En unos días tendremos el examen final del trimestre, por lo que convendría recordar algunos aspectos básicos de las primeras unidades. A tal efecto, os muestro aquí una serie de enlaces a dos interesantes páginas web: Filópolisnos ofrece un interesante resumen sobre los conceptos de ética y moral, los valores y los valores éticos, además de una serie de ejercicios. Por otro lado Denobisipsisnos ofrece varios juegos para poner a prueba nuestro conocimiento. Aquí tenéis un pequeño listado de los contenidos:
Para trabajas más a fondo los contenidos finales de la unidad 2, os he seleccionado un par de vídeos que ejemplifican el concepto de norma. En primer lugar tenemos un extracto de la película “Piratas del Caribe” (Disney 2007) de Gore Verbinski que en su tercera parte “El Fin del Mundo” nos ofrece una escena impagable: el momento en que el padre de Jack Sparrow (el mítico guitarrista de The Rolling StonesKeith Richards, en el que se inspiró el propio Johnny Depp para recrear al personaje) hace aparición portando el famoso “código” del que todos los piratas hablan a lo largo de las tres películas y al que todos ellos están sometidos. Aunque lo que vemos es poco más que una escena graciosa, el código pirata puede servirnos para comprender el sentido de las normas morales: un conjunto de expresiones en forma de mandato de una serie de valores morales que todos asumimos personalmente y con los que nos identificamos de forma intensa y espontánea… si es que eso es posible rodeado de una panda de rufianes que venderían su alma al diablo por un mísero doblón de oro o por una sencilla botella de ron.
Un poco más en serio, os ofrezco también este segundo vídeo en el que se nos muestran distintas normas de conducta a partir de una serie de carteles que todos conocemos, pues nos los encontramos a diario en las calles de nuestras ciudades. El vídeo nos da pie para volver a tratar el tema de la maduración, del que ya hemos hablado en artículos anteriores. Como hemos comentado en clase los modelos explicativos de Jean Piaget y Lorenz Köhlberz, me permito ahora ofreceros dos enlaces para profundizar en ambos. Los dos están en inglés, pero se pueden seguir sin demasiada dificultad, y así al menos tendréis una idea más clara de los conceptos de “desarrollo moral” y “maduración moral”. Ambos vídeos incluyen abundante material anexo sobre los dos autores (algunos de ellos están en español), si bien trabajan todos los aspectos cognitivos en general, en lugar de centrarse en el ámbito moral, que es el que aquí más nos interesa.
Continuamos nuestro pequeño análisis de la metafísica por el camino de la ontología, es decir, la teoría acerca del ser, y nos centramos en la pregunta por la realidad. Hemos comentado en clase una posible definición negativa del término, tratando de oponer “realidad” a “apariencia”, por un lado, y a “posibilidad” por otro. Realidad sería todo aquello que “no es aparente”, y si bien la apariencia nos puede mostrar el ser real de las cosas (recordad el reciente artículo sobre la verdad metafísica), lo común es suponer que la apariencia esconde u oculta el ser real de las cosas, en cuyo caso la realidad estaría más allá de lo que las cosas parecen ser. Pero también hemos comentado que la apariencia puede ser el camino para descubrir al ser real de las cosas, como muestra el siguiente ejemplo. La película “Entrevista con el vampiro” (Geffen 1994) de Neil Jordan nos muestra a un grupo de vampiros dirigiendo un pintoresco teatro parisino en el que se representan historias de vampiros, y donde nuestros protagonistas “son vampiros que juegan a ser actores que juegan a ser vampiros“.
El concepto de realidad también se opone al de posibilidad: lo posible es lo que “aún no es real”, “lo que no existe”, pero que es algo que “podría llegar a ser”, porque actualmente se dan las condiciones para que sea real en el futuro. Casi cualquier película de ciencia ficción parte de este principio para mostrarnos una realidad posible, no actual sino ficticia. En buen ejemplo lo encontramos en la saga “The Terminator” (Pacific Western 1984) de James Cameron, especialmente en su segunda entrega, en la que un robot nos muestra como ser más humanos. La máquina cibernética que da título a la película sirve como perfecto ejemplo de lo que los filósofos llamamos “contrafáctico”: se trata de un objeto que no existe porque no se ha producido aún, por lo que pensar en él supone vulnerar la realidad, pensar “contra los hechos”. El terminator es un “ciborg” procedente del futuro, con una tecnología tan avanzada que es, literalmente, increíble. Pero el mismo robot que visita el presente es en realidad el principio de esa realidad futura, porque su tecnología inspira a los científicos a desarrollarla.
La definición positiva de realidad es mucho más difícil de alcanzar, toda vez que al término realidad habremos de añadirle siempre un adjetivo que lo clarifique: realidad necesaria, contingente, física, psíquica, virtual… Todas ellas nos ofrecen dificultades de interpretación, como mostramos a continuación en esta escena de la película “Doce monos” (Universal 1995) del director americano Terry Gilliam, uno de los seis gamberros que dieron origen a los Monty Python, el grupo de humor británico más irreverente del que se tiene noticia. Esta película juega permanentemente a alterar el sentido de la realidad, tanto física como psíquica. Os resumo la historia brevemente: John Cole es un enviado del futuro que regresa al año 1995 para recoger datos que permitan comprender el desastre biológico que ha asolado el planeta tras una pandemia o infección masiva de la practica totalidad de la población por culpa de la manipulación genética cometida por un grupo terrorista conocido como el “ejército de los 12 monos“.
Ni que decir tiene que, en cuanto él les cuenta esta historia a los atónitos policías de Baltimore, estos le encierran en un manicomio y le ponen inmediatamente a tratamiento médico. Lo que ocurre a partir de aquí es que el propio Cole comienza a dudar de sus certezas, y a suponer que realmente él es un enfermo y no un hombre del siglo XXI que ha venido a salvar a la humanidad. Incluso, cuando vuelve a su propio tiempo, desprecia a todos cuantos les rodean porque, afirma: “vosotros no sois reales, solo estáis en mi mente“. Fijaos en la secuencia en la que uno de los internos del hospital, un enfermo con “divergencia mental”, le plantea a Cole la duda esencial que se planteaba René Descartes: aunque para mí esto es una realidad “evidente“, lo cierto es que todo lo que yo conozco y doy por válido no es más que producto de mi mente enferma. Claro que podemos jugar a interpretar la escena desde la razón, o bien desde los sentidos (de David Hume), para así hacernos una idea de las distintas posibilidades del conocimiento: ¿idealismo o realismo? ¿O todo es fenomenológico? ¿O todo es hermenéutica, interpretación?
Es corriente traducir la palabra “areté” por “virtud”, pero la traducción más exacta del término, en el ámbito de la filosofía griega no contaminada todavía por el cristianismo, es la de “destreza en grado óptimo”, lo que implica que cualquier destreza que no se practique “de manera perfecta” no es propiamente una virtud. ParaAristóteles, absolutamente ninguna virtud ética se produce en el ser humano de forma natural: “las aretaí no se producen en nosotros ni por naturaleza, ni contra la naturaleza, y su perfeccionamiento es causado por el éthos, por la costumbre, por la repetición”. Lo que hacemos por naturaleza (ver, oír…) es consecuencia de la posesión natural de la capacidad correspondiente, el órgano y su función propia (el ojo y la vista, el oído y la audición…). Sin embargo, las “aretaí”, que determinarán en gran medida nuestro comportamiento, nuestra conducta, se obtienen por medio de la habituación, de la práctica, de la repetición, del aprendizaje, esto es, se aprenden haciendo una cosa una y otra vez: del mismo modo que uno se hace citarista tocando la cítara o constructor edificando casas, uno se hace valiente (adquiere la virtud de la “valentía”) practicando la valentía, siendo valiente una y otra vez.
En su conocida “Ética a Nicómaco”, Aristóteles precisa que la “areté“ es “lo medio” (“mesón”), es decir, que la naturaleza de la areté es lo intermedio entre dos extremos. Cabe distinguir, no obstante, entre “lo intermedio respecto a las cosas” (lo que nosotros llamaríamos “media aritmética”) y “lo intermedio respecto a nosotros”, donde lo intermedio no se determina aritméticamente, puesto que es relativo. Todo el que tenga conocimiento huye del exceso y del defecto, y busca y elige lo medio, pero no el de la cosa, sino el relativo a nosotros. Pero ¿lo medio respecto de qué? Para Aristóteles, la areté no se define en sí misma sino por relación a las “emociones” (“páthe”), las cuales se dan en el alma sin elección previa por nuestra parte: nosotros no elegimos tener miedo, sino que el miedo se produce, irrumpe de manera súbita y abrupta en nuestras vidas.
Llamamos emociones a los movimientos que se dan desde el alma como “deseo, ira, miedo, confianza, envidia, alegría, amistad, odio, añoranza, piedad y, en general, todo aquello de lo que se siente placer y dolor”. No hay, por tanto, emociones exclusivas del alma, sino que todas se producen conjuntamente con el cuerpo: las emociones no son algo exclusivamente anímico, sino que son también somáticas, corporales. En todas las emociones se da el exceso, el defecto y lo medio. Así por ejemplo, en el tener miedo se da “lo más”, y “lo menos”, y ninguno de los dos es bueno. Pero si se tiene miedo cuando se debe, en torno a lo que se debe y de la manera en que se debe, entonces se está en lo intermedio y lo mejor, y esto es la areté, que en este caso recibe el nombre de “valentía”, entendida como el intermedio entre el exceso de miedo (que se llama “cobardía”) y la ausencia total de miedo (la “aphobia” que, según nuestro autor, carece de nombre, aunque quien nada teme es un loco o un insensato). En este sentido, Aristóteles considera en ocasiones a la virtud como una “disposición” (“diáthesis”), en el sentido de “colocación entre lo más y lo menos”.
Toda areté es pues “lo intermedio” cuando hablamos de su entidad (“oisía”) y de su definición (“logos”): pero desde el punto de vista de “lo excelente” y “el bien”, ya no es lo intermedio, sino “el extremo perfecto” (“akróts”), pues la areté es “una cierta perfección (“teleíosis”)”. Luego para Aristóteles, la areté es, según se mire, una “habituación”, o “entrenamiento” (“héxis”) o una “disposición” (“diáthesis”) o una cierta “perfección” (“teleíosis”) en los sentidos explicados. Más exactamente, la areté, considerada desde el punto de vista de la “acción del sujeto”, de la praxis, es una habituación o entrenamiento; desde el punto de vista de la “entidad y definición”, es decir, en sí misma, es una disposición anímica, una localización precisa del actuar emocional; y finalmente, desde el punto de vista “moral”, desde la consideración de la areté en el marco de lo excelente y el bien, es una perfección, el extremo perfecto, lo mejor posible.
Tenemos un divertido ejemplo de este modo de entender la virtud en la película “Atrapado en el tiempo” (Columbia 1993) de Harold Ramis. Phil Connors, un cínico hombre del tiempo de Pittsburgh, acude con su equipo televisivo a la pequeña localidad de Punxsutawney para cubrir el conocido “Día de la marmota”, y por un azar del destino se queda atrapado en ese mismo día: cada noche se acuesta en la cama de hotel, y cada mañana a las 6:00 en punto se despierta en esa misma cama con el mismo sonido en la radio, la misma rutina y los mismos personajes a su alrededor. Condenado a revivir la misma jornada una y otra vez, aprovecha la información que obtiene cada día para beneficiarse “al día siguiente” (exceso) o bien decide suicidarse al pensar que nunca saldrá de este bucle temporal (defecto), y viendo que nada de esto funciona, Finalmente, Phil mejora sus habilidades (repetición), al punto de aprender a tocar el piano, esculpir en hielo, hablar francés y memorizar la vida de todos los habitantes del pueblo, y comienza cada jornada haciendo el bien a quien lo necesite (disposición), pues se da cuenta que puede mejorar su vida actuando como un benefactor (perfección) que poco a poco irá ganándose la simpatía de sus conciudadanos con esta mejora en su comportamiento.
Acabamos de concluir nuestro repaso a los conceptos de valor y norma tratando de establecer una relación entre ambos, al afirmar que una “norma moral” es en realidad un “valor moral” puesto en forma imperativa, en forma de mandato. Así por ejemplo, si mi valor consiste en “respetar la propiedad de los demás”, transformo este valor en una norma al convertirlo en un mandato del tipo: “respetaré la propiedad privada” (norma positiva) o bien “no me apropiaré de bienes ajenos” (norma negativa o prohibición). También hemos afirmado que las normas son normas morales cuando podemos asignarles o reconocerles al menos estas tres características, definidas aquí por la filósofa Adela Cortina: “autoobligación”, “incondicionalidad” y “universalidad”.
El primero de estos términos es verdaderamente interesante: se trata de una exigencia de obediencia que uno mismo se impone, sin provenir de ninguna autoridad y sin ninguna necesidad de que los demás se enteren o no de su cumplimiento, exigencia que no tiene que ver con el aplauso o condena por parte de la sociedad, sino con el “respeto a uno mismo”, a nuestra forma de valorar y sentir la realidad. He seleccionado un vídeo para ejemplificar esta idea: se trata de la película “Do the Right Thing” (40 Acres 1989) de Spike Lee, cuyo título es suficientemente elocuente, donde se reproduce una pequeña anécdota que ya fue contada hace años por Charles Laughton en la memorable “La noche del cazador” (Unitet Artist 1955) y que también podéis consultar en este enlace: la lucha entre el amor y el odio que se plantea en cada uno de nosotros a la hora de tomar una decisión, y que debemos saldar… “haciendo lo correcto”.
Las otras dos características nos permiten introducir el pensamiento del filósofo alemán del siglo XVIII Immanuel Kant, autor que supone un giro radical en la forma de entender la ética, afirmando que el contenido material de la acción no es importante, puesto que es la “forma” en que la “acción“ se ejecuta lo que debe preocuparnos. Kant niega una finalidad para la acción humana, puesto que no es la felicidad, ni el placer, ni la utilidad, lo que debe movernos a la acción, sino que debemos ser conscientes de que hay una serie de “mandatos” que debemos seguir, que nos obligan, que deben ser cumplidos (aunque seguirlos no nos haga felices o no nos produzca placer). A estos mandatos les da el nombre de “imperativos”, puesto que no solamente nos obligan, sino que además son incondicionales (como acabamos de ver) y universales (de aplicación para toda persona o ser racional en todo momento y lugar).
Casi cualquier película dirigida por Clint Eastwood centra parte de su atención en esta temática acerca del deber: así “Los puentes de Madison” (1995), “Million Dollar Baby” (2004),“Cartas desde Iwo Jima” (2006), o la más reciente “Gran Torino” (2008), pero os he seleccionado este pequeño momento de “Unforgiven” (WB 1992)de la que os ofrezco una extraordinaria escena que ejemplifica a la perfección el pensamiento kantiano. El director da muestras de eso que hemos llamado “principio de reciprocidad”, y que consiste en “hacer a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti” (principio positivo) o bien “no hacer a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti” (principio negativo). Y a continuación se entera de que uno de sus amigos ha sido detenido, torturado y asesinado… a pesar de no haber cometido ningún delito o haber hecho daño a nadie. Evidentemente se trata de un western, con lo que el viejo ladrón se toma la justicia por su mano para devolver al maltratador el daño que este ha ocasionado.