La casa de Elrond

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Heráclito se va de pesca

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

De entre todos los filósofos de la Jonia, la figura más enigmática de todas es sin duda Heráclito de Éfeso (550/480 a.C) no tanto por la temática de su obra como por su estilo, pues escribía mediante aforismos, buscando siempre el doble sentido, la ambigüedad, incluso la paradoja, motivo por el cual era conocido como “el oscuro” por todos su conciudadanos. Parece que prefería expresarse como la pitonisa del oráculo de Delfos, que “no dice ni oculta, sino indica por medio de signos”. De hecho, ni siquiera fue bien comprendido por los grandes filósofos como Platón y Aristóteles, que lo consideraban un milesio más, ocupado en la búsqueda del “arkhé” de la “physis”, suponiendo erróneamente que lo habría concretado en el “fuego”. En realidad, parece más acertado enfrentar su pensamiento al de Parménides, su contemporáneo itálico de Elea, pues si bien sus teorías van a resultar radicalmente opuestas, serán ambos autores los que llevarán la investigación filosófica a otro nivel, al renunciar a un tipo de explicación física concreta del “primer principio” en favor de conceptos mucho más abstractos.

Heráclito escribió, que sepamos, un único libro “Sobre la naturaleza”, del que tenemos constancia por el historiador griego Diógenes Laercio, que trataba no sólo de física, sino también de teología y política. Y comienza su libro hablando del “logos”. Solemos traducir esta palabra por “razón”, pero no se refiere tanto a la facultad de razonar, como a todo lo que se dice de palabra o por escrito, a una narración o a una conversación. Luego en primer lugar se trata de una forma de expresión contraria a otras como el mito, la épica o la lírica, es decir, la forma “común” de expresarse; y en segundo lugar, es también una entidad real y objetiva que regula todos los acontecimientos, una especie de “ley universal” inserta en todo, pero que resulta muy difícil de observar. Existe un paralelismo entre “logos” y “kósmos”: el logos es universal y común tanto al cosmos como a la ciudad (que es también un cosmos) y a nosotros mismos, y cuando el logos particular de cada uno no coincide con el universal, entonces los hombres actúan como si estuvieses dormidos, actúan sólo atendiendo a su inteligencia particular (“idían”), es decir, se comportan como “idiotas”, pues no captan “lo común”.

Porque el logos se puede alcanzar con el conocimiento, y éste comienza por los sentidos (Heráclito no desprecia los sentidos, como hacen Pitágoras o Parménides, sino el conocimiento basado únicamente en la especulación lógica y matemática), si bien “la verdadera naturaleza gusta de ocultarse”, pues es como “una armonía invisible” que está por detrás de la supuesta estructura o armonía que nos muestran los sentidos. Heráclito considera que la lucha de opuestos es el origen de todo: “la guerra es padre de todos… lo opuesto concuerda y de las cosas discordantes surge la más bella armonía”. Solo cuando se da confrontación entre opuestos surge una unidad y una armonía superior sin necesidad de que los opuestos desaparezcan, pues “es sabio convenir que todas las cosas son una”. Fijémonos que no dice, como sus predecesores, que todas las cosas proceden de una (el “arkhé”) sino que “todas las cosas son una”. El todo es uno, pero esa unidad es dialéctica, ese es su logos: una unidad en continua tensión. Es la doctrina del “fluir universal” (“pánta rheî”): el logos es permanente, y todo lo demás sucede según ese logos , como resultado de la lucha de contrarios, que es permanente y eterna.

El río, por ejemplo, que siempre es el mismo, formalmente, que siempre tiene el mismo nombre, sin embargo por él fluyen aguas diferentes constantemente: “sobre quienes se bañan en los mismo ríos afluyen aguas distintas y otras distintas”. Esto lo podemos ver de forma clara en la película “El río de la vida” (Columbia 1992) de Robert Redford, cuando el hermano mayor regresa al hogar paterno tras su periplo en la universidad, y se reencuentra con su hermano pequeño, que se ha mimetizado con la naturaleza hasta llegar a comprender su logos. Os ofrezco dos momentos interesantes: el arranque de la película, espléndido, en el que el protagonista, ya anciano, reconoce la magia enigmática que le sugiere el río (en el que afirma reconocer las “palabras” de sus antepasados, hablando en su perpetuo fluir, en el que se confunde la realidad con la memoria) y la escena en la que, siendo aun joven, se percata de cómo su hermano, un paleto de pueblo sin estudios, comprende mucho antes que él en que consiste ese fluir, esa dialéctica, esa lucha, ese enfrentamiento permanente entre el logos natural y el logos humano, que en realidad son uno y el mismo.

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