La casa de Elrond

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Archive for Febrero 26th, 2011

Un repaso a la duda metódica

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Vamos a acometer el estudio del proceso deductivo de René Descartes partiendo de su conocida duda metódica (podéis consultar un interesante video en este enlace para introducir el problema), y para ello vamos a inspirarnos en tres escenas extraídas de otras tantas películas de las que ya hemos hablado en el aula. Recordemos que el método cartesiano consiste en el uso de la intuición y de la deducción: mediante la intuición conocemos aquellas verdades que son “evidentes por sí mismas” y que se dan de manera inmediata “a todo espíritu atento” (axiomas); con la deducción alcanzamos aquellas verdades que, sin ser inmediatamente evidentes, alcanzan una evidencia mediata gracias a que partimos de los axiomas y seguimos una cadena de razones, es decir, de pasos sucesivos que son evidentes (por análisis y síntesis). Una vez asentado esto, Descartes se esmera en suprimir todas las creencias con el fin de reconstruir el edificio del conocimiento desde su misma base. Para ello necesita un punto de partida, una verdad absolutamente cierta, de la que no sea posible dudar en absoluto Deberemos empezar por eliminar todos aquellos conocimientos y creencias en los que se encuentre el más mínimo motivo de duda. Estos motivos para dudar son fundamentalmente tres:

En primer lugar habremos de negar la validez de los datos sensoriales: los sentidos nos engañan y pueden conducirnos al error, por lo que debemos desconfiar de ellos. La película “Alatriste” (Universal 2006) de Agustín Díaz Yanes, según la novela “Las aventuras del capitán Alatriste” de Arturo Pérez-Reverte,  nos ofrece un buen ejemplo (que aquí os propongo por cortesía de mi buen amigo Juan Jesús Alonso). Al final de este enlace podemos ver al desgastado capitán español de los tercios viejo al lado de “El aguador de Sevilla”, cuadro con el que se presenta en la corte un joven pintor sevillano de nombre Diego Velázquez. Alatriste, tras una noche en vela y más de un sobresalto por culpa de unos cuantos maravedíes y una escaramuza callejera, se queda perplejo observando el cuadro, de un realismo sencillamente excepcional (una técnica pictórica conocida como “trampantojo”, que Velázquez dominaba a la perfección), hasta el punto de acercar su mano al cántaro que sostiene el aguador para intentar detener la gota que resbala por su costado (una mera ilusión, puesto que la gota está “pintada”, esto es, no es “real” en un sentido pleno, no es agua, sino pintura al oleo). Nos ha pasado a todos alguna vez, cuando vamos por una larga carretera y al final vemos un oasis de agua (aunque seamos conscientes de que no es más que un “espejismo”). Descartes diría que si los sentidos nos engañan una vez, nos pueden engañar siempre. Esta película, por cierto, es un buen ejemplo para entender la forma de vida en la Europa del siglo XVII. El propio Descartes fue, durante buena parte de su vida, soldado y mercenario que, como el capitán Alatriste en las guerras de Flandes, se vio obligado a ganarse el pan con la habilidad de su espada en más de una ocasión. No perdáis detalle del cuadro histórico que aquí se os muestra, pues es fascinante.

En segundo lugar cabría preguntarse si lo que nosotros consideramos real no es más que un sueño. Como nos dice Morfeo en la película “The Matrix” (Warner Bros 1999) de los hermanos Larry y Andy Wachowski: “¿Alguna vez has tenido un sueño que fuera muy real? ¿Cómo podríamos diferenciar entonces la vigilia del sueño?” En la película “12 monos” (Universal 1995) de Terry Gilliam nos encontramos un caso paradójico: la mayor parte de la humanidad ha sido aniquilada por un desastre biológico de proporciones globales, y el bueno de John Cole es enviado desde el futuro para intentar encontrar el virus en su mutación original, y así poder salvar a la especie humana de la destrucción total. Pero este argumento de ciencia ficción encierra un interesante análisis sobre la realidad. Cuando Cole cuenta lo que sabe, todos le toman por loco y le encierran en un hospital psiquiátrico, donde comparte encierro con una serie de enfermos mentales que tienen serias dificultades para diferenciar “lo que es real” de lo que no lo es. Uno de ellos afirma pertenecer a la elite intelectual de un lejano planeta: “aunque para mí esto es una verdad evidente, en realidad solo es producto de mi psique enferma: sufro una alteración de la conciencia que se conoce como pensamiento divergente”. Lo que ocurre a partir de aquí es que el propio Cole comienza a dudar de sus “certezas” y a suponer que realmente él es un enfermo y no un hombre del siglo XXI que ha venido a salvar a la humanidad. Incluso, cuando vuelve a su propio tiempo, desprecia a todos cuantos les rodean porque, afirma: “vosotros no sois reales, solo estáis en mi mente“. ¿Es esto un sueño? ¿Es real? ¿Cómo reconocer la diferencia?

En tercer lugar, incluso aunque los sentidos no nos engañen, incluso aunque supiésemos diferenciar la vigilia del sueño ¿cómo podemos estar seguros de que lo que vemos es real? Descartes fuerza el argumento al postular la posibilidad de la existencia de un “genio maligno” que nos engaña permanentemente, haciéndonos creer que es real aquello que no lo es. Esta hipótesis era muy común en la época de Descartes, al igual que lo era la idea de que todo era un sueño (recordemos “La vida es sueño” (1636) de Pedro Calderón de la Barca: “que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”, o el “Macbeth” (1606) de William Shakespeare: “la vida es un relato contado por un idiota, llena de ruido y furia, que nada significa”). Respecto al genio maligno, quizá el ejemplo más claro podamos encontrarlo en nuestro libro más universal, “Don Quijote de la Mancha” (1605) de Miguel de Cervantes Saavedra, en la conocidísima escena en la que el pobre Alonso Quijano se enfrenta con los molinos de viento, y que aquí os ofrezco en la versión para televisión realizada por Manuel Gutiérrez Aragón (TVE 1992). La disputa entre Quijote y Sancho (“que si son molinos, que si son gigantes, que si tenga cuidado vuesa merced, que si ahora lo veredes…”), acaba con nuestro héroe por los suelos, herido en su cuerpo, pero también en su orgullo, clamando al cielo por el engaño “de aquel sabio Frestón que ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene”.

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