La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

En este segundo artículo de la serie dedicada al Renacimiento vamos a tratar de analizar la tesitura política que tiene lugar en la vieja Europa de los siglos XV y XVI, y que bascula entre el realismo político y el pensamiento utópico. El desmoronamiento del orden medieval traerá como consecuencia una situación política catastrófica: si bien es cierto que las ciudades-estado italianas (Florencia, Milán, Urbino, Venecia…) fueron los centros más avanzados de Europa gracias a su intenso comercio mediterráneo (que alcanza a China y la India), su prospera banca y una fuerte concentración económica y cultural sin precedentes, también lo es que estas ciudades eran saqueadas por invasiones internacionales, entre otras razones porque la Iglesia Católica se había convertido en un verdadero ejemplo de corrupción y decadencia. En este periodo de crisis se forjan las condiciones para el florecimiento de nuevas estructuras democráticas y republicanas, en las que los individuos más audaces, fuertes y emprendedores, serán a la par los más despiadados. Y si bien el Renacimiento se inicia en Italia a mediados del siglo XIV, su poder de fascinación alcanzará al resto de países europeos en tan solo unas pocas décadas.

Según nos describe Jacob Burckhardt: “En la historia de Florencia se encuentran la más elevada conciencia política y la mayor variedad de formas de la evolución humana, y en este sentido bien merece la ciudad el título de primer estado moderno del mundo”. Florencia se convertirá en la patria de las nuevas doctrinas y teorías políticas, pero también de los experimentos y de los cambios, de la estadística y la interpretación histórica en sentido moderno. Muchos son los historiadores que sostienen que Florencia es la cuna y prototipo de Renacimiento, y ello debido a dos motivos: su estructura republicana y democrática y la ambición intelectual y alta preparación humanística y filosófica de sus funcionarios, líderes y gobernantes. Bajo el amparo de la familia Médici se produjo una exaltación de la cultura clásica y del concepto de la naturaleza pagano que llevó a una relajación de las costumbres, una laicización de la vida y una exaltación del lujo y el refinamiento. Un buen ejemplo de ello será la creación de la Nueva Academia Platónica, en la que destacarán autores de la talla de Marsilio Ficino, (1433-1499), Pietro Pomponazzi (1642-1525) y Pico della Mirandola (1463-1494).

Pero frente al utopismo de ciertos autores, tanto renacentistas como clásicos, una reacción realista cristalizará en la figura de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), autor de una de las obras políticas más reseñadas de la historia y que lleva por título “El Príncipe”, cuyas claves interpretativas son, de un lado, su “concepción de la Historia”, entendida objetivamente, como sustancia inmutable de la organización social que no es vista como proveniente de la Naturaleza ni de la Divinidad, sino generada por los propios hombres en su tortuoso devenir histórico. Y de otro lado, su “concepción del hombre”, en un doble sentido: como aquello idéntico a sí mismo, cualquiera que sea el tiempo en que se le considere (concepción antievolucionista) y la idea de que en la naturaleza de los hombres entra tanto el bien como el mal, lo que nos lleva a la idea de que el político, si quiere triunfar, no puede hacer cálculos sobre la supuesta bondad o maldad de sus súbditos, sino que debe considerar siempre el peor de los casos, entendiendo que todos los hombres son malos y que éstos estarán dispuestos a manifestárselo a la primera oportunidad de la que dispongan.

Diferencia Maquiavelo entre dos formas de gobierno: la República (romana), forma de Estado en donde existe una tensión tal entre sus distintos estamentos que ninguno de ellos domina sobre los demás; y el Principado (florentino) en el que el Príncipe gobierna sin la oposición de otros nobles y con los ciudadanos convertidos en súbditos que obedecen y cumplen las leyes. Estos principados se sustentan sobre tres pilares: el conflicto y la guerra, la separación entre la acción política y la conducta moral, y el equilibrio que todo Príncipe debe tener entre “virtud” y “fortuna”. A Maquiavelo no le cabe duda de que lo que hace crecer a un Estado es el conflicto con otros Estados: el “arte de la guerra” es parte fundamental de la educación de un político, engrandece los Estados y aleja de ellos el declive y la corrupción. El Príncipe debe saber adaptarse tanto a las limitaciones personales como a las circunstancias externas, debe saber cambiar cuando lo exigen los tiempos, poder disponer de recursos ante situaciones nuevas e imprevistas, contar con la suficiente sagacidad para prever el futuro y adelantarse a él… en definitiva: “ser capaz de hacer de la necesidad virtud”.

Pero frente a este desmedido realismo político, el Renacimiento verá nacer también interesantes “propuestas utópicas”, concepciones “ideales” (al modo del proyecto platónico) que trascienden la realidad y rompen las ataduras del orden existente, en tanto que articulaciones de las aspiraciones humanas. Destacaremos a tres autores: en primer lugar, Tomás Moro (1478-1535), cuya obra principal será precisamente “Utopía” (que juega con la etimología griega “ou-topos”: “en ningún lugar” o “fuera de lugar”), una isla en la que está abolida la propiedad privada y el uso de los bienes está libremente abierto a cada uno según sus necesidades. En la misma línea tenemos a Francis Bacon (1561-1626), que en “La Nueva Atlántida” idea un paraíso de la ciencia y la técnica (sin entretenerse en proponer formas nuevas de organización social y política) que aumente el conocimiento de las causas para incrementar los límites de la mente y de sus poderes sobre la naturaleza. Finalmente, Tommaso Campanella (1568-1639) en su “Ciudad del Sol” presenta un régimen político teocrático, jerarquizado y comunitario fundado en una concepción más ético-religiosa y cósmico-mágica que propiamente burguesa.

La película que os muestro a continuación se titula “Los señores del acero (Flesh & Blood)” (Orion 1985) del holandés Paul Verhoeven: corre el año 1510, y Europa entera esta anegada por toda suerte de batallas, guerras y revueltas, fruto de la insaciable sed de poder y dominio de los señores de la guerra, viejos resquicios de una forma de entender el mundo, la sociedad feudal, que vive sus últimos coletazos. Porque estos caducos señores feudales tienen hijos que leen a Nicolás Oresme (1323-1381), Leonardo da Vinci (1452-1519) y Giordano Bruno (1548-1600), hijos que reniegan de las viejas formas, obsoletas, para apostar por la verdad a través de la ciencia. Me ha costado mucho encontrar un vídeo adecuado de esta película, así que os propongo esta mezcla que recupera algunos fragmentos en su original inglés. El arranque resulta muy interesante para comprobar como se toma un castillo al asalto, pero más interesante aun es ver a un joven y noble aprendiz cantarle las cuarenta al curandero, empeñado en hacer sangrías a todo aquel que tiene la lepra, en lugar de utilizar los nuevos métodos que nos aportan la medicina y la química (en un estado rudimentario, bien es cierto, pero algo es algo).

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