La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Marzo 17th, 2011

Una moral por provisión

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Es una cuestión largamente debatida si la “moral provisional” de René Descartes (“morale par provision”, como la denomina el autor), es una moral transitoria e imperfecta a la espera de ser completada o, por el contrario, una moral mínima pero suficiente para los objetivos por él buscados. Algunos aseguran que las reglas son circunstanciales: el filósofo las adopta “mientras llega a la formulación de algo definitivo” (al menos eso es lo que da a entender en el “Discurso del método”), pero el hecho es que no volvió a hacer más consideraciones sobre la moral en ningún otro lugar, lo que podría indicar que se trata de una moral definitiva. Las palabras que usa Descartes no significan que “provisional” se contraponga a “definitiva”, puesto que “provisión” es un término jurídico que alude “a los fondos que se adelanten para responder a los gastos que sobrevengan”, lo que significa construir un “fondo previo” para el futuro, que hay que tener en cantidad suficiente para lo que nos depare la vida. En Descartes, lo que se adelanta de la moral es completamente definitivo, aunque se puedan añadir cosas (si bien él nunca rectifica lo dicho primeramente). Las reglas de la moral, en vez de ser contingentes, constituyen una moral básica, y se usan igual que las reglas del método.

La primera regla considera las “opiniones de carácter social”, que cristalizan en un tipo de religión y de política, y corresponde a la evidencia en las reglas del método. Desde el punto de vista práctico supone un conformismo que aleja a Descartes de la revolución política y lo acerca a una reforma cautelosa de las artes y de las ciencias.

La segunda regla también se puede corresponder con la segunda del método, e implica “firmeza y estabilidad en unos principios” aunque hayan sido dudosos en el origen. Esta fijeza se establece en función de los resultados, que dependen de la bondad de los principios, y si no mantenemos los primeros es imposible llegar a los segundos.

La tercera regla implica “vencerse a uno mismo, antes que a la fortuna”, y cambiar los deseos antes que el orden del mundo; pretende buscar una correspondencia entre el orden de la naturaleza y el orden de las autoridades, y supone un “orden afectivo”, un buen funcionamiento de la conciencia y de la conducta.

La cuarta regla tiene una importancia más secundaria, pues implica “pasar revista a las distintas sabidurías”, como lo hacía el método, y este repaso tiene un sentido auxiliar a las evidencias (permite comprobar si lo son o no), y supone una aplicación práctica de las mismas.

Se deduce de esta correspondencia establecida a través de las reglas del método y de la moral que hay una homogeneidad entre la manera de especular pura y la especulación práctica. La filosofía cartesiana tiene como último principio la “conservación”, de tal manera que su racionalismo no pretende ser un escepticismo. Esto no parece que tenga un sentido revolucionario, a pesar de que no se apoya en la religión o en la fe porque no las necesita. Desde el punto de vista de las evidencias, Descartes es muy prudente, muy conservador y conformista: no incluye el cambiar la sociedad entre las condiciones que hacen al sabio (lo que puede explicarse por su compromiso con la nobleza aristocrática y semiburguesa). La moral y su doctrina del conocimiento tienen ambas una “función práctica”: asegurar que la conciencia esté a salvo de toda duda, y por tanto sea capaz de conocer, lo que posibilitará la nueva ciencia que conduce a la felicidad. La filosofía, en este sistema, es sierva de la ciencia y también de la vida: esa doble conservación de la conciencia y del cuerpo se ve también en Baruch Spinoza: lo esencial en el hombre es el esfuerzo por “perseverar en su ser” (el “conatus”, que algunos autores interpretan como esfuerzo por aumentar el ser).

Tomaremos prestadas de nuevo algunas escenas de la película “Alatriste” (Universal 2006) de Agustín Díaz Yanes, según la novela “Las aventuras del capitán Alatriste” de Arturo Pérez-Reverte, el la que vemos al viejo capitán comparecer ante el temible Conde-duque de Olivares para dar explicación de un turbio y violento encuentro con unos extranjeros. El capitán, que tantos parecidos guarda con el Descartes mercenario en sus años jóvenes, muestra ante el grande de España la misma “altivez” y “valentía” que acostumbra en la batalla, haciendo gala de una “prudencia” y sensatez “muy aristotélica” (resulta más que notable la deuda del racionalista francés con las virtudes éticas del estagirita griego) al no revelar el nombre del personaje que le ha hecho el encargo por el que es juzgado (el asesinato de los mencionados extranjeros, que resultaron ser el futuro rey de Inglaterra y su ayudante). Lo mismo nos podemos encontrar en el desenlace de la película, una recreación de la Batalla de Rocroi, en la que Alatriste se muestra entero y elegante frente a la más absoluta adversidad, esa “fortuna” contra la que es mejor no enfadarse (las palabras finales de la película, relatadas por su ayudante Iñigo Balboa y que podéis consultar en este enlace, se corresponden con la primeras de la novela, que os invito a leer con todo entusiasmo).

eBlog | Login
Subscribe to La casa de Elrond