La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Enero 21st, 2011

Se conoce con la expresión genérica de “literatura patrística” a los escritos cristianos de los primeros siglos que ayudaron a la elaboración de la doctrina cristiana, cuya obra ha sido asumida por la Iglesia. La Patrística tendrá como misión elaborar una terminología religiosa precisa y unificada que le permita acabar con las disputas entre las múltiples sectas cristianas de la época (gnosticos, maniqueos, arrianos, donatistas y pelagianos, entre otros). A los autores cristianos se les suele conocer como “padres de la Iglesia”, y se suele distinguir entre ellos tres etapas de actuación: hasta el 200 destacan los “padres apologetas” (Justino, Taciano, Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría y Tertuliano); del año 200 al 450 tendríamos la “patrística media” (Orígenes y Agustín de Hipona); finalmente, a partir del año 450 la relevancia filosófica de la patrística comenzará a declinar, quizás con la excepción del Pseudo Dionisio Areopagita. Desde el origen del cristianismo, y durante toda la edad medieval, se dio realmente un conflicto entre la religión y la filosofía, pero el conflicto partió siempre de la religión una vez que esta fue reconocida como religión oficial del imperio y pudo imponer por la fuerza su ortodoxia.

Un buen ejemplo de este conflicto entre “cristianos” y “paganos” lo encontramos en el arranque de la reciente “Ágora” (Himenóptero 2009) de Alejandro Amenábar, que muestra los enfrentamientos entre ambos bandos en la Alejandría del siglo IV. Aunque la película desarrolla la vida y obra de la matemática, astrónoma y filósofa Hipatia de Alejandría, ejecutada finalmente a manos de los cristianos por su negativa a aceptar los dogmas de las escrituras, lo más interesante de la cinta es precisamente el clima de enfrentamiento y desorden entre las dos facciones. El contacto entre ambos fue decididamente hostil, y es lógico que así fuera, dadas las profundas discre­pancias existentes entre las doctrinas filosóficas griegas y las creencias cristianas. Inicialmente, el cristianismo se opuso radicalmente a la filosofía, y la filosofía, a su vez, atacó duramente al cristianismo. Posteriormente, sin embargo, se produciría un proceso de asimilación de la filosofía griega por parte de los pensadores cristianos, que permitió que el cristianismo se formulara en un cuerpo doctrinal de conceptos básicamente platónicos, y ello por dos razones: en primer lugar, porque la corriente platónica (definitivamente impulsada por el neoplatonismo) era, como acabamos de señalar, la más vigorosa y dominante; en segundo lugar, porque era la que ofrecía mayores semejanzas con la doctrina cristiana.

Entre los siglos II al V, los primeros Padres de la Iglesia reaccionaron de modo diverso ante la filosofía, resultando tres tendencias que pueden resumirse así: concordancia entre cristianismo y filosofía (utilización de la razón desde la fe, así Clemente de Alejandría y Justino); absurdo irracional del cristianismo (la fe no necesita justificación racional, así Taciano y Tertuliano); y racionalización del cristianismo (reducción de la fe a los límites de la razón, así las corrientes arriana (Arrio) y gnóstica (Carpócrates) que, como hemos dicho anteriormente, fueron declaradas heréticas). La figura más destacada de la época será el numidio Agustín de Hipona (354-430) quien no plantea una demarcación clara entre razón y fe, tema que aparentemente no le preocupa, si bien distingue entre el conocimiento de las reglas eternas (“scientia”) y el verdadero conocimiento de Dios (“sapientia”). No ve la necesidad de probar la existencia de Dios (dada la evidencia que nos proporciona la fe), como hará Tomás de Aquino (1225-1275), centrándose en determinar “qué es Dios”, cual es su “esencia”, y tratando de dar respuesta a su “naturaleza trinitaria” y a los “problemas del mal” en el mundo (tanto moral como físico) de del “libre albedrío”.

Agustín es considerado el gran maestro de toda la Edad Media en materia de luchas contra las herejías, al afirmar la unidad de la Iglesia y el fundamento critológico de los sacramentos. Llegó a dar incluso una lista, por orden creciente de maldad, de los futuros condenados: paganos, cismáticos, judíos, herejes (a los que hay que llamar a volver a la Iglesia, primero por la persuasión, y si no por la violencia). Nuestro autor manifestó una abierta hostilidad e indiferencia hacia la ciencia antigua y el conocimiento del mundo natural, pues este solo sirve si ayuda al conocimiento de las Escrituras. Pero frente a Tertuliano, supone que “la fe necesita de la razón” y propone una mutua colaboración: la fe debe preceder a la razón dando los primeros principios evidentes (por “iluminación” divina) para elaborar una interpretación coherente de los datos de la experiencia. A partir de los primeros principios de la fe, la razón debe deducir verdades por si misma. La afirmación de la “verdad revelada” es el punto de partida para poder comprender; pero también la razón puede preceder a la fe demostrando la necesidad de creer y probando la verdad de lo creído: “comprender para creer, creer para comprender”. Este mismo punto de vista será el adoptado por Anselmo de Canterbury al tratar de demostrar por la razón las verdades de fe.

Anselmo de Aosta (1033-1109), arzobispo de Canterbury, será el primero en mostrar un punto de moderación entre el rigor dialéctico y la intransigencia de los teólogos, al mostrarse como un dialéctico que valora la gramática y la lógica como artes que enseñan a discutir y a pensar, pues lo que se busca son “razones necesarias” para entender lo que se cree. Su famoso lema “la fe en busca de la inteligencia”, sigue la línea agustinista de armonía entre razón y fe: la fe continúa siendo el punto de partida de la búsqueda intelectual, pero esta fe debe ser explicada por la luz natural de la razón, y hay que esforzarse en comprender lo que se cree. Por eso Anselmo parte de la fe para demostrar a Dios por la razón y se dirige al incrédulo que es un necio, pues niega lo que admite en su conciencia quedando atrapado en la contradicción dialéctica. “El cristiano puede avanzar por medio de la fe hacia la inteligencia; no llega por el entendimiento hasta la fe, ni apartarse de esta si no la entiende. Sino que cuando puede alcanzar la comprensión, se deleita, y cuando no puede, venera”. A tal efecto, Anselmo echará mano de su célebre argumento ontológico, un razonamiento apriorístico que se basa únicamente en premisas analíticas, a priori y necesarias para concluir que Dios existe.

Para ejemplificar algunos de estas ideas, vamos a remontarnos un poco en el tiempo hasta la catástrofe aérea del Fairchild 227 ocurrida en 1972 en la cima de los Andes (Chile), que ha sido recogida por Piers Paul Read en una novela titulada “¡Viven!” (“Alive: The Story of the Andes Survivors”), que a su vez dio lugar a dos notables películas, de la que destacamos la versión de Frank Marshall (Touchstone 1993) titulada precisamente “Alive”. La vuelta a casa de estos héroes fue verdaderamente dramática, y el reconocimiento por parte de los demás de su “humanidad” (recordemos que se vieron obligados a practicar la “antropofagia” para sobrevivir, motivo por el cual fueron duramente criticados por muchos y despreciados por algunos). Uno de los supervivientes, Carlitos Páez, da inicio a la narración de la película con una explicación de los sucesos realmente interesante: “la carencia de lujos materiales nos elevó a otro plano de la existencia, en el que fuimos conscientes de un plan espiritual superior”. Es entonces cuando comprende que Dios permanece escondido tras todo lo que nos rodea, tras las distintas máscaras de la civilización, y que es necesario desvelarlo, más allá de lo que nos enseñaron desde pequeños, en la escuela, pues es necesario volver a buscar de nuevo, encontrar su esencia: “Fue a Dios lo que encontré en aquella montaña”.

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