La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 11th, 2010

Nos quedamos con William Shakespeare en el último artículo, donde meditábamos sobre la idea de “persona”. Pero también citamos a Homero, que no parecía salir muy bien parado. Retomamos ahora una de sus viejas historias para arrojar un poco de luz sobre la idea de “identidad”. En la inmortal “Odisea”, el viejo aedo griego nos narra las andanzas del bravo Odiseo (Ulises, si se prefiere) en su peregrinar de regreso a Ítaca, donde le esperan su mujer y su hijo. Diez años tardará en producirse este encuentro, mientras Ulises vagabundea por el mar Mediterráneo en busca de su hogar, víctima de algunos episodios terribles… y otros un poco más divertidos. Nos centramos ahora en uno de ellos, y veremos que siempre que alguien gana algo, también pierde algo. La pieza está extraída de la serie “La Odisea (TV)” (Zoetrope 1997), dirigida por Andrei Konchalovsky y producida para la televisión por Francis Ford Coppola (y de la que sólo he encontrado esta pieza original… en inglés, para que practiquéis un poco).

En la actual Sicilia, Ulises y sus hombres desembarcan para buscar alimentos y se encuentran con una guarida grandiosa repleta de comida y vino. Poco tardarán en saber que esta cueva es en realidad la casa de un gigante, Polifemo, uno de los grandes cíclopes de un solo ojo que, junto a sus hermanos, habita la isla. Cuando el cíclope regresa con el ganado, se encuentra a los intrusos y se los empieza a comer uno por uno. Como su apetito no decae, Ulises urde una de sus artimañas: se enfrenta al gigante y le habla, presentándose con el nombre de “Nadie”, y acto seguido le ofrece vino. Unas cuantas copas más tarde, Polifemo, borracho, se tumba en su camastro y se echa a dormir, momento que aprovechan los hombres para tomar un mástil y clavárselo en su único ojo. Herido y ciego, el monstruo se apresura a pedir ayuda al grito de “Nadie me ha herido”, “Nadie me ha dejado ciego”… pero ninguno de sus hermanos atiende sus súplicas porque, efectivamente, si nadie te ha herido es que no ha pasado nada. Este es el momento que aprovechan los hombres de Ulises para huir de la guarida y ponerse a salvo en el mar. Pero he aquí la reflexión: para ganar su “libertad”, Ulises ha tenido que perder su “identidad”. Dicho con otras palabras: para ser libre he de renunciar a mi mismo, a lo que yo soy (o al menos eso parece).

Cambio de escenario, pero no de tema. En la novela romántica (del periodo romántico, se entiende) “Fausto”, Johann Wolfgang von Goethe recoge una vieja leyenda germánica que narra la vida y peripecias de un hombre que se deja tentar por el diablo. Aquí os muestro el principio, en una adaptación cinematografía titulada “Fausto” (UFA 1926) de F.W. Murnau. El doctor Fausto se debate entre el bien y el mal: sus ansias de mejora y su avaricia le llevan a establecer un pacto con el mismísimo diablo. Mefostófiles (ese es el nombre elegido esta vez por el ángel caído) le promete concederle todos los favores: riquezas, poder, reconocimiento, sabiduría… pero, a cambio, el doctor debe comprometerse, cumplido el plazo, a renunciará a su propia alma y entregársela al viejo diablo. Todo sigue el curso anunciado: Fausto mejora en todos los aspectos de su vida de forma notable, se convierte en un triunfador, y las cosas no le podrían ir mejor cuando… finaliza el plazo acordado. Entonces Mefistófeles aparece de nuevo y reclama lo que es suyo en pago de los favores ofrecidos. ¿Qué se puede hacer en una situación así?

EL doctor Fausto hecha mano de una vieja artimaña: puesto que se trata de un contrato, justo es que esté en manos de abogados, y que sean ellos los que decidan. Y los abogados de Fausto aclaran a Mefistófeles que el acuerdo no es posible, y que Fausto no puede darle su alma, porque en realidad su alma no le pertenece a él, sino a todos los que forman parte de su vida: su esposa, sus hijos, sus amigos… todos aquellos que comparten su vida con el viejo doctor. De nuevo tenemos a un hombre que gana su “libertad”… a cambio de su “alma” (que en lenguaje moderno se dice “sujeto”, “conciencia”… pero que en realidad significa lo mismo: “identidad”) y de nuevo la identidad (aquello que nos hace ser lo que somos) es entendida de forma colectiva, como fruto de un proceso no solo de individuación, sino también de socialización. A partir de aquí, os resultará más fácil comprender que, a la hora de responder a la pregunta “¿Quién soy yo?” tenga que echar mano, no solo de dimensiones personales como la “interioridad”, la “apertura al mundo” o el “proyecto vital”, sino también de componentes de tipo social (ya sean culturales”, “políticos”, “religiosos”…) que me determinan y me hacen ser lo que soy de igual manera que mis rasgos físicos o mi forma de pensar.

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