La casa de Elrond

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La existencia de Dios (o no)

Posted by albertofilosofia under Filosofía y ciudadanía

Para terminar nuestro repaso a la metafísica occidental, vamos a trabajar el concepto de trascendencia a partir de tres películas aparentemente diferentes, aunque podéis comprobar que las tres comparten una temática común. En primer lugar tenemos “Sin miedo a la vida” (WB 1993) de Peter Weir, un interesante drama sobre la supervivencia. Nuestro protagonista sufre una experiencia cercana a la muerte al verse envuelto en un aparatoso accidente aéreo del que apenas salen con vida unos pocos pasajeros, entre ellos una joven madre que pierde a su hijo recién nacido en el siniestro, y a la que nuestro protagonista tratará de ayudar (podéis comprobarlo en este enlace). Os muestro el momento final de la película, cuando nuestro protagonista cae enfermo tras ingerir unas fresas (a las que es alérgico) y donde recrea en su memoria el momento del accidente, cuando todos están muertos de miedo y él, tras mirar por la ventana y ver el sol (y aquí cabría una interpretación cristiana: una iluminación divina), descubre que se trata del final: “este es el momento de mi muerte”.

La forma en que solemos enfrentarnos a la muerte puede variar. De hecho, nuestra propia disposición hacia la experiencia de la muerte modifica nuestra forma de vida. Podemos suponer un Dios creador que nos ilumina, que nos bendice para que regresemos a casa, o bien podemos afrontar el final como un juego, como el movimiento final del juego que es la vida. Eso parece pensar el protagonista de la estimulante “El séptimo sello (Svensk Filmindustri 1957) de Ingmar Bergman, un cruzado medieval capaz de sobrevivir a las duras batallas por la conquista de Jerusalén pero que es sorprendido por la muerte de regreso a sus tierras. Ante la inminencia del final, el guerrero no se da por vencido y reta a La Muerte a una partida de ajedrez. Lo importante aquí no es tanto quien gana y quien pierde, sino el hecho de no rendirse, de asumir el mando y tomar decisiones, de suplantar a Dios a la hora de decidir cómo quiero vivir mi propia vida.

Esta misma escena parece repetirse de nuevo en el clásico de la ciencia ficción “Blade Runner” (WB 1982) de Ridley Scott, una película que plantea interesantes interrogantes. A principios del siglo XXI el planeta tierra, asolado por la lluvia ácida, ha dejado de ser un lugar confortable, por lo que los humanos se ven obligados a colonizar otros planetas, valiéndose para ellos de la ayuda de robot desarrollados genéticamente a los que se conoce como “replicantes”, que son utilizados como mano de obra esclava. Pero varios de estos replicantes consiguen escapar y regresar al hogar en busca de su creador, en busca de respuestas: quieren saber cuánto tiempo les queda de vida (pues desconocen que han sido programados para durar sólo cuatro años). El problema es que en la tierra estos replicantes han sido declarados proscritos bajo pena de muerte, y que las unidades de policía especial “blade runner” tienen orden de disparar a matar en cuanto los vean (actividad que, por cierto, no se considera asesinato, sino “retiro”).

Os muestro una escena terrible: Roy Batty, el replicante metafísico que busca respuestas para dar sentido a su vida, se encara con el Doctor Tyrrell, el ingeniero genético que lo diseño (su creador: el “ojo” que vemos en el arranque de la película envuelto en llamas y que funciona como un icono, una representación ya clásica del dios judeocristiano) y tras un pequeño debate sobre genética, el “hijo pródigo” que estaba perdido y ha regresado comprende que no puede vivir más allá de cuatro años, y que ni siquiera puede saber el momento preciso de su muerte (lo que, sin duda, humaniza a este “robot” cibernético, y os recuerdo que la palabra robot procede del checo “robotnic”, que significa esclavo). Su reacción es verdaderamente drástica, pues se trata de un “deicidio” en toda regla: Roy mata a su creador (extirpándole “los ojos”), ese dios que le niega la eternidad y le castiga con “esta vida”, una vida corta, imprecisa, sin sentido. Y al matar a dios, le suplanta, reconociéndose a sí mismo como el nuevo dios: libre, todopoderoso, imparable… hasta que la muerte le alcanza.

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