La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Diciembre 3rd, 2010

Es corriente traducir la palabra “areté” por “virtud”, pero la traducción más exacta del término, en el ámbito de la filosofía griega no contaminada todavía por el cristianismo, es la de “destreza en grado óptimo”, lo que implica que cualquier destreza que no se practique “de manera perfecta” no es propiamente una virtud. Para Aristóteles, absolutamente ninguna virtud ética se produce en el ser humano de forma natural: “las aretaí no se producen en nosotros ni por naturaleza, ni contra la naturaleza, y su perfeccionamiento es causado por el éthos, por la costumbre, por la repetición”. Lo que hacemos por naturaleza (ver, oír…) es consecuencia de la posesión natural de la capacidad correspondiente, el órgano y su función propia (el ojo y la vista, el oído y la audición…). Sin embargo, las “aretaí”, que determinarán en gran medida nuestro comportamiento, nuestra conducta, se obtienen por medio de la habituación, de la práctica, de la repetición, del aprendizaje, esto es, se aprenden haciendo una cosa una y otra vez: del mismo modo que uno se hace citarista tocando la cítara o constructor edificando casas, uno se hace valiente (adquiere la virtud de la “valentía”) practicando la valentía, siendo valiente una y otra vez.

En su conocida “Ética a Nicómaco”, Aristóteles precisa que la “areté“ es “lo medio” (“mesón”), es decir, que la naturaleza de la areté es lo intermedio entre dos extremos. Cabe distinguir, no obstante, entre “lo intermedio respecto a las cosas” (lo que nosotros llamaríamos “media aritmética”) y “lo intermedio respecto a nosotros”, donde lo intermedio no se determina aritméticamente, puesto que es relativo. Todo el que tenga conocimiento huye del exceso y del defecto, y busca y elige lo medio, pero no el de la cosa, sino el relativo a nosotros. Pero ¿lo medio respecto de qué? Para Aristóteles, la areté no se define en sí misma sino por relación a las “emociones” (“páthe”), las cuales se dan en el alma sin elección previa por nuestra parte: nosotros no elegimos tener miedo, sino que el miedo se produce, irrumpe de manera súbita y abrupta en nuestras vidas.

Llamamos emociones a los movimientos que se dan desde el alma como “deseo, ira, miedo, confianza, envidia, alegría, amistad, odio, añoranza, piedad y, en general, todo aquello de lo que se siente placer y dolor. No hay, por tanto, emociones exclusivas del alma, sino que todas se producen conjuntamente con el cuerpo: las emociones no son algo exclusivamente anímico, sino que son también somáticas, corporales. En todas las emociones se da el exceso, el defecto y lo medio. Así por ejemplo, en el tener miedo se da “lo más”, y “lo menos”, y ninguno de los dos es bueno. Pero si se tiene miedo cuando se debe, en torno a lo que se debe y de la manera en que se debe, entonces se está en lo intermedio y lo mejor, y esto es la areté, que en este caso recibe el nombre de “valentía”, entendida como el intermedio entre el exceso de miedo (que se llama “cobardía”) y la ausencia total de miedo (la “aphobia” que, según nuestro autor, carece de nombre, aunque quien nada teme es un loco o un insensato). En este sentido, Aristóteles considera en ocasiones a la virtud como una “disposición” (“diáthesis”), en el sentido de “colocación entre lo más y lo menos”.

Toda areté es pues “lo intermedio” cuando hablamos de su entidad (“oisía”) y de su definición (“logos”): pero desde el punto de vista de “lo excelente” y “el bien”, ya no es lo intermedio, sino “el extremo perfecto” (“akróts”), pues la areté es “una cierta perfección (“teleíosis”)”. Luego para Aristóteles, la areté es, según se mire, una “habituación”, o “entrenamiento” (“héxis”) o una “disposición” (“diáthesis”) o una cierta “perfección” (“teleíosis”) en los sentidos explicados. Más exactamente, la areté, considerada desde el punto de vista de la “acción del sujeto”, de la praxis, es una habituación o entrenamiento; desde el punto de vista de la “entidad y definición”, es decir, en sí misma, es una disposición anímica, una localización precisa del actuar emocional; y finalmente, desde el punto de vista “moral”, desde la consideración de la areté en el marco de lo excelente y el bien, es una perfección, el extremo perfecto, lo mejor posible.

Tenemos un divertido ejemplo de este modo de entender la virtud en la película “Atrapado en el tiempo” (Columbia 1993) de Harold Ramis. Phil Connors, un cínico hombre del tiempo de Pittsburgh, acude con su equipo televisivo a la pequeña localidad de Punxsutawney para cubrir el conocido “Día de la marmota”, y por un azar del destino se queda atrapado en ese mismo día: cada noche se acuesta en la cama de hotel, y cada mañana a las 6:00 en punto se despierta en esa misma cama con el mismo sonido en la radio, la misma rutina y los mismos personajes a su alrededor. Condenado a revivir la misma jornada una y otra vez, aprovecha la información que obtiene cada día para beneficiarse “al día siguiente” (exceso) o bien decide suicidarse al pensar que nunca saldrá de este bucle temporal (defecto), y viendo que nada de esto funciona, Finalmente, Phil mejora sus habilidades (repetición), al punto de aprender a tocar el piano, esculpir en hielo, hablar francés y memorizar la vida de todos los habitantes del pueblo, y comienza cada jornada haciendo el bien a quien lo necesite (disposición), pues se da cuenta que puede mejorar su vida actuando como un benefactor (perfección) que poco a poco irá ganándose la simpatía de sus conciudadanos con esta mejora en su comportamiento.

 

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