Un último artículo para despedir el año y para desearos a todos unas felices fiestas desde la gélida Polonia, que se acerca cada vez más a los peligrosos fríos invernales, ya con las primeras nieves en el horizonte. Me he trasladado de Warszawa a Bydgosczc, al oeste del país, para poder celebrar la navidad en familia, como manda la tradición. Y la tradición quiere que las familias se reúnan la mañana previa al día de la natividad para celebrar este acontecimiento: estamos en pleno tiempo de “Wigilia” (dentro del muy cristiano periodo de “Adviento”), así que hay que olvidarse de comer carne y preparar una amplia y contundente comida polaca, , consistente en los tradicionales 14 platos a base de “barsccz” (sopa de remolacha), “śledż” (arenque escabechado)“łosos” (entremeses de salmón), “kapusta” (col fermentada con setas), “gołonky” (col rellena de arroz), “pierogi” (pasta fresca rellena de setas) y “karp” (pescado de temporada) entre otras muchas delicias, para rematar la noche con la tradicional “makowiec” (tarta de semillas de amapola), o bien de tarta de queso y de manzana, y lo regaremos todo con unas buenas dosis de “kompot”… y de un traguito de buen “wódka”, por supuesto. Dejaremos un cubierto vacío en la mesa para la eventual llegada de algún viajero, y acompañaremos los preparativos, la larga cena y la sobremesa posterior con abundantes villancicos.
Para la mañana de navidad (la celebración se conoce aquí como “Doże narodzenie”), nos esperan los regalos de nuestro rechoncho amigo Micołai bajo el árbol, que habrá terminado todo el kompot y las galletas y nos obligará a un suculento desayuno alegre en cárnicos, ahora si: “bigos” (sopa de carne), “kaczka” (pato con arándanos) y ““gołonka” (codillo de cerdo) son algunos de los platos clásicos. El día siguiente es festivo en todo el país, con lo que no tendremos prisa y nos distraeremos con largos paseos por la ciudad al cántico nuevamente de los villancicos. En el primero de los vídeos os he dejado un ejemplo de todo esto con el conocido “Cicha noc“ (“Noche de paz”), que se acompaña de hermosas fotos de Warszawa, Kraków, Gdansk, Wrocław, Poznan, tomadas por el frío y la nieve. Podéis consultar también los tradicionales villancicos: “Bóg sie rodzi“, “Lulajze Jezuniu” (que es una nana), “Pójdźmy wszyscy do stajenki“, “Jezus Malusienki“, “Wsród nocnej ciszy“… o los modernas como: “Gdy wigilia jest“, “Tak jak snieg“, “Magia Swiat” y “Dzisiaj w Betlejem“. En el segundo vídeo os muestro imágenes de mi patria querida, a la que regresaré apenas concluidos los cánticos para pasar el fin de año en compañía de los amigos y para compartir regalos y alegrías con la familia, tras la larga separación… y la verdad es que no hay mejor lugar que Asturias para eso: “lo dice todo el mundo”. ¡Feliz navidad!
Una nueva muestra de esas “otras formas de democracia”, si es que se puede llamar así a la forma de gobierno que opera en Rusia en la actualidad, ahora que solo faltan unos pocos días para nuestras elecciones parlamentarias. Recientemente he podido pasearme por la capital de la Federación y comprobar de primera mano cómo viven y entienden el mundo los moscovitas. He de decir en primer lugar que Moscú sorprende básicamente por ser una ciudad muy grande, muy fea, muy ruidosa, muy fría y muy, muy, pero que muy cara. Solo un análisis más sutil nos llevaría a conocer mejor este Babel moderno, cuyo centro urbano es verdaderamente hermoso, confortable y seguro: se trata de un Moscú pensado para la visita del turista, que nada tiene que ver con la gigantesca orbe que rodea este oasis artificialmente construido. Comento algunos detalles y luego avanzo interesantes datos sobre las próximas elecciones del 4 de diciembre.
Moscú es una ciudad joven por historia, pero que ha vivido momentos verdaderamente convulsos en la última centuria. Tal vez por ello la ciudad ha crecido de forma desproporcionada y caótica, en especial tras la caída de la URSS. Con la llegada del capitalismo, cientos de miles de rusos de la periferia de la Federación, aún rural y muy pobre, han recalado en la gran metrópoli en busca de nuevas oportunidades. También se han sumado a esta avalancha ciudadanos de las antiguas repúblicas del sur y del Cáucaso, algunas de las cuales han regresado literalmente a la edad feudal tras el colapso soviético. La mezcla racial aquí es sorprendente, y la inesperada frecuencia de rasgos asiáticos en las gentes del lugar nos recuerda que estamos a las puertas de otro continente, de otra cultura, de otro mundo. Porque ciertamente hay que calificar a Moscú desde otros parámetros, desde “valores no europeos“, o de lo contrario resignarse a suponerla anclada en el pasado, reticente a los cambios y próxima al tercermundismo. Valgan para ello algunos hechos: como resulta casi imposible conseguir un taxi “oficial” (no paran nunca y has de llamar por teléfono y solicitarlo en ruso, y luego esperar una media de 40 minutos), lo habitual es acercarse a la calzada y extender el brazo para detener uno de los muchísimos taxis “ilegales”, verdaderas antiguallas la mayoría de ellos, y a continuación regatear con el conductor un precio aceptable (que no suele bajar de los diez euros para un trayecto miserable) y adentrarte en la caótica y desconcertante jungla de violencia y ruido que son las calles moscovitas.
Lo mejor por tanto es moverse en metro, también antiguo en lo que se refiere al transporte (con coches muy envejecidos) y de una masificación extrema; sin duda muchas de sus estaciones son de una gran hermosura (como queda patente en este enlace), pero están claramente descuidadas y en ocasiones son peligrosas: fuera del centro, muchos mendigos y borrachos se amparan en ellas para protegerse del frío y tratar de ganarse algunos rublos con los turistas (algunos se ofrecen a llevarte la maleta por unas monedas, o simplemente te piden tabaco… otros tienen intenciones menos altruistas). El “metropolitano” de cualquier ciudad acentúa la sensación de soledad, pues cada cual va a lo suyo y no se ven gestos amables o atenciones para con los demás, pero en el caso que nos ocupa se extreman algunos comportamientos: cansados de los muchísimos borrachos que pululan por sus líneas, algunos jóvenes, y no tan jóvenes, llegar a expulsar a pasadas a muchos de ellos de los vagones, azotándolos literalmente al andén en una actitud muy dudosa. El excesivo “formalismo” en las entradas y salidas, quizá una herencia soviética (solo se puede salir por la puerta indicada, y no por la de al lado, que se usa para entrar), el fuerte calor y el enorme ruido, hacen que uno se sienta como una pequeña cobaya en un experimento clínico, acentuando aún más esa sensación de alienación. Este formalismo extremo se deja notar por cierto en todos lados, desde el mismo aeropuerto (has de pasar por “cuatro” arcos de seguridad antes de coger el avión), hasta el hotel, donde deben “inscribirte”, pues al no ser residente en la ciudad eres susceptible de ser arrestado si no tienes los papeles en regla.
Parece como si el mundo se hubiera detenido en muchos casos, como si el capitalismo se redujese exclusivamente a los centros comerciales y a las tiendas de grandes marcas, mientras el resto de la ciudad sigue inmersa en formas pretéritas. La mayoría de bares y restaurantes ofrecen una comida aceptable, si bien los precios son claramente desorbitados, al menos en relación a la calidad y el servicio: la mayoría de los camareros son ariscos y jamás sonríen, y además intentan llevarte el plato casi antes de que hayas dado cuenta de su contenido. Por supuesto, son pocos los que hablan inglés (nadie habla español, claro) con lo que resulta difícil comunicar con ellos. En muchos de los locales de los centros comerciales ni siquiera es posible pagar con tarjeta de crédito, como tampoco es posible en algunas tiendas si la compra es demasiado pequeña. Lo que no es tan complicado de conseguir, ni de pagar en la forma que sea, es una “cita” con una joven, o no tan joven, “dama moscovita“: la recepción de todos los hoteles turísticos de la ciudad están rebosantes de chicas de alterne, todas ellas terriblemente maquilladas y provocativamente vestidas (para que quede clara su condición, supongo), y todas ellas con acceso a las habitaciones (a pesar de que el “formalismo“, de nuevo, exige al cliente enseñar su tarjeta a los numerosísimos guardas de seguridad antes de tomar el ascensor), y se hace evidente que las mafias dominan la situación y arreglan con dinero cualquier inconveniente para el lucrativo negocio, pues seguramente cada uno percibirá su parte, desde la prostituta al botones.
Quizá por eso resulte extraño aplicar el término “democracia” por estos lugares. Todos conocemos la situación ridícula que vive Rusia desde que Vladímir Putin, verdadero zar en ejercicio, se hizo con el poder: si te llevas bien con el Kremlin puedes consolidar tus negocios y medrar rápidamente (quien más y quien menos conoce a alguno de estos nuevos magnates rusos), pero si te llevas mal corres el peligro de ser estigmatizado y acabar con tus huesos en una cárcel siberiana (algo que muchos occidentales desconocen, pero que es tan cierto como lo anterior, y puede documentarse). También es bien sabido que muchos de estos nuevos magnates aglutinaron todo su poder y riqueza gracias al amiguismo y a la corrupción, pues con la caía del bloque comunista muchas de las fábricas y de los servicios fueron rápidamente privatizados y vendidos a precios irrisorios a conocidos afines. El despropósito roza lo inaudito cuando comprobamos como Putin, que por ley no podía presentarse de forma consecutiva al puesto de presidente, delega en su colega Dmitri Medvédev por un tiempo prudencial para luego tener de nuevo la oportunidad de asumir el poder (cosa que probablemente ocurrirá el próximo febrero, cuando se inicie la carrera hacia las presidenciales). Solo tres meses antes, a principios de diciembre, los votantes rusos serán convocados a las urnas para las elecciones parlamentarias, y en Rusia estos días solo se hablaba del escándalo que han supuesto las coincidencias de los carteles propagandísticos del partido de gobernante, United Russia, y de la Junta Electoral, cuyos diseños son idénticos en todo.
Lo que lo periódicos rusos no comentan, aunque si algunos medios occidentales, es el despropósito máximo de esta Junta Electoral al no dejar concurrir a estas “elecciones libres” a una serie de partidos de marcado signo opositor, cosa que ahora puedo entender, vista la evidente connivencia entre esta junta y el partido en el poder. Parece que a nadie en Rusia, salvo a algunos pocos, les interesa esta minucia, y que los rusos siguen en ese estado de catalepsia colectiva que los caracteriza desde mucho antes de los bolcheviques, desde los tiempos de los tártaros quizá, y que los hace tan insólitos a nuestros ojos, a la par extraños y fascinantes, en lo que tienen y en lo que no tienen. Si Varsovia, Budapest o Praga son hoy ciudades cosmopolitas abiertas al visitante, modernas y civilizadas (aunque rezagadas con respecto a nosotros, que les llevamos 15 años de ventaja democrática), Moscú parece detenida en tiempos prefranquistas, si se me permite el símil, perezosa y reticente a despertar de la larga siesta.
La pasada semana tuve el placer de asistir en Madrid al inicio del South-East Partnership, interesantísima iniciativa de Katarzyna Osinska y Katarzyna Kacprzak y que se incluye dentro del Programa cultural de la presidencia polaca de la Unión Europea. Se trata de una serie de eventos culturales que se desarrollan durante todo este mes en las ciudades de Madrid y Moscú y que tienen la intención de acercar a estos tres países en lo que tienen de común, a saber: el hecho de haber salido recientemente de una sociedad cerrada hacia una sociedad abierta. En el ánimo de las comisarias del evento está el indagar de qué modo el arte y los artistas participaron de los acontecimientos que llevaron a estos cambios de régimen político. Para el interesado en tales temas, lo mejor es consultar la web oficial de la asociación (bastará para ello con teclear encima de su nombre).
De entre todos los eventos que pudimos ver estos días, que incluían interesantes mesas redondas, debates y proyecciones de películas (con algunos directores como invitados), sin duda el plato fuerte fue la puesta en escena en las Naves del español, en Matadero (impresionante espacio), de la obra “Sprawa Dantona” (estreno en la escena de Świebodzki el 29 de marzo de 2008), a cargo del joven director de teatro polaco Jan Klata a partir del texto ya clásico de la dramaturga polaca Stanislawa Przybyszewska, y de la que os incluyo un pequeño trailer a continuación. Mi calidad de ayudante en el proyecto me permitió convivir durante varios días con el director, el escenógrafo y el elenco de actores del Teatr Polski de Wrocław, un maravilloso grupo de amigos muy entusiastas del arte, que no quisieron perder su tiempo en Madrid y preguntaron por la forma de llegar al Prado y al Reina Sofía apenas apeados del avión. Resulta todo un desafío enfrentarme al teatro polaco (no siempre puedo valerme de los subtítulos en español, como ocurrió en Madrid), uno de los más creativos del viejo continente, de enorme tradición desde los tiempo de las vanguardias, que ha dado y sigue dando innumerables y talentosos maestros, y que me está permitiendo abrir los ojos a un mundo hasta hace poco tiempo desconocido para mi.
El programa que pudimos disfrutar en Madrid incluía además una serie de películas polacas y rusas de muy variado pelaje, desde clásicos de la transición como la conocida “Danton” (Polonia 1983)” de Andrzej Wajda o la desconcertante “Arrepentimiento” (URSS 1984) de Tengiz Abuladze, a las más cercanas en el tiempo, como la singular “Reverse (Reverso)” (Polonia 2009)” de Borys Lankosz o la maravillosa “Room and a Half (Una habitación y media)” (Rusia 2009) Andrey Khrzhanovskiy (de la que os ofrezco este hermoso momento musical al principio del artículo), cuya proyección contó con la presencia del director, un ser humano adorable, discípulo directo de Lev Kuleshov, con el que tuve la suerte de compartir debate y experiencias estos últimos días, y al que he prometido visitar en su escuela de cine de Moscú en los que están por venir. Tiempo hubo para hablar de los grandes maestros y de sus magistrales lecciones sobre el montaje, pero también para valorar otros temas, como la necesidad de la educación para la formación del espíritu crítico y la necesidad de acercarse al mundo de la cultura desde todos los ámbitos posibles (algo en lo que insiste el autor en su película, una tierna, concisa e imaginativa biografía del poeta ruso Joseph Brodsky, Nobel de literatura en 1987).
El South-East Partnership se traslada ahora a la capital rusa para continuar su periplo, y de nuevo se proyectarán películas polacas, además de conocidas películas españolas como la divertida “Patrimonio nacional” (1980) de Luis García Berlanga, la desbordante “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (1984) de Pedro Almodóvar y la conmovedora “También la lluvia” (2010) de Icíar Bollaín, además del interesante documental de Chema de la Peña titulado “Un cine como tú en un país como este” (2010), autor con el que también tuve oportunidad de intercambiar pareceres en Madrid, donde se remató una instructiva mesa redonda con el pase de la película. En unos días estaremos de nuevo en ruta en dirección a Moscú para completar nuestro programa de eventos, y el 11 del 11 de 11 yo echaré de menos mi querida fiesta de San Martín, un año más, pero esta vez lo haré mientras paseo por la Plaza Roja.
El pasado 9 de octubre tuvieron lugar las elecciones legislativas al parlamento polaco (Polska Wybory 2011). No está de más comentar algunas incidencias al respecto, a modo de contraste, para ver las similitudes y diferencias entre nuestras dos naciones, especialmente ahora que nos acercamos también nosotros al momento de las urnas. Un primer acercamiento nos obligará a dar algunos detalles sobre los candidatos polacos: las encuestas previas daban la victoria a los liberales PO (Plataforma Obywatelska, es decir Plataforma Ciudadana), liderados por el actual primer ministro Donald Tusk, que ha gobernado estos últimos cuatro años en coalición con el PSL (Polskie Stronnictwo Ludowe, el Partido de los Campesinos, grupo menor que no obstante goza de mucho poder) seguida de cerca por los ultraconservadores PIS (no, no es broma, se trata de Prawo i Sprawiedliwość, los nacionalistas Ley y Justicia del gemelo Jarosław Kaczyński). Las últimas horas habían señalado un fuerte empuje del centro izquierda de la mano de RP (Ruch Palikota, el Movimiento de apoyo a Palikot, un ex de PO abiertamente anticlerical que se ha cansado del partido y ha montado su propia estrategia, en un giro a la izquierda muy en la línea de nuestra Rosa Díez y su Unión, Progreso y Democracia), mientras que los excomunistas del SLD (Sojusz Lewicy Demokratycznej, la Alianza de la Izquierda Democrática) y el LPR (Liga Polskich Rodzin, esto es, la Liga de Familias Polacas) se desplomaban definitivamente.
Un pequeño repaso a la historia no vendría mal. Polonia goza de democracia desde 1989, una democracia por tanto muy joven aún. Recordemos que fue el primer país del viejo bloque del este en tener unas elecciones libres y en alzar al poder a un presidente que no era miembro del partido comunista, y que todo esto sucedió seis meses antes de la caída del muro de Berlín. No obstante, concurren dos hechos significativos aquí: el primero es que ningún partido político ha conseguido nunca renovar la confianza del electorado y alzarse con una segunda legislatura; el segundo es que, en estos veinte años, el índice de participación en unas elecciones, tanto generales como locales, jamás ha superado el 50 por ciento (tan solo en las elecciones presidenciales de hace un año, tras el desastre aéreo que costó la vida del entonces presidente Lech Kaczyński, el 54 por ciento de los polacos prefirieron al actual presidente de la república, Bronisław Komorowski, frente al hermano gemelo del difunto, Jarosław). Para no ser menos, este domingo concurrieron a las urnas el 48 por ciento de los electores, lo que supone un total de unos 15 millones de votos, algo menos de la mitad del número de potenciales votantes (muchas personas mayores siguen ancladas en el viejo sistema comunista, por lo que parece, y no se han enterado de que hace veinte años que funciona una nueva forma de gobierno).
El día de las elecciones fue de lo más instructivo para mí: tras un sábado relajado (aquí llaman “silencio electoral” a lo que nosotros conocemos grosso modo como “jornada de reflexión”), las urnas se abrieron para 30 millones de polacos entre las 7 de la mañana (Polonia es un país esencialmente rural, y los campesinos madrugan mucho) hasta las 9 de la noche. Cada votante acude a su circunscripción electoral, muestra su carné de identidad o su “pesel” (un número de identificación personal que tienen aquí, sin equivalente en España), firma el acta electoral en la casilla que indica su nombre (algo verdaderamente curioso, visto con nuestro ojos) y toma las dos papeletas, una para el congreso y otra para el senado (que aquí son unas hojas grandes que ni se doblan ni se meten en sobres… eso si, la primera es blanca y la segunda amarillenta).
Las listas son abiertas, así que cada votante ha de elegir “un diputado” y “un senador” por voto directo, hecho lo cual deposita las papeletas por su propia mano en una enorme urna de madera decorada con la bandera polaca que está situada al fondo de la sala (muy alejada de la mesa electoral, de hecho, algo de nuevo muy curioso, como se puede comprobar en el vídeo que ilustra este artículo). Recordemos que el hecho de introducir por uno mismo las papeletas en la urna es algo que en España no fue posible hasta las pasadas elecciones municipales. El uso de banderas, escudos y demás parafernalia patriótica es, por lo demás, algo muy común por estos pagos, lo que llama poderosamente la atención a un extranjero español, que no está acostumbrado a este tipo de exhuberancias en su colegio electoral asturiano.
Y llegamos a la noche del domingo: apenas cerrados los colegios electorales, la televisión pública TVP inicia su “Especial elecciones 2011” con los datos a toda pantalla, pero… se trata sólo de los porcentajes obtenidos, sin el nombre de los partidos. A continuación, el presentador conecta con las distintas sedes, que parecen seguir el acontecimiento como si de la entrega de los Oscars se tratara, y finalmente se revela el nombre del ganador y todo son alegrías, porque, como en España, aquí parece que nadie ha perdido: Tusk está encantado porque es el primer presidente que repite mandado, y aunque ha perdido la mayoría absoluta (pasa de 45 a 39 por ciento de votos) y su rival está muy cerca (30 por ciento), en lugar de hacer autocrítica, supone que lo ha hecho muy, muy bien y que debe seguir gobernando en coalición con los campesinos, que sin duda son los causantes de la merma de votos (la Polonia rural es pobrísima, alcohólica en buena medida analfabeta, pero los campesinos gozan de enormes privilegios fiscales, que muchos polacos entienden como una carga pública para el resto de ciudadanos y que el PSL defiende con uñas y dientes, asegurándose además un vicepresidente y varios ministros, a pesar de no llegar al 8 por ciento de los votos… ¿nos recuerda esto a algún partido político español?).
Pero la culpa real de la bajada de votos a PO se debe sin duda a la aparición parlamantaria del RP de Palikot (en Polonia, para entrar en el parlamento se necesita un mínimo del 5 por ciento de los votos electorales, lo que equivale a entre 15 y 20 parlamentarios, algo que solo consiguen cinco partidos), que no se sabe muy bien a quien representa, con quién cuenta en sus filas o qué va a proponer en el futuro, pero que ha acaparado el voto de los jóvenes (“indignados”) descontentos con la deriva de la política del gobierno en los últimos años y al que pretenden castigar con su decisión. El líder del PIS, por su parte, sale inmediatamente en directo a decir (y esta es muy gorda) que los votos a Palikot son, sin más, votos desperdiciados de electores que no saben lo que quieren, que la victoria de PO no es más que un error político de los ciudadanos y que el paso del tiempo en los próximos meses nos permitirá a todos ver este error, que este gobierno está caduco y no será capaz de afrontar los importantes retos que le plantea el futuro y se debilitará en breve tiempo, y que la ciudadanía caerá en la cuenta y ellos volverán próximamente a gobernar “porque tenemos razón” (literal). Considerando que no tienen interés en mantener lazos con Europa (especialmente con Alemania), que arremeten contra el divorcio y el aborto en favor de una familia polaca sana (y esto consiste básicamente en que no nos vayamos a la cama sin rezar el rosario cada día), y que consideran que los inmigrantes y los maricas sobran, a lo mejor lo de pis no les cuadra tan mal como pensábamos. Claro que esto solo es una opinión. ¿Cuál es la tuya?
Comienza el curso con el primero de los (espero) muchos artículos que en los próximos meses irán apareciendo en este blog desde mi exilio voluntario en la ciudad de Warszawa, en lo que yo he dado en llamar mi “polska year” (aunque debería decir más bien “polska lat”, para ajustarme más a este nuevo y enrevesado amigo que es el idioma polaco). A pesar de que este año mis peripecias vitales me han traído hasta la capital polaca, no por ello vamos a dejar de reflexionar y hacer filosofía en este blog en los próximos meses, y si bien el número y periodicidad de los artículos será menor, la distancia nos permitirá abordar otra serie de temáticas, alejadas tal vez de la vorágine diaria propia del aula (o tal vez no tan distantes), que nos permitirán repensar el mundo y a nosotros mismos dentro de él. Serán artículos centrados en la realidad más actual, en las problemáticas más candentes, en los acontecimientos más novedosos, en las propuestas más revolucionarias y, en definitiva, en los nuevos y sorprendentes interrogantes que nos plantea este viejo “errante” en su seguro aunque accidentado periplo elíptico.
He de reconocer que me sentí ciertamente liberado al abandonar mi patria, mi querida patria, consciente de la aventura incierta que me esperaba en un país nuevo pero también aliviado por no volver a enfrentarme a la rutina del recién iniciado curso escolar. También aquí ocuparé mis horas productivas en enseñar a los jóvenes, pero esta vez será el idioma de Cervantes y no las ideas de Platón lo que ocupará la mayor parte de mi tiempo y de mi esfuerzo. El curso de los acontecimientos en el ámbito de la educación en estos últimos días ha sido vertiginoso, con recortes presupuestarios y soluciones momentáneas que no están gustando en general al gremio de profesores (y aquí por supuesto me incluyo), y el hecho de encontrarme fuera no solo me permitirá liberarme de esta pesadilla que ya sufren algunos de mis colegas asturianos, donde la situación es tan anodina que nadie sabe qué está pasando o lo qué va a pasar, sino que además me dará la oportunidad de enjuiciar estos mismos hechos desde la distancia y, por tanto, en perspectiva.
Valga como muestra un botón: apenas aterrizado en Polonia, tuve la oportunidad leer (por desgracia me demoré un día más de la cuenta para poder asistir en persona) la charla ofrecida en el “Congreso europeo de la cultura” celebrado en Wrocław por el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925-), que ha acuñado interesantísimos nuevos conceptos en el ámbito político y sociológico, el más conocido de los cuales es el de “modernidad líquida” (ofrecemos un enlace de vídeo al principio del artículo para iniciarnos en el pensamiento de este autor). Resulta escalofriante comprobar como todo, efectivamente, comienza a perder solidez. Incluso derechos fundamentales que creíamos consolidados en las dos últimas centurias, como el derecho a la educación, parecen volverse cada vez menos tangibles, más líquidos, hasta el punto de escapársenos de las manos, de colarse entre nuestros dedos en dirección al sumidero. Y en esta nueva situación, como reconoce Bauman, parece que nadie tiene respuesta, que nadie puede aportar una solución, siquiera sea de emergencia, ante este inevitable cambio de paradigma.
Mis colegas profesores están enfrascados ahora en una dura batalla, una batalla que también es la mía (y que pienso pelear, incluso en la distancia), por recuperar la dignidad del oficio, ciertamente, pero también por revolucionar el estado de cosas y darle la vuelta, en busca de un cambio que se dilata desde hace años, un cambio hacia una verdadera educación de calidad, eficaz y productiva, que los sucesivos gobiernos no han sabido garantizar (que de hecho han ido empeorando), hasta colocarnos en este estado lastimero en el que nos encontramos. No protestamos por nosotros, por nuestros derechos como trabajadores (aunque podríamos, porque la sociedad tiende a interpretar como “privilegios” lo que no son más que “derechos” largamente perseguidos), protestamos por el escarnio al que están sometiendo a la educación estos nuevos vándalos (que son los mismos bárbaros de siempre, lo que quieren que las cosas sigan igual, y cada cual que se las componga) desde una idea de la igualdad rancia y un sentido del deber caduco.
Hay va una propuesta: añadir horas a los profesores para ahorrarse personal, no pagar los meses de verano a los interinos para ahorrarse manutenciones innecesarias, reducir el número de colegas liberados y eliminar los centros de formación de profesorado para ahorrar recursos esta muy bien, sobre todo si la prioridad es “flexibilizar el mercado laboral” y “rebajar el déficit” (que es como llaman ahora a lo que en el siglo XX se conocía sencillamente como “explotación”). Pero ya puestos, porqué no atajamos el problema de raíz: mantener a un alumno sentado en un pupitre de bachillerato le cuesta a nuestro Estado “¡6.000 euros!” (cantidad que se multiplica por dos en el caso de las plazas universitarias), y lo cierto es que, al menos la mitad de estos alumnos, lo único que hacen es eso, estar sentados: ni tienen interés, ni ganas (y las más de las veces ni posibilidad) de hacer otra cosa… literalmente “sobran” (estime el lector el ahorro económico que se produciría llegado el caso).
Pero parece que decir esto es un pecado, porque no cuadra con esa idea de igualdad de “buen rollito”, y supondría un problema social de órdago (tanto joven en la lista del paro… por no hablar de los profesores damnificados). Pero supondría un problema aún mayor: serían seres incontrolados, literalmente “a su libre albedrío” (y los ejemplos londinenses de este verano no son nada halagüeños), individuos no sometidos a las necesidades del capital, no aleccionados en la “corrección política”, no educados en los valores fundamentales de la ciudadanía… en fin, no aborregados, no dejándose tratar como ganado, no sumisos (y los ejemplos españoles de esta primavera son ciertamente halagüeños), individuos capaces de pensar, capaces de reaccionar ante las acometidas del poder, ante las injusticias, capaces de poner orden en sus cabezas para poder poner orden en sus entornos sociales… ¿alguien recuerda a Sócrates? No digo más: espero vuestras respuestas y comentarios para así poder comenzar el diálogo, eso que tanta falta nos hace ahora que parece que todos somos sabios.