La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Enero 19th, 2011

La aportación más significativa de la civilización romana al mundo de la filosofía, al margen de los desarrollos tardíos de los pensamientos platónicos, aristotélicos, estoicos y epicúreos, fue sin duda la irrupción del cristianismo no solo como forma de culto oficial, sino como una verdadera propuesta filosófica aglutinadora de ideas procedentes de otros sistemas, sobre todo de Platón y Aristóteles. Será conveniente, por tanto, echar un vistazo primero a la figura de la que parten todas estas ideas, un judío del siglo I de inspiración socrática conocido como Jesús de Nazaret. Y lo cierto es que no se sabe con certeza quién fue Jesús, ni que dijo, hizo o creyó. Al igual que Sócrates, no escribió nada, por lo que todo depende de las interpretaciones que se hicieron de su figura después de su muerte. Aparte de menciones esporádicas en Flavio Josefo, Tácito y Suetonio, además de en el “Talmud”, la fuente principal de su vida y obra son los evangelios, que se redactaron a finales del siglo I, cuando su doctrina ya había desbordado el marco judío.

Por otro lado, gran parte de la doctrina cristiana estuvo consagrada a la comprensión teológica de su supuesta y mítica naturaleza divina. Desde el Concilio en Nicea (en el año 325 contra Arrio), que proclamó que el Verbo “era consustancial con el Padre” hasta el Concilio de Calcedonia (en el 451 contra Eutiques), que defendió la doble naturaleza de Cristo, divina y humana, el cristianismo ortodoxo no definió los dogmas fundamentales de su fe. La multiplicidad de herejías que jalonan polémicamente este misterio teológico alienta todavía la posibilidad de que aún hoy siga inspirando revelaciones personales y heterodoxias sin cuento. No parece probable que Jesús proclamara públicamente ser el “Hijo de Dios” anunciado por los profetas de Israel, es decir, en el seno del monoteísmo judío. Sin embargo, el hecho de anunciar a sus seguidores de Galilea que con su persona había llegado la hora del cumplimiento de las profecías bíblicas de que “el reino de Dios está cerca” (Marcos 1,15) ha permitido sostener distintas hipótesis alternativas: la de algunos de los evangelios apócrifos, que presentan a Jesús como un poderoso mago (que había aprendido el arte de la curación y de la prestidigitación en Egipto); la de los historiadores políticos, inspiradores de muchas películas actuales, que le presentan como un “zelota” nacionalista revolucionario; y la de los manuscritos de Qumrâm en el Mar Muerto, que lo presentan como un asceta o “místico esenio”.

Sea cual sea la interpretación que se siga, lo cierto es que tras la muerte de Jesús y la desaparición de su cadáver, sus seguidores de Galilea estuvieron a punto de disolverse. Bajo el liderazgo de Santiago y Simón, llamado Pedro, no obstante, se perpetuaron como una secta judía, sin admitir en ella a los gentiles, con la esperanza de una segunda venida triunfante (“Parusía”) de un Cristo glorioso que al frente de los ejércitos celestiales liberarían al pueblo judío del yugo romano. De hecho, vivieron algunos años a semejanza de algunos otros movimientos revolucionarios mesiánicos que conducidos por el “partido zelote” continuaron oponiéndose a la dominación romana y condujeron a la generación posterior a una amplia revuelta en Palestina, que acabó con la toma de Jerusalén por las legiones romanas y la destrucción del Templo en el año 70. Pero para estas fechas ya habían triunfado las tesis aperturistas de Pablo de Tarso, cuya interpretación cristológica es la que ha hecho de Jesús de Nazaret se haya convertido, entre los numerosos mesías nacidos en el seno del judaísmo, en el que ha cosechado el mayor éxito histórico, como muestra el hecho de que ha alcanzado en la actualidad más de mil seiscientos millones de creyentes, dictando el credo religioso de un tercio de la humanidad.

Nosotros vamos a desarrollar nuestro análisis basándonos en las aportaciones ofrecidas desde el materialismo cultural por el antropólogo Marvin Harris en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas: los enigmas de la cultura (Alianza 1975). Analizaremos la idea de “mesías” en sus dos acepciones: en tanto “líder revolucionario” y en tanto “príncipe pacífico”. Para comprender mejor esta diferencia, tomaremos prestada esta escena de la película “La última tentación de Cristo” (Universal 1988) de Martin Scorsese, según la novela homónima de Nikos Kazantzakis. Pero antes de analizarla he de explicaros que el film recoge la vida de Cristo de una manera un tanto peculiar: crucificado en el Gólgota, Jesús recibe la visita de un ángel que le dice que ha sido perdonado, que Dios le concede la posibilidad de escapar a su destino como mártir y vivir su vida de forma libre y plena. A partir de entonces, Jesús contrae matrimonio, tiene hijos… es decir, disfruta de la vida normal de un carpintero en la Judea del siglo I (esta es su “última tentación”). Hasta que se encuentra con Pablo de Tarso, que predica que Jesús fue crucificado para la redención de los pecados de los hombres, murió, resucitó al tercer día y ascendió a los cielos. Os dejo con la discusión entre ambos, que no tiene desperdicio. Por cierto, en el siguiente enlace veréis a un Jesús, ya viejo y moribundo, recibir la visita de Judas Iscariote (al que la película muestra como lo que era: un “zelote” más interesado por la liberación de Palestina que por la salvación de su alma). Lo que le critica duramente entonces Judas a Jesús es el hecho de haber traicionado la causa por la que ambos lucharon juntos: la guerra revolucionaria contra la tiranía romana.

Es interesante comprobar como el análisis de Harris se centra en la evolución de un personaje como Jesús de mero líder revolucionario (uno de los muchísimos que habitaron Judea en la época en que el de Nazaret predicó en el desierto) a príncipe pacífico. Los motivos de tal cambio habría que buscarlos en la apropiación por parte de los sucesores de Cristo de un modo de vida no violento, seguramente más apropiado para vivir de forma cómoda en plena dominación romana, tras las masacres perpetradas por estos contra todo movimiento o revuelta antisistema. Aunque Jesús y su círculo íntimo de discípulos fueron capaces de realizar actos políticos violentos, los evangelios escritos con posterioridad a los hechos, cambiaron el equilibrio de la conciencia de estilo de vida del culto a Jesús en la dirección de un mesías pacífico, imagen que no se perfeccionó hasta después de la caída de Jerusalén, y que permitieron sentar las bases para el culto del mesianismo pacífico (de la mano, precisamente, de Pablo de Tarso, que será el primero en fijar el dogma y que tratará por todos los medios de extender este dogma a los no judíos justo en el momento en que se daban las condiciones históricas adecuadas para la difusión de este culto pacífico entre cristianos judíos y conversos gentiles).

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