La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Hemos terminado de repasar recientemente las teorías éticas materialista, las llamadas éticas de los fines, algunos de cuyos autores ya han pasado por este blog en forma de post con vídeo incluido. Nos queda por ejemplificar el pensamiento de John Stuart Mill y su ética utilitarista, una vuelta de tuerca a la filosofía hedonista defendida por Epicuro, solo que menos individual y egoísta y mucho más social y altruista. Supongo que todos tenéis aún frescas en la memoria las tres escenas seleccionadas que hemos visto en el aula (y espero que así sea, porque me ha resultado imposible encontrarlas en internet, así que aquí os propongo solamente el trailer de la película, como mero recordatorio). Para los despistados, os recuerdo que se trataba de la película “Master and Commander: Al otro lado del mundo” (FOX 2003) de Peter Weir, a partir de una de las novelas más conocidas del increíble Patrick O’Brian. Nos centramos en la amistad de los dos protagonistas, el rudo y decidido capitán  Jack “Lucky” Aubrey y su compañero de sesiones musicales, el medico de a bordo, Stephen Marutin, hombre de ciencia y experto naturalista, interesado por el hallazgo de nuevas especies, por aquel entonces desconocidas en Europa.

La primera escala que seleccionamos ejemplificaba a la perfección el sentir utilitarista respecto a la moral: herido accidentalmente por un oficial, el doctor Marutin se debate entre la vida y la muerte por culpa de una bala que puede empezar a gangrenarle el estómago, mientras su amigo el capitán, con el barco francés al que ha de dar caza a un tiro de piedra, debe decidir si continuar la persecución o desembarcar en tierra para procurar operar a su amigo. Y la decisión es plenamente utilitaria: “el mayor bien para el mayor número de personas”. Jack sabe que no le serviría de mucho entrar en batalla sin disponer de un médico para curar las heridas de sus marineros, y que la figura del doctor es clave en un viaje tan largo (los que habéis visto la película completa recordaréis que la tripulación francesa carece de médico, lo que probablemente decanta la partida en favor del barco británico al final de la historia). Sin duda, salvar al doctor merece “un sacrificio momentáneo” (dejar escapar a la presa) en busca de “un beneficio mayor”. El propio Marutin, una vez curado, tendrá ocasión de devolver el favor a su amigo, pensando antes en el bien común que en su beneficio personal, como también hemos visto.

La segunda escena es mucho más dramática: si recordáis, nos encontramos en medio de un temporal con vientos elevados y lluvia torrencial, y la situación en cubierta es un caos, a pesar de los esfuerzos de los oficiales por mantener la calma. Finalmente, el palo de mesana cede un se precipita al mar, arrastrando consigo a uno de los jóvenes grumetes. Las amarras se tensan y el palo hace de ancla flotante, escorando el barco hasta casi volcarlo; los hombres rezan y se encomiendan a Dios: es la perdición, si alguien no lo remedia. Y entonces el capitán toma la decisión “más útil”, la más beneficiosa para todos y la que supone el “mal menor”. Es esta una decisión moral: cortar las amarras que amenazan el barco, sacrificando la vida de su marinero, que morirá engullido por las olas, pero asegurando la vida del resto. Es una decisión dura para todos, incluso para el mejor amigo del condenado, que ayuda a cortar las cuerdas y llora amargamente la pérdida de su compañero. En ocasiones “lo correcto no implica placer“, como tendremos ocasión de comprobar en unos pocos días al abordar la ética kantiana del deber.

Y un último apunte para mis alumnos de filosofía de primero. En alguno de los vídeos anexos es posible que encontréis información sobre el doctor Marutin y sus esfuerzos por describir y catalogar nuevas especies, una labor muy propia de los naturalistas europeos de principios del siglo XIX, con Charles Darwin a la cabeza, pero también con Alfred Russel Wallace, Jean-Baptiste Lamarck, Carlos Linneo, Cuvier y Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, y muchos otros. Si tenéis ocasión, fijaros en el mimo que ponen en sus observaciones, la precisión de sus dibujos a carbón y la meticulosidad con la que almacenan y organizan los datos. Todo un alarde de ciencia empírica, preludio de una época de renovación científica que alcanzará su cenit a finales de siglo con la aparición de los primeros pensadores evolucionistas, con las nuevas ideas sobre el origen y evolución de las especies y con el desarrollo de la ciencia biológica tal cual la conocemos hoy en día.

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