La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Completamos nuestro recorrido por el conocimiento haciendo un breve análisis de los modelos fenomenológico y hermenéutico. Frente al realismo (que concede prioridad al objeto) y al idealismo (que concede prioridad al sujeto y llega incluso a postular la anulación del objeto) tanto la fenomenología como la hermenéutica supondrán que ambos polos son constitutivos del conocimiento, y que en ningún caso el uno puede anular al otro. En esta línea se movía Immanuel Kant al postular su conocido “apriorismo”. Para un acercamiento a la crítica kantiana no estaría de más consultar al Doctor Mostaza y su interesante vídeo “Inmanuel Kant: Crítica de la Razón”). Pero lo que aquí nos interesa ahora es aclarar un concepto fundamental para ambas metodologías: la idea de “prejuicio”.

En la reciente película “La joven de la perla” (ASL 2003) de Peter Webber, nos encontramos con un ejemplo notable de los planteamientos fenonenológicos. El pintor Johannes Vermeer, famoso artista flamenco del siglo XVII, enseña a su joven criada (la que luego será su modelo para el célebre cuadro del título) a desechar los datos que nos vienen directamente de la razón en favor de las impresiones, que son producto de la sensibilidad, ya que las primeras ocultan la verdadera realidad y no son más que prejuicios que distorsionan nuestro conocimiento. El verdadero conocimiento consiste en ver, en apreciar los matices de las nubes, no en dejarse llevar por la idea preconcebida de que “las nubes son blancas”. Es un tema que hemos tratado en clase y que nos acerca además al concepto de “prejuicio” que manejan los fenomenólogos. Esta corriente de pensamiento insiste en “ir a las cosas mismas“, para así conocer lo que son las cosas “en su puro y simple presentarse a la conciencia“, al sujeto. La fenomenología intenta mediar entre el realismo y el idealismo: por un lado, da prioridad a la “conciencia” porque es ella quien “capta las cosas mismas”; por otro lado, considera que los objetos no se adaptan al sujeto sino que se “manifiestan”. Para poder conocer con objetividad qué es la realidad es preciso despojarse de todo “prejuicio”, porque sólo así podremos llegar a lo esencial de todo fenómeno, fenómeno que será, por definición, siempre particular, concreto.

Si consideramos de nuevo la película “Memento” (Columbia 2000) de Christopher Nolan, nos encontramos con un planteamiento similar, aunque ligeramente distinto. En la secuencia que os muestro (podéis ver el vídeo a partir del minuto 7´), el protagonista discute con su amigo sobre la pertinencia de los recuerdos. Mientras Teddy afirma la certeza de nuestros recuerdos, que nos permiten comprender la realidad tal cual es, Leonard insiste en la necesidad de atenerse a los hechos como única garantía de verdad, porque los recuerdos no son fiables, puesto que “los recuerdos desvirtúan: no son un registro, sino una interpretación”. La hermenéutica sostiene que debemos tratar de “comprender” las acciones humanas y la realidad histórica interpretando cada acontecimiento en su singularidad, tratando de captar su sentido. Pero siempre comprendemos partiendo de “prejuicios” (factores sociales, culturales, sentimentales, lingüísticos….), que son constitutivos del propio conocimiento y que no se pueden anular. La filosofía hermenéutica niega la posibilidad de construir una “razón pura”, al modo kantiano, y postula que nuestra razón es “impura”, pues cuando conocemos no podemos eliminar nuestra “circunstancia”: nuestra lengua, nuestra historia, nuestra ideología… Hasta tal punto esto es así que, como nos dice Friedrich Nietzsche: “no hay hechos puros, sino interpretaciones“.  Todo se reduce a tratar de extraer un significado tras los hechos, tras las acciones, tras los textos… que nos permita comprenderlos.

El propio Leonard, en la película que nos ocupa, traiciona su propia argumentación al generar un “recuerdo manipulado” a partir de un hecho que él mismo se inventa (compruébalo a partir del minuto 6´).  Lo que hace es darle una nueva interpretación a un hecho (la revelación de la verdad, que el no soportará), convirtiéndola en una traición (la mentira de un amigo, que solo pretende engañarle en beneficio propio). Su escusa es pobre, pero muy humana: “¿me miento a mi mismo para ser feliz?”. Quizá todos nosotros preferiríamos la ignorancia si eso nos condujese directamente a la felicidad Pero esto nos aleja de la epistemología y nos adentra en el mundo de la ética, del que tendremos ocasión de hablar largo y tendido durante el tercer trimestre.

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