La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

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En casi toda la tradición oriental, las palabras se utilizan para indicar el misterio de la vida, siempre inmerso en el silencio. A diferencia de los textos sagrados occidentales, los orientales en su mayoría han afirmado desde tiempos remotos que el mundo se origina en el silencio. En el Rhagavad-Gita, por ejemplo, el creador del mundo está arropado por el silencio y el misticismo. De él no se puede hablar, no es posible aprehenderlo intelectualmente.

Es un milagro que alguien lo vea, igualmente es un milagro que alguien lo diga, y es un milagro que alguien lo oiga; incluso si se ha oído decir, nadie lo conoce.

Las religiones occidentales cuentan también con sus propias interpretaciones místicas del todopoderoso, pero en ninguna filosofía ha arraigado de tal modo el silencio como en la oriental.

Ser un iluminado, entonces, consiste en retornar a los orígenes, liberarse de los vínculos terrenos y volver a la infinita y silenciosa armonía del mundo. En la religión hindú (y después en las sectas budistas), el vocablo sánscrito “Nirvana” entraña un “enfriamiento”, un alejamiento de las pasiones. Las palabras sólo sirven para destruir esa paz interior. Nos adherimos demasiado a ellas y, hablando, diluimos la grandeza y el misterio que hay en la vida. Según numerosas corrientes orientales de pensamiento, la infelicidad terrena se debe a un exceso de pensamiento y de palabras. La Rhagavad-Gita nos recuerda que “aquellos que concentran su mente en Krishna no piensan en nada”. No se trata de abandonar el pensamiento por completo (de ser así, no nos harían falta tantos libros de filosofía), peo los budistas en general distinguen entre el pensamiento espontáneo y el pensamiento conceptual obsesivo. Las palabras son útiles e incluso necesarias para la transmisión del conocimiento. En especial los budistas zen se valen de ellas para la transmisión del conocimiento entre maestro y discípulo, pero tanto hidúes como budistas comprenden el peligro que suponen las palabras mal utilizadas, pues engendran más palabras, que a su vez pueden causar mayor estrés y ansiedad. La noción occidental de iluminación a menudo implica un vínculo místico con el mundo natural, y dicho vínculo, que entraña una transformación, difícilmente tiene lugar a través de las palabras.”

La importancia de Maggie: el sonido del silencio. Oriente y occidente”, Eric Bronson

(“Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark T.Conard y Aeon J.Skoble)

El primer acercamiento a la tradición oriental efectuado por occidente viene de la mano de las llamadas “escuelas helenísticas”, un conjunto de corrientes de pensamiento que desarrollan sus ideas y enseñanzas en la Atenas del siglo III a.C. Recordemos que en este momento histórico, conocido como periodo alejandrino (en referencia al importante esfuerzo colonial efectuado por Alejandro Magno, que extenderá su imperio a la mitad del mundo conocido) se produce la total descomposición de la ciudad griega tal como era entendida hasta ese momento: asistimos a la desintegración de la “polis” como marco sociopolítico privilegiado frente a la idea de “ecumene”, idea que se plasma en la concepción estoica del mundo como una especie de gran ciudad, de “cosmópolis”. Este cambio modifica sustancialmente el concepto de “ciudadano” y de “cuidadanía” que hasta entonces se tenía: el ciudadano deja de pertenecer a la polis y se empieza a ver a sí mismo como “individuo”.

Durante este “periodo helenístico”, quienes ocupan el lugar central en filosofía serán tres desarrollos postaristotélicos conocidos con los nombres de “Estoicismo”, Epicureísmo” y “escepticismo”. La influencia de estas tres escuelas continuó hasta bien avanzado  el Imperio romano, y se dejará sentir en autores como el emperador Marco Aurelio, ya bien avanzado el siglo II d.C). Se ha caracterizado a la filosofía helenística como un desplazamiento de la especulación desinteresada hacia la búsqueda de seguridad para el individuo. Mientras los escépticos niegan la posibilidad de acceder a cualquier forma de conocimiento (visto que cada cultura tiene su propia opinión y forma de vida, habrá que suponer que ninguna es mejor que las demás, y que todas son igualmente válidas y respetables) los estoicos se preocupan por armonizar su propio desarrollo vital con las leyes de la naturaleza (el sabio es aquel que adquiere los principios de su conducta mediante el conocimiento y comprensión del cosmos, del orden universal, lo que es posible porque hay conexión (“sympatheia”) entre la razón humana y la razón universal).

Por su parte, Epicuro será el artífice de una teoría moral que intente compaginar los intereses supremos del individuo con una crítica radical a la ciencia como institución y a las concepciones platónica y aristotélica del conocimiento; y aún más: será esta crítica el fundamento donde se desarrollará la ética. Las concepciones epicúreas tenían como resultado y objetivo eliminar las inquietudes derivadas de la superstición, que impedían al individuo acceder a una vida placentera. El placer, en efecto, era para Epicuro la aspiración máxima y legítima de la vida humana: se niega cualquier estado intermedio entre el placer y el dolor, pues el placer es definido en muchos escritos como ausencia de dolor. La actividad del sabio y el uso de la ciencia deben tener como meta acabar con las turbaciones en la vida del individuo y aproximar esta al estado ideal de felicidad, entendida ésta, al igual que la virtud, como equivalente al placer.

Este intento de eliminar el dolor y el sufrimiento pone en contacto a Epiruro con buena parte de la filosofía oriental anterior, si bien en el caso de aquella, se interpreta en clave mística, mientras que los epicúreos renunciaban a esta vertiente espiritual en favor de una perspectiva materialista, que parte de una teoría física que conocemos como “atomismo”. Si el término griego “a-tomos” significa “sin partes”, su traducción al ámbito latino es clara: “in-divido”, esto es, “que no se puede dividir”. El atomismo sirve para la teoría ética epicúrea: desde el atomismo se priva a los astros de todo atributo divino y se rechaza cualquier posible influencia del mundo celeste sobre el terrestre. En cuanto a la existencia de los dioses, Epicuro la admite en base a la doctrina atomista, se les niega cualquier tipo de constitución sólida, sus atributos antropomórficos y la idea de que estos pusieran influir en la vida de los hombres. Se establece así una tajante separación entre lo divino y lo humano, de igual modo que se rechazaba cualquier tipo de superstición tocante a la vida ultraterrena y al sistema de castigos y premios en un mundo más allá de la muerte.

La doctrina del “tetrapharmakon” (los famosos “cuatro remedios”) no es más que una guía para el individuo, que debe buscar la eliminación de cualquier forma de dolor y sufrimiento a través de la única posibilidad material que nos ofrece el mundo: la búsqueda de los placeres, tanto físicos como intelectuales. Esto deberá ir unido a una total despreocupación por los problemas políticos que nos rodean, y al disfrute de la amistad. Algo de epicúrea hay por tanto en esa personita tierna y entrañable que llamamos Maggie Simpson. Tenemos de un lado su absoluta satisfacción física… Maggie nunca parece tener hambre, o frío, o cansancio, y sus necesidades físicas parecen estar perfectamente cubiertas (algo que los epicúreos conocían con el nombre de “aponia”). Pero lo más importante es que Maggie tampoco parece dejarse intimidar por males o pesares, no muestra ningún tipo de miedo o nerviosismo, y ejemplifica perfectamente eso que los epicúreos dieron en llamar “ataraxia”: la absoluta imperturbabilidad del alma, la total ausencia de impedimentos que impidan obtener el placer y la felicidad. Su negativa a hablar, por otro lado, se ajusta perfectamente a máxima de Epicuro de “no inmiscuirse en los asuntos públicos” y en disfrutar de los pequeños placeres, como el cultivo de la amistad y de la vida familiar. Maggie, sencillamente, disfruta de la vida y es feliz gozando con sus pequeños placeres.

Para un acercamiento a la figura de Maggie, nada mejor que consultar sus mejores capítulos, que no son muchos, pero si muy jugosos. En “El oso de Burns”, un evidente homenaje a la conocida “Citizen Kane” (RKO 1941) de Orson Welles, comprobamos como, cuando el señor Burns era joven, dejó a su oso de peluche Bobo por una vida de millonario. Ahora quiere a su oso de vuelta, y el problema es que Maggie también. En “Un tranvía llamado Marge”, la madre de la pequeña Maggie participa en una obra teatral que la obliga a dejar a su pequeña hijita en una guardería local en la que están prohibidos los chupetes. Finalmente, en el único y maravilloso episodio doble de la serie, “¿Quién disparó al señor Burns?” el poderoso magnate local no solo roba petróleo descubierto bajo la escuela de Springfield, sino quiere privar a la ciudad del sol. Cuando finalmente le disparan y todos se preguntan quién fue. El jefe de policía hace una prueba de ADN que lo lleva hasta la puerta de los Simpsons.

También resultan muy interesantes los siguientes capítulos con Maggie como protagonista: en “Homero se queda solo”, Marge se rebela contra sus días de amas de casa y se toma unas vacaciones sola en Rancho Relaxo, dejando a Bart y Lisa con Patty y Selma y a Maggie con Homer. Pero Maggie la extraña y se va en su búsqueda; en “Maggie se ha ido”, cuando Homero deja a Maggie en la puerta de un convento para que este a salvo mientras el intenta rescatar al Pequeño Ayudante de Santa Claus de la peliaguda situacion en la que se ha metido, las monjas del convento se llevan a Maggie; en “Moe se convierte en niñera”, por un embotellamiento, Maggie sale volando del auto y cae en los brazos de un Moe suicida, quien luego es tratado como un héroe. Maggie lo acepta como su nueva niñera y padre, lo que hace que a Moe le den ganas de vivir. Pero Maggie se mete en una pelea de mafiosos entre el Gordo Tony y Don Castellaneta; finalmente, en “El pequeño gran amor de Moe”, a Maggie la molestan los nenes del parque junto a la taberna de Moe, donde Homer la deja y va a emborracharse.

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