La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Marzo 15th, 2011

El “Cógito” es una “intuición intelectual”, no una deducción metódica: no puede objetarse por la forma (por ejemplo, aduciendo que es un silogismo al que le falta una premisa) ni decir que del pensamiento no se puede seguir la existencia. René Descartes parte del pensamiento y de la existencia como algo indisociable, pues a través del Cogito sabe que existe la conciencia pensante en cuanto pensamiento, pero no sabe si sus contenidos reproducen algo posterior a la conciencia: para saberlo y fundamentar su objetividad no puede salir de ellas (pues es la “única evidencia”), y tendrá que partir del interior de esta. En consecuencia, toda su argumentación será “a priori”, al igual que la de Anselmo de Canterbury (1033-1109) en el argumento ontológico (y como a partir de ahora ocurrirá en todos los racionalismos). Partirá de un contenido de conciencia tal que, sin dejar de ser idea, muestre en su estructura de idea algo exterior de la conciencia, y esto será la idea de Dios (que puesto que es exterior a la conciencia es algo más que una idea). Sin embargo, el hecho de probar algo exterior no garantiza nada para Descartes, pues para que haya garantía de verdad, Dios tiene que ser verdadero, no engañador: si demuestro a Dios, tengo la garantía de verdad, porque “Dios es perfecto y omnipotente”, y en virtud de su omnipotencia puede engañarme, pero en virtud de su perfección no puede.

La “Meditación Quinta” contiene la prueba fundamental de la existencia de Dios: Descartes empieza por afirmar que yo tengo ideas que tienen unas propiedades y que deben tener esas propiedades porque son inmutables y eternas, aunque no existan en la realidad. A través de esto llega a probar la existencia de Dios, pero su referencia son los entes matemáticos, que existen en el pensamiento, pero que no son ficciones del pensamiento, pues de ellos se desprenden posibilidades que no dependen de su voluntad. Llega así a establecer que existen ideas objetivas, y llega también a demostrar esencialmente a Dios (en tanto que “idea de ser sumamente perfecto”, que es objetiva, cuya naturaleza consiste en tener una “existencia externa”) pues en Dios la esencia no puede separarse de su existencia. Pero al llegar a este punto comprobamos que Descartes hace alusión a las evidencias, que antes estaban puestas en tela de juicio. Aquí radica el famoso “círculo vicioso” cartesiano: aquello mismo que se necesita ser garantizado está sirviendo como piedra de toque para que, por comparación, sirva ahora de garantía. Descartes utiliza en la demostración de Dios el criterio de una evidencia clara y distinta, pero esta evidencia era la que trataba de fundamentar con la existencia de Dios. La objeción destaca un posible planteamiento retórico de los problemas, como hizo ver Antoine Arnauld (1612-1694) y como criticó Baruch Spinoza (1632-1677).

Este “voluntarismo” cartesiano no es una restricción irracional a su proyecto racionalista sino, al contrario, una prolongación del propio racionalismo en cuanto que éste incluye un “trámite crítico”. La metafísica cartesiana ha querido “fundamentar” las “evidencias primeras” desde las cuales quiere afirmarse que el edificio del conocimiento está asegurado, y para ello ha comenzado con una reflexión crítica. Las ideas, cuya realidad el Cogito ha dejado establecida, ha encontrado un contenido de conciencia tal que debe ser objetivo, es decir, que debe hallarse fuera de la conciencia. Esta idea es la de Dios, el cual que convierte, al estar dotado de las propiedades de la conciencia lógica (la “perfección”, esto es, la imposibilidad de incurrir en contradicción, de “engañar”), en garantía de las evidencias. Pero además Dios es voluntad libre y puede hacer lo que quiera. Parece que desde esta segunda consideración de Dios la garantía pierde fuerza, y que nuestra racionalidad se ve comprometida siempre por esa omnisciencia. Por ello puede parecer que el proyecto racionalista cartesiano encuentre un obstáculo en el voluntarismo divino, pero la defensa del voluntarismo no es contradictoria con su proyecto, sino una explicación del mismo, cuando el proyecto se ha planteado de un modo crítico: porque todo racionalismo crítico comporta inexcusablemente el tema de las limitaciones de la razón, tanto como el de las garantías de esta.

Arnauld dice a Descartes en sus objeciones que a pesar de que no duda de sus esfuerzos por salvar la fe, la pone en peligro.  Porque Descartes nunca habla de Dios en otro orden que el lógico. De eso ya se dio cuenta Blaise Pascal (1623-1662) al oponer el Dios de Abraham al de Jacob (el “dios de los filósofos”). Descartes impersonaliza a Dios, y aunque pensemos en un Dios voluntarista tampoco es de carácter personal, sino como límite del conocimiento. No cabe pensar un Dios al que se pueda rezar o amar: “Dios es una logicidad”. El interés histórico de esto es que significa un planteamiento crítico de la metafísica: el punto de partida es la conciencia, y a través del planteamiento trascendental de la conciencia misma reconoce una realidad objetiva que es independiente. Spinoza parte también de una realidad objetiva, parte de Dios pero no se plantea el Cogito (la crítica está en otra parte: en la realidad misma, plural, oscura). El modo en que Descartes se escapa de la duda es un círculo, lo cual significa que, o bien no se puede escapar al escepticismo, o bien no le importa incurrir en el círculo. Esta cuestión será planteada con más crudeza por David Hume (1711-1776) y por Immanuel Kant (1724-1804).

En la película “The Truman Show” (Paramount 1998) de Peter Weir, podemos intuir esta problemática: su protagonista, Truman Burbank, es un hombre corriente y algo inocente que vive en una idílica población donde todo es perfecto. Lleva toda la vida allí, y nunca ha salido más allá de los límites del pueblo. En esta vida idílica no hay problemas pero, poco a poco, extraños sucesos hacen sospechar a Truman que algo extraño ocurre, que las cosas no encajan como debería, que algo funciona mal. En realidad, Truman es propiedad de una empresa de televisión y se encuentra prisionero en un gigantesco plató de cine que emite 24 horas al día la vida en directo de nuestro protagonista. El final de la película muestra el momento en que se encuentra con el Dios “voluntarista” que todo lo puede y descubre el engaño: “nada era verdad”, asevera Truman, a lo que Dios responde “tú eras verdad”. Es el momento en que todo queda garantizado: el momento en el que Truman comprende que su existencia, su ser, no es más que la decisión de un Dios que ya no engaña, que revela la verdad.

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