La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 9th, 2010

En las últimas clases de Ética hemos estado trabajando el concepto de “identidad personal”. Conviene hacer una breve reflexión sobre ambos términos por separado, para darles luego un sentido unitario. Recordemos que el término “persona” procede del griego “prósopon”, y designaba la máscara con que los actores se cubrían la cara en el teatro clásico mientras representaban a cada personaje, y que derivaría al latín como “per-sonare” (“sonar a través de algo”), amplificar la voz a través de la máscara para que el actor pudiera ser escuchado con claridad por los espectadores. En ambos casos el sentido es idéntico: nos referimos a aquel que “mira hacia adelante” y afronta o acomete el papel que le ha tocado en suerte. Ser persona consistía, en la tradición teatral antigua, en representar un papel, un “personaje” (en tener una “personalidad”). Unas leves indicaciones sobre el teatro griego nos ayudarán a entender mejor este concepto.

La Grecia clásica supone la culminación de la tragedia como forma artística, de la mano de autores como Esquilo, Sófocles o Eurípides. Se trata de una forma de discurso novedosa (como también lo era la filosofía por entonces), opuesta a la tradición mítica. Lo notable de la tragedia era que encerraba al espectador en un recinto (un escenario) y le mostraba una historia, no solo con palabras y ritmo (al estilo de Homero), sino con personajes y acciones. Aristóteles nos recuerda que, de todos estos elementos, el fundamental es la acción (en un sentido amplio: la “narración”, la forma en la que se muestra la historia). Y mientras Homero busca la “aletheia” (“lo establecido”), los dramaturgos griegos buscan el “pathos” (“mover al sentimiento”) que permita la “catarsis”, la identificación con los personajes, porque toda buena obra en realidad habla de nosotros mismos, y la comprendemos porque “simpatizamos” con ella (literalmente: “sentimos con”, nos emocionamos, reímos y lloramos con los personajes, nos reconocemos en ellos).

Para una mente moderna, la forma adecuada de entender la tragedia griega está más próxima a los espectáculos deportivos (vamos al futbol para “sentir” con nuestro equipo, para gritar y apoyar a los nuestros, o disfrutamos con las exhibiciones de Usain Bolt en los 100 metros porque… es un ser humano como nosotros, y nos hace sentir que no tenemos límites) o, si se prefiere, a los viejos teatrillos de guiñoles que veíamos de niños, donde todos los personajes tenían un “carácter” (un “ethos”, una ética) muy reconocible. Interactuamos con los actores: gritamos cuando el malo entra en escena con su estaca en la mano, le abucheamos y alertamos a los buenos para que no les pillen por sorpresa… hasta tiramos objetos (una práctica poco recomendable, tanto en el teatro como en el futbol) cuando algo no nos gusta. Así era el teatro en la antigua Grecia: un ejercicio de evasión, sin duda, pero también un juego de empatía que nos permitía “sufrir con los demás” y comprender que las cosas que nos pasan les han pasado a muchos otros antes que a nosotros, y por eso mismo podemos compartirlas.

Como resulta muy difícil encontrar ejemplos gráficos de estos hechos, he preferido tomar prestado un extracto de la película “El mercader de Venecia” (Spice Factory 2004) de Michael Radford, una puesta al día de la inmortal obra de nuestro dramaturgo preferido, William Shakespeare. Un rico comerciante negocia con un avaro judío un préstamo, y para sellar el trato el judío propone que si el pago no se devuelve, es libre de tomar del comerciante “una libra de su propia carne”. Cuando el primero pierde su dinero y no puede hacer frente a la deuda, el judío le exige que cumpla el contrato. Entra en escena entonces una joven que, haciéndose pasar por un joven abogado, saca al comerciante de su aprieto y le salva la vida, condenando al judío por su avaricia. Se trata, no obstante, de una comedia, en la que la joven finge un personaje amparada en una “máscara”. Recordad que el aquella época las mujeres no podían trabajar en el teatro, con lo que hemos de imaginarnos a un joven actor que finge ser una joven que a su vez finge ser un joven abogado… ¿Os habéis perdido? Shakespeare nos demuestra en esta comedia que todo el mundo finge… ocultando su identidad, y a la vez siendo ellos mismos.

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