La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 30th, 2010

La filosofía de Aristoclés (427-347), llamado más tarde Platón (algunos dicen que por lo ancho (platys) de sus hombros, otros que por su amplia frente) debe mucho a la metodología del viejo Sócrates, el método dialéctico (el intento de analizar la realidad humana a través del “diálogo”) y sobre todo, por la identificación que hace el maestro del objeto de estudio propio de la filosofía, a saber: las ideas. Tradicionalmente, el pensamiento platónico viene definido por un marcado dualismo: en primer lugar, un dualismo ontológico (la consideración de que existen dos mundos: uno “sensible” y otro “inteligible”); un dualismo gnoseológico (la consideración de que existen dos formas o modos de conocer: la “doxa” u opinión y la “episteme” o inteligencia); y finalmente un dualismo antropológico (la consideración de que el ser humano esta constituido por un “cuerpo” y un “alma”, en tanto que sustancias separadas). Pero en este artículo nos vamos a encargar de poner en duda estos dualismos y postular que Platón maneja una teoría pluralista.

Hemos abordado ya en un artículo precedente la dialéctica platónica a partir del mito de la caverna, pero como tal dialéctica no es solo cognoscitiva o lógica, sino “real”, en la medida en que para Platón las ideas no son únicamente conceptos genéricos, sino también “formas” o “esencias”, parece evidente que todo lo que dijimos de ella en términos gnoseológicos puede trasladarse punto por punto a la ontología. En realidad, más que hablar de dualismo, deberemos hablar de pluralismo ontológico, pues es cierto que Platón insiste en la existencia de dos mundos, si bien el primero, el “mundo de los objetos físicos”, no es más que la copia del segundo, el “mundo de las ideas”, de las que aquellos serían meras copias imperfectas. O dicho de otro modo: las ideas funcionan como “causas”, “paradigmas” o “modelos”  para las cosas, en cuanto que estas participan de aquellas. Las ideas son “lo que las cosas tienen en común”, lo que es “compartido por muchos particulares”.

Pero la ontología platónica no solo es pluralista porque reconoce la multiplicidad de lo sensible, ni porque las ideas son muchas (pero no idénticas, sino ligadas en “symploké” o entretejimiento entre unas y otras), sino sobre todo porque entre estas dos pluralidades Platón reconoce una tercera pluralidad: la de las “mediaciones” que se dan entre las otras dos. Platón nos plantea la compleja exposición de esta teoría en su diálogo “Parménides”: “las ideas son relaciones organizadas o determinadas según tipos más simples, que son los números ideales; asimismo, las cosas sensibles son realizaciones determinadas y organizadas según unos tipos menos simples, pero simples al fin y al cabo… La relación de lo sensible con la idea repite, en un estado de dependencia y complicación más elevado, la relación de las ideas con los números ideales”.

 

Un buen ejemplo de ello lo encontramos en este interesante análisis del número φ (fi) (1.6180…), que todos conocemos como número áureo. Lo que nos sugiere el vídeo es que la realidad se estructura, se ordena, siguiendo unas leyes racionales que actúan de forma necesaria. La naturaleza programa una serie de normas que los seres naturales siguen al pie de la letra: el mundo es un “cosmos”, un conjunto ordenado por la propia naturaleza conforme a principios racionales. No es de extrañar que el ser humano “copie” estas estructuras y las reproduzca permanentemente en sus creaciones artificiales. En este sentido, las representaciones arquitectónicas y pictóricas son una réplica de la propia naturaleza que imitan las formas puras, las ideas, que nos son conocidas previamente a cualquier experiencia particular.

Lo podemos comprobar de forma más clara a través del mundo del origami, el arte japonés de doblar papeles o papiroflexia. Fijaos que cuando nos encontramos con un papel (no importa su tamaño, forma o color, es decir, sus particularidades) podemos reproducir en él “figuras” que copian las ideas (un cisne, un elefante o, como ejemplificamos aquí, una lechuza), precisamente por la intermediación de “formas geométricas simples”: al intentar confeccionar una figura no estamos haciendo otra cosa que generar líneas de corte con las que doblar y volver a doblar el papel, hasta que la figura finalmente “aparece” ante nuestros ojos. El hecho de que la podamos reconocer se debe a que nosotros ya conocemos la idea (la hemos “visto”, y por ello podemos elaborar una copia, aunque imperfecta, de dicha idea). Y esta copia lo es en dos sentidos: de un lado, en el mundo sensible, la figura de papel sería una “sombra” del “objeto” que representa (en este caso una lechuza); de otro lado, en el mundo inteligible, la figura es una “representación geométrica” que copia la “idea”, pues reconstruye “lo que todas las lechuzas tienen en común”, esto es, la esencia o forma de una lechuza: si idea.

En la película “Blade Runner” (WB 1982) del director Ridley Scott, tenemos un buen ejemplo del uso de la papiroflexia para poder comprender las ideas de Platón. Esta es la historia de Rick Deckard, un policía encargado de “retirar” a un grupo de “replicantes” Nexus 6 que se han vuelto demasiado peligrosos. En la búsqueda de los fugitivos, Deckard descubre a Rachel, una replicante experimental, con recuerdos implantados que le permiten contar con una base emocional, y por supuesto se enamora de ella. Tras la muerte de Roy Batty (el jefe de los replicantes y último superviviente del grupo de prófugos) a manos del “blade runner”, Deckard encuentra un origami que ha dejado Gaff (el policía que le vigila a él), señal inequívoca de que se les ha permitido escapar. Rick y Raquel marchan entonces hacia un nuevo destino, conscientes del tiempo que se les regala. La figura de papel nos permite comprender a los espectadores que el unicornio funciona aquí como un símbolo “que está por otra cosa”, pues el propio Deckard sueña a lo largo de la película con unicornios, que aquí representan (están por, participan de) la idea de libertad.

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