La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 22nd, 2010

Acabamos de completar la unidad dedicada al conocimiento científico, por lo que convendría revisar los métodos propuestos por cada una de las distintas ciencias. Comenzando por el método deductivo, propio de las ciencias formales, hemos establecido una analogía entre las matemáticas y el ajedrez: al igual que todo sistema formal axiomático se sustenta en unos “axiomas” que, mediante unas leyes de formación y transformación, nos permiten “deducir” teoremas, el ajedrez es un juego de mesa que parte de unos principios (un tablero y unas piezas), y trabaja con unas reglas de formación (la posición de inicio) y de transformación (los movimientos de las diferentes piezas), para generar teoremas (las distintas jugadas: apertura, enroque, horquilla, clavada, desviación, bloqueo…). En todo caso, el objetivo de todo “lenguaje formal” es trabajar a partir de unos principios o axiomas indemostrables (“premisas”), que por lo general suelen ser enunciados universales, para obtener a partir de ellos enunciados particulares (“conclusiones”), que son sus consecuencias lógicas y necesarias (que “son así y pueden ser de otro modo”). El objetivo de estas ciencias formales es convertirse en sistemas “puramente deductivos”, es decir, sistemas perfectamente consistentes, completos, en los que los axiomas han de ser independientes unos de otros.

Un ejemplo cercano a lo que estamos comentando lo encontramos en la película “En busca de Bobby Fischer” (Paramount 1992) de Steven Zaillian. La película muestra el inicio en la competición de un jovencísimo y superdotado niño de diez años, que aprende a jugar al ajedrez viendo a los mayores en el parque, y que poco a poco se adentra en este mundo de la mano, tanto de un gran maestro, como de un joven buscavidas que se gana la vida con las partidas callejeras. El final de la película ejemplifica a la perfección el funcionamiento de este juego: el niño, en mitad de la partida, “anticipa el final”, lo deduce a partir de los elementos de los que dispone (las posiciones de las piezas en ese momento). Por cierto, que los estoicos griegos, introductores de la lógica de enunciados, llamaban a esto “prolepsis”, que consiste en la capacidad de anticipar un resultado conocidas las premisas de partida, porque, en una deducción, la conclusión “se sigue necesariamente de las premisas”. El joven de nuestra película, un trasunto del genial maestro Bobby Fischer, tiene no obstante un gesto noble, al ofrecer a su contrincante “tablas” (partida empatada), y permitirle una derrota digna, pero el oponente se niega, porque su posición es aparentemente más ventajosa, sin ver la que se le viene encima.

Contrariamente a las ciencias formales, las ciencias naturales trabajan fundamentalmente con el método inductivo. Son muchos los ejemplos de este modo de hacer de la ciencia, por lo que convendría echar un vistazo a algunas de las series de ficción de más éxito en televisión de estos momentos. Ejemplos notables de labor científica los encontramos en “CSI: Crime Scene Investigation” o en “House M.D.” que, si bien es cierto que son series de ficción (que en ocasiones se toman enormes libertades en lo científico para hacer más amena la narración), nos muestran la labor de dos médicos (uno trabaja con los vivos y otro con los muertos, pero todo es lo mismo: materia biológica) que desarrollan sus habilidades amparándose en esta metodología científica. Basta ver como el doctor Gregory House diagnostica una enfermedad a partir de los “signos” (lo que le pasa al paciente), que no de los “síntomas” (lo que el enfermo dice que le pasa, que ya sabéis que “todo el mundo miente”), o de como Gill Grissom resuelve un caso a partir de los datos empíricos de los que dispone. Ambos proponen una hipótesis, sacan conclusiones y a continuación tratan de confirmarlas en la realidad, mediante fármacos que curen o mediante residuos orgánicos que delaten.

Pero lo que más tiempo hemos considerado en el aula, no obstante, es el “problema de la inducción” propio de las ciencias empíricas, en especial de las ciencias naturales, que trabajan a partir de la observación y la experimentación. Es cierto que en un primer momento, una vez nos hemos decantado por una “hipótesis” para dar explicación de un hecho problemático, todo científico se ve obligado a “poner en forma matemática” dicha hipótesis (a formularla matemáticamente para poder “deducir” consecuencias de la misma). Pero en ese momento el método experimental regresa a la inducción: ¿cuántas veces es necesario “corroborar” en la realidad una hipótesis para darla por valida? ¿Cuántos experimentos particulares es necesario realizar para “confirmar” la verdad de esa explicación, para tenerla por cierta? La verdad es que no importa en número de veces que los hechos confirmen la hipótesis, siempre quedará la posibilidad de que esta sea falsa, porque las ciencias naturales trabajan preferentemente con inducciones que son “incompletas”, que no agotan el número de posibles hechos y, por tanto, solo son “probables”, pero no seguras al cien por cien: no nos ofrecen una certeza absoluta.

En otra línea, las ciencias sociales trabajan con un tipo de metodología que llamamos “comprensiva” (frente a la metodología experimental, de marcado carácter descriptivo y, por tanto, “explicativa”). Resulta especialmente llamativo que en las ciencias sociales el “objeto de conocimiento” se confunde con el “sujeto de conocimiento”. Es imposible considerar al ser humano como si de un átomo o de una bacteria se tratase, toda vez que los cuerpos naturales son impelidos por fuerzas físicas, mientras que el ser humano goza de “libre albedrío”, lo que le faculta para actuar de una u otra manera, según el momento: todo depende de la decisión del sujeto, de su capacidad de elección. Un ser humano puede decidir “dejar de comer” (lo que, evidentemente, atenta contra su naturaleza), por motivos que sólo él o sus allegados conocen. Tal es la naturaleza del ser humano, naturaleza que resulta problemática a la hora de efectuar un análisis desde las ciencias humanas.

Un ejemplo del camino elegido por estas ciencias lo encontramos en la muy divertida “Zelig” (Warner Bross 1983) de Woody Allen. El protagonista del film es un ser atormentado, necesitado de afecto, que trata de solucionar sus problemas de identidad asumiendo la personalidad de aquellos que le rodean: si estoy al lado de unos griegos, me convierto en griego; si en medio de un concierto de jazz, soy un músico negro más; si en plena arenga del Hitler, un defensor del nazionalsocialismo (ese sentido del humor judío tan propio de Woody). La doctora que trata el caso se encuentra desconcertada, así que decide asumir la personalidad del paciente y ponerle a prueba: ¿qué le pasaría a un enfermo que se cree un médico si le dices que no eres su médico… que de repente te encuentra mal… que eres un paciente mas?

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