La casa de Elrond

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Archive for Enero, 2011

Érase una vez… el Hombre: “El siglo de Pericles” (1/3)

Érase una vez… el Hombre: “El siglo de Pericles” (2/3)

Érase una vez… el Hombre: “El siglo de Pericles” (3/3)

Acabamos de dar inicio a una nueva unidad didáctica en la que trataremos el tema de la democracia. Recordad que este término proviene de griego “demokratia”, palabra compuesta por el sustantivo “demos” (que significa “pueblo”) y el verbo “kráteo” (que significa “mandar” pero que sustantivado da lugar a “poder”, “autoridad”) Así pues, democracia significa literalmente “mandato o gobierno del pueblo”. Se trata, por tanto, de un sistema político en el queel pueblo se gobierna a sí mismo”. A diferencia de la monarquía, donde sólo una persona tiene todo el poder, o de la oligarquía, donde unos cuantos gobiernan, la democracia significa que el poder está en manos de todas las personas. Desde el punto de vista ético, lo fundamental es el acuerdo o consentimiento de todos. Por eso la democracia implica más bien un principio de actuación, esto es, una idea a seguir, más que un sistema político concreto. Democracia significa que el gobierno debe participar en la toma de decisiones que le afectan.

El primer sistema democrático del que tenemos noticia se remonta a los siglos IV y V a.C. en la antigua Atenas, donde los ciudadanos estaban íntimamente comprometidos con la marcha política de su ciudad, pues podían y debían tomar parte en las decisiones públicas y en la elaboración de las leyes. El procedimiento para que todos pudieran intervenir consistía el la celebración periódica de asambleas en el “ágora” o plaza pública en las que podían dar su opinión todos los ciudadanos libres y todos eran escuchados. Además de participar activamente en las discusiones y asambleas, los ciudadanos podían presentarse a cargos públicos, y la justicia se impartía por miembros elegidos al azar. Se trataba, pues, de una democracia directa, donde los ciudadanos participaban, sin intermediarios ni representantes, en la legislación y el gobierno. Sin embargo, los derechos y privilegios estaban restringidos a una cuarta parte de la población (para todos aquellos que eran “ciudadanos atenienses”, lo que excluía a los menores de edad, a las mujeres, a los nacidos fuera de Atenas y por supuesto a los esclavos, que ni siquiera eran considerados seres humanos).

Para un acercamiento más divertido a la Atenas democrática no está de más echar un vistazo al capítulo “El siglo de Pericles”, sexto episodio de la divertida “Érase una vez… el Hombre” (Profidis 1978), conocida serie de animación francesa creada para la televisión por Albert Barillé. Este episodio en concreto nos permite ponernos en contacto con un buen número de personajes célebres de la época, desde el mismísimo Pericles, padre de la democracia, al filósofo Sócrates, a los maestros sofistas Protágoras y Gorgias y al historiador Heródoto, además de algunos de sus más excelentes artistas, como los escultores Fidias y Mirón o los dramaturgos Sófocles y Aristófanes, lo que no permitirán hacernos una idea del modo de vida griego de la época, y del increíble momento de ebullición que vivía la ciudad en el siglo V. Recordad que Atenas era el verdadero centro social y cultural del mundo en aquel entonces (una especie de Nueva York de la época), y marcaba la pauta sobre como actuar en el ámbito militar, comercial, social, filosófico, artístico… y por supuesto político. Podéis consultar las tres partes en que se divide el episodio en los enlaces que os señalo al inicio del artículo.

Hasta el siglo XVIII, con la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y la Revolución francesa, no hallamos ningún planteamiento político similar al sistema griego de Pericles. Será el movimiento liberal, encabezado por la burguesía, el que reaccionará frente al absolutismo y demandará mayor libertad y justicia. Desde los presupuestos de la Ilustración, varios autores reclaman el uso de la razón para salir de las tinieblas de la ignorancia. El camino iniciado por los ingleses Locke, Hobbes y Newton  a finales del siglo XVII será continuado en Francia (se hablaba del “Siglo de las Luces”) por apasionados difusores como Montesquieu, Voltaire y Rousseau, que pondrán las bases de la revolución, culminada por la Asamblea Nacional con la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, que plantea unas tesis similares a las defendidas unos años antes por John Adams, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin con la “Declaración de Independencia de los Estados Unidos”. Hemos extraído de la misma serie de dibujos animados el episodio 13, dedicado a la “La revolución francesa”. De nuevo, podéis consultar las tres partes en que se divide el episodio en los enlaces que os señalo al final del artículo.

Sin embargo, hasta el siglo XX no podemos hablar de Estados democráticos, pues hasta entonces no se da una participación real de toda la población, pues el derecho a voto estaba reservado a una minoría privilegiada (“sufragio censitario). La democracia, tal y como la entendemos actualmente, se fundamenta en dos principios: la libertad y la igualdad de todas las personas. Por una parte, se entiende que todas las personas son libres y capaces de decidir por sí mismas acerca de aquello que les concierne; y por otra se considera que todos somos iguales y que, por tanto, las opiniones han de tener el mismo valor en los asuntos públicos. A diferencia de la democracia ateniense, en la actualidad tenemos una democracia representativa: los que gobiernan y establecen las leyes no son los ciudadanos, sino los representantes que éstos han escogido. Los únicos elementos que se conservan de participación directa son el referendum (cuando se pide al ciudadano su voto acerca de alguna cuestión de especial importancia) y el jurado popular (mediante el cual los ciudadanos participan en la administración de justicia).

Entre las características más destacables de la democracia actual cabe destacar el sufragio universal (por el que todas las personas adultas tienen derecho a votar, y el voto siempre es secreto) que se efectúa en elecciones periódicas, en las que los gobernantes respondan ante los gobernados y puedan ser renovados o sustituidos, y gracias al sistema de partidos se garantiza el pluralismo político y la diversidad de opiniones. Por supuesto, todos tenemos derecho a ocupar cargos públicos presentándonos como candidatos y compitiendo libremente, y debemos aceptar la regla de la mayoría” en las decisiones políticas, pues esta regla es la garantía del respeto a las libertades individuales (como la libertad de expresión, de asociación, de prensa). En último término, una Constitución garantiza el sometimiento del sistema democrático a la ley e impone un límite para la acción de los representantes que evita que estos abusen de su poder en beneficio propio, lo que también queda garantizado por la división de poderes: ejecutivo (gobierno), legislativo (parlamento), y judicial (jueces).

Érase una vez… el Hombre: “La revolución francesa” (1/3)

Érase una vez… el Hombre: “La revolución francesa” (2/3)

Érase una vez… el Hombre: “La revolución francesa” (3/3)

Aquí os dejo las soluciones a algunos de los ejercicios que hemos estado trabajando estos últimos días. Pero por si alguno o alguna no comprenden todavía muy bien en que consisten las tablas de verdad, os adjunto también una serie de tutoriales para que podáis practicar un poco más. El primero de ellos explica de forma muy clara en que consiste una tabla de verdad, mientras que en los dos siguientes el profesor de matemáticas Julio Rios Cali nos enseña paso a paso y de forma amena y sencilla como construir las tablas para las cuatro conectivas básicas (podéis consultar su blog simplemente tecleando sobre su nombre).

La conjunción y la disyunción          El condicional y el bicondicional

Y para divertirnos un poco, aquí tenéis un interesante vídeo en el que se os enseña a calcular una multiplicación por medio de un método completamente diferente al habitual, aunque seguramente mucho más divertido. Podéis practicarlo vosotros mismos, para comprobar como las ciencias exactas funcionan de forma perfecta a la hora de establecer cálculos deductivos válidos, independientemente de la metodología empleada, puesto que los distintos métodos utilizados para el cálculo (en este caso la multiplicación) son isomorfos, algo que veremos al estudiar tablas de verdad y deducciones naturales.

anexo: SOLUCIONES TABLAS DE VERDAD (doc pdf)

Un problema central para los filósofos medievales lo constituye la disputa acerca del estatus de los universales, entendidos estos como “conceptos abstractos” de carácter universal o genérico (v.g: árbol, pájaro, hombre…), esto es, “géneros” que se dan por oposición a las cosas particulares. El problema dio comienzo con el interrogante planteado por Boecio (480-524): “¿existen los géneros y las especies en sí o solo en el pensamiento? Y si existen realmente, ¿son corpóreos o incorpóreos? Y si son incorpóreos ¿están separados de las cosas sensibles o se encuentran en ellas?” La cuestión planteada, por tanto, es la siguiente: o bien a los universales les corresponde únicamente una existencia propia, mientras que las cosas particulares son derivaciones dependientes de ellas; o bien son solo las cosas particulares las que tienen una existencia real, y los universales son meros nombres formulados por el hombre. Esta polémica da lugar a tres resoluciones diferentes, que se conocen como “realismo”, “nominalismo” y “conceptualismo”.

Según los partidarios del realismo, los universales existen exclusivamente en sí, y las cosas particulares existen exclusivamente como formas subordinadas de la esencia que tienen en común. Un notable defensor de esta postura será Guillermo de Champeaux (1070-1121), quien postula que a todos los hombres les es común una sola esencia, la cual está indivisiblemente presente en cada uno de ellos, y es a esta a la que se refiere la palabra “hombre” como fundamento subyacente de realidad. Pero dada esta caracterización de la esencia, se podría objetar (como de hecho hizo Pedro Abelardo) que a cada esencia le correspondería al mismo tiempo cualidades contradictorias (así por ejemplo, si tanto el hombre como en el animal comparten la esencia “ser vivo”, entonces ésta tendría que ser al mismo tiempo racional e irracional). Guillermo corregirá más tarde su opinión a partir de estas objeciones, al postular que la universalidad que hay en los miembros de un género consistía en aquello en lo que son indistintos, esto es, en la ausencia de diferenciación.

Según los partidarios del nominalismo, en la realidad existen sólo las cosas particulares (los individuos) mientras que los universales existen solamente en la mente humana, pudiendo concebirse entonces o bien como conceptos abstractos de las cosas, o bien como nombres convencionales. Será Roscelino de Compiègne (1050-1142) quien más ardorosamente defenderá que los universales son meras “palabras” o “golpes de voz”. Finalmente, la postura intermedia entre realistas y nominalistas se conoce como conceptualismo, y sostiene que los universales existen en las cosas como presencia de lo común, pero esta coincidencia de lo común no es una cosa en sí misma existente (“res”), sino que es algo captado por la mente humana mediante “abstracción”. Será Pedro Abelardo (1079-1142) quien postule la idea de que el concepto de las cosas no se forma de manera convencional, sino que es el resultado de una abstracción que tiene su fundamento en las cosas.

Nuestro viejo conocido Guillermo de Ockham (1280-1349) pasa por ser uno de los nominalistas más reputados, y el primero en postular que los “conceptos” son “signos” que nos remiten a algo distinto: un concepto es algo presente en el alma que significa algo distinto de lo que representa (supone) en el enunciado (por lo que un universal, en tanto que signo, se puede referir a muchas cosas). Por tanto, para conocer el significado de un término, es necesario conocer lo que supone, y en este sentido Ockham distingue tres tipos de suposiciones: “personal”, cuando el término representa aquello que designa, que siempre es algo particular (“Sócrates es un hombre”); “simple”, cuando el concepto se representa a sí mismo (“hombre es una especie”); y “material”, cuando el término representa una palabra o una letra (“hombre es una palabra”): una proposición será verdadera cuando sujeto y predicado supongan lo mismo. Por otro lado, diferencia Ockham entre “conceptos absolutos” (aquellos que designan directamente un particular real) y “conceptos connotativos” (aquellos que significan algo en un primer y un segundo plano); y por otro lado distingue, en la comprensión de los hechos, entre “conocimiento intuitivo” (la aprehensión sin lugar a dudas de la existencia de un objeto: lo sensorialmente perceptible, o bien la propia introspección) y “conocimiento abstractivo” (que posibilitan enunciados sobre la base de conceptos en ausencia del objeto, que no dice nada de la existencia real del objeto y que depende siempre del conocimiento intuitivo).

Os he seleccionado el arranque y el final de la película “El nombre de la rosa” (WB 1986) de Jean-Jacques Annaud. El primero de ellos me permitirá sugeriros la lectura de un pasaje del libro de Umberto Eco en el que se comenta la historia del caballo Brunello, y de cómo Guillermo llega al conocimiento y ubicación de este ser en particular incluso antes de haberlo visto personalmente (utilizando su famoso “principio de economía”, del que tenéis otras muestras en este enlace). El segundo nos sugiere una posible explicación al título de la obra: cabría plantearse la cuestión de si los universales  están ligados a una denominación subyacente al fondo de las cosas o si, a causa de su significado, podrían existir aun cuando las cosas denominadas ya no existan (v.g: el nombre de una rosa, si ya no hubiera rosas). Será Pedro Abelardo quien establezca una diferenciación entre la función “denominativa” y la función “significativa” de una expresión: el “nombre” de una rosa no puede ser dicho de nada más, si ya no existen rosas, pero sí tendría significado en la frase “no hay ninguna rosa” (que por cierto, es la frase con la que concluye la novela, tras la destrucción por el fuego de la biblioteca “con forma de rosa”, y de la que desgraciadamente, al igual que del monje moribundo que relata la historia, “solo queda el nombre”).

De los muchos ejemplos que ha aportado el cine sobre la época medieval, sin duda uno de los más interesante es “El nombre de la rosa” (WB 1986) del francés Jean-Jacques Annaud, basado en la novela homónima del italiano Umberto Eco, un notable ejercicio de estilo de uno de los mayores especialistas en filosofía medieval del que se tiene noticia. El relato tiene lugar en una recóndita abadía del norte de Italia, hacia mediados del siglo XIV. Ya hemos visto en clase que es esta una época de renovación intelectual: la escolástica, como forma de educación cristiana integral, ha entrado definitivamente en crisis. La película cuenta la historia de Guillermo de Baskerville, trasunto de Guillermo de Ockham (1280-1349), con el que Eco quiere que comparta el nombre (y para dejarlo más claro, toma el apellido de la novela “El sabueso de los Baskerville” (1901) de Sir Arthur Conan Doyle, la primera obra en la que aparece el personaje de Sherlock Holmes, con el que nuestro Guillermo tiene notables similitudes, en especial en la utilización del método inductivo). El tal Guillermo es testigo de una serie de “hechos asombroso y terribles” que su inteligencia racional y empírica no puede evitar desentrañar.

Sólo por admirar el ambiente que rodea a la película, la autenticidad de los lugares, la dramatización de los personajes y el rigor histórico con que se muestra esta época convulsa y fascinante, merece la pena verla: fijémonos en la recreación de la abadía, con los distintos lugares de uso: la iglesia, el coro, el claustro, la biblioteca, la herboristería, la huerta, la cocina…; pero también en los modos y ademanes de los personajes: el abad, los escribanos, los novicios, la gente del pueblo que paga los diezmos…; además de los objetos, los vestidos, los libros… y por supuesto las conversaciones. Aunque el argumento central reposa en la resolución de una serie de enigmáticos crímenes (en torno a la posesión del libro II de “Poética (Ars Poetica) que Aristóteles dedica a la comedia, y del que no se tiene constancia), la película desarrolla una interesante polémica entre los monjes dominicos y los monjes franciscanos, orden esta última que predica la pobreza de Cristo y asume esa misma pobreza para la Iglesia (algo que los dominicos no están dispuestos a tolerar, por lo que llegarán a acusar a los seguidores de Francisco de Asís de herejes). Podéis echar un vistazo a los videos anexos para comprobar este ambiente con más detalle (en especial los titulados: “La risa” y “Escena del juicio”.

He aquí un vídeo verdaderamente curioso: su autor ha seleccionado seis cortes para tratar de explicarnos las relaciones entre la razón y la fe, tema este central para toda la filosofía escolástica. Recordemos que, mientras los averroístas se acogen a la teoría de la “doble verdad” (la verdad teológica o de fe y la verdad filosófica o de razón son dos principios irreconciliables), los tomistas afirman que es posible establecer una conexión entre ambas, a saber, los llamados “preambula fidei”, una suerte de verdades mixtas (como la inmortalidad del alma o la eternidad del universo) accesibles tanto a través de la fe como de la razón, con lo que se salva la polémica asegurando el conocimiento de Dios desde los dos puntos de vista. Como sabemos, Guillermo de Ockham y la tradición crítica del siglo XIV renegará de tales presupuestos tomistas, volviendo a asumir que fe y razón no pueden intersectar, al tratar de temas completamente diferentes. Prestad atención a cada uno de los cortes, en especial “Lógica vs profecía”, “Por qué una prueba vale más que 5000 confesiones” o “La comedia y sus peligros para el dogma”.

La película nos sirve como escusa perfecta para introducir el pensamiento de Tomás de Aquino (1225-1275), quizás el más representativo de los teólogos vinculados a la escolástica. Si bien Alberto Magno (1193-1280) fue el primer pensador medieval que distinguió entre el pensamiento teológico y el saber científico y filosófico (centrado en cuestiones mundanas y atento al mundo natural, según la teoría del conocimiento de Aristóteles), a Tomás le correspondió sistematizar este desafío griego. En “Summa Theologiae” vindica para la teología el carácter de ciencia, si bien en la medida en que sus premisas dependen de la revelación, se trata de una ciencia subordinada a la ciencia divina: la filosofía goza de autonomía, garantizada por la estructura de la mente humana, pero es capaz de alcanzar la verdad porque Dios lo quiere. En lo tocante a la demostración de la existencia de Dios, dividió las pruebas en tres grandes grupos: “a priori”, que van de la causa al efecto; “a simultaneo”, que van de un atributo de la esencia divina a otro; y “a posteriori”, que van del efecto a la causa y que Tomás sintetiza en las archiconocidas Cinco Vías (“Quinque viae”), que parten de cinco principios generales que rigen el orden de los fenómenos y, por prohibición de regreso al infinito, constatan la existencia de cinco entes: Primer motor inmóvil, Causa eficiente primera, Ser necesario, Causa de todas la perfecciones y Suprema inteligencia… y concluye: “y a esto todos le llaman Dios”.

Pero ya que hemos hablado de Guillermo de Ockham, convendría echar un vistazo a una de sus aportaciones más relevantes, la llamada “Navaja de Ockham”, también conocida como “principio de economía”, determinante para el desarrollo de la ciencia moderna, que dice así: “entia non sunt multiplicanda praeter necesitatis”, lo que dicho de otro modo significa que “dadas dos explicaciones para un mismo hecho, la más sencilla siempre es la correcta” (a tal efecto, consultar también los enlaces en los que Guillermo resuelve los crímenes de la abadía: “Primeras deducciones” y “Conclusiones”). La reciente “Contacto” (WB 1997) de Robert Zemeckis, a partir de un relato de ciencia ficción de Carl Sagan, trabaja sobre este presupuesto. La joven científica de la NASA protagonista de la película estudia el cielo en busca de una posible señal de vida inteligente fuera del sistema solar, cuando recibe una misiva extraterrestre en la que, en lenguaje matemático, se ofrecen los planos para la construcción de una nave espacial capaz de transportarla a otra galaxia. Construida la nave, ella viaja en el espacio durante “unas 18 horas”, pero al volver se entera de que la nave no se ha movido de su sitio. Por tanto: ¿qué es más sensato, pensar que ha viajado en el espacio, como ella cree, o que todo ha sido una ilusión, como creen todos los demás? El final de la película nos tiene reservada una pequeña sorpresa… que no os revelo para no estropearos su visión.

El islam será fundado como una religión monoteísta por Mahoma (570-632) como una fusión de elementos judeo-cristianos y tradiciones árabes que el profeta interpreta de modo personal, cuya dogmática fundamental queda recogida en el “Corán”, su libro sagrado, y que se sustenta sobre “cinco pilares”: la profesión de fe (“shahada”), la oración (“salat”), la limosna (“azaque”), el ayuno (“Ramadán”) y la peregrinación a La Meca (“hajj”), a los que algunos musulmanes añaden el sexto pilar del “yihad” o esfuerzo en defensa de la fe. Precisamente, la huida de Mahoma desde La Meca hacia Medina (“Medinat el Nabi”, que significa “Cuidad del profeta”) el 15 de julio del año 622 de la era cristiana (“Hégira” que marca el punto de partida del calendario islámico) permite el arranque de una primera expansión religiosa y militar por la región de Hiyaz. Tras la muerte del profeta, sus sucesores (llamados “Califas”) continúan esta expansión en medio de fuertes turbulencias y rebeliones entre “sunníes” y “chiíes”. Tras la muerte del Califa Ali (marido de Fátima, la hija predilecta de Mahoma) se instaura un régimen monárquico hereditario con la dinastía de los Omeyas, lo que coincide con el mayor momento de expansión y esplendor del Imperio islámico, caracterizado por una notable tolerancia religiosa, la asimilación de la cultura bizantina y una estructurada organización política (bajo el “Califa” estaba el “Vali”, gobernador en cada provincia, con el “Emir” como jefe militar).

Para conocer un poco más la historia del surgimiento del Islam, os propongo esta película, ya clásica, titulada “El Mensaje (Mahoma, mensajero de Dios)” (Coproducción Líbano-GB-Libia 1979) de Moustapha Akkad, interesantísima obra que recoge algunos de los aspectos fundamentales de la vida del profeta desde que decide refugiarse en una cueva para comenzar sus primeras reflexiones (y donde tiene sus primeras revelaciones, que os reproduzco en el extracto que abre el artículo) hasta su muerte a la edad de 63 años, pasando por la huída a Medina (podéis consultarla en este enlace, en el que se advierte el inicio de los primeros ritos islámicos: la construcción de la primera “mezquita” y la primera llamada al rezo) y la definitiva conquista de La Meca. La película se muestra muy respetuosa con el sentir islámico: recordemos que, de acuerdo con las creencias musulmanas, Mahoma “no puede ser representado” en la pantalla, ni su voz puede oírse (norma que se extendió a sus siete esposas, sus hijas y sus yernos), por lo que, cuando Mahoma estaba presente o muy cerca, se optó por sugerir su presencia con una suave música de órgano, y sus palabras eran repetidas por otra persona, y cuando la escena requería su presencia obligada, esta se desarrolla desde su punto de vista (lo que se logra con el uso de la “cámara subjetiva”), mientras los otros personajes asienten ante el diálogo no oído.

En el contexto cultural que acabamos de describir dará comienzo la filosofía árabe, que culminará con el desarrolló de un poderoso pensamiento hispano-musulmán. Surgen aquí figuras como al-Kindi (800-873), primer receptor del legado griego aristotélico, que mostrará especial interés por los problemas relativos al “entendimiento agente” y propondrá una concepción de la filosofía como “medio para el acercamiento a Dios”. La tradición continúa con al-Farabi (872-950), que une influencias aristotélicas y neoplatónicas para elaborar un sistema filosófico-teológico que permita demostrar la existencia de Dios desde la necesidad de un “primer motor como acto puro”, que identificará con “el Uno” plotiniano; será además el primer autor en postular explícitamente la “contingencia del mundo”, lo que obligará a una separación tajante entre “esencia” y “existencia”. En esta línea de análisis encontramos también a Ibn-Sina (980-1037), conocido por los latinos como Avicena que, desde la distinción precedente, establece una dicotomía entre “Ser necesario” (Dios) y “Ser posible” (criaturas): el autor considera al “Dios-Uno” como “Inteligencia primera” que crea el mundo por un “proceso de emanación” absolutamente necesario y no dependiente de la “voluntad de Dios” (pues su propia esencia conlleva la necesidad de la creación, que afecta también a los seres creados, “necesarios en virtud de una causa”).

Esta tradición filosófica árabe entroncará en la Península ibérica (Al-Andalus) bajo el esplendor del Califato de Córdoba, donde destacará sobremanera la figura de Abu´l-Walid Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rusd al-hafid (1126-1198), al que los latinos llamarían Averroes, que culminará la filosofía árabe y anticipará las más osadas ideas del pensamiento occidental independientes de todo postulado teológico. Averroes insiste en que la filosofía conduce al saber, y que solo por esto queda legitimada, sin necesidad de “concesiones teológicas”, pues opera desde otra estructura. A esto se le conoce como teoría de la “doble verdad”: desde la eternidad (desde el punto de vista de Dios), “el mundo es contingente y posible”, pero para el ser humano históricamente dado, es “eterno e inherente a su causa”. El saber metafísico, por tanto, posee una certeza mayor que el saber físico, si bien este último resulta útil, pues permite interpretar los “fenómenos del mundo sensible” y el “cambio”, que exigen la existencia de un “primer motor” (en tanto que “causa eficiente” a la que deben remontarse los movimientos materiales). La estricta necesidad lógica de la existencia de esta causa suficiente para nuestros actos (físicos y psíquicos) resulta evidente como “realidad intelectual que rige a todo el mundo físico”, sin necesidad de buscar sus raíces en la supuesta voluntad bondadosa de Dios.

Y aunque estamos hablando de filosofía árabe, no está de más comentar algo al respecto de los dos autores judíos más importantes de la Edad Media, por cuanto ambos nacieron en Al-Andalus y escribieron sus obras más importantes en lengua árabe. El primero de ellos es Ibn-Gabirol (1025-1058), llamado por los latinos Avicebrón, quien trata de conjugar las doctrinas aristotélicas con la fe judía al sostener que todo ser alcanza la “existencia” en la unión de la materia y de la forma gracias a la “voluntad de Dios”. Por materia no ha de entenderse la corporeidad, la cual solo es una forma determinada de la materia, sino la pura potencialidad de adquirir la forma, de modo que sólo con la unión de ambas se obtiene la existencia. El segundo de nuestros pensadores es Moshé Ben Maimon (1135-1208), que ha pasado a la historia como Maimónides, quien postula una “teología negativa” (en la misma línea que el Pseudo-Dionisio Areopagita) al sostener que solamente puede hablarse de la “esencia” de Dios mediante negaciones (pues las afirmaciones se refieren únicamente a sus efectos, pero no a su esencia). Es autor de la conocida “Guía de perplejos” donde se dirige a aquellos que por su ocupación con la filosofía han perdido la fe y les muestra cómo la pueden recuperar por mediación de la ciencia, llegando a afirmar que “si los pasajes bíblicos contradicen los acontecimientos físicos, entonces han de ser interpretados alegóricamente”.

Las tesis de Averroes encontrarán amplio eco en la escolástica cristina, sobre todo de la mano de Siger de Brabant (1240-1285) cuyas tesis sobre la doble verdad serán rápidamente contestadas por Alberto Magno (1193-1280) y Tomás de Aquino (1225-1275). Pero la amenaza que suponía el Islam, y la consiguiente necesidad de combatirla, no se quedó en meras discusiones teológicas, y obligó a diferentes papas a proponer una serie de campañas militares, las Cruzadas (que se libraron durante un período de casi 200 años, entre 1095 y 1291), con el objetivo específico de restablecer el control cristiano de Tierra Santa, La Primera Cruzada arranca en 1074 cuando el papa Gregorio VII llama a los “milites Christi (”soldados de Cristo“) para que fuesen en ayuda del Imperio bizantino y concluyó con la toma de Jerusalén por Godofredo de Bouillon en el año 1099. En la Segunda Cruzada participaron reyes de la cristiandad, encabezados por Luis VII de Francia y por el emperador germánico Conrado III. La Tercera Cruzada (recreada en la reciente película El reino de los cielos” (20yh Century Fox 2005) de Ridley Scott) se opuso a la hegemonía en Egipto del poderoso Saladino, y finalmente la Cuarta Cruzada, proclamada en 1199 por el Papa Inocencio III intentó aliviar la situación de los Estados cruzados tras las anteriores escaramuzas. Con posterioridad se dieron una serie de “cruzadas menores” (Quinta Cruzada, Sexta Cruzada, Séptima Cruzada y Octava Cruzada), y aunque algunos papas intentaron predicar nuevas cruzadas, ya no se organizaron más.

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