La casa de Elrond

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La razón busca un método

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Comenzamos el repaso a la filosofía moderna definiendo las características  del racionalismo de la mano de su autor más celebrado, René Descartes (1596-1650), y lo hacemos con el análisis de la que sin duda es su obra más significativa, el “Discurso del método” (1637). Previamente a la redacción de este texto (que recordémoslo, es el prólogo que acompaña a tres ensayos científicos: la “Dióptrica”, los “Meteoros” y la “Geometría”), Descartes pasó muchos años preocupado por las cuestiones que hoy llamaríamos “científicas”, y sólo por peticiones ajenas se decide finalmente a ensayar los fundamentos de su método, que expone primero en las “Regulale”, pero que además ejercita en el “Discurso”, ya que el autor tiene la certeza de que se trata de una cosa más práctica que teórica. Las cuatro reglas tienen una gran vaguedad (Gottfried Leibniz llegaría a decir que “no servían para nada”), y es que Descartes no pretende aportar nada, sino volver al sentido común, a los rudimentos de la razón: cuando se somete el método a crítica, lo que se está cuestionando en realidad es la razón misma.

La facultad humana que se usa para llegar a la verdad y a la inventiva la llama Descartes “ingenii”, entendida como la “capacidad intuitiva” (y no “intellectus”, concepto de tradición escolástica, entendido como capacidad de sacar conclusiones de premisas, al modo lógico formal). Esta intuición no debe entenderse en su forma técnica, sino en su significado normal en latín: “captación de una verdad intuitivamente”, algo que el método no puede enseñar, pues el ingenio es la operación más simple y primera, y es previa al método mismo, como condición posibilitadota de la razón humana y del propio método. Descartes empieza a aplicar el método a las matemáticas y ve la posibilidad de extenderlo: la contemplación de la verdad aparece cuando ingeniosamente establecemos los problemas en forma de “proporciones captables”. No se necesita que los términos de la proporción se puedan cuantificar para que exista, porque aunque puedan versar sobre cualidades, se basan en la “ratio”, en la proporción. Las cuatro reglas del método son estas:

Era el primero no aceptar cosa alguna como verdadera que no la conociese evidentemente como tal, es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda.

El segundo, dividir cada una de las dificultases que examinase en tantas partes como fuera posible y como se requiriese para su mejor resolución.

El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo incluso un orden entre los que no se preceden naturalmente.

Y el último, hacer en todas partes enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que estuviese seguro de no omitir nada.”

Rene Descartes, “Discurso del método” (Parte II: Principales reglas del método)

Descartes entiende por claro “aquello que es presente y manifiesto a un espíritu atento”, y por distinto “aquello que es preciso y diferente de todo lo demás”. La evidencia clara y distinta es algo intrínseco a las ideas, no se necesita ningún criterio extrínseco para alcanzarla, tiene carácter intuitivo y es inmediata, pues no hay reglas que nos digan lo que es claro y distinto. Estas verdades evidentes adquieren la forma de verdades cuantificables que nos permiten aplicar este criterio de  verdad a cuestiones no matemáticas que mantengan el mismo esquema de inteligibilidad. Uno ejercita la razón en las “analogías de proporcionalidad”, en lo que es intuible: el método no viene dado por la invasión de las matemáticas en las demás ciencias, sino que las matemáticas poseen verdad precisamente porque se encuentran en ellas los rudimentos de la verdad. En la segunda regla se concreta la deducción a partir de las evidencias y se propone un límite a la división de las dificultades: las “naturalezas simples”, que son los elementos que constituyen el último término del análisis y el principio de la síntesis, pues deducir no consiste en otra cosa que en “sintetizar algo”. La tercera regla confirma que la intuición primera no es irreductiblemente subjetiva, sino que la ven las demás conciencias también (pues funcionan todas de forma homogénea), con lo que se evita el solipsismo.

Vamos a tratar de ejemplificar esto con la película “El silencio de los corderos” (MGM 1990) de Jonathan Demme, a partir de un conocido relato del americano Thomas Harris. La historia se centra en la búsqueda de un asesino en serie conocido como Buffalo Bill por parte de la agente Clarice Starling, el verdadero protagonista del film no es otro que el archiconocido Dr. Hannibal Lecter, un remombrado médico psiquiatra de Baltimore, experto en conductas psicopáticas y todo un portento intelectual, que es capaz de resolver el crimen sin moverse siquiera de su celda (porque a los caníbales se les suele poner entre rejas para que no desarrollen sus apetencias). El doctor sugiere a la investigadora que para atrapar al asesino es necesario hacer uso del método demostrativo a partir de principios (”primeros principios, Clarise“) que nos permite avanzar hasta la intuición intelectual, que sigue a esos principios y que culmina conocimiento de los hechos (”codicia: ¿y qué codiciamos…?“). El método deductivo le permite sacar conclusiones necesarias a partir de unos pocos datos ya conocidos o premisas, llegando a “adivinar” el resultado a través del “ingenio”: “visualizando la solución” por una especie de iluminación, de “luz natural” que nos lleva directamente a la evidencia clara y distinta, a la primera idea a partir de la cual iniciar la búsqueda, y de ahí a la certeza.

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