La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Enero, 2011

Se conoce con la expresión genérica de “literatura patrística” a los escritos cristianos de los primeros siglos que ayudaron a la elaboración de la doctrina cristiana, cuya obra ha sido asumida por la Iglesia. La Patrística tendrá como misión elaborar una terminología religiosa precisa y unificada que le permita acabar con las disputas entre las múltiples sectas cristianas de la época (gnosticos, maniqueos, arrianos, donatistas y pelagianos, entre otros). A los autores cristianos se les suele conocer como “padres de la Iglesia”, y se suele distinguir entre ellos tres etapas de actuación: hasta el 200 destacan los “padres apologetas” (Justino, Taciano, Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría y Tertuliano); del año 200 al 450 tendríamos la “patrística media” (Orígenes y Agustín de Hipona); finalmente, a partir del año 450 la relevancia filosófica de la patrística comenzará a declinar, quizás con la excepción del Pseudo Dionisio Areopagita. Desde el origen del cristianismo, y durante toda la edad medieval, se dio realmente un conflicto entre la religión y la filosofía, pero el conflicto partió siempre de la religión una vez que esta fue reconocida como religión oficial del imperio y pudo imponer por la fuerza su ortodoxia.

Un buen ejemplo de este conflicto entre “cristianos” y “paganos” lo encontramos en el arranque de la reciente “Ágora” (Himenóptero 2009) de Alejandro Amenábar, que muestra los enfrentamientos entre ambos bandos en la Alejandría del siglo IV. Aunque la película desarrolla la vida y obra de la matemática, astrónoma y filósofa Hipatia de Alejandría, ejecutada finalmente a manos de los cristianos por su negativa a aceptar los dogmas de las escrituras, lo más interesante de la cinta es precisamente el clima de enfrentamiento y desorden entre las dos facciones. El contacto entre ambos fue decididamente hostil, y es lógico que así fuera, dadas las profundas discre­pancias existentes entre las doctrinas filosóficas griegas y las creencias cristianas. Inicialmente, el cristianismo se opuso radicalmente a la filosofía, y la filosofía, a su vez, atacó duramente al cristianismo. Posteriormente, sin embargo, se produciría un proceso de asimilación de la filosofía griega por parte de los pensadores cristianos, que permitió que el cristianismo se formulara en un cuerpo doctrinal de conceptos básicamente platónicos, y ello por dos razones: en primer lugar, porque la corriente platónica (definitivamente impulsada por el neoplatonismo) era, como acabamos de señalar, la más vigorosa y dominante; en segundo lugar, porque era la que ofrecía mayores semejanzas con la doctrina cristiana.

Entre los siglos II al V, los primeros Padres de la Iglesia reaccionaron de modo diverso ante la filosofía, resultando tres tendencias que pueden resumirse así: concordancia entre cristianismo y filosofía (utilización de la razón desde la fe, así Clemente de Alejandría y Justino); absurdo irracional del cristianismo (la fe no necesita justificación racional, así Taciano y Tertuliano); y racionalización del cristianismo (reducción de la fe a los límites de la razón, así las corrientes arriana (Arrio) y gnóstica (Carpócrates) que, como hemos dicho anteriormente, fueron declaradas heréticas). La figura más destacada de la época será el numidio Agustín de Hipona (354-430) quien no plantea una demarcación clara entre razón y fe, tema que aparentemente no le preocupa, si bien distingue entre el conocimiento de las reglas eternas (“scientia”) y el verdadero conocimiento de Dios (“sapientia”). No ve la necesidad de probar la existencia de Dios (dada la evidencia que nos proporciona la fe), como hará Tomás de Aquino (1225-1275), centrándose en determinar “qué es Dios”, cual es su “esencia”, y tratando de dar respuesta a su “naturaleza trinitaria” y a los “problemas del mal” en el mundo (tanto moral como físico) de del “libre albedrío”.

Agustín es considerado el gran maestro de toda la Edad Media en materia de luchas contra las herejías, al afirmar la unidad de la Iglesia y el fundamento critológico de los sacramentos. Llegó a dar incluso una lista, por orden creciente de maldad, de los futuros condenados: paganos, cismáticos, judíos, herejes (a los que hay que llamar a volver a la Iglesia, primero por la persuasión, y si no por la violencia). Nuestro autor manifestó una abierta hostilidad e indiferencia hacia la ciencia antigua y el conocimiento del mundo natural, pues este solo sirve si ayuda al conocimiento de las Escrituras. Pero frente a Tertuliano, supone que “la fe necesita de la razón” y propone una mutua colaboración: la fe debe preceder a la razón dando los primeros principios evidentes (por “iluminación” divina) para elaborar una interpretación coherente de los datos de la experiencia. A partir de los primeros principios de la fe, la razón debe deducir verdades por si misma. La afirmación de la “verdad revelada” es el punto de partida para poder comprender; pero también la razón puede preceder a la fe demostrando la necesidad de creer y probando la verdad de lo creído: “comprender para creer, creer para comprender”. Este mismo punto de vista será el adoptado por Anselmo de Canterbury al tratar de demostrar por la razón las verdades de fe.

Anselmo de Aosta (1033-1109), arzobispo de Canterbury, será el primero en mostrar un punto de moderación entre el rigor dialéctico y la intransigencia de los teólogos, al mostrarse como un dialéctico que valora la gramática y la lógica como artes que enseñan a discutir y a pensar, pues lo que se busca son “razones necesarias” para entender lo que se cree. Su famoso lema “la fe en busca de la inteligencia”, sigue la línea agustinista de armonía entre razón y fe: la fe continúa siendo el punto de partida de la búsqueda intelectual, pero esta fe debe ser explicada por la luz natural de la razón, y hay que esforzarse en comprender lo que se cree. Por eso Anselmo parte de la fe para demostrar a Dios por la razón y se dirige al incrédulo que es un necio, pues niega lo que admite en su conciencia quedando atrapado en la contradicción dialéctica. “El cristiano puede avanzar por medio de la fe hacia la inteligencia; no llega por el entendimiento hasta la fe, ni apartarse de esta si no la entiende. Sino que cuando puede alcanzar la comprensión, se deleita, y cuando no puede, venera”. A tal efecto, Anselmo echará mano de su célebre argumento ontológico, un razonamiento apriorístico que se basa únicamente en premisas analíticas, a priori y necesarias para concluir que Dios existe.

Para ejemplificar algunos de estas ideas, vamos a remontarnos un poco en el tiempo hasta la catástrofe aérea del Fairchild 227 ocurrida en 1972 en la cima de los Andes (Chile), que ha sido recogida por Piers Paul Read en una novela titulada “¡Viven!” (“Alive: The Story of the Andes Survivors”), que a su vez dio lugar a dos notables películas, de la que destacamos la versión de Frank Marshall (Touchstone 1993) titulada precisamente “Alive”. La vuelta a casa de estos héroes fue verdaderamente dramática, y el reconocimiento por parte de los demás de su “humanidad” (recordemos que se vieron obligados a practicar la “antropofagia” para sobrevivir, motivo por el cual fueron duramente criticados por muchos y despreciados por algunos). Uno de los supervivientes, Carlitos Páez, da inicio a la narración de la película con una explicación de los sucesos realmente interesante: “la carencia de lujos materiales nos elevó a otro plano de la existencia, en el que fuimos conscientes de un plan espiritual superior”. Es entonces cuando comprende que Dios permanece escondido tras todo lo que nos rodea, tras las distintas máscaras de la civilización, y que es necesario desvelarlo, más allá de lo que nos enseñaron desde pequeños, en la escuela, pues es necesario volver a buscar de nuevo, encontrar su esencia: “Fue a Dios lo que encontré en aquella montaña”.

La aportación más significativa de la civilización romana al mundo de la filosofía, al margen de los desarrollos tardíos de los pensamientos platónicos, aristotélicos, estoicos y epicúreos, fue sin duda la irrupción del cristianismo no solo como forma de culto oficial, sino como una verdadera propuesta filosófica aglutinadora de ideas procedentes de otros sistemas, sobre todo de Platón y Aristóteles. Será conveniente, por tanto, echar un vistazo primero a la figura de la que parten todas estas ideas, un judío del siglo I de inspiración socrática conocido como Jesús de Nazaret. Y lo cierto es que no se sabe con certeza quién fue Jesús, ni que dijo, hizo o creyó. Al igual que Sócrates, no escribió nada, por lo que todo depende de las interpretaciones que se hicieron de su figura después de su muerte. Aparte de menciones esporádicas en Flavio Josefo, Tácito y Suetonio, además de en el “Talmud”, la fuente principal de su vida y obra son los evangelios, que se redactaron a finales del siglo I, cuando su doctrina ya había desbordado el marco judío.

Por otro lado, gran parte de la doctrina cristiana estuvo consagrada a la comprensión teológica de su supuesta y mítica naturaleza divina. Desde el Concilio en Nicea (en el año 325 contra Arrio), que proclamó que el Verbo “era consustancial con el Padre” hasta el Concilio de Calcedonia (en el 451 contra Eutiques), que defendió la doble naturaleza de Cristo, divina y humana, el cristianismo ortodoxo no definió los dogmas fundamentales de su fe. La multiplicidad de herejías que jalonan polémicamente este misterio teológico alienta todavía la posibilidad de que aún hoy siga inspirando revelaciones personales y heterodoxias sin cuento. No parece probable que Jesús proclamara públicamente ser el “Hijo de Dios” anunciado por los profetas de Israel, es decir, en el seno del monoteísmo judío. Sin embargo, el hecho de anunciar a sus seguidores de Galilea que con su persona había llegado la hora del cumplimiento de las profecías bíblicas de que “el reino de Dios está cerca” (Marcos 1,15) ha permitido sostener distintas hipótesis alternativas: la de algunos de los evangelios apócrifos, que presentan a Jesús como un poderoso mago (que había aprendido el arte de la curación y de la prestidigitación en Egipto); la de los historiadores políticos, inspiradores de muchas películas actuales, que le presentan como un “zelota” nacionalista revolucionario; y la de los manuscritos de Qumrâm en el Mar Muerto, que lo presentan como un asceta o “místico esenio”.

Sea cual sea la interpretación que se siga, lo cierto es que tras la muerte de Jesús y la desaparición de su cadáver, sus seguidores de Galilea estuvieron a punto de disolverse. Bajo el liderazgo de Santiago y Simón, llamado Pedro, no obstante, se perpetuaron como una secta judía, sin admitir en ella a los gentiles, con la esperanza de una segunda venida triunfante (“Parusía”) de un Cristo glorioso que al frente de los ejércitos celestiales liberarían al pueblo judío del yugo romano. De hecho, vivieron algunos años a semejanza de algunos otros movimientos revolucionarios mesiánicos que conducidos por el “partido zelote” continuaron oponiéndose a la dominación romana y condujeron a la generación posterior a una amplia revuelta en Palestina, que acabó con la toma de Jerusalén por las legiones romanas y la destrucción del Templo en el año 70. Pero para estas fechas ya habían triunfado las tesis aperturistas de Pablo de Tarso, cuya interpretación cristológica es la que ha hecho de Jesús de Nazaret se haya convertido, entre los numerosos mesías nacidos en el seno del judaísmo, en el que ha cosechado el mayor éxito histórico, como muestra el hecho de que ha alcanzado en la actualidad más de mil seiscientos millones de creyentes, dictando el credo religioso de un tercio de la humanidad.

Nosotros vamos a desarrollar nuestro análisis basándonos en las aportaciones ofrecidas desde el materialismo cultural por el antropólogo Marvin Harris en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas: los enigmas de la cultura (Alianza 1975). Analizaremos la idea de “mesías” en sus dos acepciones: en tanto “líder revolucionario” y en tanto “príncipe pacífico”. Para comprender mejor esta diferencia, tomaremos prestada esta escena de la película “La última tentación de Cristo” (Universal 1988) de Martin Scorsese, según la novela homónima de Nikos Kazantzakis. Pero antes de analizarla he de explicaros que el film recoge la vida de Cristo de una manera un tanto peculiar: crucificado en el Gólgota, Jesús recibe la visita de un ángel que le dice que ha sido perdonado, que Dios le concede la posibilidad de escapar a su destino como mártir y vivir su vida de forma libre y plena. A partir de entonces, Jesús contrae matrimonio, tiene hijos… es decir, disfruta de la vida normal de un carpintero en la Judea del siglo I (esta es su “última tentación”). Hasta que se encuentra con Pablo de Tarso, que predica que Jesús fue crucificado para la redención de los pecados de los hombres, murió, resucitó al tercer día y ascendió a los cielos. Os dejo con la discusión entre ambos, que no tiene desperdicio. Por cierto, en el siguiente enlace veréis a un Jesús, ya viejo y moribundo, recibir la visita de Judas Iscariote (al que la película muestra como lo que era: un “zelote” más interesado por la liberación de Palestina que por la salvación de su alma). Lo que le critica duramente entonces Judas a Jesús es el hecho de haber traicionado la causa por la que ambos lucharon juntos: la guerra revolucionaria contra la tiranía romana.

Es interesante comprobar como el análisis de Harris se centra en la evolución de un personaje como Jesús de mero líder revolucionario (uno de los muchísimos que habitaron Judea en la época en que el de Nazaret predicó en el desierto) a príncipe pacífico. Los motivos de tal cambio habría que buscarlos en la apropiación por parte de los sucesores de Cristo de un modo de vida no violento, seguramente más apropiado para vivir de forma cómoda en plena dominación romana, tras las masacres perpetradas por estos contra todo movimiento o revuelta antisistema. Aunque Jesús y su círculo íntimo de discípulos fueron capaces de realizar actos políticos violentos, los evangelios escritos con posterioridad a los hechos, cambiaron el equilibrio de la conciencia de estilo de vida del culto a Jesús en la dirección de un mesías pacífico, imagen que no se perfeccionó hasta después de la caída de Jerusalén, y que permitieron sentar las bases para el culto del mesianismo pacífico (de la mano, precisamente, de Pablo de Tarso, que será el primero en fijar el dogma y que tratará por todos los medios de extender este dogma a los no judíos justo en el momento en que se daban las condiciones históricas adecuadas para la difusión de este culto pacífico entre cristianos judíos y conversos gentiles).

¡Una de romanos!

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Puesto que no tendremos mucho tiempo para repasar las aportaciones romanas al mundo de la filosofía (tanto en la República como en el Imperio), basten aquí unas líneas para sintetizar el pensamiento de la época de la mano de las escuelas más significativas y de sus autores más representativos. De entre las primeras, merecen especial mención la Escuela Neoplatónica, la Escuela Estoica y su continuadora, la Escuela estoica de Rodas, así como la famosísima Escuela de Alejandría, de la que tendremos ocasión de hablar en un futuro artículo. Entre los pensadores más insignes de este periodo, destacamos, por orden cronológico, a Posidonio (135-50 a.n.e), Cicerón (106-43), Lucrecio  (96-55), Filón de Alejandría (25 a.n.e.-50) y Lucio Anneo Séneca (4 a.n.e.-65) entre los primeros autores del imperio; Plinio el Viejo (23-79), Plutarco (45-125) y Epicteto (50-138) en el primer siglo de nuestra era; Marco Aurelio Antonino (121-180),  Apuleyo (125), Celso (170) y Sexto el Empírico (200) en la segunda centuria y a Diógenes Laercio (225-250), Plotino (205-270) y Orígenes el Neoplatónico (205-270) entre los autores de la tercera centuria. Como un repaso sistemático a todos ellos resultaría imposible, nos limitamos a señalar algunos aspectos esenciales de cinco de estos autores.

Cicerón (106-43 a.n.e.) filósofo y político romano, sintetizó la tradición griega y la reescribió en latín. Se le suele vincular con la nueva Academia platónica, si bien fue discípulo del epicúreo Fedro, del académico Filón y de los escépticos Zenón y Posidonio, entre muchos otros. Esta multiplicidad de maestros hizo que Cicerón aplicara distintas concepciones a los problemas filosóficos. Sus planteamientos relativos a la moral estaban cercanos al estoicismo, mientras que en gnoseología defendía un escepticismo moderado.

Filón de Alejandría (25 a.n.e.-50) sumó la filosofía griega, en especial las ideas platónicas y pitagóricas, a la religión judaica en un amplio sistema que anticipó el neoplatonismo y el misticismo judío, cristiano y musulmán. Insistió en la naturaleza transcendente de Dios, que supera el entendimiento y por lo tanto resulta indescriptible para los mortales; describió el mundo natural como una serie de etapas descendentes desde Dios y que terminan en la materia como origen del mal.

Plutarco (aprox. 45-125) político y filósofo neoplatónico, interpretó las doctrinas de Platón desde una perspectiva religiosa, practicando cierto eclecticismo en el que confluyen algunas de las doctrinas del estoicismo y del epicureísmo, aunque por lo general Plutarco discrepaba de estas corrientes por apartarse de la verdad religiosa y combatió a dichas escuelas en sus obras.

Celso (aprox. 170) platónico que defendió tesis semejantes a las de Ático, pero menos influenciado por epicúreos y estoicos. Como los neoplatónicos introdujo una demonología, pero en contra del cristianismo (y no afín como la de Plutarco), tal y como se muestra en su obra “Doctrina verdadera”, que en gran parte ha pervivido por las citas que los escritos de Orígenes contienen contra esta obra.

Diógenes Laercio (aprox. 225-250) escribió la obra “Vidas y opiniones de los filósofos”, formada por diez libros, cada uno de los cuales está dividido en varios capítulos dedicados a distintos filósofos, abarcando desde Tales de Mileto a Epicuro, y la obra en su conjunto constituye una de las fuentes más importantes para la historia de la filosofía antigua. Para la composición de esta obra, Diógenes utilizó como fuentes a Hermipo, Apolodoro de Atenas, Demetrio y Favorino.

Mención aparte merece la figura de Plotino (205-270) considerado sin duda el más eminente de los filósofos neoplatónicos. Discípulo de Amonio Sacas, fundador de esta corriente de pensamiento beligerante con el cristianismo en el siglo II, Plotino basó sus ideas en los escritos místicos y poéticos de Platón, los pensadores pitagóricos y Filón. El autor de las “Enéadas” sostiene que la principal razón de ser de la filosofía es educar a los individuos para la experiencia del éxtasis con Dios (o “lo Uno”), Dios que está más allá del entendimiento racional y es fuente originaria de toda realidad. El Universo emana de lo Uno por un proceso misterioso de comunicación de energía divina en planos sucesivos. Los niveles más altos forman lo Uno, el “logos”, que contiene las ideas platónicas, y el “alma cósmica”, que da lugar a las almas humanas y a las fuerzas de la naturaleza. Las demás cosas que emanan de lo Uno, según Plotino, cuanto más imperfectas y malas son, más cerca están del límite de la materia en su estado original. El fin más elevado de la vida es depurarse uno mismo de la dependencia de la conformidad física y, a través de la “meditación filosófica”, disponerse para una “reunión extática con lo Uno”.

Con posterioridad a Plotino, otros tres filósofos tratarán de dar al neoplatonismo una mayor unidad sistemática. Se trata de Porfirio (232-304), Jámblico (250-325) y Proclo (410-485). Pero el más sobresaliente de los sucesores de Plotino será Boecio (480-524), que es considerado por muchos “el último romano y el primer escolástico”, pues será quien transmita a la escolástica la terminología latina y el afán por la concordancia, además de poner las bases de lo que luego serán el “trivium” y el “quadrivium”. En su obra (“Sobre la Consolación por la filosofía”) plantea una terapia a partir de un diálogo ficticio con la doctora filosofía sobre el tema de la “providencia divina”: “es Dios quien ha creado y quien dirige el mundo, y también quien le proporciona su unidad”, por lo que el destino y el mal que operan en éste no son más que una desviación del centro divino; desde aquí, aventura la tesis de que el hombre debe basarse en su razón y tomar una actitud indiferente ante las cosas externas.

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Sangre para la esperanza

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HOMENAJE A LAS VÍCTIMAS EN EL DÍA DE MARTIN LUTHER KING

Recientemente hemos visto en clase la película Bowling for Columbine” (Dog eat dog 2002) de Michael Moore, de cuyo análisis pretendíamos concretar algunas claves útiles para comprender el fenómeno de la violencia en nuestra sociedad. Pero las vacaciones nos han dejado un nuevo reguero de sangre en forma de tiroteo indiscriminado en la ciudad de Tucson (Arizona), donde un joven decidió recientemente atentar contra una congresista democráticamente elegida por el pueblo, y se llevó por delante a seis personas más, además de dejar malheridas a otras catorce. Los hechos causaron tal malestar en el estado americano y provocaron tal clima de tensión que el presidente Barack Obama tuvo que hacer acto de presencia en la zona para consolar a las víctimas, y de paso nos regaló un discurso realmente emotivo, que muchos analistas consideran el mejor de su mandato. Os resumo ligeramente las líneas principales de este discurso en este vídeo con subtítulos en castellano, aunque podéis consultarlo íntegro en el original ingles en este enlace.

Os recuerdo que el término “discurso” en griego se dice “logos”, que tradicionalmente se traduce como “palabra”, pero entendida ésta no en un sentido mítico, sino racional: es la palabra convertida en instrumento de indagación de la verdad, de debate y deliberación pública abierta a todos los ciudadanos, que debería ser el reflejo de la “polis democrática“. Obana nos alecciona en ese sentido con su último discurso: frente a la insensatez de unos pocos (de todos nosotros en realidad) debemos dar paso al diálogo verdadero, racional, medido y constructivo. Efectivamente, en un mundo que se ha vuelto cada vez más polarizado, donde suponemos que aquellos que no opinan como nosotros son nuestros enemigos, el presidente llama a la mesura al afirmar que debemos volver a hablar “de modo que cure, no que hiera“, a lo que añade un emotivo alegato en favor de la conciliación entre unos y otros: “En lugar de apuntarnos con el dedo o echar la culpa, usemos esta oportunidad para ampliar nuestra imaginación moral, para escucharnos los unos a los otros más cuidadosamente, para agudizar nuestros instintos de empatía, y recordemos todos los modos en que se enlazan nuestros sueños y esperanzas“.

Quizá se deba a que hoy es 15 de enero, fiesta nacional en Estados Unidos que conmemora el nacimiento de uno de sus hombres mas preclaros, pero el caso es que a algunos de nosotros este discurso de Obama nos ha traído al recuerdo otro muy similar, pronunciado en 1963 por el reverendo Martin Luther King en la capital de la nación y que se conoce como “I have a dream“, un maravilloso alegato en favor de la igualdad, la racionalidad y la paz frente a la bandera de la indiferencia, el ímpetu de la barbarie y la tiranía de la discordia. Se trata de uno de los discursos más inspirados e inspiradores que el ser humano ha conocido, un discurso que habla de romper con las desigualdades y que nos hace sentirnos miembros de una comunidad, la comunidad humana, capaz de cosas maravillosas. Un sueño que poco a poco se ha ido haciendo realidad, y ha ayudado a cambiar el mundo, algo que esperamos también ocurra con el sueño de Obama. Merece la pena recordarlo hoy, cuando las balas han vuelto nuevamente a silbar, como una vez lo hicieron “sobre el cielo de Memphis”.

En el mismo año en que King pronunciaba ese discurso, un jovencito salido de lo más profundo de la tierra americana llamado Robert Allen Zimmerman, al que todos conocemos como Bob Dylan (cuándo se darán cuenta esos tontos de Estocolmo de que estamos ante el poeta más grande que ha dado el siglo XX), sacaba a la luz un disco titulado “The Freewheelin’ Bob Dylan”, en el que se incluía esta perturbadora y hermosa canción, hoy mítica, que lleva por título “Blowin’ in the Wind“, donde el joven e inspirado músico no paraba de hacerse preguntas: “cuántas veces más deben volar las balas de cañon antes de estar prohibidas para siempre”, “¿cuántas muertes serán necesarias hasta que comprendamos que ya ha muerto demasiada gente?”. Quizá tengan que ocurrir muchas desgracias más para darnos cuenta de que estamos en un error, pero entre tanto, trataremos de no repetir los errores del pasado y aprovecharemos las palabras de Obama para recordarnos que queda mucho por hacer, pero que tal vez no todo está perdido, que aun nos queda una esperanza.

Porque las palabras pueden ayudar a cambiar el mundo.

Porque la respuesta… nos la está susurrando el viento.

Woody suspende el juicio

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Esta es una de mis películas favoritas: se trata de “Hannah y sus hermanas” (Orion 1986) del a veces irritante y siempre hipocondríaco Woody Allen, en la que el autor se pasa media película atacado por una crisis existencial “de caballo”: que si no se si Dios existe, que si mi vida carece de sentido, que si no tengo motivos para vivir o ser feliz… Podéis empezar por el primero de los videos, que muestra una interesante discusión entre padre e hijo: Woody abandona el judaísmo, su religión materna, y abraza el cristianismo, en un intento por recuperar el sentido de las cosas y tratar de dar respuesta a esas “grandes preguntas” que todos nos hacemos alguna vez, y cuando el cristianismo no cumple sus expectativas busca respuestas en el budismo, el protestantismo, el rito ortodoxo, hasta coquetea con los Hare Krishna… La charla que mantiene con su padre es verdaderamente impagable (y nos recuerda las palabras de Epicuro de Samos al respecto de la muerte en su famoso “tetrapharmakón”), pues éste no entiende como se puede preocupar uno por cosas por las que no tiene ningún sentido preocuparse.

Esta película nos acerca al pensamiento de Pirrón de Elis, que se conoce con el nombre de escepticismo, término derivado de “sképsis” (que significa indagación, revisión, duda) que, aunque tenga como finalidad la abstención de todo juicio, tiene lugar como resultado de una crítica. Para todos estos pensadores, la finalidad de la filosofía es la misma que para el resto de las filosofías morales helenísticas: la “felicidad” (“eidaimonia”) como bien máximo y destino último de la vida humana. Pero todos los anteriores filósofos se equivocan al suponer que el modo de lograrla pasa por la construcción de complicados sistemas que, en opinión de los escépticos, son puras contradicciones. De hecho, la “ataraxia” o serenidad del alma, así como la “apatía” o ausencia de afecciones solo puede conseguirla quien ha logrado una situación tal de equilibrio que nada le puede ya conmover, ni inclinar hacia un lado o hacia otro: ambas presuponen la “afaxia”, la “no-aserción”, el estado del alma que nos empuja a no afirmar ni negar, esto es, la actitud de quien no se pronuncia porque no tiene opiniones ni inclinaciones.

La actitud escéptica, no obstante, no es fruto de la pereza, ni del estupor, sino de un “estado del alma” (la “epokhé o abstención de todo juicio) en el que se equilibran representaciones sensibles (“fenómenos”), concepciones inteligibles (“noúmenos”), impulsos (“pasiones”), imaginaciones y opiniones. ¿Quiere decir esto que el escéptico “ni siente ni padece”? Sexto Empírico nos explica que “no es que el escéptico no se turbe… a veces siente frío y sed y cosas análogas”. Pero frente a los ignorantes, que están sujetos no solo a estas pasiones, sino al convencimiento de que éstas son malas por naturaleza, el sabio escéptico “suprime toda opinión aludida y alcanza mayor moderación en ellas”, pues al suprimir las creencias, privilegia la experiencia sobre la razón. La sabiduría, por tanto, consiste en mantener firme la convicción de que no se sabe lo que está pasando, porque lo único cierto es que la realidad (sea lo que sea) permanece siempre inalcanzable y desconocida: enjuiciar es turbarse, de modo que la “epokhé” o suspensión del juicio, lejos de ser expresión de “nihilismo”, es el único camino hacia la felicidad.

Volvemos a nuestra película: finalmente, aturdido ante tanta incertidumbre, el bueno de Woody se encierra en un cine para tratar de “ordenar sus ideas” y se encuentra con la película “Sopa de ganso” (Paramount 1933) de Leo McCarey, una de las comedias más absurdas e irreverentes que quepa imaginar (aparentemente muy poco útil para poner orden en el desconcierto), película que le retrotrae a los buenos recuerdos de su niñez, a su infancia feliz y desordenada, cuando nada era lo suficientemente importante como para suponer un trastorno grave, cuando las “grandes preguntas” no eran necesarias por absurdas y faltas de interés. Y entonces cae en la cuenta, descubre que es imposible dar una respuesta segura a todas esas preguntas y toma la opción del sabio escéptico: abstención de todo juicio, ya que nada se puede saber con exactitud ni certeza, y es mejor no emitir comentarios. Pero el escepticismo helenístico no es un quietismo (a la manera del hinduismo o del budismo) y la duda funciona a la hora de hacer juicios, no de realizar acciones, pues podemos optar por lo más probable, aceptando las normas éticas de nuestra sociedad como forma de encauzar nuestra acción: “¿acaso no te interesa esta experiencia que llamamos vida?” Y la conclusión del “sabio” Woody no puede ser más brillante: “Tal vez Dios existe, o tal vez no, pero… ¡qué más da, si tenemos a los Hermanos Marx!

 

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