La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Enero 14th, 2011

Woody suspende el juicio

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Esta es una de mis películas favoritas: se trata de “Hannah y sus hermanas” (Orion 1986) del a veces irritante y siempre hipocondríaco Woody Allen, en la que el autor se pasa media película atacado por una crisis existencial “de caballo”: que si no se si Dios existe, que si mi vida carece de sentido, que si no tengo motivos para vivir o ser feliz… Podéis empezar por el primero de los videos, que muestra una interesante discusión entre padre e hijo: Woody abandona el judaísmo, su religión materna, y abraza el cristianismo, en un intento por recuperar el sentido de las cosas y tratar de dar respuesta a esas “grandes preguntas” que todos nos hacemos alguna vez, y cuando el cristianismo no cumple sus expectativas busca respuestas en el budismo, el protestantismo, el rito ortodoxo, hasta coquetea con los Hare Krishna… La charla que mantiene con su padre es verdaderamente impagable (y nos recuerda las palabras de Epicuro de Samos al respecto de la muerte en su famoso “tetrapharmakón”), pues éste no entiende como se puede preocupar uno por cosas por las que no tiene ningún sentido preocuparse.

Esta película nos acerca al pensamiento de Pirrón de Elis, que se conoce con el nombre de escepticismo, término derivado de “sképsis” (que significa indagación, revisión, duda) que, aunque tenga como finalidad la abstención de todo juicio, tiene lugar como resultado de una crítica. Para todos estos pensadores, la finalidad de la filosofía es la misma que para el resto de las filosofías morales helenísticas: la “felicidad” (“eidaimonia”) como bien máximo y destino último de la vida humana. Pero todos los anteriores filósofos se equivocan al suponer que el modo de lograrla pasa por la construcción de complicados sistemas que, en opinión de los escépticos, son puras contradicciones. De hecho, la “ataraxia” o serenidad del alma, así como la “apatía” o ausencia de afecciones solo puede conseguirla quien ha logrado una situación tal de equilibrio que nada le puede ya conmover, ni inclinar hacia un lado o hacia otro: ambas presuponen la “afaxia”, la “no-aserción”, el estado del alma que nos empuja a no afirmar ni negar, esto es, la actitud de quien no se pronuncia porque no tiene opiniones ni inclinaciones.

La actitud escéptica, no obstante, no es fruto de la pereza, ni del estupor, sino de un “estado del alma” (la “epokhé o abstención de todo juicio) en el que se equilibran representaciones sensibles (“fenómenos”), concepciones inteligibles (“noúmenos”), impulsos (“pasiones”), imaginaciones y opiniones. ¿Quiere decir esto que el escéptico “ni siente ni padece”? Sexto Empírico nos explica que “no es que el escéptico no se turbe… a veces siente frío y sed y cosas análogas”. Pero frente a los ignorantes, que están sujetos no solo a estas pasiones, sino al convencimiento de que éstas son malas por naturaleza, el sabio escéptico “suprime toda opinión aludida y alcanza mayor moderación en ellas”, pues al suprimir las creencias, privilegia la experiencia sobre la razón. La sabiduría, por tanto, consiste en mantener firme la convicción de que no se sabe lo que está pasando, porque lo único cierto es que la realidad (sea lo que sea) permanece siempre inalcanzable y desconocida: enjuiciar es turbarse, de modo que la “epokhé” o suspensión del juicio, lejos de ser expresión de “nihilismo”, es el único camino hacia la felicidad.

Volvemos a nuestra película: finalmente, aturdido ante tanta incertidumbre, el bueno de Woody se encierra en un cine para tratar de “ordenar sus ideas” y se encuentra con la película “Sopa de ganso” (Paramount 1933) de Leo McCarey, una de las comedias más absurdas e irreverentes que quepa imaginar (aparentemente muy poco útil para poner orden en el desconcierto), película que le retrotrae a los buenos recuerdos de su niñez, a su infancia feliz y desordenada, cuando nada era lo suficientemente importante como para suponer un trastorno grave, cuando las “grandes preguntas” no eran necesarias por absurdas y faltas de interés. Y entonces cae en la cuenta, descubre que es imposible dar una respuesta segura a todas esas preguntas y toma la opción del sabio escéptico: abstención de todo juicio, ya que nada se puede saber con exactitud ni certeza, y es mejor no emitir comentarios. Pero el escepticismo helenístico no es un quietismo (a la manera del hinduismo o del budismo) y la duda funciona a la hora de hacer juicios, no de realizar acciones, pues podemos optar por lo más probable, aceptando las normas éticas de nuestra sociedad como forma de encauzar nuestra acción: “¿acaso no te interesa esta experiencia que llamamos vida?” Y la conclusión del “sabio” Woody no puede ser más brillante: “Tal vez Dios existe, o tal vez no, pero… ¡qué más da, si tenemos a los Hermanos Marx!

 

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