La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Para los alumnos con “Filosofía y ciudadanía”, en especial para los pendientes, adjunto un enlace que os facilitará la descarga de los ejercicios de lógica que deberéis presentar en nuestra próxima reunión, que tendrá lugar el próximo 14 de enero.

anexo: FORMALIZACIÓN Y TABLAS DE VERDAD (doc pdf)

Algunas consideraciones acerca de la comunicación y el lenguaje, antes de adentrarnos en el mundo de la lógica simbólica. Estamos tratando estos días el concepto de “signo”. Recordemos una vez más la definición que nos proporciona el pragmatista americano Charles Sanders Peirce: un signo es algo que representa otro algo para alguien”. Por su parte, el estructuralista francés Ferdinand de Saussure incide en la misma idea al definir “signo lingüístico” como la unión de un “significante” (la imagen acústica, la palabra escrita) y un “significado” (el concepto pensado, aquello a lo que hace referencia el signo, lo que queremos expresar); entre ambos, significante y significado, se establece una relación de tipo convencional que llamamos “significación” o “sentido”.

Por otro lado, hay signos que nos remiten a otro significado ulterior, que está en parte manifiesto y en parte oculto en su significación inmediata: se trata de los “símbolos”, entendidos como “signos que significan un objeto que, a su vez, significa otra realidad”. La relación del signo con el objeto simbolizado es, no solo convencional, sino también cultural y social. Y es en virtud de esta relación simbólica que el mundo se nos presenta poblado de símbolos que remiten, más allá de los puros hechos, a una significación simbólica: las cosas, los fenómenos y los acontecimientos se nos convierten en “mensajes” cargados de sentido. El lenguaje es así el instrumento imprescindible para hacernos con la realidad, porque contribuye en gran medida a dotar de sentido los objetos de nuestro entorno y nuestras propias vivencias: los objetos y las vivencias son tales en la medida que “los nombramos” y expresamos mediante símbolos.

Para ejemplificar esto hemos seleccionado un pasaje de la renombrada película “El pequeño salvaje” (Les Films du Carrosse 1969) de François Truffaut, que nos adentra en la singular vida del joven Víctor de Aveyron, uno de los llamados “niños salvajes” del que ya hemos tenido ocasión de hablar en algún otro momento. La película se centra en los esfuerzos del médico francés Jean Marc Gaspard Itard (interpretado por el propio Truffaut) por educar al joven Víctor en la comprensión de un lenguaje que le permita comunicarse con los demás, pedir las cosas que desea o mostrar a través de signos (orales o escritos) sus propios sentimientos. Os he seleccionado el momento en que Itard, tras profundizar en nociones básicas sobre el espacio (cuerpos, áreas, volúmenes…), le enseña el alfabeto. Intuitivamente, el joven reproduce lo aprendido sin comprenderlo, y es reeducado para hacer un esfuerzo de mejora en este sentido. Poco a poco, aprende a relacionar cada signo con su significado (y no solo eso, también cada morfema con su fonema, desarrollando lo que conocemos como “lenguaje doblemente articulado”). Si echáis un vistazo al vídeo anexo, que continúa la narración, veréis como el joven Víctor finalmente comprende el sentido de los signos al visitar a una familia amiga y deletrear “leche” para solicitar que le sirvan un rico tazón de su bebida favorita.

Otro notable ejemplo del empleo de los signos lo encontramos en la película “El milagro de Ana Sullivan” (MGM 1962) de Arthur Penn, un magnífico duelo interpretativo entre Helen Keller, una chica ciega, sorda y muda, y Anne Sullivan, la joven institutriz que intenta educarla. Aunque al principio la profesora debe centra sus esfuerzos en enseñar modales a la joven, que ha sido criada bajo el consentimiento paterno y hace lo que se le apetece (desde tirar objetos hasta comer con las manos), el interés de Anna no es otro que comunicarse con la pequeña, y conseguir que ella se comunique igualmente, y a tal efecto desarrolla un método de enseñanza basado en signos, que la profesora ejecuta con sus manos. El problema es que Hellen repite los signos de forma mimética, no comprensiva, esto es, sin darles significado: no es capaz de asignar a cada signo un objeto de la realidad, puesto que es incapaz de entender que los signos “son signos”, esto es, que “designan” objetos del mundo real.

La propia Anna repite a la niña (sin que esta pueda oírla): “si tan solo pudiera hacerte comprender que cada gesto de mis manos es una palabra” (por tanto, no la propia realidad, sino sólo algo que nos permite hablar de ella, “representarla”). Finalmente, en la última escena de la película, Hellen comprende. Y curiosamente, lo hace gracias a que aún recuerda su primera palabra hablada (justa antes de que perdiese el oído, y con ello la voz), y la repite justo en el momento en que entra en contacto con ese objeto: “agua”. Para ello ha tenido que partir de los datos de la experiencia, pero a la vez ha sido capaz de conceptualizarlos. Es entonces cuando Hellen  finalmente comprende “que es el agua”: sólo cuando “entiende” el concepto, cuando es capaz de “nombrarlo”, puede “construir” el objeto que tiene delante, darle significado (y a partir de ahí construir otro enunciados: “el agua moja”, “el agua está fría”…). Un notable ejercicio de coraje el que vemos en la joven Hellen, y en su decidida maestra, que bien podría inspirarnos a todos: en palabras de Immanuel Kant: “sapere aude” (“atrévete a saber”).

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