La casa de Elrond

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La verdadero cuestión, entonces, es Homer. Muchos han criticado Los Simpson por su manera de retratar al padre como un paleto sin estudios, débil de carácter y carente de principios morales. Y Homer es todas esas cosas, pero al menos está presente. Cumple con las funciones paternas imprescindibles, se mantiene al lado de su mujer y sobre todo de sus hijos. Sin duda, carece de las cualidades que nos gustaría encontrar en el padre ideal, es egoísta y suele poner sus propios intereses por encima de los de su familia (…). Homer es innegablemente fatuo, vulgar e incapaz de apreciar las cosas buenas de la vida (…). Es más, se enfada con facilidad y suele pagarla con sus hijos, como demuestran sus muchos intentos de estrangular a Bart.

Desde este punto de vista, Homer fracasa como padre. Pero si se reflexiona un poco más al respecto, sorprende cuántas cualidades posee. En primer lugar, está muy unido a su familia. La ama porque es suya. Su lema es, básicamente, “mi familia, tenga o no razón”. Difícilmente se trata de una posición filosófica, pero bein podría ser el fundamento de la familia como institución, motivo de sobra para explicar por qué la “República” de Platón proponía subvertir el poder de la familia. Homer Simpson es lo contrario de un filósofo-rey: no es devoto del bien, sino de lo que es suyo. Naturalmente, dicho punto de vista no está exento de problemas, pero contribuye a explicar como la aparente disfuncionalidad de la familia Simpson consigue funcionar”.

Los Simpson: la política atomista y la familia nuclear”, Paul A. Cantor

(“Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark T.Conard y Aeon J.Skoble)

El concepto de hedonismo ha pasado por múltiples peripecias a lo largo de la historia. No es lo mismo pensar en el “placer” desde la perspectiva epicúrea que desde la perspectiva utilitarista: la primera de ellas entiende la “búsqueda del placer” como un objetivo individual, egoísta incluso, mientras que la segunda atiende más al concepto de “bien común”, de “beneficio colectivo” si se prefiere. Para los primeros prima más el hecho de conseguir armonía, producto de una ausencia de dolor, tanto en el cuerpo como en el alma, y a la necesidad de llegar a un estado último de “ataraxia”, que se identifica con la plena felicidad. Para los segundos, los seres humanos tenemos un sentimiento moral que va más allá de nuestras propias necesidades, y poseemos un “sentimiento social” cuya satisfacción es fuente de placer.

De entre estos sentimientos sociales, el más importante es el sentimiento de “simpatía”, que los utilitaristas interpretan como la capacidad de ponerse en el lugar de cualquier otro, sufriendo con su dolor, disfrutando con su alegría. En este sentido, igual que nosotros deseamos ser felices, podemos entender que todos los demás lo desean también de la misma manera. A este principio de la moral se le conoce como “principio utilitarista”, y responde a la siguiente máxima: “la mayor felicidad (el mayor placer) para el mayor número posible de seres vivos”. Se trata, por tanto, de un principio que une a los deseos individuales los colectivos: ciertamente, por mucho placer que pueda acumular para mi mismo, jamás conseguiré ser feliz si las personas que me rodean, aquellos que me importan de verdad, no son felices conmigo.

Esto significa que ante dos posibilidades de actuar, actuará de forma moralmente correcta quien elija aquella alternativa que proporcione el máximo placer para el mayor número posible de seres vivos. Así, se produce una identificación entre lo que se considera moralmente bueno y la consecución de un “bienestar”, tanto individual como, sobre todo, social. Y respecto al tipo de placer que debemos perseguir, utilitaristas como Jeremy Bentham y, especialmente, John Stuart Mill insisten en que han de ser los “placeres intelectuales y morales”, por encima de los “placeres inferiores” (derivados de las meras necesidades y apetencias), los que deben guiar nuestra acción, por cuanto que estos nos reportan un disfrute y una felicidad mayor y más duradera, puesto que es la razón (y no los instintos animales) los que nos guían en su dirección.

Algo de utilitarista tenemos en la perspectiva del mundo de Homer. Ya hemos advertido arriba que el padre de familia Simpson no es un dechado de virtudes, y no obstante hay algo admirable en él desde el punto de vista ético. La humanidad de Homer comprende un amor a la vida y al goce que ésta supone en el nivel más básico; pero es que, además, no presta mayor atención al qué dirán, si es que acaso repara en ello, no se preocupa por la etiqueta o por lo que otros opinen de él: está ocupado en disfrutar la vida al máximo. Si a esto añadimos el hecho de que Homer es un padre de familia preocupado, a su manera, por las necesidades de  su prole, tenemos a un individuo brutal, cierto, pero también preocupado y profundamente humano. Mientras otros traman y conspiran al tiempo que se fingen socialmente conformistas, Homer es un inconformista que nunca da su brazo a torcer, y siempre busca la manera de complacer a todos y de sacar un beneficio mayor… al menos para su familia.

En mejor modo de apreciar el amor de Homer Simpson a su familia es revisar algunos de sus episodios estelares. En “El día que cayó Flanders”, el deseo de Homer de ver a Flanders arruinado se hace realidad cuando el religioso vecino de los Simpson deja su trabajo para poner una tienda de artículos para zurdos que no tiene éxito entre los ciudadanos de Springfield. En “El cometa Bart”, los días de Springfield parecen están contados cuando Bart descubre un cometa que se dirige hacia la ciudad. Ahora hay que decidir quién enfrentará al cometa y quién se quedará en el refugio de Flanders. En “Me casé con Marge”, la posibilidad de que Marge vuelva a estar embarazada, hace que Homero recuerde los días en que él y Marge esperaban el nacimiento de Bart, allá por el año 1980. Eran unos días difíciles para la feliz pareja que, después de engendrar a su hijo antes del matrimonio, luchaban por conseguir un poco de estabilidad familiar, cosa que Homero encontró en la Planta de Energía Nuclear de Springfield.

Otros episodios interesantes con Homer como protagonista son “La odisea de Homero” (toda una declaración de principios, dado el nombre del personaje), en la que, después de ser despedido de la planta de energía nuclear de Springfield por causar un accidente, Homero intenta suicidarse, pero cambia de opinión y se convierte en defensor de la seguridad pública. Inicia una campaña para colocar “topes” en las carreteras y poner señales de advertencia, siendo su último objetivo el cierre de la Central donde hasta hace poco había trabajado; en “El pony de Lisa”, donde, después de decepcionar a su hija por enésima vez, Homer decide que la mejor forma de recuperar su amor es comprándole lo que ella siempre ha anhelado, un pony. El problema para Homero es que necesita más dinero para mantener los gastos del animal y ese dinero lo consigue trabajando de noche en el Kwik-E-Mart; en “El cuarteto de Homero” vemos lo que sucedí a en 1985, cuando Homer, Apu, el director Skinner y el jefe Gorgory (reemplazado por Barney), formaban un cuarteto de barbería exitoso; y finalmente, el “El mal vecino”, los celos de Homer ante la atención que reciben los nuevos vecinos, George y Barbara Bush, se convierte en rabia cuando el ex presidente nalguea a Bart.

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