La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Para los alumnos de 2º Bloque de nocturno de “Historia de la Filosofía”, adjunto un par de enlaces que os facilitarán la descarga de los textos de Platón y Aristóteles que deberéis presentar en nuestra próxima reunión, tras las vacaciones navideñas.

anexo: PLATÓN, LA REPÚBLICA (doc pdf)

anexo: ARISTÓTELES, FÍSICA Y ÉTICA (doc pdf)

Acabamos de entrar en un periodo de la historia realmente fascinante: la Grecia alejandrina. Este es el primero de una serie de tres artículos que nos permitirán acercarnos a la ética de las distintas escuelas helenísticas. Os propongo tres películas contemporáneas para tres autores clásicos de la época. En “El marido de la peluquera” (Lambart 1990) de Patrice Leconte nos encontramos a un personaje que, desde jovencito, sueña con casarse con una peluquera. Llevado por los recuerdos de su infancia (fijaros en los permanentes “flashbacks” a la niñez del protagonista que podemos ver en este extracto, especialmente el último de ellos), nuestro héroe busca repetidamente el placer del contacto físico, del afecto sincero, de la sensualidad que se oculta en cada pequeño detalle, tras cada roce de la piel, cada corte de las tijeras o cada aliento de la peluquera. Todo un alarde de hedonismo, pues el placer se encuentra en las pequeñas cosas, único modo de alcanzar la “autarquía”, la autosuficiencia, renunciando a todo aquello que nos perturba y cultivando la amistad (podéis buscar también en este enlace el famoso baile de Jean Rocheford: todo un alarde de “eidaimonia”).

Es una escena muy sensual, por su sencillez, su naturalidad, su espontaneidad… que nos recuerda ese modo de entender la vida que nos proponía Epicuro de Samos en su “Jardín” ateniense. Recordemos que ésta no fue nunca una escuela al estilo de la Academia de Platón  o el Liceo de Aristóteles, sino más bien un lugar de retiro para la vida en común y la meditación amistosa, por tanto, una escuela donde se buscaba ante todo una felicidad cotidiana y serena mediante la convivencia y la reflexión según ciertos principios. Para el fundador del epicureismo, la adquisición de la amistad es el más grande de los bienes que la sabiduría puede proporcionar para la “beatitud” de toda una vida, pues es fuente segura y permanente de felicidad, bienestar y tranquilidad. No obstante, la amistad no debe procurarse desinteresadamente, ni con la vista puesta en obtener beneficios o utilidad: no es amigo para Epicuro quien busca esas cosas, pues el primero imposibilita cualquier buena esperanza para el futuro, mientras que el segundo mercadea sentimientos como si fueran mercancías.

Para este pensador, el hombre de bien se consagra sobre todo a la sabiduría y a la amistad, pues estas proporcionan alegría y seguridad, y son inseparables del placer, que es el objetivo de toda vida buena. El “placer” (“hedoné”)  es principio y fin de una vida “beatífica”, es decir, de una vida plácida, serena y feliz. De hecho, el placer es el bien primero para el hombre, y connatural a él. Ahora bien, aunque todo placer es un bien y todo dolor es un mal, sin embargo no todo placer debe ser disfrutado o elegido, ni todo mal debe ser evitado o rechazado, porque hay placeres de cuyo disfrute se seguirá el dolor, y existen dolores de cuyo sufrimiento se seguirá el placer. Parece que Epicuro diferenciaba los placeres según la intensidad del movimiento que es inherente a todos ellos: “placeres catastémicos” (calmados, sosegados y reposados) y “placeres cinéticos” (más movidos, que solo adornan o diversifican los placeres estáticos). Así, la serenidad del alma y la ausencia de dolor corresponden a los primeros, y la alegría y la diversión a los segundos.

El placer, por otro lado, está vinculado inevitablemente al “deseo” (“epithymaía”) pues la consecución de los placeres depende ineludiblemente de una satisfacción selectiva de los deseos. Según Epicuro, los deseos son naturales o vanos, y de entre los primeros, unos son necesarios y otros son simplemente naturales, y de los necesarios y naturales, unos son necesarios para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo y otros para la vida misma. Respecto al criterio que debe guiarnos en la elección y el rechazo de los deseos, este no puede ser otro que la prudencia: toda selección debe ser guiada por la “salud del cuerpo” (“aponia” o satisfacción medida y equilibrada de las necesidades naturales)  y la “imperturbabilidad del alma” (“ataraxia” o serenidad que proporcionan los placeres intelectuales), pues este es el objetivo de la vida beatífica (“makaríos zén”, que se suele traducir como “vida feliz”, en tanto remite no solo a la noción de felicidad, sino también a la de sosiego, calma, tranquilidad, placidez y bienestar). El ideal del sabio, del “sophós”, para el filósofo del jardín, pasa por una vida tranquila, retirada en la mayor medida de lo posible de la agitación y el vértigo de las cosas de la plaza pública.

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