La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Acabamos de comentar en el aula el conocido mito de la caverna de Platón (podéis consultar el texto original al principio del VII libro de “La República”, además de repasar su simbología en la interpretación que se nos ofrece en la web “Torre de Babel” y en el portal “Youtube”), del que el cine nos ofrece innumerables ejemplos formales, pues siempre ha sido fuente de inspiración para escritores y directores, tal es su fuerza de atracción y el enorme magnetismo de este mito fundacional de la filosofía. El relato nos sumerge en una “morada subterránea”, en el interior de la cual se encuentran confinados unos hombre esclavos, que en realidad nos representan a nosotros mismos, forzados permanentemente por un engaño que les hace creer que lo que tienen delante es el “mundo real”, cuando lo cierto es que no es más que una apariencia de realidad, una falsa realidad puesta ante nuestros ojos que nos oculta la verdad. Es necesario darse cuenta del engaño: llega el proceso de la “aletheia”, que nos conducirá al “desvelamiento de lo real”.

En “The Truman Show” (Paramount 1998) de Peter Weir, su protagonista, Truman Burbank, es un hombre corriente y algo inocente que vive en una idílica población donde todo es perfecto. Lleva toda la vida allí, y nunca ha salido más allá de los límites del pueblo. En esta vida idílica no hay problemas pero, poco a poco, extraños sucesos hacen sospechar a Truman que algo extraño ocurre, que las cosas no encajan como debería, que algo funciona mal. En realidad, Truman es propiedad de una empresa de televisión y se encuentra prisionero en un gigantesco plató de cine que emite 24 horas al día la vida en directo de nuestro protagonista. Cuando éste despierta del engaño (y os ofrezco un momento sublime de la película, cuando el barco de su huída “tropieza” con el horizonte), cuando descubre que todo lo que tiene ante sus ojos es una farsa, un mundo irreal y meramente aparente, cuando descubre su propia condición de prisionero en un mundo que no existe, su reacción natural es de estupefacción y desengaño, pero esto no le arredra y decide largarse, literalmente, de la caverna. Este es el primer paso: descubrir el engaño.

En el clásico de ciencia ficción “THX-1138” (WB 1969), la primera y singular película de George Lucas, se nos presenta una “distopía” (una “utopia negativa”):  una sociedad futurista localizada debajo de la superficie de la tierra donde el amor es perseguido por ley y se ha prohibido el sexo, y donde los poderosos utilizan métodos de tortura y drogas que controlan a la gente. En medio de este desastroso destino, los trabajadores prisioneros THX 1138, LUH 3417, y SEN 5241 intentan escapar, pero sólo el protagonista consigue llegar al final de la meta, librarse de los secuaces que le persiguen y ascender las escaleras que le llevan a la superficie. Ignorando lo que se encontrará al salir de la caverna, el bueno de George Lucas nos ofrece un final impagable: THX consigue alzarse por encima de la caverna y se encuentra con un enorme sol rojo que le ciega la vista. Recordemos que en el mito platónico el sol representa la idea de Verdad” (o si se prefiere, la idea de “Bien” o de “Belleza”, que todo es lo mismo en Platón). Este es el segundo momento: el ascenso en el conocimiento hasta alcanzar la idea suprema, superando el engaño previo y progresando hasta la “aletheia”.

Finalmente, en la muy reciente “La Isla” (WB 2005) de Michael Bay, se nos plantea una situación pareja a la anterior. Lincoln Eco-Seis y Jordan Delta-Dos se encuentran entre los cientos de residentes de un complejo cerrado a mediados del siglo XXI. Al igual que todos los habitantes de este entorno, todo en sus vidas cotidianas está controlado, aparentemente por su propio bien. La única salida (y la esperanza que todos comparten) es ser elegido para ir a “La isla“: el último rincón sin contaminar del mundo tras un desastre ecológico que, según se dice, se cobró las vidas de todos los habitantes del planeta excepto las de ellos. Pero Lincoln sufre pesadillas inexplicables, está inquieto y se cuestiona cada vez más las restricciones que le han impuesto a su vida. Su creciente curiosidad le lleva a un terrible descubrimiento: en realidad es un clon (como todos los demás es esta “cárcel para cuerpos”) de una persona famosa, que ha pagado una gran cantidad de dinero para disponer de “órganos útiles”, caso de necesitarlos para un futuro transplante. Pero al escapar de esta prisión y encontrarse con su “original”, entiende que no puede hacer otra cosa que regresar a la ciudad subterránea para contar al resto el engaño, para liberarlos de sus cadenas y ayudarlos a ascender, nuevamente, hacia la verdad. Es el tercer momento, y el trabajo que se encomienda a los filósofos: el retorno a la caverna para enseñar a los demás que otro camino es posible para acceder a la verdad, y que es necesario renunciar a la apariencia para buscar la “verdadera realidad”, que son las “ideas”.

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