La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Diciembre 16th, 2010

Antes de acometer el estudio de la filosofía helenística, conviene echar un vistazo primero a las llamadas escuelas socráticas menores, corrientes de pensamiento desarrolladas en Atenas (cuando esta comienza ya su progresiva decadencia como “polis”) por algunos discípulos directos de Sócrates, muchos de las cuales pueden considerarse precedentes evidentes de los alejandrinos, sobre todo con respecto a la temática ética y moral. Se suelen considerar tres grandes corrientes de pensamiento: de un lado, la escuela cínica, fundada por Antístenes (450-365 a. C.), que llevará al extremo las ideas socráticas y propondrá la vuelta a una vida natural, sencilla y plena alejada de las instituciones artificiales como la familia o la polis, ideal que lo aproxima a la ética estoica. De otro lado, la escuela cirenaica, que con Aristipo de Cirene, (435-360 a.C.) a la cabeza, representa la línea hedonista de este periodo, con la afirmación de que “el placer es el fin de la vida, tesis que encontrará amplio eco en la ética epicúrea. Finalmente, la escuelas megárica, fundada por Euclides de Megara (300-¿? a.C.) representa la línea dialéctica, que ellos desarrollan a partir del estudio del monismo de los eléatas, y que alcanzará gran notoriedad en el desarrollo de la lógica de enunciados (especialmente gracias a la determinación de los cinco modos del “condicional” o “implicación material“) y que influirá notablemente en la lógica estoica.

Centrándonos un poco más en los filósofos cínicos, es decir, los “caninos”, nombre que reciben bien porque enseñaban en el gimnasio del “Kinosarges (”perro ágil“), bien porque ellos mismos se comparaban a los “perros” (que  en griego se dice “kinos”), los cínicos defendían tanto el “máximo control de uno mismo” como la capacidad para “suprimir todas las necesidades y la fortaleza para “aceptar sólo lo que es natural”, ideales que pasaban por el desprecio de las convenciones sociales más arraigadas. De hecho, los cínicos se reían del orgullo de los atenienses puros, que se jactaban de su condición, considerando que los saltamontes y caracoles del Ática compartían este mismo honor geográfico, y despreciaban, por antinaturales, las instituciones sociales más básicas, en especial la propia “polis”, a la que no se sentían ligados, pues preferían considerarse a sí mismos “ciudadanos del mundo” (“cosmopolitas”). Antístenes, fundador de la escuela, sostenía que la virtud (“arethé”) era algo esencialmente práctico, que no requería de abundantes palabras ni aprendizaje. Aunque parece haber sido un escritor prolífico, se le recuerda sobre todo por ciertas  máximas morales que influirán notablemente entre los estoicos: “la virtud es el fin de la vida“, “la virtud puede ser enseñada y una vez alcanzada no puede ser perdida” y “el sabio se basta a sí mismo, ya que posee por ser sabio las riquezas de todos los hombres.

Pero de entre los cínicos, Diógenes de Sinope (412-323 a. C), llamado simplemente Diógenes el Cínico, fue sin duda el más emblemático de todos. Al igual que su maestro Sócrates, no legó a la posteridad ningún escrito, y la fuente más completa de la que se dispone acerca de su vida es la extensa sección que su tocayo Diógenes Laercio le dedicó en su “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”. Diógenes radicalizó las ideas de su maestro Antístenes, presentándose como un hombre sin patria ni casa, como un vagabundo, pobre, sin oficio ni beneficio, que vivía siempre al día, pues consideraba que esta era la única manera de vivir “de acuerdo con la naturaleza”. Diógenes sabía, como muchos griegos, que alcanzar este tipo de vida, este ideal, implicaba un gran esfuerzo y sacrificio personal, a la par que superar muchas dificultades, tanto físicas como mentales: es necesario “endurecer el cuerpo(padecer frío, hambre, dolor…) y también “endurecer el carácter(soportar insultos y desprecios, no ambicionar dinero o bienes materiales…). Para alcanzar este fin no basta solo cono el “conócete a tí mismo” socrático, sino que es necesario un “gran dominio de uno mismo”. En este enfrentamiento de Diógenes con el convencionalismo yace una profunda preocupación por los valores morales y por el concepto de virtud, pues en última instancia lo que se propone es que la racionalidad propia de la naturaleza humana está en desacuerdo con la racionalidad propia de la polis, esto es, con las prácticas de la sociedad griega en su conjunto.

Siempre que comentamos en el aula alguna anécdota sobre la vida de Diógenes saltan las risas: el hecho de que hubiese tomado un tonel por hogar, que no se lavara muy regularmente o que despreciase cualquier propiedad privada por superflua (amen de cualquier título o reconocimiento propios de la vanidad, que considerada igualmente superfluos), o bien el hecho de que se pasease con un candil encendido a pleno sol, que practicase actos impúdicos en público o que prescindiese de los ofrecimientos del propio Alejandro Magno no dejan de ser historias amenas y divertidas, que esconden sin embargo una enseñanza moral mucho más honda, que nos hacen pensar en un individuo verdaderamente peculiar… en fin, que “el tipo debía de ser un nota”. Echémosle pues un vistazo a la reciente y muy divertida “El gran Lebowski” (Polygram 1998) de los hermanos Coen, para comprobar hasta qué punto una vida singular y un comportamiento excéntrico pueden  descansar en último término en consideraciones virtuosas. El protagonista de la película, Jeff Lebowski, al que se conoce simplemente como “El Nota“, es un solitario de mediana edad, desempleado y sin negocios, que vive al día en una casa mugrienta y conduce lo que parece ser su única posesión, un viejo y oxidado coche, igualmente mugriento… es decir, un ocioso que no tienen más interés que compartir amistad y buenos momentos con un grupo de amigos en la bolera local. Pero cada nuevo personaje en la obra recibe de él una pequeña lección moral sobre cómo vivir desapegado del mundo, sin interés por lo material, sin preocupación por el futuro, pues la única manera  de lograr la virtud es el autoconocimiento y el dominio de uno mismo.

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