La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Aquí os dejo las soluciones a algunos de los ejercicios que hemos estado trabajando estos últimos días. Pero por si alguno o alguna no comprende todavía muy bien en que consisten las tablas de verdad, os adjunto también una serie de tutoriales para que podáis practicar un poco más. El primero de ellos explica de forma muy clara en que consiste una tabla de verdad, mientras que en los dos siguientes el profesor de matemáticas Julio Rios Cali nos enseña paso a paso y de forma amena y sencilla como construir las tablas para las cuatro conectivas básicas (podéis consultar su blog simplemente tecleando sobre su nombre.

la conjunción y la disyunción                    el condicional y el bicondicional

solucion ejercicios de lógica: tablas de verdad

Y para divertirnos un poco, aquí tenéis un interesante vídeo en el que se os enseña a calcular una multiplicación por medio de un método completamente diferente al habitual, aunque seguramente más divertido. Podéis practicarlo vosotros mismos, para comprobar como las ciencias exactas funcionan de forma perfecta a la hora de establecer cálculos deductivos válidos, es decir, lógicamente correctos.

Acabamos de ver la película “Alejandro Magno” (Tripictures 2005) de Oliver Stone, para ejemplificar el pensamiento ético de Aristóteles. Pocas veces una película nos muestra directamente al filósofo que estamos estudiando, pero aquí tenemos al viejo Aristóteles en persona impartiendo clases al joven Alejandro Magno. Comienza la escena con una lección de geografía, para avanzar poco a poco hacia el estudio de la virtud (en este caso, el conocimiento del amor). Las palabras del Filósofo son significativas: Aristóteles desacredita a la tradición, niega los mitos y ensalza la razón, y su uso en la búsqueda de la virtud o excelencia.

Hay también un ligero toque de Sócrates en el uso del diálogo: la lección de geografía es un monólogo del maestro, pero sobre virtud es mejor razonar a través de preguntas y respuestas. La virtud o excelencia (”arethé“) no es un “don” propio de los nobles (los “aristos“, los mejores en virtud y sabiduría) sino una cualidad propia de todo ser humano, con independencia de su nacimiento o condición (incluso de su género: recordemos que Platón proponía que debía educarse por igual a hombres y mujeres, ya que ambos podían ser igualmente virtuosos, una forma de pensar no muy extendida por aquel entonces). Frente a los persas, que son considerados unos bárbaros por ceder ante sus instintos naturales, los griegos son tenidos por superiores, ya que practican el control sobre sus pasiones y se esmeran en la virtud de la moderación, que es aquella que se alcanza con el ejercicio de la razón: hacer uso siempre del término medio, “el justo medio entre el exceso y el defecto” porque eso nos garantizará una mayor felicidad.

Aristóteles enseña no sólo a Alejandro, sino también al resto de hijos de los nobles macedonios, los “aristos” (los que luego serán sus generales en el campo de batalla), y se muestra como un educador de virtud. Lo que sin embargo debe llamarnos la atención es el uso que Alejandro hace de las enseñanzas de su maestro, que se revelan de forma clara en la siguiente escena de la película, la “doma de Bucéfalo“, cuando el niño aparta de sí los pensamientos míticos (”es el dios Apolo“) en favor de la razón (”es sólo un truco“). Puedes consultar estas escenas en los videos anexos a la secuencia que aquí proponemos. Fijaros en cómo se acerca al caballo; no se muestra cobarde o con miedo, ni tampoco se comporta de forma atolondrada y temeraria, sino que adopta el término medio: la valentía. Actúa con mesura, con prudencia, pero también con determinación, consciente de sus actos, y se deja guiar por la razón, no por el corazón. Fijaros en su cara de felicidad a lomos de Bucéfalo, cuando consigue el triunfo, cuando alcanza su finalidad. Una buena lección sobre el coraje, que nos proporciona un niño de doce años. Intentemos todos tomar nota.

A pesar de no poder reproduciros los momentos que hemos visto en el aula, aquí os dejo tres vídeos interesantes sobre la figura de Alejandro: el primero es el trailer oficial de la película, en versión original; el segundo es el inicio de la misma, un breve relato introductorio de la vida del conquistador de la mano de uno de sus generales, Ptolomeo I Sóter, que pasaría a la historia como fundador, en el siglo III a.C. de la célebre Biblioteca de Alejandría; el tercero es este enlace que reproduce un vídeo con algunas de las escenas más significativas de la película al ritmo de la banda de rock británica Iron Maiden (bastará que tecleéis sobre el nombre de la banda para acceder al clip).

¡Nos vamos al cine!

Posted by albertofilosofia under Educación etico-cívica

Os recuerdo que esta semana tenemos una nueva entrega de nuestro curso de “Cine en la enseñanza”: los próximos 2 (grupos 4º A, B y C) y 3 (grupos 4º D, E y Diversificación) de febrero volveremos al Teatro Filarmónica (11:25, sed puntuales) para ver la película “L.O.L.” (abreviatura de “Laughing Out Loud“, que significa “muerto de risa”) de Lisa Azuelos (Francia 2008), de la que os ofrezco el enlace a su página web oficial (que está en francés), por si queréis ir abriendo boca. También os ofrezco un par de páginas más, estas en español, con sinopsis y fotos de la película.

www.lol-lefilm.com            www.quedepeliculas.com              www.mysofa.com  

 

La construcción de todo lenguaje simbólico es especialmente compleja. Hemos comentado ya las diferencias entre “signo” y “símbolo”, a la par que afirmábamos que el lenguaje humano es marcadamente simbólico. Debemos precisar esto. Cuando hablamos de signos nos referimos a elementos compuestos por un significante y un significado, pero para construir un lenguaje lógico debemos deshacernos de los significados, esto es, renunciar a la semántica en favor de la sintaxis (eliminar el contenido material de los signos y quedarnos exclusivamente con su forma o estructura). ¿Qué nos queda entonces? ¿el significante? Si es así, este significante pasa a ser considerado como símbolo.

Por cierto, nuestro primer vídeo, extraído de la película “El código Da Vinci” (Columbia 2006) de Ron Howard, según el polémico texto del británico  Dan Brown, arranca con una interesante conferencia a cargo del profesor Robert Langdon (Tom Hanks) sobre el uso de los signos. Es curioso comprobar como la audiencia responde ante un tridente (que identifica “el mal” en la figura de Satanás) portado por Poseidón, o ante una caperuza (que se suele asociar al “racismo” propio de Ku Klux Klan) de un penitente sevillano durante la Semana Santa. Llama aún más la atención el análisis que el profesor hace de la cruz “esvástica” (en sánscrito: “suastika“), ampliamente utilizada en la antigüedad, en especial en la cultura egipcia, pero que se relaciona directamente con el III Reich de Hitler y que es el símbolo más evidente de la ideología “nazi” (en tanto resume en una sola imagen la totalidad de su pensamiento y lo hace claramente identificable).

Un buen ejemplo de símbolo lo tenemos en el término XP (que la tecnología no me permite unir, aunque deberíamos escribir ambos signos superpuestos). Quizá muchos penséis que se trata de las letras latinas “X” y “P”, pero en realidad se trata de las letras griegas “X” (“Χ χ Ji” que equivale a la española “Ch”) y “P” (“Ρ ρ Ro” que equivale a la española “R”). Se trata de las dos primeras letras de la palabra Cristo (véase Jesús de Nazaret) término que proviene del griego “jristós”, (“χριστoς”). Por tanto, los signos “XP” no remiten tanto a la figura “material” de un individuo nacido en Nazaret hace dos milenios, sino que combinados pasan a ser un símbolo que identifica a “Jesucristo” (esto es, a “Dios”). Lo que tenemos aquí es un uso adecuado de un símbolo para representar “otra realidad” distinta de la meramente “designada” por el signo lingüístico utilizado.

El lenguaje hace uso de los signos en tanto que símbolos para componen un universo simbólico que comúnmente llamamos mundo. Es éste un instrumento imprescindible para hacernos con la realidad, porque contribuye en gran medida a dotar de sentido los objetos de nuestro entorno y nuestras propias vivencias. Nunca encontramos un objeto aislado de toda otra cosa, ni vivimos un acontecimiento separado de todos los demás, del mismo modo que no encontramos nunca una palabra aislada. Para comprobar esto, hacemos el siguiente ejercicio: en el segundo vídeo nos encontramos con un teclado en el que se va deletreando la definición de comunicación… Curiosamente, al ver únicamente símbolos aislados, nos cuesta darle un sentido, y solo cuando hacemos el esfuerzo mental de unirlos unos con otros comienzan a tener significado.

También el arte ofrece esta posibilidad de jugar con los símbolos para generar significado. A continuación os muestro un interesante vídeo sobre Pablo Picasso, en el que podemos ver al genial pintor en plena tarea creativa. Juega el autor con distintos símbolos, bien conocidos por todos (como la “paloma”, que identifica la paz, o bien el “toro” como símbolo de poder y fuerza, y que con todas sus connotaciones trágicas suele identificar a España). También resultan interesantes otros usos de los símbolos en el arte, como este enlace que os ofrezco y que nos enseña algunas de las claves del lenguaje audiovisual. Y para los curiosos que queréis aprender un poco sobre el mundo de los sordos (y para entender también a Hellen Keller y Ann Sullivan), aquí tenéis una pequeña introducción al lenguaje de señasque podéis completar vosotros mismos con los vídeos anexos.

¡Más claro que el agua!

Posted by albertofilosofia under Filosofía y ciudadanía

Algunas consideraciones acerca de la comunicación y el lenguaje, antes de adentrarnos en el mundo de la lógica simbólica. Estamos tratando estos días el concepto de “signo”. Recordemos una vez más la definición que nos proporciona el pragmatista americano Charles Sanders Peirce: “un signo es algo que representa otro algo para alguien”. Por su parte, el estructuralista francés Ferdinand de Saussure incide en la misma idea al definir “signo lingüístico” como la unión de un “significante” (la imagen acústica, la palabra escrita) y un “significado” (el concepto pensado, aquello a lo que hace referencia el signo, lo que queremos expresar); entre ambos, significante y significado, se establece una relación de tipo convencional que llamamos “significación” o “sentido”.

Por otro lado, hay signos que nos remiten a otro significado ulterior, que está en parte manifiesto y en parte oculto en su significación inmediata: se trata de los “símbolos”, entendidos como “signos que significan un objeto que, a su vez, significa otra realidad”. La relación del signo con el objeto simbolizado es, no solo convencional, sino también cultural y social. Y es en virtud de esta relación simbólica que el mundo se nos presenta poblado de símbolos que remiten, más allá de los puros hechos, a una significación simbólica: las cosas, los fenómenos y los acontecimientos se nos convierten en “mensajes” cargados de sentido. El lenguaje es así el instrumento imprescindible para hacernos con la realidad, porque contribuye en gran medida a dotar de sentido los objetos de nuestro entorno y nuestras propias vivencias: los objetos y las vivencias son tales en la medida en que “los nombramos”, en que los expresamos mediante símbolos.

Para ejemplificar esto hemos seleccionado un pasaje de la renombrada película “El pequeño salvaje” (Les Films du Carrosse 1969) de François Truffaut, que nos adentra en la singular vida del joven Víctor de Aveyron, (Jean-Pierre Cargol) uno de los llamados “niños salvajes” del que ya hemos tenido ocasión de hablar en algún otro momento. La película se centra en los esfuerzos del médico francés Jean Marc Gaspard Itard (interpretado por el propio Truffaut) por educar al joven Víctor en la comprensión de un lenguaje que le permita comunicarse con los demás, pedir las cosas que desea o mostrar a través de signos (orales o escritos) sus propios sentimientos. Os he seleccionado el momento en que Itard, tras profundizar en nociones básicas sobre el espacio (cuerpos, áreas, volúmenes…), le enseña el alfabeto. Intuitivamente, el joven reproduce lo aprendido sin comprenderlo, y es reeducado para hacer un esfuerzo de mejora en este sentido. Poco a poco, aprende a relacionar cada signo con su significado (y no solo eso, también cada “morfema” con su “fonema“, desarrollando lo que conocemos como “lenguaje doblemente articulado”). Si echáis un vistazo al vídeo anexo (parte 8, que continúa la narración) veréis como el joven Víctor finalmente comprende el sentido de los signos al visitar a una familia amiga y deletrear “leche” para solicitar que le sirvan un rico tazón de su bebida favorita.

Otro notable ejemplo del empleo de los signos lo encontramos en la película “El milagro de Ana Sullivan” (MGM 1962) de Arthur Penn, un magnífico duelo interpretativo entre Helen Keller (Patty Duke), una chica ciega, sorda y muda, y Anne Sullivan (Anne Bancroft), la joven institutriz que intenta educarla. Aunque al principio la profesora debe centra sus esfuerzos en enseñar modales a la joven, que ha sido criada bajo el consentimiento paterno y hace lo que se le apetece (desde tirar objetos hasta comer con las manos), el interés de Anna no es otro que comunicarse con la pequeña, y conseguir que ella se comunique igualmente, y a tal efecto desarrolla un método de enseñanza basado en signos, que la profesora ejecuta con sus manos. El problema es que Hellen repite los signos de forma mimética, no comprensiva, esto es, sin darles significado: no es capaz de asignar a cada signo un objeto de la realidad, puesto que es incapaz de entender que los signos “son signos”, esto es, que “designan” objetos del mundo real.

La propia Anna repite a la niña (sin que esta pueda oírla): “si tan solo pudiera hacerte comprender que cada gesto de mis manos es una palabra” (por tanto, no la propia realidad, sino sólo algo que nos permite hablar de ella, “representarla”). Finalmente, en la última escena de la película, Hellen comprende. Y curiosamente, lo hace gracias a que aún recuerda su primera palabra hablada (justa antes de que perdiese el oído, y con ello la voz), y la repite justo en el momento en que entra en contacto con ese objeto: “agua”. Para ello ha tenido que partir de los datos de la experiencia, pero a la vez ha sido capaz de conceptualizarlos. Es entonces cuando Hellen  finalmente comprende “que es el agua”: sólo cuando “entiende” el concepto, cuando es capaz de “nombrarlo”, puede “construir” el objeto que tiene delante, darle significado (y a partir de ahí construir otro enunciados: “el agua moja”, “el agua está fría”…). Un notable ejercicio de coraje el que vemos en la joven Hellen, y en su decidida maestra, que bien podría inspirarnos a todos: en palabras de Immanuel Kant: “sapere aude” (“atrévete a saber”).