La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Octubre 31st, 2010

Analizados ya los aspectos ontológicos y gnoseológicos, nos centramos en el ámbito de la psicología, para comprobar como en este terreno Platón se decanta nuevamente por un pluralismo antropológico. Hay que tener en cuenta que el “alma”, en la antigüedad, es el “aliento” o “soplo vital” que “anima o mueve el cuerpo”. Para Platón no existe un alma trascendente, sino tres tipos de almas en cada ser humano, las cuales son imprescindibles y funcionan en interacción, pues mantienen una relación con la virtud, el cuerpo humano y el cuerpo social. La razón (“logistikon” o “alma racional”) estaría situada en el cerebro, y a ella le corresponde el pensar, calcular, prever, someter a examen los caprichos del deseo; es inmortal y su destino último es la contemplación de las ideas. El ánimo (“thymoides” o “alma irascible”), esta situado en el tórax, es inseparable del cuerpo y, por tanto, mortal, y es el origen de las “pasiones nobles“: el valor, el coraje, la ira, la ambición, la esperanza. El apetito (“epithymetikon” o “alma concupiscible”) se sitúa en el bajo vientre, también es mortal y constituye el origen de las llamadas “pasiones innobles“: los impulsos, los deseos, las necesidades de orden orgánico, el apetito sexual, el placer y el dolor, etc.

Aunque la mayor parte de los intérpretes consideran que hay un alma que sobrevive al cuerpo, el “alma racional”, esto no quiere decir necesariamente que Platón esté hablando de la supervivencia de un alma personal, sino simplemente que las ideas nos anteceden y trascienden, y así las ideas no son propiamente nuestras, pues las recibimos de nuestra tradición cultural, y en la medida que las modificamos y transmitimos a las generaciones futuras, nos sobreviven, objetivizan y universalizan. Por ello mismo, Platón unirá el problema del alma al del conocimiento, manteniendo las tesis ya formuladas por su maestro Sócrates, que aseguraba la prioridad temporal y ontológica del alma o “nous” apodípticamente. Esta prioridad atiende a motivos epistemológicos: el hombre no aparece en el mundo por primera vez, sino que tiene un bagaje cultural que lo sitúa en el tiempo.

Es en el diálogo “Fedro” donde se comenta con detalle el famoso “mito del auriga”, en el que se compara el alma humana a la potencia reunida en un esfuerzo del tronco de caballos de un carro de carrera junto con su auriga: “El corcel de blanco pelaje y cabeza erguida representa el honor (fortaleza), que resiste los embates del caballo negro y de ojos sanguinarios, cuyos impulsos son atemperados (templanza) cuando el auriga, símbolo de la razón, posee la habilidad suficiente (prudencia) para mantener el equilibrio inestable y tratar de alcanzar la armonía (justicia)”.

Esta película necesita Flash Player 7

Como punto de partida se establece la doctrina de la “anamnesis”: pensar es recordar. Luego el alma que recuerda las ideas tuvo que tener una vida propia “fuera y antes” de esta vida. Una vez probada su existencia, Platón pasa a demostrar su pervivencia mediante dos argumentos, que presuponen la teoría de las ideas. En primer lugar, si el alma es capaz de entender las ideas eternas, será porque tiene en sí algo eterno, que le permite contactar con la eternidad. En segundo lugar, el alma es una y simple, por lo que no puede corromperse ni dividirse. Este segundo argumento juega un papel secundario, que además entra en conflicto con la doctrina psicofisiológica (que asigna un lugar del cuerpo a cada parte del alma). En todo caso, parece claro el carácter epistemológico del hilo argumental, que consolida la inmortalidad del alma a partir de la eternidad de las ideas y, al mismo tiempo, por una suerte de “argumento ontológico circular”, consolida las ideas a partir de la preexistencia del alma.

La película “Doce monos” (Universal 1995) del director americano Terry Gilliam, nos plantea una idea interesante. Os resumo la historia brevemente: James Cole es un enviado del futuro que regresa al año 1995 para recoger datos que permitan comprender el desastre biológico que ha asolado el planeta, matando a la practica totalidad de la población, tras una infección masiva provocada por la manipulación genética cometida por un grupo terrorista conocido como el “ejército de los 12 monos“. Cole tiene un sueño que se repite continuamente a lo largo de la película (lo vemos en el arranque, en el desenlace, y en muchos momentos intercalados de la trama) en el que él es un niño que contempla la persecución y asesinato de un hombre en un aeropuerto. Lo llamativo de la escena final es que Cole entra en ese mismo aeropuerto y dice: “yo conozco este sitio, ya he estado aquí antes”. Porque efectivamente, estuvo allí cuando era niño, y contempló un asesinato (que en realidad es el suyo propio, por cierto: contempló su propia muerte en el futuro desde el presente) y por eso es capaz de recordarlo.

eBlog | Login
Subscribe to La casa de Elrond