La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Febrero, 2011

Esta película necesita Flash Player 7

La verdadero cuestión, entonces, es Homer. Muchos han criticado Los Simpson por su manera de retratar al padre como un paleto sin estudios, débil de carácter y carente de principios morales. Y Homer es todas esas cosas, pero al menos está presente. Cumple con las funciones paternas imprescindibles, se mantiene al lado de su mujer y sobre todo de sus hijos. Sin duda, carece de las cualidades que nos gustaría encontrar en el padre ideal, es egoísta y suele poner sus propios intereses por encima de los de su familia (…). Homer es innegablemente fatuo, vulgar e incapaz de apreciar las cosas buenas de la vida (…). Es más, se enfada con facilidad y suele pagarla con sus hijos, como demuestran sus muchos intentos de estrangular a Bart.

Desde este punto de vista, Homer fracasa como padre. Pero si se reflexiona un poco más al respecto, sorprende cuántas cualidades posee. En primer lugar, está muy unido a su familia. La ama porque es suya. Su lema es, básicamente, “mi familia, tenga o no razón”. Difícilmente se trata de una posición filosófica, pero bein podría ser el fundamento de la familia como institución, motivo de sobra para explicar por qué la “República” de Platón proponía subvertir el poder de la familia. Homer Simpson es lo contrario de un filósofo-rey: no es devoto del bien, sino de lo que es suyo. Naturalmente, dicho punto de vista no está exento de problemas, pero contribuye a explicar como la aparente disfuncionalidad de la familia Simpson consigue funcionar”.

Los Simpson: la política atomista y la familia nuclear”, Paul A. Cantor

(“Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark T.Conard y Aeon J.Skoble)

El concepto de hedonismo ha pasado por múltiples peripecias a lo largo de la historia. No es lo mismo pensar en el “placer” desde la perspectiva epicúrea que desde la perspectiva utilitarista: la primera de ellas entiende la “búsqueda del placer” como un objetivo individual, egoísta incluso, mientras que la segunda atiende más al concepto de “bien común”, de “beneficio colectivo” si se prefiere. Para los primeros prima más el hecho de conseguir armonía, producto de una ausencia de dolor, tanto en el cuerpo como en el alma, y a la necesidad de llegar a un estado último de “ataraxia”, que se identifica con la plena felicidad. Para los segundos, los seres humanos tenemos un sentimiento moral que va más allá de nuestras propias necesidades, y poseemos un “sentimiento social” cuya satisfacción es fuente de placer.

De entre estos sentimientos sociales, el más importante es el sentimiento de “simpatía”, que los utilitaristas interpretan como la capacidad de ponerse en el lugar de cualquier otro, sufriendo con su dolor, disfrutando con su alegría. En este sentido, igual que nosotros deseamos ser felices, podemos entender que todos los demás lo desean también de la misma manera. A este principio de la moral se le conoce como “principio utilitarista”, y responde a la siguiente máxima: “la mayor felicidad (el mayor placer) para el mayor número posible de seres vivos”. Se trata, por tanto, de un principio que une a los deseos individuales los colectivos: ciertamente, por mucho placer que pueda acumular para mi mismo, jamás conseguiré ser feliz si las personas que me rodean, aquellos que me importan de verdad, no son felices conmigo.

Esto significa que ante dos posibilidades de actuar, actuará de forma moralmente correcta quien elija aquella alternativa que proporcione el máximo placer para el mayor número posible de seres vivos. Así, se produce una identificación entre lo que se considera moralmente bueno y la consecución de un “bienestar”, tanto individual como, sobre todo, social. Y respecto al tipo de placer que debemos perseguir, utilitaristas como Jeremy Bentham y, especialmente, John Stuart Mill insisten en que han de ser los “placeres intelectuales y morales”, por encima de los “placeres inferiores” (derivados de las meras necesidades y apetencias), los que deben guiar nuestra acción, por cuanto que estos nos reportan un disfrute y una felicidad mayor y más duradera, puesto que es la razón (y no los instintos animales) los que nos guían en su dirección.

Algo de utilitarista tenemos en la perspectiva del mundo de Homer. Ya hemos advertido arriba que el padre de familia Simpson no es un dechado de virtudes, y no obstante hay algo admirable en él desde el punto de vista ético. La humanidad de Homer comprende un amor a la vida y al goce que ésta supone en el nivel más básico; pero es que, además, no presta mayor atención al qué dirán, si es que acaso repara en ello, no se preocupa por la etiqueta o por lo que otros opinen de él: está ocupado en disfrutar la vida al máximo. Si a esto añadimos el hecho de que Homer es un padre de familia preocupado, a su manera, por las necesidades de  su prole, tenemos a un individuo brutal, cierto, pero también preocupado y profundamente humano. Mientras otros traman y conspiran al tiempo que se fingen socialmente conformistas, Homer es un inconformista que nunca da su brazo a torcer, y siempre busca la manera de complacer a todos y de sacar un beneficio mayor… al menos para su familia.

En mejor modo de apreciar el amor de Homer Simpson a su familia es revisar algunos de sus episodios estelares. En “El día que cayó Flanders”, el deseo de Homer de ver a Flanders arruinado se hace realidad cuando el religioso vecino de los Simpson deja su trabajo para poner una tienda de artículos para zurdos que no tiene éxito entre los ciudadanos de Springfield. En “El cometa Bart”, los días de Springfield parecen están contados cuando Bart descubre un cometa que se dirige hacia la ciudad. Ahora hay que decidir quién enfrentará al cometa y quién se quedará en el refugio de Flanders. En “Me casé con Marge”, la posibilidad de que Marge vuelva a estar embarazada, hace que Homero recuerde los días en que él y Marge esperaban el nacimiento de Bart, allá por el año 1980. Eran unos días difíciles para la feliz pareja que, después de engendrar a su hijo antes del matrimonio, luchaban por conseguir un poco de estabilidad familiar, cosa que Homero encontró en la Planta de Energía Nuclear de Springfield.

Otros episodios interesantes con Homer como protagonista son “La odisea de Homero” (toda una declaración de principios, dado el nombre del personaje), en la que, después de ser despedido de la planta de energía nuclear de Springfield por causar un accidente, Homero intenta suicidarse, pero cambia de opinión y se convierte en defensor de la seguridad pública. Inicia una campaña para colocar “topes” en las carreteras y poner señales de advertencia, siendo su último objetivo el cierre de la Central donde hasta hace poco había trabajado; en “El pony de Lisa”, donde, después de decepcionar a su hija por enésima vez, Homer decide que la mejor forma de recuperar su amor es comprándole lo que ella siempre ha anhelado, un pony. El problema para Homero es que necesita más dinero para mantener los gastos del animal y ese dinero lo consigue trabajando de noche en el Kwik-E-Mart; en “El cuarteto de Homero” vemos lo que sucedí a en 1985, cuando Homer, Apu, el director Skinner y el jefe Gorgory (reemplazado por Barney), formaban un cuarteto de barbería exitoso; y finalmente, el “El mal vecino”, los celos de Homer ante la atención que reciben los nuevos vecinos, George y Barbara Bush, se convierte en rabia cuando el ex presidente nalguea a Bart.

Esta película necesita Flash Player 7

Hemos terminado de repasar recientemente las teorías éticas materialista, las llamadas éticas de los fines, algunos de cuyos autores ya han pasado por este blog en forma de post con vídeo incluido. Nos queda por ejemplificar el pensamiento de John Stuart Mill y su ética utilitarista, una vuelta de tuerca a la filosofía hedonista defendida por Epicuro, solo que menos individual y egoísta y mucho más social y altruista. Supongo que todos tenéis aún frescas en la memoria las tres escenas seleccionadas que hemos visto en el aula (y espero que así sea, porque me ha resultado imposible encontrarlas en internet, así que aquí os propongo solamente el trailer de la película, como mero recordatorio). Para los despistados, os recuerdo que se trataba de la película “Master and Commander: Al otro lado del mundo” (FOX 2003) de Peter Weir, a partir de una de las novelas más conocidas del increíble Patrick O’Brian. Nos centramos en la amistad de los dos protagonistas, el rudo y decidido capitán  Jack “Lucky” Aubrey y su compañero de sesiones musicales, el medico de a bordo, Stephen Marutin, hombre de ciencia y experto naturalista, interesado por el hallazgo de nuevas especies, por aquel entonces desconocidas en Europa.

La primera escala que seleccionamos ejemplificaba a la perfección el sentir utilitarista respecto a la moral: herido accidentalmente por un oficial, el doctor Marutin se debate entre la vida y la muerte por culpa de una bala que puede empezar a gangrenarle el estómago, mientras su amigo el capitán, con el barco francés al que ha de dar caza a un tiro de piedra, debe decidir si continuar la persecución o desembarcar en tierra para procurar operar a su amigo. Y la decisión es plenamente utilitaria: “el mayor bien para el mayor número de personas”. Jack sabe que no le serviría de mucho entrar en batalla sin disponer de un médico para curar las heridas de sus marineros, y que la figura del doctor es clave en un viaje tan largo (los que habéis visto la película completa recordaréis que la tripulación francesa carece de médico, lo que probablemente decanta la partida en favor del barco británico al final de la historia). Sin duda, salvar al doctor merece “un sacrificio momentáneo” (dejar escapar a la presa) en busca de “un beneficio mayor”. El propio Marutin, una vez curado, tendrá ocasión de devolver el favor a su amigo, pensando antes en el bien común que en su beneficio personal, como también hemos visto.

La segunda escena es mucho más dramática: si recordáis, nos encontramos en medio de un temporal con vientos elevados y lluvia torrencial, y la situación en cubierta es un caos, a pesar de los esfuerzos de los oficiales por mantener la calma. Finalmente, el palo de mesana cede un se precipita al mar, arrastrando consigo a uno de los jóvenes grumetes. Las amarras se tensan y el palo hace de ancla flotante, escorando el barco hasta casi volcarlo; los hombres rezan y se encomiendan a Dios: es la perdición, si alguien no lo remedia. Y entonces el capitán toma la decisión “más útil”, la más beneficiosa para todos y la que supone el “mal menor”. Es esta una decisión moral: cortar las amarras que amenazan el barco, sacrificando la vida de su marinero, que morirá engullido por las olas, pero asegurando la vida del resto. Es una decisión dura para todos, incluso para el mejor amigo del condenado, que ayuda a cortar las cuerdas y llora amargamente la pérdida de su compañero. En ocasiones “lo correcto no implica placer“, como tendremos ocasión de comprobar en unos pocos días al abordar la ética kantiana del deber.

Y un último apunte para mis alumnos de filosofía de primero. En alguno de los vídeos anexos es posible que encontréis información sobre el doctor Marutin y sus esfuerzos por describir y catalogar nuevas especies, una labor muy propia de los naturalistas europeos de principios del siglo XIX, con Charles Darwin a la cabeza, pero también con Alfred Russel Wallace, Jean-Baptiste Lamarck, Carlos Linneo, Cuvier y Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, y muchos otros. Si tenéis ocasión, fijaros en el mimo que ponen en sus observaciones, la precisión de sus dibujos a carbón y la meticulosidad con la que almacenan y organizan los datos. Todo un alarde de ciencia empírica, preludio de una época de renovación científica que alcanzará su cenit a finales de siglo con la aparición de los primeros pensadores evolucionistas, con las nuevas ideas sobre el origen y evolución de las especies y con el desarrollo de la ciencia biológica tal cual la conocemos hoy en día.

A hombros de gigantes

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

La aplicación sistemática del telescopio a la observación de los astros realizada por Galileo Galilei (1564-1642) permitió que muchas de las ideas platónicas y aristotélicas terminasen por ser abandonadas: los astros no son esferas perfectas, ni están hechos de una sustancia diferente de la de la Tierra, hay más astros de los que se ven a simple vista (Júpiter tiene lunas que giran sobre él, y suponen un modelo en miniatura del sistema solar) y las estrellas no cambian de tamaño al mirarlas por el telescopio (lo que nos indica su enorme lejanía). Galileo rompe con la idea de los movimientos naturales al afirmar que todos los cuerpos se comportan de forma igual con respecto al movimiento: no hay movimientos naturales diferentes, sino que “todos los cuerpos son graves” y todos siguen las mismas leyes, pues la diferencia entre ellos no está en función de su naturaleza sino que es puramente “cuantitativa”. Los cuerpos no tienen en sí mismos el principio del movimiento: la diferencia entre reposo y movimiento es “relativa” y está en función de la relación posicional de un cuerpo con respecto a otro. Galileo definió así el “movimiento uniforme” y el “movimiento uniformemente acelerado”, que explican la variación de velocidades en la caída de los graves, además del movimiento de los proyectiles.

No obstante todo lo dicho, el principio de inercia expuesto por Galileo no será suficientemente preciso, pues era entendido como un movimiento circular del que no se pueden extraer todas las consecuencias de una geometrización total del espacio. En todo caso, el aristotelismo estaba totalmente barrido: el movimiento no necesita motor, el reposo es relativo y lo que hace un motor no es provocar el movimiento sino la “variación del movimiento” (la “aceleración” de los cuerpos). A estos logros debemos unir la introducción del método hipotético deductivo para el análisis de las ciencias físicas, novedosa herramienta que trata de combinar el momento inductivo propio de las ciencias empíricas con el momento deductivo que caracteriza a las ciencias formales. Los pasos que debe de seguir este método son los siguientes: descomposición de lo que se describe en elementos simples (“análisis” de las apariencias); composición de “hipótesis”; comprobación mediante “experimentos” (tanto prácticos como teóricos); “deducción” de consecuencias; y composición de “leyes de la naturaleza” formuladas “matemáticamente“. La sustitución del concepto  de “esencia” por el de “función” es fundamental para la comprensión moderna de la nueva ciencia. Podemos comprobar algunas de estas ideas en arranque de la película “Galileo (La vida de Galileo)” (GB 1972) de Joseph Losey, adaptación de la pieza teatral del dramaturgo Bertolt Brecht. También resulta interesante la versión de 1969 “Galileo” de Liliana Cavani, que podéis consultar en este enlace).

Isaac Newton (1642-1727) consiguió establecer la síntesis definitiva de la nueva visión del mundo. Influido por el mecanicismo, pero también por el neoplatonismo, y conocedor de la obra de Galileo y Descartes (“a hombros de gigantes”) sistematizó la nueva cosmología acudiendo a un criterio que “repugna a la razón” de los mecanicistas, pero que él asumió con su famosa frase “no finjo hipótesis”: la acción a distancia. En su obra “Philosophiae naturalis principia mathematica” deriva de principios mecánicos todos los fenómenos naturales, suponiendo que todos ellos se deben a la fuerza de atracción y repulsión que están en todos los cuerpos. Establece los tres principios de su sistema como sigue:

1. Principio de inercia: todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme en línea recta, salvo que se vea obligado a cambiar el estado por la acción de alguna fuerza.

2. Principio de la fuerza: el cambio de movimiento es proporcional a las fuerzas motrices impresas, y se hace según la línea recta en la cual se imprime dicha fuerza.

3. Principio de acción y reacción: la acción es siempre contraria e igual a la reacción, como las acciones mutuas de dos cuerpos son siempre iguales y dirigidas a partes contrarias.

Estas tres leyes, al introducir la “fuerza” añaden a la Cinemática de Galileo la Dinámica.  A estas leyes une Newton la teoría de la gravitación universal (”dos cuerpos cualesquiera se atraen con una fuerza que es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de su distancias“) según la cual todos los fenómenos, terrestres y celestes, se rigen por los mismos principios antes propuestos. La teoría heliocéntrica deja de ser definitivamente una hipótesis: con ella quedan explicadas las leyes empíricas de Kepler y razonados los movimientos elípticos, fundamentados físicamente. Cómo se transmite esta fuerza a través del espacio vacío es algo que no se plantea o se deja abierto: Newton postula que existen un espacio absoluto y un tiempo absoluto que rigen todos los fenómenos, y una visión “corpuscular” de la materia (y de la luz) compuesta por átomos y vacío. La nueva síntesis carece no obstante de historia, pues el origen del Universo y su estructura no tienen explicación: Dios había dispuesto así las cosas, y otros mundos, con otras leyes, podrían haber sido creados. Immanuel Kant primero, y William Herschel y Pierre-Simon Laplace después, siguiendo la estela de Newton, pudieron establecer finalmente la primera cosmogonía atea del sistema solar (en la que “la hipótesis de Dios no ha sido necesaria”) según la cual los planetas son partes desprendidas del Sol, lo que explica porqué todos se mueven en el mismo plano y con el mismo sentido del giro.

Biografía Isaac Newton (Documental 1/4)

Biografía Isaac Newton (Documental 2/4)

Biografía Isaac Newton (Documental 3/4)

Biografía Isaac Newton (Documental 4/4)

 

El cambio de paradigma

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Una de las consecuencias más destacadas del Descubrimiento de América (1492) dejando a un lado las repercusiones económicas, políticas e ideológicas evidentes (y de las que ya hemos hablado en un artículo precedente), fueron los desarrollos técnicos y científicos derivados, en especial el que tiene que ver con la metodología científica: el logro más importante de la época moderna temprana es la constitución de un nuevo “concepto de ciencia” basado en una “concepción metódica” de la ciencia natural en el que la razón y la experimentación son los dos únicos fundamentos del conocimiento seguro. Nos remitimos de nuevo al clásico de la divulgación científica, Carl Sagan y su serie televisiva “Cosmos: Un viaje personal”, que analiza el problema del “movimiento de Marte” (que nos plantea una duda a la que hay que poner solución a partir de alguna hipótesis, ingeniosa y descabellada, que dé cuenta de los hechos observados) y desde aquí nos propone una comparativa entre el pensamiento antiguo, ejemplificado por las teorías del astrónomo Ptolomeo y su modelo geocéntrico, y la nueva ciencia, personificada en las figuras de Copérnico y sobre todo de Kepler,  con su nueva perspectiva heliocéntrica.

Claudio Ptolomeo (100-170), el más importante de los astrónomos alejandrinos, había desarrollado una magna obra traducida al árabe como “Almagesto” (“el más grande”) en la que propone una nueva representación geométrica del movimiento astronómico que, conservando el ideal platónico de perfección del movimiento circular, explicara mejor los fenómenos y permitiera predicciones más concretas y cálculos más precisos: se trata de una teoría basada en “epiciclos” y “deferentes”, así como en “círculos excéntricos” que rompe con la teoría de las esferas homocéntricas. Se sustituyen así las esferas aristotélicas por círculos platónicos, que ya no son meras representaciones físicas, sino figuras ideales geométricas que permiten organizar las observaciones. Este modelo permitirá ir dando soluciones a los fenómenos que terminarían por romper el modelo aristotélico, y desde un punto de vista teórico se empezará a cuestionar la posición de la Tierra como centro, pues los “planetas” (“errantes”) no giran directamente alrededor de la Tierra sino alrededor de centros geométricos (el del círculo excéntrico, el del epiciclo…). Pese a todo esto, el sistema astronómico ptolemaico y el sistema cosmológico aristotélico pasarán juntos a la Edad Media.

La gran transformación de los estudios astronómicos llegará en el siglo XV de la mano de Nicolás Copérnico (1473-1543), quien habiendo cursado estudios en Cracovia y Padua se había familiarizado con las nuevas ideas expuestas en París por Jean Buridan (1300-1358) y Nicolás Oresme (1323-1381) y su física de “ímpetus” (que planteaban la cuestión de que es posible que no haya consecuencias observables derivadas del reposo o del movimiento de la Tierra). La teoría copernicana se inspirará en los presupuestos platónicos y pitagóricos de la belleza y sencillez del universo (lo que conocemos como “paradigma mágico-estético”) e intentará dar salida a la contradicción entre astronomía y cosmología antes mencionada. En “De revolutionibus orbium coelestium” se plantea una teoría heliocéntrica que permite simplificar enormemente el número de círculos, epiciclos y deferentes que habían ido postulándose para adecuar los fenómenos observados al modelo ptolemaico a objeto de restaurar el modelo de esferas homocéntricas de Eudoxo y salvar la visión ordenada de Aristóteles. La nueva teoría suponía demostrar realmente que la Tierra se mueve, frente a los argumentos de aquellos, y convertir a la astronomía en una ciencia “físicamente real”. La Tierra se mueve de tres maneras: en rotación sobre su propio eje (diario), en traslación alrededor del sol (anual) y según la revolución del eje terrestre que explica las estaciones y la precesión de los equinoccios.

Sería Johannes Kepler (1571-1630) quien rompería definitivamente con la astronomía tradicional a partir del heliocentrismo copernicano. Observó que era imposible conciliar su hipótesis sobre la variación proporcional de la velocidad de los planetas con la circularidad de las órbitas. La conclusión fue que las órbitas eran “élipticas” y no circulares, lo que suponía aceptar que las variaciones de velocidad no eran aparentes sin “reales”, y seguían una regla fija que Kepler estableció empíricamente en “Astronomia nova” y que necesitaría de la nueva teoría física newtoniana para quedar definitivamente explicada en términos físicos. Las nuevas tres leyes astronómicas establecidas por Kepler son:

1. Primera ley: Las órbitas planetarias son elípticas y el Sol está en uno de los focos de la elipse.

2. Segunda ley: La velocidad orbital de cada planeta es tal que una línea imaginaria que una el centro del planeta con el centro del Sol barre áreas iguales en tiempos iguales.

3. Tercera ley: Los cuadrados de los periodos de los planetas son proporcionales a los cubos de sus distancias medias al Sol.

Esta película necesita Flash Player 7

Vamos a completar nuestro repaso al Renacimiento con una pequeña reseña de algunos de los pensadores más destacados de este periodo, que agrupados bajo el nombre de un movimiento, el humanismo, recorrerán Europa desde sus inicios italianos hasta el advenimiento de las modernas filosofías del racionalismo y el empirismo. Se trata de un grupo heterogéneo de pensadores (algunos de los cuales ya hemos visto en artículos anteriores), a los que seguramente no convendría poner el nombre de “filósofos”, por cuanto ninguno de ellos llegaría a elaborar una filosofía sistemática al estilo de los autores clásicos, griegos o medievales. No obstante, el pensamiento humanista nos ha dejado un buen número de ideas sobre las que reflexionar, recogidas de manera más o menos dispersa en tratados de todo tipo: políticos, jurídicos, antropológicos, estéticos, científicos… Quizá la unidad deba buscarse mejor en el campo del derecho y las ciencias sociales. Pero también es cierto que el humanismo se deja caracterizar con una serie de ideas básicas comunes a todos estos autores, que trataremos de señalar a continuación.

La mayoría de los llamados humanistas culparon a la filosofía medieval de una interpretación inadecuada del saber del mundo antiguo. Así, los escolásticos son criticados por su lenguaje artificioso y oscuro, entre otras cosas. Mientras algunos propondrán un retorno a la sencillez evangélica (es el caso de Erasmo de Rotterdan, del que emanarán todas las ideas que posteriormente darán lugar a la reforma protestante), otros iniciarán un camino de regreso a las fuentes de la filosofía griega. Fueran o no humanistas, los filósofos renacentistas insistieron en la correspondencia entre el hombre y el mundo, entre el “microcosmos” y el “macrocosmos”, haciendo del hombre el centro del Universo y considerando la Naturaleza como un todo infinito y vivo. No se puede decir que esta visión haya sido unánime, pero si que dará pie a una nueva forma de acometer el estudio de las ideas que se vehicula más adelante con la revolución científica del siglo XVII (y de la que nos ocuparemos en un próximo artículo) que marcará un punto de inflexión del que se desprenderá una nueva concepción del mundo.

Francesco Petrarca (1304-1374) es considerado por muchos el fundador del humanismo al rechazar la petrificada formación universitaria medieval en favor de un redescubrimiento de la filosofía y literatura antiguas, cuyas obras serán tratadas como modelos tanto en el contenido como en la forma. Intentará armonizar el legado grecolatino con las ideas del cristianismo, y sus obras influirán en autores como Garcilaso, Shakespeare y Spencer. Por otro lado, Petrarca fue el primero en predicar la unión de toda Italia para recuperar la grandeza que había tenido en la época del Imperio romano. A este interés por el lenguaje (“gramática”, “retórica”, “dialéctica”) habrán de unirsele posteriormente significativos autores italianos como Giovanni Boccaccio (1313-1375).

Nicolás de Cusa (1397-1482) influido por el neoplatonismo y el misticismo, desarrollará una importante labor matemática que le permitirá mostrar una imagen moderna del hombre y del mundo. Al primero lo concibe como “espíritu” (“mens”, del latín “mensurare”, que quiere decir “medir”) que, al comprender el mundo, lo diseña como algo nuevo. Respecto del segundo, afirma que en el mundo de las cosas encontramos contrarios y que la unidad del mundo en su multiplicidad se basa en Dios (“ser infinito”) en el que son superados todos los contrarios de las cosas finitas. El mundo es despliegue y diferenciación (“explicatio”) de todo cuanto se encuentra comprendido y unificado (“complicatio”) en Dios.

Marsilio Ficino, (1433-1499) encabeza la línea platónica renacentista, y sus traducciones de Platón y Plotino ayudarán a popularizar la filosofía de la “emanación” y de la “significación de lo bello”. Enfatiza sobre todo la definición de hombre como ser espiritual: el alma inmortal del hombre es el centro y vínculo con el mundo, el medio que pone en relación la esfera de lo meramente corporal y el puro espíritu divino, de modo que mediante la “razón” el alma se libera del cuerpo y puede regresar nuevamente a su origen divino. En esta misma línea de pensamiento (compartirán docencia en la Nueva Academia Platónica de Florencia) nos encontramos también a su discípulo Pico della Mirandola (1463-1494).

Pietro Pomponazzi (1642-1525) es el representante más notable del aristotelismo renacentista. Su filosofía acentúa la correspondencia entre el cuerpo y el alma: para alcanzar el conocimiento, el alma necesita de la colaboración de las “impresiones sensoriales”, lo cual es impensable sin lo corporal. Todo saber proviene de la “experiencia”, de modo que solo podemos saber algo sobre aquellas relaciones de la naturaleza susceptibles de experiencia, pero nada sobre las causas del ser que les subyacen. La “inmortalidad del alma” no se puede demostrar racionalmente, y además es irrelevante para la moral, puesto que no se debería aspirar a la virtud por una recompensa en el más allá.

Giordano Bruno (1548-1600) influenciado por Cusa y Copérnico, elabora una importante metafísica que le hará entrar en conflicto con la Inquisición, que le condenará y ejecutará por ello. Bruno recoge la concepción “heliocéntrica” del mundo, pero eliminando la esfera de las estrellas fijas y formulando la tesis de la “infinitud del universo”: el universo está constituido por un número infinito de otros mundos que, al igual que la tierra, pueden estar habitados. Y si bien cada uno de estos mundos está sujeto a los cambios y es perecedero, el universo en su totalidad es eterno e inmóvil, dado que no hay nada fuera de él, sino que él mismo es la totalidad del ser. Rompe así con algunas de las tesis sobre la naturaleza de su predecesor Bernardino Telesio (1509-1588).

Michel de Montaigne, (1533-1592) inaugura un género literario caracterizado por su forma libre y subjetiva que se sustenta en su famoso punto de partida escéptico: “que sais-je?” (“¿qué se?”). Para Montaigne el mundo se manifiesta en un permanente cambio y está disperso en una multiplicidad, de modo que la razón se engaña si cree que puede captar algo inmutable y eterno. De ahí que la ciencia natural no sea otra cosa que poesía sofística, y que la tradición filosófica esté dominada por la anarquía. Pero esta actitud escéptica no conduce a la resignación, sino que nos libera de fingimientos y nos educa en la “independencia del juicio” y en la seguridad interior: la “naturaleza reguladora”, en sentido estoico, se convierte así en la medida y la guía de una vida conforme a lo dado.

Mención aparte merece la figura de Francis Bacon (1561-1626), que se arroga para sí la tarea de una fundamentación y una interpretación sistemáticas de todas las ciencias, las cuales clasifica de acuerdo con las diferentes facultades del hombre: memoria (historia), fantasía (poesía) y entendimiento (filosofía). La ciencia primera es la “Prima Philosophia”, cuyo objeto de Studio son los fundamentos comunes a todas las ciencias. El conocimiento es una copia auténtica de la naturaleza, sin imaginaciones engañosas: a estas últimas las describe Bacon como prejuicios (a los que él llamará “idolos”, y que son cuatro: “idola tribus”, “idola specus”, “idola fori” e “idola theatri”). Frente a ellos, la “inducción” es un método correcto y seguro para llegar a un conocimiento verdadero y para disolver las imágenes engañosas. En el “Novum Organum” afirma que el procedimiento “metódico-experimental” parte de la recogida y comparación de observaciones para captar mediante generalizaciones sucesivas las formas generales de la naturaleza: la inducción no parte de experiencias fortuitas, sino que trabaja de manera planificada con clasificaciones de las observaciones (“tablas”) y experimentos dirigidos.

Hay otro aspecto de la filosofía de Bacon que cabría reseñar aquí, y es su concepción de la “idea de hombre”. Frente a la conciencia del hombre clásica, cristiana, que impregna la filosofía medieval y el propio humanismo, se había producido en la época un acontecimiento decisivo: el Descubrimiento de América. El encuentro con aquellos otros modelos humanos “no clásicos” habría supuesto la relativización de la concepción de hombre del humanismo y, finalmente, su disolución. Se trataría ahora de cancelar las dificultades de una realidad humana percibida como “problemática”, buscando sus “notas esenciales” y estableciendo lo “invariable” de su naturaleza. Esta nueva prespectiva habría impulsado la aparición de los primeros tratados “De Homine” (de antropología filosófica) característicos de la época moderna, el primero de los cuales habría sido el de Bacon, y que tendrán como base lo que Immanuel Kant llamará “conflicto de la facultades” (de Medicina, Teología y Derecho, por oposición a la Filosofía). Lo que va a ocurrir es que se tenderá a equiparar la idea de Hombre con las ideas de Dios y de Naturaleza, en trato que “idea práctica” que es entendida como un “proceso” que se hace a sí mismo y que construye su propia esencia.

Érase una vez… el Hombre: “El hombre del Renacimiento” (1/3)

Érase una vez… el Hombre: “El hombre del Renacimiento” (2/3)

Érase una vez… el Hombre: “El hombre del Renacimiento” (3/3)

eBlog | Login
Subscribe to La casa de Elrond