La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Noviembre, 2010

Completamos nuestro recorrido por el conocimiento haciendo un breve análisis de los modelos fenomenológico y hermenéutico. Frente al realismo (que concede prioridad al objeto) y al idealismo (que concede prioridad al sujeto y llega incluso a postular la anulación del objeto) tanto la fenomenología como la hermenéutica supondrán que ambos polos son constitutivos del conocimiento, y que en ningún caso el uno puede anular al otro. En esta línea se movía Immanuel Kant al postular su conocido “apriorismo”. Para un acercamiento a la crítica kantiana no estaría de más consultar al Doctor Mostaza y su interesante vídeo “Inmanuel Kant: Crítica de la Razón”). Pero lo que aquí nos interesa ahora es aclarar un concepto fundamental para ambas metodologías: la idea de “prejuicio”.

En la reciente película “La joven de la perla” (ASL 2003) de Peter Webber, nos encontramos con un ejemplo notable de los planteamientos fenonenológicos. El pintor Johannes Vermeer, famoso artista flamenco del siglo XVII, enseña a su joven criada (la que luego será su modelo para el célebre cuadro del título) a desechar los datos que nos vienen directamente de la razón en favor de las impresiones, que son producto de la sensibilidad, ya que las primeras ocultan la verdadera realidad y no son más que prejuicios que distorsionan nuestro conocimiento. El verdadero conocimiento consiste en ver, en apreciar los matices de las nubes, no en dejarse llevar por la idea preconcebida de que “las nubes son blancas”. Es un tema que hemos tratado en clase y que nos acerca además al concepto de “prejuicio” que manejan los fenomenólogos. Esta corriente de pensamiento insiste en “ir a las cosas mismas“, para así conocer lo que son las cosas “en su puro y simple presentarse a la conciencia“, al sujeto. La fenomenología intenta mediar entre el realismo y el idealismo: por un lado, da prioridad a la “conciencia” porque es ella quien “capta las cosas mismas”; por otro lado, considera que los objetos no se adaptan al sujeto sino que se “manifiestan”. Para poder conocer con objetividad qué es la realidad es preciso despojarse de todo “prejuicio”, porque sólo así podremos llegar a lo esencial de todo fenómeno, fenómeno que será, por definición, siempre particular, concreto.

Si consideramos de nuevo la película “Memento” (Columbia 2000) de Christopher Nolan, nos encontramos con un planteamiento similar, aunque ligeramente distinto. En la secuencia que os muestro (podéis ver el vídeo a partir del minuto 7´), el protagonista discute con su amigo sobre la pertinencia de los recuerdos. Mientras Teddy afirma la certeza de nuestros recuerdos, que nos permiten comprender la realidad tal cual es, Leonard insiste en la necesidad de atenerse a los hechos como única garantía de verdad, porque los recuerdos no son fiables, puesto que “los recuerdos desvirtúan: no son un registro, sino una interpretación”. La hermenéutica sostiene que debemos tratar de “comprender” las acciones humanas y la realidad histórica interpretando cada acontecimiento en su singularidad, tratando de captar su sentido. Pero siempre comprendemos partiendo de “prejuicios” (factores sociales, culturales, sentimentales, lingüísticos….), que son constitutivos del propio conocimiento y que no se pueden anular. La filosofía hermenéutica niega la posibilidad de construir una “razón pura”, al modo kantiano, y postula que nuestra razón es “impura”, pues cuando conocemos no podemos eliminar nuestra “circunstancia”: nuestra lengua, nuestra historia, nuestra ideología… Hasta tal punto esto es así que, como nos dice Friedrich Nietzsche: “no hay hechos puros, sino interpretaciones“.  Todo se reduce a tratar de extraer un significado tras los hechos, tras las acciones, tras los textos… que nos permita comprenderlos.

El propio Leonard, en la película que nos ocupa, traiciona su propia argumentación al generar un “recuerdo manipulado” a partir de un hecho que él mismo se inventa (compruébalo a partir del minuto 6´).  Lo que hace es darle una nueva interpretación a un hecho (la revelación de la verdad, que el no soportará), convirtiéndola en una traición (la mentira de un amigo, que solo pretende engañarle en beneficio propio). Su escusa es pobre, pero muy humana: “¿me miento a mi mismo para ser feliz?”. Quizá todos nosotros preferiríamos la ignorancia si eso nos condujese directamente a la felicidad Pero esto nos aleja de la epistemología y nos adentra en el mundo de la ética, del que tendremos ocasión de hablar largo y tendido durante el tercer trimestre.

Pasemos de los hechos a las ideas. De nuevo nos encontramos con una filiación muy común, la que se establece entre el racionalismo y el idealismo. Aunque, nuevamente, no todo modelo racionalista responde a un patrón idealista (es el caso de Baruch Spinoza, un filósofo materialista que proclama el origen racional del conocimiento). Pero nos hemos centrado en René Descartes, Para comprender mejor su pensamiento convendría echar un vistazo al post “Un repaso a la duda metódica”, así como a “¡Cogito, ergo sum!”, publicados ambos en filMosofia en la página modernos). También resulta interesante el artículo “Parménides y la pastilla roja”, así como el acercamiento que hacemos al mito de la caverna de Platón en el post “Matrix y la alegoría de la caverna”. Podéis consultar igualmente el pensamiento de Gottfried Wilhelm Leibniz en el blog del Doctor Mostaza, en su artículo “Leibniz: las mónadas“.

Vamos a trabajar a partir de la película “The Matrix” (WB 1999) de los Hermanos Wachowski. La famosa secuencia del constructor, en la que Neo descubre el engaño que supone Matrix y se pregunta “¿qué es real?”, enlaza directamente con el pensamiento racionalista de Descartes. Al ejercitar su duda metódica, el autor elimina la totalidad del mundo real, que queda reducido a puro pensamiento: “yo existo, porque yo pienso”, y esta es la única certeza que puedo sostener, una certeza a la que llego por una intuición intelectual (en la película, el propio Morfeo indica a Neo: “por desgracia, es imposible explicar qué es Matrix: has de verlo con tus propios ojos”, lo que debemos interpretar a la manera platónica: “ver” (“eideo”) con los “ojos de la mente”. Lo que, en definitiva, sostiene Descartes es que el sujeto precede al objeto, que no es otra cosa que el resultado de la acción del primero, que la realidad es fruto del pensamiento, del sujeto que piensa.

Hablando con propiedad, los idealistas sostienen que el ser humano es incapaz de conocer el mundo “directamente”, esto es, de forma “inmediata”: no podemos conocer “las cosas” (“la realidad”, que etimológicamente significa “el conjunto de las cosas”), puesto que nuestro conocimiento necesita de un elemento intermedio entre la realidad y nosotros, de una “representación mental” de los objetos que llamamos “ideas”.

Conocemos el mundo de forma “mediata”, esto es, “por medio de ideas”, que son las que interceden entre nosotros y el mundo para hacer este cognoscible. Pero si el mundo se revela a la razón es porque el mundo es, precisamente, “racional”, en el sentido en que lo conciben Galileo Galilei y el resto de científicos modernos: la realidad se revela matemáticamente, se reduce a proporciones matemáticas, algo que los griegos conocían muy bien, de Parmenides a Aristarco de Samos.

Un ejemplo de ello lo encontramos en este interesante análisis del número φ (fi) (1.6180…) y que conocemos como número áureo. Lo que nos sugiere el vídeo es que la realidad se estructura, se ordena, siguiendo unas leyes racionales que actúan de forma necesaria. Resulta interesante comprobar cómo el crecimiento y formación de las flores, el vuelo de las aves, la constitución de los animales evolutivamente más simples, responde a un plan premeditado: la naturaleza programa una serie de normas que los seres naturales (las “naturalezas simples” de las que nos habla Descartes) siguen al pie de la letra: el mundo es un “cosmos”, un conjunto ordenado por la propia naturaleza conforme a principios racionales.

No es de extrañar que el ser humano “copie” estas estructuras y las reproduzca permanentemente en sus creaciones artificiales, en sus construcciones artísticas que, como nos dice Aristóteles, “imitan a la naturaleza”. En este sentido, las representaciones arquitectónicas y pictóricas son una réplica de la propia naturaleza (en este caso, a partir de la proporción aurea). Para Platón, no habría nada más sencillo de explicar: las recreaciones humanas imitan las formas puras, las ideas, que nos son conocidas previamente a cualquier experiencia particular. Ideas que se nos dan a la razón de forma “innata”. En esta misma línea de pensamiento nos encontramos a Descartes y a todos los pensadores racionalistas modernos que comparten este modelo de conocimiento idealista.

Vamos a tratar de analizar los cuatro modelos básicos de conocimiento que hemos estudiado en el aula. Comenzamos por el modelo realista. Debo recordaros que, aunque es fácil establecer una conexión entre realismo y empirismo, puesto que ambos suelen coincidir, esto no es siempre así, pues existen modelos de conocimiento empiristas pero idealistas, como la filosofía de George Berkeley. Para facilitaros un acercamiento a la tradición empirista británica os recomiendo el post “La joven de la perla critica las ideas innatas” y también “¿El mundo desaparece al cerrar los ojos?”, publicados ambos en filMosofia en la página modernos, aunque voy a tratar de reproducir parte de ese material aquí y ahora.

Debemos empezar recordando que, para los filósofos realistas, la realidad existe “por sí misma” y con independencia de todo sujeto, esto es, que la realidad existe aunque nosotros no la percibamos, porque lo importante en la relación sujeto-objeto es precisamente el objeto (que es el que permite que podamos tener un conocimiento objetivo de la realidad). Recordad el ejemplo del árbol que cae en un bosque vacío… a la pregunta de si hace ruido al caer los realistas afirma que, evidentemente, si… y que precisamente “porque hace ruido al caer”, nosotros podemos “oírlo”. Dicho de otro modo: hay una realidad por conocer, una realidad que tiene una existencia propia, y por eso mismo la podemos conocer.

La reciente película “Memento” (Columbia 2000) de Christopher Nolan, plantea un interesante análisis del concepto de realidad. Os pongo en antecedentes: Leonard Shelvy, un antiguo investigador de seguros, vive obsesionado con la idea de capturar a John G. el hombre que violó y asesinó a su mujer. Pero Leonard sufre un problema de memoria conocido como “síndrome de Korsacoff”. Durante el incidente con su mujer, fue golpeado en la cabeza, y desde ese momento no es capaz de generar recuerdos nuevos (técnicamente, sus nuevos recuerdos no pasan a la memoria a largo plazo, con lo que al poco tiempo de empezar a hacer algo no recuerda porqué lo está haciendo, o como ha llegado hasta allí, o quien es el tipo que tiene delante…). La idea es muy brillante: puesto que no puede crear nuevos recuerdos, no puede “saber” lo que esta haciendo, esto es “carece de conocimiento”. Leonard soluciona esto dejándose continuas notas de sus acciones, incluso tatuándose el cuerpo con mensajes para luego recordarlos.

Os he seleccionado la escena final de la película para ejemplificar el pensamiento de David Hume (para un acercamiento a la figura del filósofo podéis consultar al Doctor Mostaza y su artículo “Davis Hume: instrumentalismo y nihilismo”). Para este autor, todo nuestro conocimiento procede de la experiencia, bien sea por impresión directa a través de los sentidos (tanto externos, generadores de sensaciones, como internos, generadores de pasiones, emociones y sentimientos), bien sea por reflexión a través de las ideas, que no son otra cosa que “recuerdos actuales de impresiones del pasado”. Hume concluye que para que una idea sea tenida por conocimiento verdadero ha de ser derivada de una impresión previa. Pero: ¿como podemos generar una idea si nos es imposible retenerla en la memoria?

Esto le pasa a Leonard, que nunca sabe que esta haciendo, porque no ha podido generar el recuerdo que le permita conocer el mundo. Y aun así, el insiste en que el mundo “está ahí”, que el mundo “no desaparece al cerrar los ojos” (cuando dejamos de tener impresiones) porque puedo recordarlo (en el sentido de que, aunque no pueda sentirlo, puedo pensarlo, puedo tener conocimiento de su existencia a través de las ideas que me he formado de él). Pero en una vuelta de tuerca magistral, Leonard se justifica diciendo que “tengo que creer que el mundo sigue ahí”, “tengo que creer que mis actos tienen sentido” (aunque no los recuerde), y esta es la clave. Para Hume todo está en este concepto de creencia: es la costumbre, el habito, la que nos permite proyectar el pasado hacia el futuro y creer que el mundo permanecerá igual a como es en el presente, lo que nos permite continuar adelante con nuestra vida conscientes de que “el mundo sigue ahí”, si bien este conocimiento es tan solo una creencia, y no un verdadero saber, un saber cierto.

El mundo es una realidad de la que tenemos conciencia, en tanto que realidad permanente e inalterada que no cambia y permanece constante al margen de nosotros. Pero esta conciencia del mundo no es verdadero conocimiento, puesto que del mundo sólo podemos tener conocimiento “viéndolo”, “oliéndolo”, “tocándolo”… y lo que vemos, olemos y tocamos son siempre impresiones momentáneas, concretas (y por lo tanto cambiantes), nunca permanentes, al margen de nuestras impresiones particulares de este o aquel objeto real, del que tenemos constancia de forma inmediata a través de nuestros sentidos. Y a Leonard solo le sirve “los hechos”, que el anota meticulosamente en su piel, puesto que es incapaz de tener recuerdos, para tener un verdadero conocimiento de la realidad… esa que “está ahí”, esperando a ser conocida por la experiencia.

Esta película necesita Flash Player 7

Un afectuoso saludo para mis nuevos amigos, académicos, profesores y estudiantes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, que han tenido a bien invitarme a desarrollar una exposición sobre nuevas metodologías para la clase de ética en el marco del 3er Congreso Dominicano de Filosofía, que bajo el título genérico “Ciencia, Innovación y Sostenibilidad” se viene desarrollando desde el día 16 al 18 de noviembre del presente año 2010 en la Biblioteca Pablo Mir de la UASD.

Debo agradecer la cordial invitación al Decano de la Facultad de Humanidades, doctor Rafael Morla, al Director de la Unidad de Post-Grado de la Facultad de Humanidades, doctor Andrés Merejo, al Director de la Escuela de Filosofía y Presidente del Congreso, profesor Francisco Acosta, y al Coordinador de Cátedra de Filosofía General y Coordinador General del Congreso, doctor Leonardo Díaz, por el afecto y consideración mostrados durante estos últimos días, agradecimiento que hago extensible al resto de eminentes colegas, y por supuesto al nutrido grupo de estudiantes de la UASD (de filosofía y de otros ámbitos académicos) por la extraordinaria acogida que me han dispensado y por el vivo interés que parece haber despertado en ellos mi conferencia.

En respuesta a la demanda de información sobre los materiales que he tratado en el congreso, no tengo por menos que hacer llegar mis ideas a tan interesado y entusiasta grupo de amigos, y por tal motivo me veo en la obligación de presentarles aquí esta pequeña presentación en powerpoint, que espero sea útil para todos aquellos que la deseen consultar. Es algo que hago con el mayor de los placeres, pues el acto de compartir información es esencial si de actividad académica se trata: más allá de cualquier consideración egoísta o de cualquier interés de propiedad intelectual, como le llaman ahora, esta la necesidad de colaborar con los colegas para el esclarecimiento de los problemas que nos atañen a todos. Mal haría este profesor en guardarse para sí estas pobres aportaciones, que tratan precisamente sobre el método dialéctico, si no practicara “de facto” la actividad dialógica propia de la Filosofía.

Quedo enteramente a disposición de todos los ponentes y asistentes al Congreso para, en la medida de lo posible, hacer participe a todo el mundo que lo desee de estas propuestas que se me ha permitido exponer en esta bella ciudad caribeña, y confío en que puedan resultar de utilidad en su aplicación práctica a futuros profesores de la isla. Estoy a disposición de cualquiera de ustedes en este mismo blog, por si desean hacer comentarios sobre la temática tratada, o sobre cualquier otro tema que consideren de interés para todos nosotros, los amantes de la sabiduría.

(presentaciones de albertofilosofia en slideshare.net) 

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¡Aristóteles caníbal!

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Vamos a desarrollar la teoría del conocimiento de Aristóteles a partir de la interesante y ya clásica película “El silencio de los corderos” (MGM 1990) de Jonathan Demme, a partir de un conocido relato del americano Thomas Harris. Aunque la película se centra en la búsqueda de un asesino en serie conocido como Buffalo Bill por parte de la agente Clarice Starling, el verdadero protagonista del film no es otro que el archiconocido Dr. Hannibal Lecter, un remombrado médico psiquiatra de Baltimore, experto en conductas psicopáticas y todo un portento intelectual, que es capaz de resolver el crimen sin moverse siquiera de su celda (porque a los caníbales se les suele poner entre rejas para que no desarrollen sus apetencias).

¿Cómo lo consigue? Muy fácil: basta con seguir las indicaciones que nos ofrece Aristóteles respecto al modo de ascender en el conocimiento. Comenzamos por el conocimiento sensible, aquel que se adquiere mediantes las sensaciones que nos proporciona los sentidos y que ordenamos en nuestra memoria (fíjate en como actúa Hannibal: lo primero que hace es oler, y luego asimila estos olores a sus recuerdos para poder dar una primera respuesta).

Avanzamos ahora hacia el conocimiento intelectual: en primer lugar la “tékhne“, ese conocimiento no necesario (aunque superior a la experiencia) que nos facilita la comprensión “poética” de la realidad (así que Lecter comienza a imaginar, a “ver paisajes“). Los datos de la sensibilidad pasan al “entendimiento agente“. Segimos nuestro camino por la “phronesis“, la prudencia, el conocimiento de la vida que facilita nuestras acciones, nuestro conocimiento “práctico” de la realidad (Lecter se gana la confianza de la agente Starling con educación y un tono sosegado y afable). De acuerdo, comerse otros seres humanos no es muy “prudente” que digamos, y el modo en que trata a Clarice al final de la escena es muy poco “educado” pero: ¿ha acertado?

Ahora viene lo bueno: pasamos al segundo vídeo para comprobar el paso decisivo: la “episteme” es ya un conocimiento de lo universal y necesario, un conocimiento demostrativo a partir de principios (”primeros principios, Clarise“) que nos permite avanzar hasta el “nous“, la inteligencia, la intuición intelectual que sigue a esos principios y que culmina en la “sophia” o sabiduría (”codicia: ¿y qué codiciamos…?“). Estamos en otro nivel de conocimiento, el del “entendimiento paciente“, que nos permite generar conceptos universales, lo que para Aristoteles supone la verdadera ciencia. Y un último detalle soberbio: el sabio se muestra prudente, y acaricia la mano de Clarice con evidente deseo contenido (y digo prudente porque, si habéis visto la película, la carnicería que desata el tipo a continuación es para poner los pelos de punta).

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