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Érase una vez… el Hombre: “El siglo de Pericles” (1/3)

Érase una vez… el Hombre: “El siglo de Pericles” (2/3)

Érase una vez… el Hombre: “El siglo de Pericles” (3/3)

Acabamos de dar inicio a una nueva unidad didáctica en la que trataremos el tema de la democracia. Recordad que este término proviene de griego “demokratia”, palabra compuesta por el sustantivo “demos” (que significa “pueblo”) y el verbo “kráteo” (que significa “mandar” pero que sustantivado da lugar a “poder”, “autoridad”) Así pues, democracia significa literalmente “mandato o gobierno del pueblo”. Se trata, por tanto, de un sistema político en el queel pueblo se gobierna a sí mismo”. A diferencia de la monarquía, donde sólo una persona tiene todo el poder, o de la oligarquía, donde unos cuantos gobiernan, la democracia significa que el poder está en manos de todas las personas. Desde el punto de vista ético, lo fundamental es el acuerdo o consentimiento de todos. Por eso la democracia implica más bien un principio de actuación, esto es, una idea a seguir, más que un sistema político concreto. Democracia significa que el gobierno debe participar en la toma de decisiones que le afectan.

El primer sistema democrático del que tenemos noticia se remonta a los siglos IV y V a.C. en la antigua Atenas, donde los ciudadanos estaban íntimamente comprometidos con la marcha política de su ciudad, pues podían y debían tomar parte en las decisiones públicas y en la elaboración de las leyes. El procedimiento para que todos pudieran intervenir consistía el la celebración periódica de asambleas en el “ágora” o plaza pública en las que podían dar su opinión todos los ciudadanos libres y todos eran escuchados. Además de participar activamente en las discusiones y asambleas, los ciudadanos podían presentarse a cargos públicos, y la justicia se impartía por miembros elegidos al azar. Se trataba, pues, de una democracia directa, donde los ciudadanos participaban, sin intermediarios ni representantes, en la legislación y el gobierno. Sin embargo, los derechos y privilegios estaban restringidos a una cuarta parte de la población (para todos aquellos que eran “ciudadanos atenienses”, lo que excluía a los menores de edad, a las mujeres, a los nacidos fuera de Atenas y por supuesto a los esclavos, que ni siquiera eran considerados seres humanos).

Para un acercamiento más divertido a la Atenas democrática no está de más echar un vistazo al capítulo “El siglo de Pericles”, sexto episodio de la divertida “Érase una vez… el Hombre” (Profidis 1978), conocida serie de animación francesa creada para la televisión por Albert Barillé. Este episodio en concreto nos permite ponernos en contacto con un buen número de personajes célebres de la época, desde el mismísimo Pericles, padre de la democracia, al filósofo Sócrates, a los maestros sofistas Protágoras y Gorgias y al historiador Heródoto, además de algunos de sus más excelentes artistas, como los escultores Fidias y Mirón o los dramaturgos Sófocles y Aristófanes, lo que no permitirán hacernos una idea del modo de vida griego de la época, y del increíble momento de ebullición que vivía la ciudad en el siglo V. Recordad que Atenas era el verdadero centro social y cultural del mundo en aquel entonces (una especie de Nueva York de la época), y marcaba la pauta sobre como actuar en el ámbito militar, comercial, social, filosófico, artístico… y por supuesto político. Podéis consultar las tres partes en que se divide el episodio en los enlaces que os señalo al inicio del artículo.

Hasta el siglo XVIII, con la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y la Revolución francesa, no hallamos ningún planteamiento político similar al sistema griego de Pericles. Será el movimiento liberal, encabezado por la burguesía, el que reaccionará frente al absolutismo y demandará mayor libertad y justicia. Desde los presupuestos de la Ilustración, varios autores reclaman el uso de la razón para salir de las tinieblas de la ignorancia. El camino iniciado por los ingleses Locke, Hobbes y Newton  a finales del siglo XVII será continuado en Francia (se hablaba del “Siglo de las Luces”) por apasionados difusores como Montesquieu, Voltaire y Rousseau, que pondrán las bases de la revolución, culminada por la Asamblea Nacional con la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, que plantea unas tesis similares a las defendidas unos años antes por John Adams, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin con la “Declaración de Independencia de los Estados Unidos”. Hemos extraído de la misma serie de dibujos animados el episodio 13, dedicado a la “La revolución francesa”. De nuevo, podéis consultar las tres partes en que se divide el episodio en los enlaces que os señalo al final del artículo.

Sin embargo, hasta el siglo XX no podemos hablar de Estados democráticos, pues hasta entonces no se da una participación real de toda la población, pues el derecho a voto estaba reservado a una minoría privilegiada (“sufragio censitario). La democracia, tal y como la entendemos actualmente, se fundamenta en dos principios: la libertad y la igualdad de todas las personas. Por una parte, se entiende que todas las personas son libres y capaces de decidir por sí mismas acerca de aquello que les concierne; y por otra se considera que todos somos iguales y que, por tanto, las opiniones han de tener el mismo valor en los asuntos públicos. A diferencia de la democracia ateniense, en la actualidad tenemos una democracia representativa: los que gobiernan y establecen las leyes no son los ciudadanos, sino los representantes que éstos han escogido. Los únicos elementos que se conservan de participación directa son el referendum (cuando se pide al ciudadano su voto acerca de alguna cuestión de especial importancia) y el jurado popular (mediante el cual los ciudadanos participan en la administración de justicia).

Entre las características más destacables de la democracia actual cabe destacar el sufragio universal (por el que todas las personas adultas tienen derecho a votar, y el voto siempre es secreto) que se efectúa en elecciones periódicas, en las que los gobernantes respondan ante los gobernados y puedan ser renovados o sustituidos, y gracias al sistema de partidos se garantiza el pluralismo político y la diversidad de opiniones. Por supuesto, todos tenemos derecho a ocupar cargos públicos presentándonos como candidatos y compitiendo libremente, y debemos aceptar la regla de la mayoría” en las decisiones políticas, pues esta regla es la garantía del respeto a las libertades individuales (como la libertad de expresión, de asociación, de prensa). En último término, una Constitución garantiza el sometimiento del sistema democrático a la ley e impone un límite para la acción de los representantes que evita que estos abusen de su poder en beneficio propio, lo que también queda garantizado por la división de poderes: ejecutivo (gobierno), legislativo (parlamento), y judicial (jueces).

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