La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Enero 23rd, 2011

El islam será fundado como una religión monoteísta por Mahoma (570-632) como una fusión de elementos judeo-cristianos y tradiciones árabes que el profeta interpreta de modo personal, cuya dogmática fundamental queda recogida en el “Corán”, su libro sagrado, y que se sustenta sobre “cinco pilares”: la profesión de fe (“shahada”), la oración (“salat”), la limosna (“azaque”), el ayuno (“Ramadán”) y la peregrinación a La Meca (“hajj”), a los que algunos musulmanes añaden el sexto pilar del “yihad” o esfuerzo en defensa de la fe. Precisamente, la huida de Mahoma desde La Meca hacia Medina (“Medinat el Nabi”, que significa “Cuidad del profeta”) el 15 de julio del año 622 de la era cristiana (“Hégira” que marca el punto de partida del calendario islámico) permite el arranque de una primera expansión religiosa y militar por la región de Hiyaz. Tras la muerte del profeta, sus sucesores (llamados “Califas”) continúan esta expansión en medio de fuertes turbulencias y rebeliones entre “sunníes” y “chiíes”. Tras la muerte del Califa Ali (marido de Fátima, la hija predilecta de Mahoma) se instaura un régimen monárquico hereditario con la dinastía de los Omeyas, lo que coincide con el mayor momento de expansión y esplendor del Imperio islámico, caracterizado por una notable tolerancia religiosa, la asimilación de la cultura bizantina y una estructurada organización política (bajo el “Califa” estaba el “Vali”, gobernador en cada provincia, con el “Emir” como jefe militar).

Para conocer un poco más la historia del surgimiento del Islam, os propongo esta película, ya clásica, titulada “El Mensaje (Mahoma, mensajero de Dios)” (Coproducción Líbano-GB-Libia 1979) de Moustapha Akkad, interesantísima obra que recoge algunos de los aspectos fundamentales de la vida del profeta desde que decide refugiarse en una cueva para comenzar sus primeras reflexiones (y donde tiene sus primeras revelaciones, que os reproduzco en el extracto que abre el artículo) hasta su muerte a la edad de 63 años, pasando por la huída a Medina (podéis consultarla en este enlace, en el que se advierte el inicio de los primeros ritos islámicos: la construcción de la primera “mezquita” y la primera llamada al rezo) y la definitiva conquista de La Meca. La película se muestra muy respetuosa con el sentir islámico: recordemos que, de acuerdo con las creencias musulmanas, Mahoma “no puede ser representado” en la pantalla, ni su voz puede oírse (norma que se extendió a sus siete esposas, sus hijas y sus yernos), por lo que, cuando Mahoma estaba presente o muy cerca, se optó por sugerir su presencia con una suave música de órgano, y sus palabras eran repetidas por otra persona, y cuando la escena requería su presencia obligada, esta se desarrolla desde su punto de vista (lo que se logra con el uso de la “cámara subjetiva”), mientras los otros personajes asienten ante el diálogo no oído.

En el contexto cultural que acabamos de describir dará comienzo la filosofía árabe, que culminará con el desarrolló de un poderoso pensamiento hispano-musulmán. Surgen aquí figuras como al-Kindi (800-873), primer receptor del legado griego aristotélico, que mostrará especial interés por los problemas relativos al “entendimiento agente” y propondrá una concepción de la filosofía como “medio para el acercamiento a Dios”. La tradición continúa con al-Farabi (872-950), que une influencias aristotélicas y neoplatónicas para elaborar un sistema filosófico-teológico que permita demostrar la existencia de Dios desde la necesidad de un “primer motor como acto puro”, que identificará con “el Uno” plotiniano; será además el primer autor en postular explícitamente la “contingencia del mundo”, lo que obligará a una separación tajante entre “esencia” y “existencia”. En esta línea de análisis encontramos también a Ibn-Sina (980-1037), conocido por los latinos como Avicena que, desde la distinción precedente, establece una dicotomía entre “Ser necesario” (Dios) y “Ser posible” (criaturas): el autor considera al “Dios-Uno” como “Inteligencia primera” que crea el mundo por un “proceso de emanación” absolutamente necesario y no dependiente de la “voluntad de Dios” (pues su propia esencia conlleva la necesidad de la creación, que afecta también a los seres creados, “necesarios en virtud de una causa”).

Esta tradición filosófica árabe entroncará en la Península ibérica (Al-Andalus) bajo el esplendor del Califato de Córdoba, donde destacará sobremanera la figura de Abu´l-Walid Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rusd al-hafid (1126-1198), al que los latinos llamarían Averroes, que culminará la filosofía árabe y anticipará las más osadas ideas del pensamiento occidental independientes de todo postulado teológico. Averroes insiste en que la filosofía conduce al saber, y que solo por esto queda legitimada, sin necesidad de “concesiones teológicas”, pues opera desde otra estructura. A esto se le conoce como teoría de la “doble verdad”: desde la eternidad (desde el punto de vista de Dios), “el mundo es contingente y posible”, pero para el ser humano históricamente dado, es “eterno e inherente a su causa”. El saber metafísico, por tanto, posee una certeza mayor que el saber físico, si bien este último resulta útil, pues permite interpretar los “fenómenos del mundo sensible” y el “cambio”, que exigen la existencia de un “primer motor” (en tanto que “causa eficiente” a la que deben remontarse los movimientos materiales). La estricta necesidad lógica de la existencia de esta causa suficiente para nuestros actos (físicos y psíquicos) resulta evidente como “realidad intelectual que rige a todo el mundo físico”, sin necesidad de buscar sus raíces en la supuesta voluntad bondadosa de Dios.

Y aunque estamos hablando de filosofía árabe, no está de más comentar algo al respecto de los dos autores judíos más importantes de la Edad Media, por cuanto ambos nacieron en Al-Andalus y escribieron sus obras más importantes en lengua árabe. El primero de ellos es Ibn-Gabirol (1025-1058), llamado por los latinos Avicebrón, quien trata de conjugar las doctrinas aristotélicas con la fe judía al sostener que todo ser alcanza la “existencia” en la unión de la materia y de la forma gracias a la “voluntad de Dios”. Por materia no ha de entenderse la corporeidad, la cual solo es una forma determinada de la materia, sino la pura potencialidad de adquirir la forma, de modo que sólo con la unión de ambas se obtiene la existencia. El segundo de nuestros pensadores es Moshé Ben Maimon (1135-1208), que ha pasado a la historia como Maimónides, quien postula una “teología negativa” (en la misma línea que el Pseudo-Dionisio Areopagita) al sostener que solamente puede hablarse de la “esencia” de Dios mediante negaciones (pues las afirmaciones se refieren únicamente a sus efectos, pero no a su esencia). Es autor de la conocida “Guía de perplejos” donde se dirige a aquellos que por su ocupación con la filosofía han perdido la fe y les muestra cómo la pueden recuperar por mediación de la ciencia, llegando a afirmar que “si los pasajes bíblicos contradicen los acontecimientos físicos, entonces han de ser interpretados alegóricamente”.

Las tesis de Averroes encontrarán amplio eco en la escolástica cristina, sobre todo de la mano de Siger de Brabant (1240-1285) cuyas tesis sobre la doble verdad serán rápidamente contestadas por Alberto Magno (1193-1280) y Tomás de Aquino (1225-1275). Pero la amenaza que suponía el Islam, y la consiguiente necesidad de combatirla, no se quedó en meras discusiones teológicas, y obligó a diferentes papas a proponer una serie de campañas militares, las Cruzadas (que se libraron durante un período de casi 200 años, entre 1095 y 1291), con el objetivo específico de restablecer el control cristiano de Tierra Santa, La Primera Cruzada arranca en 1074 cuando el papa Gregorio VII llama a los “milites Christi (”soldados de Cristo“) para que fuesen en ayuda del Imperio bizantino y concluyó con la toma de Jerusalén por Godofredo de Bouillon en el año 1099. En la Segunda Cruzada participaron reyes de la cristiandad, encabezados por Luis VII de Francia y por el emperador germánico Conrado III. La Tercera Cruzada (recreada en la reciente película El reino de los cielos” (20yh Century Fox 2005) de Ridley Scott) se opuso a la hegemonía en Egipto del poderoso Saladino, y finalmente la Cuarta Cruzada, proclamada en 1199 por el Papa Inocencio III intentó aliviar la situación de los Estados cruzados tras las anteriores escaramuzas. Con posterioridad se dieron una serie de “cruzadas menores” (Quinta Cruzada, Sexta Cruzada, Séptima Cruzada y Octava Cruzada), y aunque algunos papas intentaron predicar nuevas cruzadas, ya no se organizaron más.

eBlog | Login
Subscribe to La casa de Elrond