La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Enero 26th, 2011

Un problema central para los filósofos medievales lo constituye la disputa acerca del estatus de los universales, entendidos estos como “conceptos abstractos” de carácter universal o genérico (v.g: árbol, pájaro, hombre…), esto es, “géneros” que se dan por oposición a las cosas particulares. El problema dio comienzo con el interrogante planteado por Boecio (480-524): “¿existen los géneros y las especies en sí o solo en el pensamiento? Y si existen realmente, ¿son corpóreos o incorpóreos? Y si son incorpóreos ¿están separados de las cosas sensibles o se encuentran en ellas?” La cuestión planteada, por tanto, es la siguiente: o bien a los universales les corresponde únicamente una existencia propia, mientras que las cosas particulares son derivaciones dependientes de ellas; o bien son solo las cosas particulares las que tienen una existencia real, y los universales son meros nombres formulados por el hombre. Esta polémica da lugar a tres resoluciones diferentes, que se conocen como “realismo”, “nominalismo” y “conceptualismo”.

Según los partidarios del realismo, los universales existen exclusivamente en sí, y las cosas particulares existen exclusivamente como formas subordinadas de la esencia que tienen en común. Un notable defensor de esta postura será Guillermo de Champeaux (1070-1121), quien postula que a todos los hombres les es común una sola esencia, la cual está indivisiblemente presente en cada uno de ellos, y es a esta a la que se refiere la palabra “hombre” como fundamento subyacente de realidad. Pero dada esta caracterización de la esencia, se podría objetar (como de hecho hizo Pedro Abelardo) que a cada esencia le correspondería al mismo tiempo cualidades contradictorias (así por ejemplo, si tanto el hombre como en el animal comparten la esencia “ser vivo”, entonces ésta tendría que ser al mismo tiempo racional e irracional). Guillermo corregirá más tarde su opinión a partir de estas objeciones, al postular que la universalidad que hay en los miembros de un género consistía en aquello en lo que son indistintos, esto es, en la ausencia de diferenciación.

Según los partidarios del nominalismo, en la realidad existen sólo las cosas particulares (los individuos) mientras que los universales existen solamente en la mente humana, pudiendo concebirse entonces o bien como conceptos abstractos de las cosas, o bien como nombres convencionales. Será Roscelino de Compiègne (1050-1142) quien más ardorosamente defenderá que los universales son meras “palabras” o “golpes de voz”. Finalmente, la postura intermedia entre realistas y nominalistas se conoce como conceptualismo, y sostiene que los universales existen en las cosas como presencia de lo común, pero esta coincidencia de lo común no es una cosa en sí misma existente (“res”), sino que es algo captado por la mente humana mediante “abstracción”. Será Pedro Abelardo (1079-1142) quien postule la idea de que el concepto de las cosas no se forma de manera convencional, sino que es el resultado de una abstracción que tiene su fundamento en las cosas.

Nuestro viejo conocido Guillermo de Ockham (1280-1349) pasa por ser uno de los nominalistas más reputados, y el primero en postular que los “conceptos” son “signos” que nos remiten a algo distinto: un concepto es algo presente en el alma que significa algo distinto de lo que representa (supone) en el enunciado (por lo que un universal, en tanto que signo, se puede referir a muchas cosas). Por tanto, para conocer el significado de un término, es necesario conocer lo que supone, y en este sentido Ockham distingue tres tipos de suposiciones: “personal”, cuando el término representa aquello que designa, que siempre es algo particular (“Sócrates es un hombre”); “simple”, cuando el concepto se representa a sí mismo (“hombre es una especie”); y “material”, cuando el término representa una palabra o una letra (“hombre es una palabra”): una proposición será verdadera cuando sujeto y predicado supongan lo mismo. Por otro lado, diferencia Ockham entre “conceptos absolutos” (aquellos que designan directamente un particular real) y “conceptos connotativos” (aquellos que significan algo en un primer y un segundo plano); y por otro lado distingue, en la comprensión de los hechos, entre “conocimiento intuitivo” (la aprehensión sin lugar a dudas de la existencia de un objeto: lo sensorialmente perceptible, o bien la propia introspección) y “conocimiento abstractivo” (que posibilitan enunciados sobre la base de conceptos en ausencia del objeto, que no dice nada de la existencia real del objeto y que depende siempre del conocimiento intuitivo).

Os he seleccionado el arranque y el final de la película “El nombre de la rosa” (WB 1986) de Jean-Jacques Annaud. El primero de ellos me permitirá sugeriros la lectura de un pasaje del libro de Umberto Eco en el que se comenta la historia del caballo Brunello, y de cómo Guillermo llega al conocimiento y ubicación de este ser en particular incluso antes de haberlo visto personalmente (utilizando su famoso “principio de economía”, del que tenéis otras muestras en este enlace). El segundo nos sugiere una posible explicación al título de la obra: cabría plantearse la cuestión de si los universales  están ligados a una denominación subyacente al fondo de las cosas o si, a causa de su significado, podrían existir aun cuando las cosas denominadas ya no existan (v.g: el nombre de una rosa, si ya no hubiera rosas). Será Pedro Abelardo quien establezca una diferenciación entre la función “denominativa” y la función “significativa” de una expresión: el “nombre” de una rosa no puede ser dicho de nada más, si ya no existen rosas, pero sí tendría significado en la frase “no hay ninguna rosa” (que por cierto, es la frase con la que concluye la novela, tras la destrucción por el fuego de la biblioteca “con forma de rosa”, y de la que desgraciadamente, al igual que del monje moribundo que relata la historia, “solo queda el nombre”).

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