La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Diciembre, 2010

Epicuro se corta el pelo

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Para los alumnos de 2º Bloque de nocturno de “Historia de la Filosofía”, adjunto un par de enlaces que os facilitarán la descarga de los textos de Platón y Aristóteles que deberéis presentar en nuestra próxima reunión, tras las vacaciones navideñas.

anexo: PLATÓN, LA REPÚBLICA (doc pdf)

anexo: ARISTÓTELES, FÍSICA Y ÉTICA (doc pdf)

Acabamos de entrar en un periodo de la historia realmente fascinante: la Grecia alejandrina. Este es el primero de una serie de tres artículos que nos permitirán acercarnos a la ética de las distintas escuelas helenísticas. Os propongo tres películas contemporáneas para tres autores clásicos de la época. En “El marido de la peluquera” (Lambart 1990) de Patrice Leconte nos encontramos a un personaje que, desde jovencito, sueña con casarse con una peluquera. Llevado por los recuerdos de su infancia (fijaros en los permanentes “flashbacks” a la niñez del protagonista que podemos ver en este extracto, especialmente el último de ellos), nuestro héroe busca repetidamente el placer del contacto físico, del afecto sincero, de la sensualidad que se oculta en cada pequeño detalle, tras cada roce de la piel, cada corte de las tijeras o cada aliento de la peluquera. Todo un alarde de hedonismo, pues el placer se encuentra en las pequeñas cosas, único modo de alcanzar la “autarquía”, la autosuficiencia, renunciando a todo aquello que nos perturba y cultivando la amistad (podéis buscar también en este enlace el famoso baile de Jean Rocheford: todo un alarde de “eidaimonia”).

Es una escena muy sensual, por su sencillez, su naturalidad, su espontaneidad… que nos recuerda ese modo de entender la vida que nos proponía Epicuro de Samos en su “Jardín” ateniense. Recordemos que ésta no fue nunca una escuela al estilo de la Academia de Platón  o el Liceo de Aristóteles, sino más bien un lugar de retiro para la vida en común y la meditación amistosa, por tanto, una escuela donde se buscaba ante todo una felicidad cotidiana y serena mediante la convivencia y la reflexión según ciertos principios. Para el fundador del epicureismo, la adquisición de la amistad es el más grande de los bienes que la sabiduría puede proporcionar para la “beatitud” de toda una vida, pues es fuente segura y permanente de felicidad, bienestar y tranquilidad. No obstante, la amistad no debe procurarse desinteresadamente, ni con la vista puesta en obtener beneficios o utilidad: no es amigo para Epicuro quien busca esas cosas, pues el primero imposibilita cualquier buena esperanza para el futuro, mientras que el segundo mercadea sentimientos como si fueran mercancías.

Para este pensador, el hombre de bien se consagra sobre todo a la sabiduría y a la amistad, pues estas proporcionan alegría y seguridad, y son inseparables del placer, que es el objetivo de toda vida buena. El “placer” (“hedoné”)  es principio y fin de una vida “beatífica”, es decir, de una vida plácida, serena y feliz. De hecho, el placer es el bien primero para el hombre, y connatural a él. Ahora bien, aunque todo placer es un bien y todo dolor es un mal, sin embargo no todo placer debe ser disfrutado o elegido, ni todo mal debe ser evitado o rechazado, porque hay placeres de cuyo disfrute se seguirá el dolor, y existen dolores de cuyo sufrimiento se seguirá el placer. Parece que Epicuro diferenciaba los placeres según la intensidad del movimiento que es inherente a todos ellos: “placeres catastémicos” (calmados, sosegados y reposados) y “placeres cinéticos” (más movidos, que solo adornan o diversifican los placeres estáticos). Así, la serenidad del alma y la ausencia de dolor corresponden a los primeros, y la alegría y la diversión a los segundos.

El placer, por otro lado, está vinculado inevitablemente al “deseo” (“epithymaía”) pues la consecución de los placeres depende ineludiblemente de una satisfacción selectiva de los deseos. Según Epicuro, los deseos son naturales o vanos, y de entre los primeros, unos son necesarios y otros son simplemente naturales, y de los necesarios y naturales, unos son necesarios para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo y otros para la vida misma. Respecto al criterio que debe guiarnos en la elección y el rechazo de los deseos, este no puede ser otro que la prudencia: toda selección debe ser guiada por la “salud del cuerpo” (“aponia” o satisfacción medida y equilibrada de las necesidades naturales)  y la “imperturbabilidad del alma” (“ataraxia” o serenidad que proporcionan los placeres intelectuales), pues este es el objetivo de la vida beatífica (“makaríos zén”, que se suele traducir como “vida feliz”, en tanto remite no solo a la noción de felicidad, sino también a la de sosiego, calma, tranquilidad, placidez y bienestar). El ideal del sabio, del “sophós”, para el filósofo del jardín, pasa por una vida tranquila, retirada en la mayor medida de lo posible de la agitación y el vértigo de las cosas de la plaza pública.

Para los alumnos con “Filosofía y ciudadanía”, en especial para los pendientes, adjunto un enlace que os facilitará la descarga de los ejercicios de lógica que deberéis presentar en nuestra próxima reunión, que tendrá lugar el próximo 14 de enero.

anexo: FORMALIZACIÓN Y TABLAS DE VERDAD (doc pdf)

Algunas consideraciones acerca de la comunicación y el lenguaje, antes de adentrarnos en el mundo de la lógica simbólica. Estamos tratando estos días el concepto de “signo”. Recordemos una vez más la definición que nos proporciona el pragmatista americano Charles Sanders Peirce: un signo es algo que representa otro algo para alguien”. Por su parte, el estructuralista francés Ferdinand de Saussure incide en la misma idea al definir “signo lingüístico” como la unión de un “significante” (la imagen acústica, la palabra escrita) y un “significado” (el concepto pensado, aquello a lo que hace referencia el signo, lo que queremos expresar); entre ambos, significante y significado, se establece una relación de tipo convencional que llamamos “significación” o “sentido”.

Por otro lado, hay signos que nos remiten a otro significado ulterior, que está en parte manifiesto y en parte oculto en su significación inmediata: se trata de los “símbolos”, entendidos como “signos que significan un objeto que, a su vez, significa otra realidad”. La relación del signo con el objeto simbolizado es, no solo convencional, sino también cultural y social. Y es en virtud de esta relación simbólica que el mundo se nos presenta poblado de símbolos que remiten, más allá de los puros hechos, a una significación simbólica: las cosas, los fenómenos y los acontecimientos se nos convierten en “mensajes” cargados de sentido. El lenguaje es así el instrumento imprescindible para hacernos con la realidad, porque contribuye en gran medida a dotar de sentido los objetos de nuestro entorno y nuestras propias vivencias: los objetos y las vivencias son tales en la medida que “los nombramos” y expresamos mediante símbolos.

Para ejemplificar esto hemos seleccionado un pasaje de la renombrada película “El pequeño salvaje” (Les Films du Carrosse 1969) de François Truffaut, que nos adentra en la singular vida del joven Víctor de Aveyron, uno de los llamados “niños salvajes” del que ya hemos tenido ocasión de hablar en algún otro momento. La película se centra en los esfuerzos del médico francés Jean Marc Gaspard Itard (interpretado por el propio Truffaut) por educar al joven Víctor en la comprensión de un lenguaje que le permita comunicarse con los demás, pedir las cosas que desea o mostrar a través de signos (orales o escritos) sus propios sentimientos. Os he seleccionado el momento en que Itard, tras profundizar en nociones básicas sobre el espacio (cuerpos, áreas, volúmenes…), le enseña el alfabeto. Intuitivamente, el joven reproduce lo aprendido sin comprenderlo, y es reeducado para hacer un esfuerzo de mejora en este sentido. Poco a poco, aprende a relacionar cada signo con su significado (y no solo eso, también cada morfema con su fonema, desarrollando lo que conocemos como “lenguaje doblemente articulado”). Si echáis un vistazo al vídeo anexo, que continúa la narración, veréis como el joven Víctor finalmente comprende el sentido de los signos al visitar a una familia amiga y deletrear “leche” para solicitar que le sirvan un rico tazón de su bebida favorita.

Otro notable ejemplo del empleo de los signos lo encontramos en la película “El milagro de Ana Sullivan” (MGM 1962) de Arthur Penn, un magnífico duelo interpretativo entre Helen Keller, una chica ciega, sorda y muda, y Anne Sullivan, la joven institutriz que intenta educarla. Aunque al principio la profesora debe centra sus esfuerzos en enseñar modales a la joven, que ha sido criada bajo el consentimiento paterno y hace lo que se le apetece (desde tirar objetos hasta comer con las manos), el interés de Anna no es otro que comunicarse con la pequeña, y conseguir que ella se comunique igualmente, y a tal efecto desarrolla un método de enseñanza basado en signos, que la profesora ejecuta con sus manos. El problema es que Hellen repite los signos de forma mimética, no comprensiva, esto es, sin darles significado: no es capaz de asignar a cada signo un objeto de la realidad, puesto que es incapaz de entender que los signos “son signos”, esto es, que “designan” objetos del mundo real.

La propia Anna repite a la niña (sin que esta pueda oírla): “si tan solo pudiera hacerte comprender que cada gesto de mis manos es una palabra” (por tanto, no la propia realidad, sino sólo algo que nos permite hablar de ella, “representarla”). Finalmente, en la última escena de la película, Hellen comprende. Y curiosamente, lo hace gracias a que aún recuerda su primera palabra hablada (justa antes de que perdiese el oído, y con ello la voz), y la repite justo en el momento en que entra en contacto con ese objeto: “agua”. Para ello ha tenido que partir de los datos de la experiencia, pero a la vez ha sido capaz de conceptualizarlos. Es entonces cuando Hellen  finalmente comprende “que es el agua”: sólo cuando “entiende” el concepto, cuando es capaz de “nombrarlo”, puede “construir” el objeto que tiene delante, darle significado (y a partir de ahí construir otro enunciados: “el agua moja”, “el agua está fría”…). Un notable ejercicio de coraje el que vemos en la joven Hellen, y en su decidida maestra, que bien podría inspirarnos a todos: en palabras de Immanuel Kant: “sapere aude” (“atrévete a saber”).

La existencia de Dios (o no)

Posted by albertofilosofia under Filosofía y ciudadanía

Para terminar nuestro repaso a la metafísica occidental, vamos a trabajar el concepto de trascendencia a partir de tres películas aparentemente diferentes, aunque podéis comprobar que las tres comparten una temática común. En primer lugar tenemos “Sin miedo a la vida” (WB 1993) de Peter Weir, un interesante drama sobre la supervivencia. Nuestro protagonista sufre una experiencia cercana a la muerte al verse envuelto en un aparatoso accidente aéreo del que apenas salen con vida unos pocos pasajeros, entre ellos una joven madre que pierde a su hijo recién nacido en el siniestro, y a la que nuestro protagonista tratará de ayudar (podéis comprobarlo en este enlace). Os muestro el momento final de la película, cuando nuestro protagonista cae enfermo tras ingerir unas fresas (a las que es alérgico) y donde recrea en su memoria el momento del accidente, cuando todos están muertos de miedo y él, tras mirar por la ventana y ver el sol (y aquí cabría una interpretación cristiana: una iluminación divina), descubre que se trata del final: “este es el momento de mi muerte”.

La forma en que solemos enfrentarnos a la muerte puede variar. De hecho, nuestra propia disposición hacia la experiencia de la muerte modifica nuestra forma de vida. Podemos suponer un Dios creador que nos ilumina, que nos bendice para que regresemos a casa, o bien podemos afrontar el final como un juego, como el movimiento final del juego que es la vida. Eso parece pensar el protagonista de la estimulante “El séptimo sello (Svensk Filmindustri 1957) de Ingmar Bergman, un cruzado medieval capaz de sobrevivir a las duras batallas por la conquista de Jerusalén pero que es sorprendido por la muerte de regreso a sus tierras. Ante la inminencia del final, el guerrero no se da por vencido y reta a La Muerte a una partida de ajedrez. Lo importante aquí no es tanto quien gana y quien pierde, sino el hecho de no rendirse, de asumir el mando y tomar decisiones, de suplantar a Dios a la hora de decidir cómo quiero vivir mi propia vida.

Esta misma escena parece repetirse de nuevo en el clásico de la ciencia ficción “Blade Runner” (WB 1982) de Ridley Scott, una película que plantea interesantes interrogantes. A principios del siglo XXI el planeta tierra, asolado por la lluvia ácida, ha dejado de ser un lugar confortable, por lo que los humanos se ven obligados a colonizar otros planetas, valiéndose para ellos de la ayuda de robot desarrollados genéticamente a los que se conoce como “replicantes”, que son utilizados como mano de obra esclava. Pero varios de estos replicantes consiguen escapar y regresar al hogar en busca de su creador, en busca de respuestas: quieren saber cuánto tiempo les queda de vida (pues desconocen que han sido programados para durar sólo cuatro años). El problema es que en la tierra estos replicantes han sido declarados proscritos bajo pena de muerte, y que las unidades de policía especial “blade runner” tienen orden de disparar a matar en cuanto los vean (actividad que, por cierto, no se considera asesinato, sino “retiro”).

Os muestro una escena terrible: Roy Batty, el replicante metafísico que busca respuestas para dar sentido a su vida, se encara con el Doctor Tyrrell, el ingeniero genético que lo diseño (su creador: el “ojo” que vemos en el arranque de la película envuelto en llamas y que funciona como un icono, una representación ya clásica del dios judeocristiano) y tras un pequeño debate sobre genética, el “hijo pródigo” que estaba perdido y ha regresado comprende que no puede vivir más allá de cuatro años, y que ni siquiera puede saber el momento preciso de su muerte (lo que, sin duda, humaniza a este “robot” cibernético, y os recuerdo que la palabra robot procede del checo “robotnic”, que significa esclavo). Su reacción es verdaderamente drástica, pues se trata de un “deicidio” en toda regla: Roy mata a su creador (extirpándole “los ojos”), ese dios que le niega la eternidad y le castiga con “esta vida”, una vida corta, imprecisa, sin sentido. Y al matar a dios, le suplanta, reconociéndose a sí mismo como el nuevo dios: libre, todopoderoso, imparable… hasta que la muerte le alcanza.

Antes de acometer el estudio de la filosofía helenística, conviene echar un vistazo primero a las llamadas escuelas socráticas menores, corrientes de pensamiento desarrolladas en Atenas (cuando esta comienza ya su progresiva decadencia como “polis”) por algunos discípulos directos de Sócrates, muchos de las cuales pueden considerarse precedentes evidentes de los alejandrinos, sobre todo con respecto a la temática ética y moral. Se suelen considerar tres grandes corrientes de pensamiento: de un lado, la escuela cínica, fundada por Antístenes (450-365 a. C.), que llevará al extremo las ideas socráticas y propondrá la vuelta a una vida natural, sencilla y plena alejada de las instituciones artificiales como la familia o la polis, ideal que lo aproxima a la ética estoica. De otro lado, la escuela cirenaica, que con Aristipo de Cirene, (435-360 a.C.) a la cabeza, representa la línea hedonista de este periodo, con la afirmación de que “el placer es el fin de la vida, tesis que encontrará amplio eco en la ética epicúrea. Finalmente, la escuelas megárica, fundada por Euclides de Megara (300-¿? a.C.) representa la línea dialéctica, que ellos desarrollan a partir del estudio del monismo de los eléatas, y que alcanzará gran notoriedad en el desarrollo de la lógica de enunciados (especialmente gracias a la determinación de los cinco modos del “condicional” o “implicación material“) y que influirá notablemente en la lógica estoica.

Centrándonos un poco más en los filósofos cínicos, es decir, los “caninos”, nombre que reciben bien porque enseñaban en el gimnasio del “Kinosarges (”perro ágil“), bien porque ellos mismos se comparaban a los “perros” (que  en griego se dice “kinos”), los cínicos defendían tanto el “máximo control de uno mismo” como la capacidad para “suprimir todas las necesidades y la fortaleza para “aceptar sólo lo que es natural”, ideales que pasaban por el desprecio de las convenciones sociales más arraigadas. De hecho, los cínicos se reían del orgullo de los atenienses puros, que se jactaban de su condición, considerando que los saltamontes y caracoles del Ática compartían este mismo honor geográfico, y despreciaban, por antinaturales, las instituciones sociales más básicas, en especial la propia “polis”, a la que no se sentían ligados, pues preferían considerarse a sí mismos “ciudadanos del mundo” (“cosmopolitas”). Antístenes, fundador de la escuela, sostenía que la virtud (“arethé”) era algo esencialmente práctico, que no requería de abundantes palabras ni aprendizaje. Aunque parece haber sido un escritor prolífico, se le recuerda sobre todo por ciertas  máximas morales que influirán notablemente entre los estoicos: “la virtud es el fin de la vida“, “la virtud puede ser enseñada y una vez alcanzada no puede ser perdida” y “el sabio se basta a sí mismo, ya que posee por ser sabio las riquezas de todos los hombres.

Pero de entre los cínicos, Diógenes de Sinope (412-323 a. C), llamado simplemente Diógenes el Cínico, fue sin duda el más emblemático de todos. Al igual que su maestro Sócrates, no legó a la posteridad ningún escrito, y la fuente más completa de la que se dispone acerca de su vida es la extensa sección que su tocayo Diógenes Laercio le dedicó en su “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”. Diógenes radicalizó las ideas de su maestro Antístenes, presentándose como un hombre sin patria ni casa, como un vagabundo, pobre, sin oficio ni beneficio, que vivía siempre al día, pues consideraba que esta era la única manera de vivir “de acuerdo con la naturaleza”. Diógenes sabía, como muchos griegos, que alcanzar este tipo de vida, este ideal, implicaba un gran esfuerzo y sacrificio personal, a la par que superar muchas dificultades, tanto físicas como mentales: es necesario “endurecer el cuerpo(padecer frío, hambre, dolor…) y también “endurecer el carácter(soportar insultos y desprecios, no ambicionar dinero o bienes materiales…). Para alcanzar este fin no basta solo cono el “conócete a tí mismo” socrático, sino que es necesario un “gran dominio de uno mismo”. En este enfrentamiento de Diógenes con el convencionalismo yace una profunda preocupación por los valores morales y por el concepto de virtud, pues en última instancia lo que se propone es que la racionalidad propia de la naturaleza humana está en desacuerdo con la racionalidad propia de la polis, esto es, con las prácticas de la sociedad griega en su conjunto.

Siempre que comentamos en el aula alguna anécdota sobre la vida de Diógenes saltan las risas: el hecho de que hubiese tomado un tonel por hogar, que no se lavara muy regularmente o que despreciase cualquier propiedad privada por superflua (amen de cualquier título o reconocimiento propios de la vanidad, que considerada igualmente superfluos), o bien el hecho de que se pasease con un candil encendido a pleno sol, que practicase actos impúdicos en público o que prescindiese de los ofrecimientos del propio Alejandro Magno no dejan de ser historias amenas y divertidas, que esconden sin embargo una enseñanza moral mucho más honda, que nos hacen pensar en un individuo verdaderamente peculiar… en fin, que “el tipo debía de ser un nota”. Echémosle pues un vistazo a la reciente y muy divertida “El gran Lebowski” (Polygram 1998) de los hermanos Coen, para comprobar hasta qué punto una vida singular y un comportamiento excéntrico pueden  descansar en último término en consideraciones virtuosas. El protagonista de la película, Jeff Lebowski, al que se conoce simplemente como “El Nota“, es un solitario de mediana edad, desempleado y sin negocios, que vive al día en una casa mugrienta y conduce lo que parece ser su única posesión, un viejo y oxidado coche, igualmente mugriento… es decir, un ocioso que no tienen más interés que compartir amistad y buenos momentos con un grupo de amigos en la bolera local. Pero cada nuevo personaje en la obra recibe de él una pequeña lección moral sobre cómo vivir desapegado del mundo, sin interés por lo material, sin preocupación por el futuro, pues la única manera  de lograr la virtud es el autoconocimiento y el dominio de uno mismo.

Una de las preguntas más recurrentes en el ámbito de la metafísica es la pregunta por el “sentido de la vida”. Este tema nos acerca a otro muy parejo, el de la “identidad personal”, del que tenéis algún ejemplo en este mismo blog en el artículo “Máscara, identidad, sujeto”, identidad que tradicionalmente se entendía como “espíritu” o “alma” (ligada por ello al ámbito religioso y estableciendo el sentido de la existencia a partir de Dios), y que hoy en día se relaciona, desde una perspectiva más naturalista, con la distinción “mente-cerebro”, desde la que se interpreta al hombre en su aspecto biológico y consciente. Será en el siglo XX cuando aparezca una nueva forma de establecer el sentido de la existencia, un nUevo “humanismo” que entenderá que se pueden establecer valores independientemente de cualquier autoridad o revelación religiosa.

Como le ocurre al protagonista de la reciente Adaptation (”El Ladrón de Orquídeas“) (Columbia 2002) del director Spike Jonze, sobre un guión de Charlie Kaufman (que en realidad es el propio protagonista, un guionista en plena crisis de creatividad que intenta adaptar una novela inadaptable), la pregunta es siempre: “¿quién soy?” “¿Qué hago aquí?” “¿Cómo he llegado hasta aquí?” Todo depende del significado que le demos al término “sentido”: tiene sentido todo lo  que “persigue una finalidad” (que se propone cumplir un fin), o bien lo que “significa algo” (que no es mera palabrería sin sentido), o lo que “vale la pena”, una acepción del sentido que es la que verdaderamente plantea el problema de la justificación de la existencia. Y las posibles respuestas serían tres: o bien no hay sentido, o bien hay un sentido y este es inmanente, o bien hay un sentido de tipo trascendente.

La idea de que la existencia y el mundo son absurdos es la que ha adoptado una de las corrientes de pensamiento más radicales en esta dirección: el existencialismo. Este movimiento parte de la idea de que el hombre carece de “esencia” y, por lo tanto, tiene necesidad de “autodefinirse”, y no encuentra la manera de hacerlo, como parece ocurrirle al protagonista de nuestra película. Frente a ella se encuentra la posición trascendente, propia de las religiones, que afirman que el sentido de la vida rebasa la muerte, y que es lo que el judaísmo, el islamismo y el cristianismo denominan “salvación”. La propia vida ya tiene sentido por sí misma, pero con una relación de continuidad con la otra vida, la futura, que se contempla como promesa de felicidad plena. La divertida “El sentido de la vida” (Universal 1983)  de Terry Jones (a la cabeza de los desternillantes Monty Python) juega con el concepto de vida que plantean dos familias abiertamente encontradas, una católica y otra protestante.

Para completar la terna, la idea de que la vida tiene un sentido inmanente puede apreciarse en la extraordinaria “Blade Runner” (WB 1982) del director Ridley Scott. Esta película es algo más que un simple film de ciencia ficción, una historia futurista de las que tanto abundan en nuestras carteleras actuales: es además un thriller, un western, un relato de cine negro, una historia de amor… y sobre todo, es una historia que habla de cómo afrontar la vida cuando somos consciente de nuestra propia finitud, de cómo asumir la muerte y el vacío que ésta supone, y de cómo dejar este mundo con una sonrisa en la cara. El protagonista, Roy Batty, moribundo, asediado por el policía que le quiere matar, asume su propia muerte como algo inevitable, y en ese momento es consciente, quizá por primera vez, de la belleza de la vida, no sólo de su propia vida, sino de la de todos nosotros. Os dejo con su parlamento final, que es sobrecogedor: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais

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