La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

En espera del examen sobre la segunda unidad del curso, que trata el tema de la convivencia en las comunidades de vecinos, los barrios, los pueblos y ciudades, se me ha ocurrido ejemplificar algunos aspectos sobre esta temática a partir de tres películas recientes de marcado interés, que recrean la vida en un barrio, un pueblo y una gran ciudad respectivamente. He optado en esta ocasión por la comedia, que en ocasiones tiene más capacidad para acercarnos a la verdad, desde la ironía o la farsa, que las películas dramáticas, que tratan el tema con mayor seriedad.

No obstante, un interesante filme sobre la vida en una pequeña comunidad se nos muestra en la excelente “Barrio” (Sogetel 1998) de Fernando León de Aranoa, un acercamiento a la problemática social en el extrarradio de la ciudad de Madrid. Es interesante comprobar cómo los barrios de las grandes capitales funcionan en ocasiones como pequeños pueblos, con sus propias normas y sus modos de vida propios, alejados en parte de los hábitos y ajetreos de la gran ciudad, donde los habitantes llevan una vida más apegada, y se ejercitan en una convivencia más cercana, más humana por tanto.

La película “La comunidad” (Lolafilms 2000) de Álex de la Iglesia, recrea la vida diaria en el seno de una pequeña comunidad de vecinos de la zona centro de Madrid. Se trata de una verdadera comunidad, como nos recuerda el sociólogo Ferdinand Tönnies: un conjunto de personas vinculadas por lazos emocionales o que poseen valoraciones sociales comunes, y cuya vida transcurre de forma conjunta, íntima y privada, por lo que la personalidad individual se forja al identificarse con la vida y la finalidad comunes del grupo a través de los procesos de socialización más relevantes. La vendedora inmobiliaria que interpreta por Carmen Maura asiste incrédula a una salvaje persecución de su persona, desconocedora del secreto que ocultan los vecinos del edificio, que quieren beneficiarse colectivamente de la muerte de uno de sus ricos inquilinos (que tenía la costumbre de no fiarse de los bancos, y por eso mantenía una pequeña fortuna personal guardada en bolsas de basura en su propia casa). Todos los miembros del inmueble insisten a la protagonista que ellos son una verdadera comunidad, que se prestan ayuda unos a otros, se respetan y cohabitan en paz y armonía. Claro que la vendedora es “una extraña”, y eso supone un problema para el resto de inquilinos, cuando ella se niega a integrarse en el grupo y actúa por libre.

En la reciente “Big Fish” (Columbia 2003), el director Tim Burton, nos adentra en la vida de un personaje singular, Edward Bloom que en uno de sus muchos viajes tiene la fortuna de caer sobre Spectra, un inquietante pueblo del medio oeste americano, con sus peculiaridades y rarezas. Los habitantes del pueblo acogen al forastero con inusitado interés, conscientes de que por la aldea apenas pasan desconocidos, y siempre es agradable encontrarse con alguien nuevo, que aporte vitalidad y emoción a sus vidas. Pero este pueblo posee sus propias normas, algunas de ellas excéntricas para una mentalidad ordinaria (no así la de nuestro protagonista), y aunque por momentos la vida en el pueblo pueda parecer el paraíso en la tierra, lo cierto es que no lo es tanto. Se trata de una situación ficticia, en la que se exageran las buenas costumbres hasta general un efecto cómico, que nos permite conocer más claramente como funcionan, o deberían funcionar, los resortes de la convivencia ciudadana.

Los habitantes de este interesante pueblo cumplen a la perfección las normas del buen vecino: mantienen el orden y procurar la tranquilidad de los demás, se esmeran por mantener un trato amable y tolerante en todas sus relaciones, son corteses y educados y se prestan ayuda mutua siempre que la situación lo requiera. Cumplen también con las normas del buen ciudadano: conservan su pueblo limpio, libre de desperdicios y basuras, no practican el vandalismo ni desarrollan ruidos molestos, y cuidan de sus espacios verdes (de hecho, todos van descalzos, porque no necesitan botas para caminar sobre el espléndido jardín que les sirve de calle) y, por supuesto, carecen del más mínimo conocimiento de la palabra discriminación. Pero nuestro protagonista se siente asfixiado en este entorno idílico y necesita marcharse, quizá porque es demasiado libre para vivir en un pueblo, en el fondo, tan conservador (a pesar de las excentricidades), tan poco proclive a los cambios, a las novedad.

En esta misma línea, “Pleasantville” (New Line Cinema 1998) de Gary Ross, nos encontramos con el mismo tipo de comunidad idílica, aunque las cosas no son siempre lo que parecen. Por un azar, los protagonistas de la historia van a parar a una pequeña ciudad americana de los años 50 en el que todo es perfecto, ordenado y pulcro… pero también gris, carente de color, de emoción, de vida. En esta tesitura, nuestros amigos comienzan a relacionarse con los ciudadanos de la villa hasta lograr cambiar algunas de sus estrictas reglas de comportamiento, de forma tal que el pueblo poco a poco va tomando color. La película plantea una interesante metáfora sobre el tema de la inmigración: la aceptación de gentes nuevas, con modos de vida diferentes, es siempre problemática, porque nos suelen asustar estas diferencias, que solemos asociar con cambios en nuestros propios hábitos y costumbres. Pero, bien entendida, la inmigración supone un aporte cultural novedoso y fresco para toda la comunidad, aporte que nos permite valorar otros modos de vida, otras formas de hacer y entender el mundo, que nos proporcionan riqueza en la diversidad, en la diferencia.

Como decía el poeta y dramaturgo Bertolt Brecht: “el derecho a la igualdad no significa que todos tengamos el mismo derecho a ser iguales, sino que todos tenemos igual derecho a ser diferentes”. Lo que más nos interesa suele ser lo diferente (por distinto, extraño, novedoso), pero también nos asustan un poco, precisamente porque es diferente y extraño, y porque a muchos de nosotros nos cuesta cambiar de hábitos, abrirnos a las novedades. Pero si no hay novedades la vida sería muy aburrida, demasiado seria y formal, y hay que rellenar ese vacío con algo de emoción.

Podéis completar el estudio de la temática que estamos tratando con algunas aportaciones personales sobre los conceptos de desigualdad y discriminación. También hemos hablado en el aula de educación vial y de consumo responsable, dos temas que podéis trabajar también por vuestra cuenta, buscando y seleccionando materiales por vosotros mismos, antes de que los abordemos en profundidad pasado el examen, para aprovechar los días que nos queden antes de iniciar las esperadas vacaciones navideñas.

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