La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Diciembre 15th, 2010

Una de las preguntas más recurrentes en el ámbito de la metafísica es la pregunta por el “sentido de la vida”. Este tema nos acerca a otro muy parejo, el de la “identidad personal”, del que tenéis algún ejemplo en este mismo blog en el artículo “Máscara, identidad, sujeto”, identidad que tradicionalmente se entendía como “espíritu” o “alma” (ligada por ello al ámbito religioso y estableciendo el sentido de la existencia a partir de Dios), y que hoy en día se relaciona, desde una perspectiva más naturalista, con la distinción “mente-cerebro”, desde la que se interpreta al hombre en su aspecto biológico y consciente. Será en el siglo XX cuando aparezca una nueva forma de establecer el sentido de la existencia, un nUevo “humanismo” que entenderá que se pueden establecer valores independientemente de cualquier autoridad o revelación religiosa.

Como le ocurre al protagonista de la reciente Adaptation (”El Ladrón de Orquídeas“) (Columbia 2002) del director Spike Jonze, sobre un guión de Charlie Kaufman (que en realidad es el propio protagonista, un guionista en plena crisis de creatividad que intenta adaptar una novela inadaptable), la pregunta es siempre: “¿quién soy?” “¿Qué hago aquí?” “¿Cómo he llegado hasta aquí?” Todo depende del significado que le demos al término “sentido”: tiene sentido todo lo  que “persigue una finalidad” (que se propone cumplir un fin), o bien lo que “significa algo” (que no es mera palabrería sin sentido), o lo que “vale la pena”, una acepción del sentido que es la que verdaderamente plantea el problema de la justificación de la existencia. Y las posibles respuestas serían tres: o bien no hay sentido, o bien hay un sentido y este es inmanente, o bien hay un sentido de tipo trascendente.

La idea de que la existencia y el mundo son absurdos es la que ha adoptado una de las corrientes de pensamiento más radicales en esta dirección: el existencialismo. Este movimiento parte de la idea de que el hombre carece de “esencia” y, por lo tanto, tiene necesidad de “autodefinirse”, y no encuentra la manera de hacerlo, como parece ocurrirle al protagonista de nuestra película. Frente a ella se encuentra la posición trascendente, propia de las religiones, que afirman que el sentido de la vida rebasa la muerte, y que es lo que el judaísmo, el islamismo y el cristianismo denominan “salvación”. La propia vida ya tiene sentido por sí misma, pero con una relación de continuidad con la otra vida, la futura, que se contempla como promesa de felicidad plena. La divertida “El sentido de la vida” (Universal 1983)  de Terry Jones (a la cabeza de los desternillantes Monty Python) juega con el concepto de vida que plantean dos familias abiertamente encontradas, una católica y otra protestante.

Para completar la terna, la idea de que la vida tiene un sentido inmanente puede apreciarse en la extraordinaria “Blade Runner” (WB 1982) del director Ridley Scott. Esta película es algo más que un simple film de ciencia ficción, una historia futurista de las que tanto abundan en nuestras carteleras actuales: es además un thriller, un western, un relato de cine negro, una historia de amor… y sobre todo, es una historia que habla de cómo afrontar la vida cuando somos consciente de nuestra propia finitud, de cómo asumir la muerte y el vacío que ésta supone, y de cómo dejar este mundo con una sonrisa en la cara. El protagonista, Roy Batty, moribundo, asediado por el policía que le quiere matar, asume su propia muerte como algo inevitable, y en ese momento es consciente, quizá por primera vez, de la belleza de la vida, no sólo de su propia vida, sino de la de todos nosotros. Os dejo con su parlamento final, que es sobrecogedor: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais

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