La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 7th, 2010

Al igual que su pensamiento, la figura de Pitágoras, natural de Samos (resulta imposible fijar las fechas exactas de su nacimiento y deceso) esta rodeado por todos lados de un marcado carácter enigmático, oscuro y místico. Sabemos con más o menos certeza que fundó una escuela de carácter religioso sectario en Crotona (en la Magna Grecia) alrededor de 530 a.C, escuela relacionada con los ritos órficos, de tradición oral y con unas estrictas normas de convivencia (que incluían la atribución de todos los descubrimientos y teorías al maestro). En la secta se dan dos tendencias con respecto al conocimiento matemático: una de corte “mágico-estético”, místico y religioso (que tiene una función catártica para el alma, como veremos más adelante) y otra que hoy llamaríamos “científica” (como en el caso del conocido Teorema de Pitágoras” y de muchos otros hallazgos similares). Por cierto, aquí os dejo un enlace interesante sobre las actividades científicas pitagóricas y su relación con los “números irracionales”.

Los pitagóricos creyeron posible desarrollar un proyecto de racionalización y matematización de la “physis” mediante la búsqueda de la proporcionalidad, y partieron para ello del estudio de la acústica y de la armonía musical: la frecuencia con la que vibra una cuerda es inversamente proporcional a su longitud, con lo que resulta que el conjunto de todos los sonidos, en principio ilimitados (“ápeiron”), son susceptible de ordenación introduciendo límites, esto es, cortes que permiten crear un “kósmos”, un orden en los intervalos musicales (1:2 sería la octava; 2:3 la quinta; 3:4 la cuarta…). La pregunta que se plantean los pitagóricos entonces es: “si esta armonía (“ensamblaje”) musical es posible gracias a estas proporciones numéricas, ¿no serán estas también la clave para explicar el orden cósmico, el orden de la physis?”.

El “número” es el principio de todas las cosas, si bien no es concebido como un arquetipo trascendente, sino como un “principio inmanente al mundo”. Puesto que no podían concebir algo sin magnitud espacial, consideraron que los números “tenían magnitud”. Recordemos que en esta no se hacía distinción aún entre “lo aritmético” (la cantidad discreta) y “lo geométrico” (la determinación espacial), por lo que los pitagóricos tendían a  identificar el 1 y el punto, el 2 y la recta, el 3 y el área, el 4 y el volumen. El cosmos estaría ordenado según los cuatro primeros números naturales, que sumados dan diez, lo que llamarán “tetractys”: el número perfecto (1+2+3+4=10). A pesar de las connotaciones místicas de estas ideas, lo que nos interesa señalar aquí es como los pitagóricos fueron capaces describir la “physis” a partir de las proporciones que ella misma alberga, es decir, por su estructura formal. Todo se puede construir, estructuralmente, a partir de los números o proporciones entre números: “todo el cielo es armonía y número”.

Pero es precisamente a partir de la dicotomía “par-impar” que los pitagóricos desarrollaron una teoría dualista de la realidad. El problema que trataron de solucionar los pitagóricos fue el de la generación de los números, que remitieron a esta relación par-impar, relación homogénea con toda una serie de oposiciones que conforman la “tabla pitagórica de los opuestos” (bien-mal, luz-oscuridad, límite-ilimitado, unidad-pluralidad…). El número par es infinitamente divisible y su representación geométrica es por lo mismo divisible en dos mitades siempre iguales. Lo ilimitado, a su vez, sufre la acción del límite, que genera de ello una multiplicidad. En torno a la relación de los opuestos se conforma la “armonía cósmica”, lo que nos retrotrae a la cosmología órfica: la purificación del cuerpo, la “ascesis”, se lograría por su acomodo o ajuste a un ritmo, la “diaitia” (la “dieta” que los médicos hipocráticos imponen al individuo).

Este dualismo cosmológico se aplica por tanto al ámbito antropológico, lo que será mucho más evidente en autores posteriores como Sócrates o Platón. Por supuesto, el “alma” pitagórica no es aún el “yo interior” del que nos hablará Sócrates, pero tampoco es ya el alma homérica, pues “el alma es inmortal” (en tiempos homéricos solo eran inmortales los dioses), y además “transmigra en otras especies de seres vivos” (puede moverse de un cuerpo a otro en un proceso perpetuo). La pregunta inmediata es: si el alma transmigra, ¿puede conservar experiencias o conocimientos al pasar de un cuerpo a otro? Y aunque esto no queda nada claro en los pitagóricos (que suponen simplemente que las enseñanzas filosóficas, matemáticas y musicales servirían para purificar el alma y lograr la armonía o ajuste con el cosmos), abrirá todo un campo de estudio que se concretará en muchos de los postulados epistemológicos platónicos… que nosotros analizaremos desde la “papiroflexia”.

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