, mejorar las condiciones económicas de los trabajadores, y para una vez que se consigue una cantidad importante, ¡zas!, el sindicato no solo no intenta hacernos ver su mérito en lo conseguido, sino que nos invita a manifestarnos contra la subida. y entona un desesperado Yo no firmé!! Yo no firmé!!!

Suena un poco a pataleta, la verdad. Al margen de que la forma en la que se van a realizar las cosas contenga algún tinte ilógico, como cobrar antes de saber cómo será la evaluación, echarse al monte desaforadamente es una reacción ingenua y simplista.

Al fin y al cabo, el apuntarse a la carrera docente es voluntario, lo cual nos va a dar la oportunidad de comprobar, qué puede más, si la jugosa subida propuesta o la renuncia a ella en base a razones ideológicas.