La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

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De hecho, Bart podría representar la precariedad de nuestra posición en un mundo postnietzscheano. Según Nietzsche debemos ir “más allá del bien y del mal” y dejar atrás todo consuelo metafísico: Dios, el cielo, el alma, el orden moral del mundo, y así sucesivamente. Pero, al abandonar ese otro mundo, el más allá, corremos mayor peligro de deslizarnos hacia el nihilismo: “La más extrema forma de nihilismo sería la creencia en que toda fe, todo tener por verdad algo, es necesariamente falso: porque un verdadero mundo no existe”. Nietzsche prosigue: “Lo único que se ha destruido ha sido la interpretación; pero como pasaba por la única interpretación, podría parecer que la existencia no tenía ningún sentido y que todo era “vano. En otras palabras, una vez que abandonamos toda noción de un más allá eterno y perfecto y nos quedamos únicamente con el flujo caótico que es el mundo, corremos el peligro de caer en un nihilismo de acuerdo con el que todo vale, una zona franca intelectual y moral.

(…) La línea que separa la posibilidad de seguir actuando, criticando y derribando antiguos ídolos en el intento de forjar un nuevo camino y unos nuevos valores, por una parte, y por otra la posibilidad de quedar atrapados en el nihilismo, en la aceptación de un todo-vale moral e intelectual, incapaces de tomarnos nada en serio porque creemos que, si no existen los valores absolutos, nada tiene valor, es una línea delgada y difusa. Bart, el crío de los pantalones cortos azules, en efecto puede representar el peligro del nihilismo. No posee (o tiene pocas) virtudes, carece de espíritu creativo, ha aceptado el caos de la existencia, pero no de tal modo que le permita dar forma a algo hermoso a partir de él; Bart exhibe una suerte de resignación al aceptar y relacionarse con ese caos. Si nada tiene un significado verdadero, ¿por qué no comportarse mal, hacer lo que me venga en gana? Bart rechaza, irrespeta y vilipendia los antiguos ídolos vacuos, pero no para acabar con ellos, con sus insultos y su ocultación de la realidad, sino porque carece de una identidad sólida y completa.

Así habló Bart: Nietzsche y la virtud de la maldad”, Mark T.Conard

(“Los Simpson y la filosofía” (Blackie books 2009) de William Irvin, Mark T.Conard y Aeon J.Skoble)

Como dice Fiódor Dostoyevski: “si Dios ha muerto, todo está permitido”, lo que significa que deberíamos eliminar de la moral todo valor absoluto al margen del ser humano. En esta tesitura, cada individuo será capaz de elegir libremente en cada una de sus acciones, y conforme a estas acciones, “crea sus propios valores”, sin necesidad de que existan valores absolutos (aquellos que Dios representaría si existiera). Por ello, y debido a su malicia habitual, los raros momentos en los que Bart cobra conciencia del deber subrayan ciertas cuestiones morales con mayor eficacia que si dicho reconocimiento tuviera lugar por parte de un niño que se comportase bien en el sentido convencional.

El pensar de Bart está determinado por aquello que hay para pensar. Esto hace que el pensar de Bart sea especialmente reactivo a lo que haya, a aquello que se le presente. Y está es la fuente de muchos de los singulares poderes existenciales de Bart: su brioso ingenio, su sobrenatural capacidad de coquetear con el peligro y los problemas o evitarlos, el don oracular que tiene de predecir el curso de los acontecimientos. A diferencia de nosotros, del resto de Springfield, lastrados por lo personal, creyendo que estamos proyectados desde el mundo por intermediarios, por cabezas que nos zumban en la cabeza, Bart no se deja distraer por los zumbidos, no tiene pantallas ni está ensillado.

En todo lo que piensa y hace, Bart está cara a cara ante las cosas. Firmemente asentado ante todo aquello que le interesa, presente ante aquello del mismo modo que aquello se encuentra presente ante él. Para Bart, nada está sencillamente en su cabeza. No hay intermediario psicológico, personal, entre él y el mundo: todo está personificado. En este sentido, Bart representa fielmente el sentir de los filósofos del existencialismo: arrojado a un mundo que le resulta absurdo y que carece por completo de sentido, sobrevive por si mismo, tomando decisiones que lo sitúan en él en cada acción, en cada decisión, con cada uno de los gestos de su voluntad, en cada uno de los ejercicios de su libertad.

El pensamiento moral de Bart puede apreciarse en algunos episodios de la serie como “Filosofía bartiana”, en la que Bart accidentalmente estimula a toda la ciudad a actuar como él, gracias a un terapista de autoayuda. En “El cambio de Bart”, luego de que arruinara el gimnasio de la escuela en una de sus bromas, Skinner aconseja que se dé a Bart una droga para modificar su conducta. En “El día de la muerte de la comedia”, el actor secundario sale de la cárcel y trata de vengarse de Krusty, y para eso hipnotiza a Bart para que mate a Krusty en su último programa. Y una interesantísima propina a partir de un clásico del cine negro contemporáneo: la película de “Goodfellas” (Warnes Bross 1990) de Martin Scorsese, recreada en “El pequeño padrino”, en la que, después de un día de escuela particularmente malo, Bart cae dentro de un club de mafiosos. Se hace cantinero, pero cuando llega tarde después de que Skinner lo castigara, Skinner desaparece.

Otros interesantes ejemplos son “Intercambio cultural”, en donde Bart es enviado a Francia, como estudiante de intercambio y es obligado a vivir con dos productores de vino francés. En su lugar, la familia Simpson recibe a Adil, un estudiante de Albania, que en realidad es un espía que roba secretos de la planta de energía nuclear de Springfield. Bart descubre que su viaje a Francia no fue tan buena idea; en “La sociedad de los golfistas muertos”, para saber quién es el mejor del barrio, Homer y Ned Flanders colocan a Bart y a Todd frente a frente en una competencia de mini-golf. Los chicos entrenan sin cesar para el gran día, pero es obvio que el torneo es más importante para Homero y para Ned, quienes han apostado que el padre del perdedor deberá podar el jardín de su vecino, usando el vestido de su esposa; en “Tres hombres y una historieta”, Bart, Milhouse y Martin compran entre los tres el número 1 de Radioactive Man, pero encuentran problemas a la hora de compartir; en “Bart vende su alma”, convencido de que el alma no existe, Bart se la vende a Milhouse por cinco dólares. Más tarde, sintiendo que de verdad le falta algo, comienza una dura lucha para recuperar lo que es suyo.

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