La casa de Elrond

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Vamos a completar nuestro repaso al Renacimiento con una pequeña reseña de algunos de los pensadores más destacados de este periodo, que agrupados bajo el nombre de un movimiento, el humanismo, recorrerán Europa desde sus inicios italianos hasta el advenimiento de las modernas filosofías del racionalismo y el empirismo. Se trata de un grupo heterogéneo de pensadores (algunos de los cuales ya hemos visto en artículos anteriores), a los que seguramente no convendría poner el nombre de “filósofos”, por cuanto ninguno de ellos llegaría a elaborar una filosofía sistemática al estilo de los autores clásicos, griegos o medievales. No obstante, el pensamiento humanista nos ha dejado un buen número de ideas sobre las que reflexionar, recogidas de manera más o menos dispersa en tratados de todo tipo: políticos, jurídicos, antropológicos, estéticos, científicos… Quizá la unidad deba buscarse mejor en el campo del derecho y las ciencias sociales. Pero también es cierto que el humanismo se deja caracterizar con una serie de ideas básicas comunes a todos estos autores, que trataremos de señalar a continuación.

La mayoría de los llamados humanistas culparon a la filosofía medieval de una interpretación inadecuada del saber del mundo antiguo. Así, los escolásticos son criticados por su lenguaje artificioso y oscuro, entre otras cosas. Mientras algunos propondrán un retorno a la sencillez evangélica (es el caso de Erasmo de Rotterdan, del que emanarán todas las ideas que posteriormente darán lugar a la reforma protestante), otros iniciarán un camino de regreso a las fuentes de la filosofía griega. Fueran o no humanistas, los filósofos renacentistas insistieron en la correspondencia entre el hombre y el mundo, entre el “microcosmos” y el “macrocosmos”, haciendo del hombre el centro del Universo y considerando la Naturaleza como un todo infinito y vivo. No se puede decir que esta visión haya sido unánime, pero si que dará pie a una nueva forma de acometer el estudio de las ideas que se vehicula más adelante con la revolución científica del siglo XVII (y de la que nos ocuparemos en un próximo artículo) que marcará un punto de inflexión del que se desprenderá una nueva concepción del mundo.

Francesco Petrarca (1304-1374) es considerado por muchos el fundador del humanismo al rechazar la petrificada formación universitaria medieval en favor de un redescubrimiento de la filosofía y literatura antiguas, cuyas obras serán tratadas como modelos tanto en el contenido como en la forma. Intentará armonizar el legado grecolatino con las ideas del cristianismo, y sus obras influirán en autores como Garcilaso, Shakespeare y Spencer. Por otro lado, Petrarca fue el primero en predicar la unión de toda Italia para recuperar la grandeza que había tenido en la época del Imperio romano. A este interés por el lenguaje (“gramática”, “retórica”, “dialéctica”) habrán de unirsele posteriormente significativos autores italianos como Giovanni Boccaccio (1313-1375).

Nicolás de Cusa (1397-1482) influido por el neoplatonismo y el misticismo, desarrollará una importante labor matemática que le permitirá mostrar una imagen moderna del hombre y del mundo. Al primero lo concibe como “espíritu” (“mens”, del latín “mensurare”, que quiere decir “medir”) que, al comprender el mundo, lo diseña como algo nuevo. Respecto del segundo, afirma que en el mundo de las cosas encontramos contrarios y que la unidad del mundo en su multiplicidad se basa en Dios (“ser infinito”) en el que son superados todos los contrarios de las cosas finitas. El mundo es despliegue y diferenciación (“explicatio”) de todo cuanto se encuentra comprendido y unificado (“complicatio”) en Dios.

Marsilio Ficino, (1433-1499) encabeza la línea platónica renacentista, y sus traducciones de Platón y Plotino ayudarán a popularizar la filosofía de la “emanación” y de la “significación de lo bello”. Enfatiza sobre todo la definición de hombre como ser espiritual: el alma inmortal del hombre es el centro y vínculo con el mundo, el medio que pone en relación la esfera de lo meramente corporal y el puro espíritu divino, de modo que mediante la “razón” el alma se libera del cuerpo y puede regresar nuevamente a su origen divino. En esta misma línea de pensamiento (compartirán docencia en la Nueva Academia Platónica de Florencia) nos encontramos también a su discípulo Pico della Mirandola (1463-1494).

Pietro Pomponazzi (1642-1525) es el representante más notable del aristotelismo renacentista. Su filosofía acentúa la correspondencia entre el cuerpo y el alma: para alcanzar el conocimiento, el alma necesita de la colaboración de las “impresiones sensoriales”, lo cual es impensable sin lo corporal. Todo saber proviene de la “experiencia”, de modo que solo podemos saber algo sobre aquellas relaciones de la naturaleza susceptibles de experiencia, pero nada sobre las causas del ser que les subyacen. La “inmortalidad del alma” no se puede demostrar racionalmente, y además es irrelevante para la moral, puesto que no se debería aspirar a la virtud por una recompensa en el más allá.

Giordano Bruno (1548-1600) influenciado por Cusa y Copérnico, elabora una importante metafísica que le hará entrar en conflicto con la Inquisición, que le condenará y ejecutará por ello. Bruno recoge la concepción “heliocéntrica” del mundo, pero eliminando la esfera de las estrellas fijas y formulando la tesis de la “infinitud del universo”: el universo está constituido por un número infinito de otros mundos que, al igual que la tierra, pueden estar habitados. Y si bien cada uno de estos mundos está sujeto a los cambios y es perecedero, el universo en su totalidad es eterno e inmóvil, dado que no hay nada fuera de él, sino que él mismo es la totalidad del ser. Rompe así con algunas de las tesis sobre la naturaleza de su predecesor Bernardino Telesio (1509-1588).

Michel de Montaigne, (1533-1592) inaugura un género literario caracterizado por su forma libre y subjetiva que se sustenta en su famoso punto de partida escéptico: “que sais-je?” (“¿qué se?”). Para Montaigne el mundo se manifiesta en un permanente cambio y está disperso en una multiplicidad, de modo que la razón se engaña si cree que puede captar algo inmutable y eterno. De ahí que la ciencia natural no sea otra cosa que poesía sofística, y que la tradición filosófica esté dominada por la anarquía. Pero esta actitud escéptica no conduce a la resignación, sino que nos libera de fingimientos y nos educa en la “independencia del juicio” y en la seguridad interior: la “naturaleza reguladora”, en sentido estoico, se convierte así en la medida y la guía de una vida conforme a lo dado.

Mención aparte merece la figura de Francis Bacon (1561-1626), que se arroga para sí la tarea de una fundamentación y una interpretación sistemáticas de todas las ciencias, las cuales clasifica de acuerdo con las diferentes facultades del hombre: memoria (historia), fantasía (poesía) y entendimiento (filosofía). La ciencia primera es la “Prima Philosophia”, cuyo objeto de Studio son los fundamentos comunes a todas las ciencias. El conocimiento es una copia auténtica de la naturaleza, sin imaginaciones engañosas: a estas últimas las describe Bacon como prejuicios (a los que él llamará “idolos”, y que son cuatro: “idola tribus”, “idola specus”, “idola fori” e “idola theatri”). Frente a ellos, la “inducción” es un método correcto y seguro para llegar a un conocimiento verdadero y para disolver las imágenes engañosas. En el “Novum Organum” afirma que el procedimiento “metódico-experimental” parte de la recogida y comparación de observaciones para captar mediante generalizaciones sucesivas las formas generales de la naturaleza: la inducción no parte de experiencias fortuitas, sino que trabaja de manera planificada con clasificaciones de las observaciones (“tablas”) y experimentos dirigidos.

Hay otro aspecto de la filosofía de Bacon que cabría reseñar aquí, y es su concepción de la “idea de hombre”. Frente a la conciencia del hombre clásica, cristiana, que impregna la filosofía medieval y el propio humanismo, se había producido en la época un acontecimiento decisivo: el Descubrimiento de América. El encuentro con aquellos otros modelos humanos “no clásicos” habría supuesto la relativización de la concepción de hombre del humanismo y, finalmente, su disolución. Se trataría ahora de cancelar las dificultades de una realidad humana percibida como “problemática”, buscando sus “notas esenciales” y estableciendo lo “invariable” de su naturaleza. Esta nueva prespectiva habría impulsado la aparición de los primeros tratados “De Homine” (de antropología filosófica) característicos de la época moderna, el primero de los cuales habría sido el de Bacon, y que tendrán como base lo que Immanuel Kant llamará “conflicto de la facultades” (de Medicina, Teología y Derecho, por oposición a la Filosofía). Lo que va a ocurrir es que se tenderá a equiparar la idea de Hombre con las ideas de Dios y de Naturaleza, en trato que “idea práctica” que es entendida como un “proceso” que se hace a sí mismo y que construye su propia esencia.

Érase una vez… el Hombre: “El hombre del Renacimiento” (1/3)

Érase una vez… el Hombre: “El hombre del Renacimiento” (2/3)

Érase una vez… el Hombre: “El hombre del Renacimiento” (3/3)

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