La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 14th, 2010

De la unidad a la pluralidad

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Nuestro último artículo sobre los filósofos presocráticos está dedicado a los llamados “pluralistas”, filósofos griegos del siglo V a.C. residentes en Atenas (si bien ninguno de ellos es natural de esta polis) que desarrollaron una importante labor en el desarrollo de los estudios sobre la “physis”. La característica común a todos ellos es que, puesto que ya no pueden obviar las tesis eleáticas sobre el “Ser“ desarrolladas por Parménides y sus seguidores, deben de hacerlas conjugar con las ideas sobre el “fluir universal” del jonio Heráclito, motivo por el que se ven obligados a desarrollar explicaciones de tipo pluralista y no monista, sustituyendo el “arkhé” por múltiples “arkhái” que den cuenta de la totalidad de lo real.

A Empédocles de Agrigento (492-434 a.C), que a pesar de su extracción aristocrática era partidario del régimen democrático, se le han atribuido dos obras muy distintas: “Sobre la naturaleza” y “Purificaciones”, la primera de carácter físico-cosmológico, la segunda repleta de preceptos para poder purificar el alma y alcanzar la salvación. Conocía la obra de Parménides y la sigue en ciertos aspectos (así, por ejemplo, escribe en verso). Considera, como el eléata, que “nada surge de la nada, ni nada termina en nada sino que solo existe la mezcla e intercambio de elementos”. La novedad que introduce es que el principio de donde se origina todo ya no es único, sino que van a ser cuatro: tierra, aire, agua y fuego. Antes de formarse el universo, estas sustancias están mezcladas e indiferenciadas en lo que Empédocles llama “esfero”, pero este se rompe, y a partir de ahí comienzan una serie de transformaciones cíclicas debido a la intervención de dos fuerzas externas: Amistad (“Philotés”) y Discordia (“Neîkós”).

Excepto por su pluralidad, movimiento y posibilidad de interrelación y mezcla, estos “arkhai” tienen las mismas características que el “Ser” de Parménides: son ingénitos e imperecederos y entre ellos no cabe la posibilidad de vacío. Empédocles los llama “raíces” (“ritsómata”) si bien Aristóteles más tarde las definió como “elementos” (componentes primarios de las cosas cuya principal característica es que se pueden mezclar en distintas proporciones sin sufrir ninguna alteración cualitativa), pues conservan su “êthos” o modo de ser propio, pues “son inmutables a lo largo del ciclo”. Pero si quería escapar de la quietud de Parménides, tenía que postular dos fuerzas independientes y exteriores a los elementos: la Amistad, que une, tiende a la armonía y la estabilidad; y la Discordia, que separa, tiende a la movilidad y a la dispersión. Son pues, fuerzas opuestas, como los contrarios de Heráclito, que están siempre presentes, son eternas, como los propios elementos, aunque no siempre activas, pues en diversas fases una queda inactiva y relegada al exterior mientras la otra impera en todo el esfero.

Anaxágoras de Clazomene (500-428 a.C) es jonio y piensa como tal, por eso pretende encontrar un “arkhé” material. Pero, como Empédocles, ya no puede olvidar las tesis eleáticas sobre la inexistencia del vacío. Acepta que “ninguna cosa nace ni perece, sino que a partir de las cosas que existen, hay combinación y separación”. Se pregunta el autor ¿cómo si comemos pan, legumbres o verdura, de ellos se van a producir huesos, carne o pelo. Para responder hace uso del esquema operatorio de la nutrición aplicada a la “physis” y termina postulando el principio de que “en todo hay una porción de todo”. La materia no estaría formada por una única cosa, sino que contiene infinitas “khremata” (que se puede traducir de manera imprecisa y genérica por “cosas”). Pero si todas las cosas están en todas las cosas, ¿cómo las cosas son diferentes entre sí? Anaxágoras habla entonces de “spérmata” (“semillas”) que se diferencian entre si por las proporciones o por el predominio de alguna de las cosas de las que se compone.

Es posible que los términos “khremata” y “spérmata” hagan referencia a lo mismo, solo que el primero se referiría a la pluralidad de lo que hay, mientras el segundo se usaría con relación al futuro de los compuestos. Pero no está muy claro, tanto es así que el propio Aristóteles, para explicarlo, utilizó un término que confunde más si cabe el asusto: “homeomerías” (sustancias cuyas partes son semejantes entre sí y al todo). Pero la verdadera innovación de Anaxágoras es el “noûs”, una nueva dimensión, distinta de la “physis” que posteriormente dará muchos frutos filosóficos. Se suele traducir por “intelecto” o “mente”, y tendría dos funciones: una motora y otra ordenadora. Este ser infinito, inteligente, sin límites, que “existe siempre”, no estaría mezclado con nada, movería el “migma” o mezcla originario provocando un movimiento de torbellino a partir del cual se iría ordenando todo el universo y formando las cosas, pero una vez introducido este movimiento ya no volvería a intervenir más (algo que por cierto le reprochará Platón en su obra “Fedón“).

Demócrito de Abdera (460-360 a.C) no puede ser considerado propiamente un presocrático, no solo por ser contemporáneo de Sócrates (al que sobrevive, pues llegó a ser muy longevo), sino sobre todo por su saber enciclopédico: llegó a escribir  en torno a 60 tratados de temas tan dispares como ética, física, matemáticas, filología, técnica… Si Parménides había afirmado que el ser era uno, eterno, llevo, indivisible e inmóvil, los partidarios de la escuela atomista advirtieron que esto podía conciliarse con la pluralidad y el movimiento fenoménico con solo hacer añicos el ser y admitir el vacío. “En realidad hay solo átomos y vacío”. Si Parménides daba consistencia al Ser, Demócrito intentó dársela al no-Ser, y lo hizo dialécticamente. El “vacío” (simplemente lo que no es nada, lo “no-a-tomos”) hasta ahora considerada una idea inconcebible y negada por todos los materialistas, es una realidad no corpórea cuyo ser consiste en ser cortado o recorrido, pues es lo que posibilita el movimiento de los átomos.

La palabra “átomos (“sin partes”) es un tecnicismo introducido por Leucipo (maestro de Demócrito): se trata de elementos cualitativamente iguales, compactos, plenos, continuos, sin vacío interior y, por tanto, impenetrables e indivisibles, nunca sufren cambios en su interior y son por ello eternos. En cuanto a la figura exterior, tienen diferentes tamaños, figuras o formas: unos son redondos y lisos (como los del fuego o los del alma), otros cóncavos, otros ganchudos y puntiagudos, pero todos ellos son imperceptibles. Conectándose unos con otros van formándose los compuestos: la figura y el tamaño no cambia, pero no así el orden y la posición. El movimiento de los átomos es eterno, aunque desordenado, ya que en un principio están situados en un espacio (“khóra”) isótropo e infinito. Moviéndose en este espacio chocan azarosamente entre si y algunos, debido a sus variadas formas,  se entrelazan surgiendo de este modo un torbellino, que irá dando lugar a los diferentes componentes y a los infinitos mundos.

Todo ocurre por una razón mecánica, pues cada movimiento atómico depende de los anteriores. La sensación no es más que la alteración que sufren los átomos del alma al ser impactados por los efluvios atómicos que provienen de los cuerpos externos. Si queremos saber en realidad qué son las sensaciones, debemos reducirlas a átomos y vacío. Ahora ya tenemos un “nómos” que se opone a una realidad física, algo que no era propio de los presocráticos, pero que de ahora en adelante va a ser muy común en el ámbito filosófico, como veremos. Por cierto, para consultar los textos originales de estos autores, de nuevo os recuerdo la dirección de Eikasia Diccionario de Filosofía, donde encontraréis mucho material sobre los pensadores que hemos trabajado.

eBlog | Login
Subscribe to La casa de Elrond