La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 18th, 2010

Un pequeño apunte para todos los alumnos de Filosofía y Ciudadanía, ahora que hemos comenzado a trabajar a fondo algunos de los aspectos fundamentales de la metodología científica, y vamos a comenzar en primer lugar por fijar algunas ideas básicas sobre el método experimental, propio de las ciencias naturales. Como supongo que tendréis tiempo de profundizar esta temática en la nueva asignatura Ciencias para el mundo contemporáneo, valdrán aquí unos pequeños apuntes para encarrilar el estudio. Recordad que el método científico queda fijado ya a principios del siglo XVII por Galileo Galilei a través del llamado método hipotético deductivo, novedosa herramienta metodológica que trata de combinar el momento inductivo propio de las ciencias empíricas con el momento deductivo que caracteriza a las ciencias formales.

A la base del método nos encontramos con la “formulación de hipótesis“. Recordemos las cuatro características que debe tener toda hipótesis: debe dar respuesta a un problema, debe ser posible que se deriven de ella consecuencias, debe permitir hacer predicciones y deber ser siempre la más simple posible (característica que se conoce como “principio de economía” o Navaja de Ockham, pues fue formulada por vez primera por el irlandés Guillermo de Ockham allá por el siglo XIV y que dice así: “dadas dos explicaciones para un mismo hecho, la más sencilla siempre es la correcta”). Como ocurre en muchos de los ejemplos que hemos visto en clase, desde la “materia infecciosa” de Ignacio Felipe Semmelweis al “planeta desconocido” de Adams y Le Verrier, el problema del “movimiento de Marte” nos plantea una duda a la que hay que poner solución a partir de alguna hipótesis, ingeniosa y descabellada, que dé cuenta de los hechos observados.

Nos remitimos de nuevo al clásico por excelencia de la divulgación científica, Carl Sagan y su serie televisiva “Cosmos: Un viaje personal”, que aquí nos propone una comparativa entre el pensamiento antiguo, ejemplificado en las teorías del astrónomo Ptolomeo y su “Almagesto” (donde describe un modelo geocéntrico basado en epiciclos y deferentes), tan útil para “salvar las apariencias” a la hora de explicar los movimientos planetarios, y la nueva ciencia, personificada en las figuras de Nicolás Copérnico (“De revolutionibus orbium coelestium”) y sobre todo de Johannes Kepler (“Astronomia nova”), con su nueva perspectiva heliocéntrica, mucho más ajustada a la realidad y capaz, por sí sola y sin necesidad de recurrir a complicadísimos modelos geométricos, de dar cuenta de los movimientos más extraños, como el procurado por la órbita de Marte.

A pesar de que tanto Copérnico como Kepler parten de unos postulados cercanos al llamado paradigma mágico-estético (que hunde sus raíces en la tradición pitagórico-platónica), es notorio su afán por liberarse de prejuicios y proporcionar a los datos empíricos una base matemáticas: la característica básica del método hipotético consiste precisamente en eso, en convertir las hipótesis en “fórmulas matemáticas” de las que poder “deducir” consecuencias que se puedan observar, que se puedan “contrastar” con los hechos de la realidad, para ver si ambos (consecuencias deducidas y hechos observados) concuerdan o no lo hacen. Cuando el resultado de esta prueba es negativo, decimos que la hipótesis es falsa (y deberemos comenzar de nuevo el proceso, planteando una nueva hipótesis explicativa), pero si resulta que es positiva, entonces la hipótesis pasa a tener cuerpo de “ley científica”, y se irá afianzando a medida que acumulamos una tras otra nuevas corroboraciones positivas.

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