La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 21st, 2010

Aunque la película “Alejandro Magno” (Tripictures 2005) de Oliver Stone se centra en la vida y conquistas del rey macedonio, el arranque del film puede sernos útil para ejemplificar el modo de vida ateniense en el siglo V a.C. (recordemos que tanto Alejandro Magno como su maestro Aristóteles viven en el siglo IV). Podemos ver la confrontación entre dos modos de pensar muy habituales en esta época: de un lado, las charlas que el joven Alejandro mantiene con su padre, el rey Filipo II de Macedonia; del otro, las clases regladas en las que participa, acompañado por los hijos de la nobleza macedonia, a cargo del filósofo Aristóteles.

En una escena verdaderamente siniestra, Filipo invita a su hijo a visitar una gruta, en cuyas paredes se recrean acontecimientos míticos con Prometéo, Heracles y Aquiles como protagonistas. El rey alecciona a su hijo sobre el valor y la virtud desde una perspectiva tradicional, “bárbara” (los macedonios no eran considerados griegos: aunque tendían a imitarlos, su cultura era mucho más arcaica) pero también sobre política, con pequeños consejos sobre el ejercicio del gobierno (insiste en el pasado de su hijo: recordemos que los sofistas eran, entre otras cosas, “logógrafos“, y que algunas de sus clases se centraban en repasar el árbol genealógico del alumno, su “linaje“). Aristóteles se comporta, sin embargo (y a pesar de la diferencia temporal) como un verdadero sofista: comienza la escena con una lección de geografía (muy propia de los profesionales de la educación del siglo V) para avanzar poco a poco hacia el estudio de la virtud (en este caso, el amor).

Las palabras del Filósofo son significativas: Aristóteles desacredita a Filipo y a la tradición que representa, niega los mitos y ensalza la razón, y su uso en la búsqueda de la virtud o excelencia. Hay también un ligero toque de Sócrates en el uso del diálogo: la lección de geografía es un “monólogo” del maestro, pero sobre virtud es mejor razonar a través de preguntas y respuestas, esto es, mediante el “diálogo”. Recordar que estas diferencias entre los pensamientos de los sofistas y de Sócrates son muy significativas: la “virtud” o “excelencia” (”arethé“) era para los sofistas un “don” propio de los nobles (los “aristós“, los mejores en virtud y sabiduría) mientras que para Sócrates era una cualidad propia de todo ser humano, con independencia de su nacimiento o condición (incluso de su género: recordemos que Platón proponía que debía educarse por igual a hombres y mujeres, ya que ambos podían ser igualmente virtuosos, una forma de pensar no muy extendida por aquel entonces).

Aristóteles enseña no sólo a Alejandro, sino también al resto de hijos de los nobles macedonios, los “aristós” (los que luego serán sus generales en el campo de batalla, entre ellos Ptolomeo I Sóter, que se asentará en Alejandría y fundará el famoso Museo, y que en nuestra película es quien cuenta el relato). Quizá por eso se comporta más como un sofista, un educador de virtud. Lo que sin embargo debe llamarnos la atención es el uso que Alejandro hace de las enseñanzas de su maestro, que se revelan de forma clara en la siguiente escena de la película, la “doma de Bucéfalo“, cuando el niño aparta de sí los pensamientos míticos (”es el dios Apolo“) en favor de la razón (”es sólo un truco“). Una notable manera de aplicar la metodología filosófica al ámbito de la vida cotidiana, y ganarse así la confianza de los demás, que tanta falta le hará a Alejandro en su futuro político.

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